La nefasta moda de los chimpancés como mascotas

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Un chimpancé en cautividad
Un chimpancé en cautividad. (DP)

En los años ochenta fue muy célebre la imagen de Michael Jackson portando una cría de chimpancé en brazos. El simpático simio, llamado Bubbles, causaba sensación en sus apariciones públicas y se convirtió en una estrella por derecho propio. Su relación con el cantante era obviamente muy estrecha. Bubbles era dependiente, dócil y afectuoso como es propio de todas las crías de chimpancé, que, en estado silvestre y mientras están en la infancia, jamás se separan de sus madres.

Las crías de chimpancé, sin embargo, crecen. Entre los seis y ocho años alcanzan la pubertad, época en que empiezan a despertar sus instintos selváticos. Bubbles empezó a dar muestras de estar volviéndose incontrolable, hasta el punto en que Michael Jackson se vio obligado a dejar su famosa mascota en un centro de acogida. El albergue estaba repleto de chimpancés adolescentes y adultos procedentes del mundo del espectáculo o de los hogares de humanos caprichosos que, desde la ignorancia, habían pretendido adoptar un animal que, por decirlo en pocas palabras, no puede ser domesticado.

El concepto de que los chimpancés no sean domesticables puede resultar confuso para muchas personas, dado que estos simios parecen muchísimo más «humanos» que otros animales que sí son fáciles de domesticar, como los perros. En un amplio abanico de situaciones, pueden relacionarse con nosotros casi de tú a tú y con relativa «normalidad», siempre que estén habituados al contacto con humanos. Los chimpancés no solo son nuestros parientes más cercanos (aunque, cabe aclarar, no son nuestros antecesores, sino más bien nuestros primos hermanos); además su especie es la más inteligente del reino animal después de la especie humana. Se estima que, al menos en cierto rango de tareas, un chimpancé adulto posee una inteligencia similar a la de un niño humano de tres o cuatro años de edad. Por supuesto, la inteligencia de un niño es muchísimo más flexible y polivalente. Aun así, para un animal no humano, ese nivel de inteligencia es excepcional. Los chimpancés pueden aprender tareas sorprendentemente complejas, incluyendo la comunicación mediante signos. En comparación, los perros son intelectualmente muy limitados.

Los chimpancés albergan una rica vida interior y poseen una psique complicada que incluye una muy elaborada percepción de sí mismos y de los otros. Se ha demostrado que poseen una «teoría de la mente», la capacidad para reflexionar sobre el estado mental del prójimo, capacidad que hasta hace no tanto se pensaba exclusiva de los seres humanos. Estos simios se nos parecen tanto que es fácil cometer el error de creer que, por lógica, deberían ser más aptos para la convivencia con humanos que otros animales. ¿Por qué no iban a ser los chimpancés perfectos compañeros de convivencia? Sin embargo, el que sean o no domesticables no depende de su gran inteligencia o de su estrecho parentesco con los humanos. Lo realmente decisivo es que provienen de un tipo de sociedad muy distinta a la humana. La testaruda realidad demuestra que los perros, aunque no se nos parezcan, están hechos para convivir con nosotros, pero los chimpancés no.

En cautividad, los chimpancés pueden vivir hasta los sesenta años. Los seis o siete primeros corresponden a la infancia, que es cuando ingenuamente podríamos llegar a creer que resulta fácil domesticarlos. En algunos países es legal poseer chimpancés como mascotas. Hay personas que tienen crías en sus casas y les ponen pañales, les enseñan una rutina o los someten a cierta disciplina. Los pequeños chimpancés, genéticamente dispuestos a depender por completo de sus madres durante años, no cuestionan nada de esto. Son incondicionalmente cariñosos y sumisos. Muchos «dueños» creen que sus chimpancés mantendrán ese adorable comportamiento cuando crezcan, pero están ignorando la verdadera naturaleza del animal.

Tan pronto alcanzan la pubertad, los chimpancés sufren una metamorfosis psicológica y conductual motivada por su herencia genética. Su instinto los empuja a prepararse para una vida adulta que comenzará entre los diez y trece años de edad. La intensidad del cambio de la adolescencia se manifiesta de manera especialmente severa en los machos. En la naturaleza, los chimpancés necesitan de altos niveles de agresividad para sobrevivir y para abrirse camino en una sociedad muy competitiva y violenta. Por ello, un chimpancé que de pequeño fue dócil e inofensivo puede empezar a mostrarse agresivo por motivos que los humanos no siempre encontramos evidentes. Las manifestaciones de agresividad varían de unos individuos a otros, pues son animales muy complejos que, al igual que los humanos, poseen personalidades muy distintivas. En ocasiones, sus conductas agresivas ni siquiera responden a resentimientos o enfados, sino que son simples intentos de demostrar su estatus social.

Incluso en individuos no muy agresivos, la adolescencia suele estar marcada por la desobediencia. Y la insumisión de un chimpancé es un problema mucho más serio que la insumisión de un perro. Si ya es difícil controlar a un perro de tamaño grande, pensemos que un chimpancé adulto posee una potencia física literalmente sobrehumana: sus brazos, por ejemplo, son entre tres y seis veces más fuertes que los de un humano adulto. Sin armas, ni Mike Tyson, ni Conor McGregor, ni ninguna otra leyenda de la lucha tiene posibilidad alguna de ganarle una pelea a un chimpancé. Incluso sus juegos dentro de una casa pueden destrozar muebles y enseres (y, por supuesto, podrá llegar el día en que se niegue a llevar pañales, lo cual solo empeora el cuadro). Esta naturaleza insumisa y agresiva no es el producto de un carácter malevolente. Al hablar de chimpancés y de animales en general, cabe deshacerse de reduccionismos antropomórficos. Por ejemplo, con frecuencia se dice que los perros son «mejores» o «más nobles» que los humanos, cuando lo cierto es que les es difícil comportarse de otra manera porque han evolucionado para mostrar respeto y fidelidad a la jerarquía. Del mismo modo, los chimpancés pueden ser agresivos no por decisión propia, sino por buenos motivos evolutivos. Para entenderlo, es útil compararlos con los gorilas.

En algunas películas de la saga El planeta de los simios vemos una sociedad tecnológica donde los gorilas ejercen como soldados y los chimpancés son los más pacíficos civiles. Esta fantasía cinematográfica responde al aspecto mucho más temible de los gorilas, que son más grandes, más fuertes y más intimidantes que los chimpancés. No obstante, si existiese esa civilización formada por grandes simios, los papeles estarían invertidos: los gorilas serían los civiles pacíficos y los chimpancés ejercerían como soldados.

Los gorilas, también muy cercanos parientes nuestros, siempre tuvieron mala fama por culpa de sus rostros severos, su imponente tamaño, sus aparatosos gestos y sus impactantes rugidos. Los gorilas dan miedo incluso cuando realizan un gesto tan trivial como bostezar dejando asomar sus imponentes colmillos. Fue la primatóloga Jane Goodall quien demostró que los gorilas, en realidad, no son particularmente violentos. Son animales fundamentalmente vegetarianos. No cazan, y las proteínas animales que consumen provienen sobre todo de insectos. Son casi tan inteligentes como los chimpancés, pero su psicología es muy distinta porque también es muy distinto su modo de vida.

Los gorilas suelen conformar pequeños grupos dominados por un patriarca, el «espalda plateada», que protege y comanda una familia de hembras y jóvenes. En esa sociedad gorila, los enfrentamientos violentos son poco habituales y se producen, sobre todo, cuando un macho intenta disputarle el territorio o las hembras al patriarca reinante. Incluso en ese caso, el enfrentamiento físico suele estar precedido por una serie de avisos. Los gorilas son conscientes del poder de sus semejantes y no les gusta pelear hasta las últimas consecuencias porque supone arriesgarse a recibir heridas graves. Así que, cuando es posible, prefieren recurrir a la intimidación y solo llegan a la violencia directa cuando esa intimidación no ha funcionado. A los patriarcas tampoco les gusta ver peleas entre los suyos, y a veces intervienen para detener conflictos entre otros miembros de su manada.

Es infrecuente que los gorilas ataquen a los humanos. Aunque no es imposible, y sucede. Como con cualquier animal grande, existe un peligro intrínseco y siempre hay que tener cuidado. Quienes trabajan con gorilas silvestres señalan que, para que tenga lugar ese ataque, deben producirse unas circunstancias específicas. Por ejemplo, la mala suerte. Si un humano se encuentra se repente con un gorila que no lo ha oído venir, será atacado sin advertencia, porque a los gorilas no les gusta verse sorprendidos. Algo parecido sucede cuando se sienten acorralados, o, de manera especial, cuando sienten que sus crías están siendo amenazadas: los furtivos que pretenden robar crías para venderlas son las principales víctimas humanas de los gorilas. En otros casos, y salvando el mencionado encuentro fortuito e indeseado por ambas partes, los gorilas tienen la costumbre de avisar antes de atacar.

Cuando un humano desconocido entra en el territorio de una manada, lo habitual es que el macho dominante salga al encuentro para desplegar un espectacular repertorio de advertencias: rugir, ponerse sobre dos patas, darse con los puños en el pecho, golpear el suelo para hacer ruido, arrancar ramas y lanzarlas por el aire, correr levantando polvareda, etc. Estas advertencias son muy evidentes y van de menos a más. Solamente si el humano es lo bastante insensato como para ignorarlas, el gorila se decidirá a lanzar un ataque que normalmente será rápido y no necesariamente tendrá la intención de matar. Eso sí, dada su fuerza, uno solo de sus golpes puede provocar heridas muy graves (lo que menos se puede esperar son varias roturas de costillas y otros huesos). Algunas personas han sobrevivido a estos ataques; teniendo en cuenta que un gorila es diez veces más fuerte que un varón humano adulto, esa supervivencia demuestra que el gorila pretendía ahuyentar al invasor y no matarlo, cosa que podría haber hecho en un par de segundos.

Goodall enseñó al mundo que, si se respetan los protocolos sociales de los gorilas y se les permite acostumbrarse a la presencia humana, son animales que no ejercerán la agresión sin motivo aparente. Los gorilas son peligrosos por su fuerza, pero previsibles. Quienes trabajan con gorilas o los estudian en su hábitat conocen los signos que para un humano no significan nada, pero que un gorila a la defensiva puede interpretar como amenazas (por ejemplo, es mala idea mirarlos fijamente a los ojos, o mostrar los dientes). Estos profesionales también saben que un gorila nervioso reducirá su agresividad si el humano adopta la correcta postura de sumisión. El sentido común, unido al conocimiento de la psicología del gorila, sirve para prevenir eventos desagradables.

Los gorilas pueden mostrarse incluso protectores con ciertos seres humanos. Es famoso el caso de un niño que cayó en el foso de los gorilas de un zoológico estadounidense en el año 2016. Un macho adulto llamado Harambe, alarmado por los gritos de la gente, decidió proteger al niño. Su conducta era de aparente brusquedad a ojos humanos, sobre todo cuando corría arrastrando al niño tras de sí, cosa que hacía porque un gorila no puede correr a dos patas llevando al niño en brazos. Lo cierto es que Harambe no trató al niño como a un invasor, sino como a una cría necesitada de ayuda, y no pretendía más que poner a salvo al pequeño humano. Si hubiese querido matar al niño, lo hubiese hecho. El asunto terminó cuando la policía mató a disparos a Harembe porque, aun a sabiendas de que su conducta era protectora, un niño no es tan resistente a los movimientos bruscos como lo es una cría de gorila (por suerte, el niño salió del incidente solo con algunas heridas menores). No se trata de «humanizar» la conducta de Harambe, sino sencillamente de juzgarlo por su propia psicología; el pobre gorila trató al niño como hubiese tratado a una de sus propias crías, pero desconocía que una cría humana es mucho más frágil que una de las suyas propias.

Este incidente ilustra que, incluso cuando las cosas acaban mal, la conducta de los gorilas suele seguir unos patrones previsibles. Hablábamos de quienes trabajan con simios salvajes; pues bien, todos ellos prefieren un encuentro con gorilas, esos gigantes vegetarianos y contemplativos, que con chimpancés. Vean aquí a un gorila macho que nunca ha visto un espejo y confunde su propio reflejo con un macho invasor: sus amenazas son terroríficas, no cabe duda, pero no es menos cierto que el animal está ofreciendo la oportunidad de que el rival se humille o se retire:

Casi nada de lo aquí dicho sobre los gorilas se aplica a los chimpancés. Para empezar, los chimpancés son omnívoros. Consumen gran cantidad de hojas que son la base de su dieta, pero también les gusta la carne y, al igual que los humanos, han evolucionado para cazar en grupo. Sus presas predilectas son monos arborícolas a los que atrapan mediante complejas estrategias colectivas ejecutadas por los machos de la manada: unos chimpancés asustan a los monos para dirigirlos en una dirección concreta donde esperan otros chimpancés que han organizado una emboscada. Es un fascinante ejemplo de trabajo en equipo, unido a la capacidad de estos simios para comunicarse entre sí mediante gestos. Sin embargo, la sociedad chimpancé es mucho más competitiva y caótica que la de los gorilas. Los chimpancés salvajes son cariñosos, tienen una rica vida afectiva y ciertamente poseen empatía, pero viven bajo el efecto de un constante estrés social. Son, como los humanos, propensos a las neurosis y las frustraciones. Entre los gorilas, un patriarca puede ser desafiado por otro macho y ahí acaba el tumulto porque, resuelto el conflicto, la manada se dedicará a la vida contemplativa. Pero los chimpancés viven en manadas más numerosas y sienten la constante necesidad de mantener o mejorar su estatus; por ello, y con frecuencia diaria, recurren a amenazas, agresiones e incluso actos de crueldad deliberada.

La agresión de los gorilas es previsible y proporcional, siguiendo patrones relativamente comprensibles para nuestra mirada humana, porque es una agresión cuyo propósito es la autodefensa y la defensa del territorio, de las hembras y de las crías. Por el contrario, la agresión de los chimpancés responde a complicados resortes sociales no siempre obvios para el observador humano. La agresión del chimpancé puede parecer caprichosa y desproporcionada. Y esto no es todo. Los chimpancés no solo matan, sino que se ensañan con sus víctimas: atacan los ojos, los genitales, etc. Esto, cabe insistir, no significa que los chimpancés sean «malvados», pero se aleja de su idealización pueril como «personitas». Sí, se parecen mucho a nosotros, más que ninguna otra criatura de nuestro planeta. Y sí, son encantadores: ¿a quién no le enternece ver vídeos de chimpancés? Pero tenemos que recordar que ellos no son como nosotros.

Es verdad que existen algunos humanos capaces de cometer actos tan sanguinarios como los de un chimpancé, pero a estos humanos los consideramos una excepción, una aberración dentro de los parámetros de nuestra sociedad. Salvando esas excepciones, los humanos no somos tan violentos. Por el contrario, los chimpancés que se comportan de manera sanguinaria no constituyen una aberración entre los suyos. Su conducta es producto de la evolución, sumada a la influencia de sus propias biografías. Pero si los chimpancés son distintos a nosotros incluso en el uso de la violencia, están en su derecho de serlo. Somos nosotros quienes hemos ido a buscarlos a su hábitat, no a la inversa. De hecho, los chimpancés salvajes suelen evitar a los humanos. El problema con el que se encuentran los mal informados adoptantes de chimpancés consiste en descubrir que no los podrán domesticar porque lo que tienen en sus casas es, básicamente, un pedazo de la selva.

El que los chimpancés no sean domesticables no los convierte en una rareza. Muy pocas especies animales son domesticables. A lo largo de nuestra existencia como humanos hemos domesticado a un muy reducido número de criaturas, mientras que la mayoría se han resistido. Las especies domesticables deben cumplir una serie de condiciones. Deben ser sociales en origen, pero no cualquier sociedad animal predispone a la domesticación: es importante que en sus manadas primen la obediencia y el respeto a la jerarquía. El perro, que proviene del lobo, ha sido fácil de domesticar porque los lobos tienen una tendencia natural a respetar al líder de la manada, grupo social mucho más estable que el de los chimpancés. Los actos violentos del perro, como los del gorila, suelen seguir una lógica que los humanos encontramos comprensible. Un perro ve al humano como líder de su «manada» y esto hace que, por su historia evolutiva, le resulte muy difícil comportarse de otra manera. Es extremadamente raro, aunque en ningún modo imposible, que un perro ataque a quienes considera de su familia, y para que eso suceda suele precisarse la intervención de un factor anómalo, como una enfermedad que afecte a su conducta. Además, a los millones de años de selección natural del lobo hay que sumar los miles de años de selección artificial del perro: los humanos hemos favorecido la reproducción de los perros más obedientes y dóciles frente a la de aquellos más violentos e indómitos. Una consecuencia de esto es que los perros domésticos parecen ser menos inteligentes que los lobos, pero son más capaces de prestar atención a lo que hacemos los humanos. Los lobos no nos  conocen ni nos comprenden, pero a los perros los hemos adaptado a nosotros y nuestras necesidades.

No todas las especies sociales y jerárquicas son domesticables. Pese a lo que parece indicar el sentido común, la semejanza entre dos animales no indica que sean igualmente aptos para ser nuestros obedientes compañeros. Por ejemplo, hemos domesticado con mucho éxito los caballos y los burros, pero no hemos podido hacerlo con las cebras, demasiado indómitas y agresivas. ¿Por qué unas especies sí son domesticables y otras muy parecidas no lo son? Además del funcionamiento de sus respectivas jerarquías naturales, hay otros factores que entran en juego: cómo manejan las situaciones de miedo y estrés, para qué usan su agresividad, etc. Hasta existe un caso particular de animal no muy social que se ha adaptado perfectamente a nosotros: el gato. Se cree que los gatos se domesticaron a sí mismos integrándose por voluntad propia en comunidades humanas de África, donde buscaban alimento y refugio. El pequeño tamaño de los gatos no los convertía en una amenaza, así que los humanos toleraron su presencia y pronto descubrieron las ventajas de aquella espontánea compañía felina. En especial, era beneficiosa la habilidad de los gatos para cazar alimañas, cosa muy apreciada en comunidades agrícolas. Los gatos ni se parecen a nosotros ni proceden de una sociedad jerárquica como la de los perros; eso hace que, como sabe cualquier propietario de gatos, no sean muy obedientes ni estén dispuestos a trabajar para nosotros. Pero su conducta hacia los humanos es muy tranquila. Los gatos, entre otras cosas, nos temen por nuestro mayor tamaño y saben que no sería buena idea hacernos enfadar.

Los chimpancés «domésticos» no nos temen. Y con razón. Si se lo proponen, pueden matar con facilidad a cualquier persona. Los únicos chimpancés que nos tienen miedo son los silvestres que no tienen experiencia tratando con nosotros. Los chimpancés silvestres ven que los humanos somos más altos que ellos, así que también nos imaginan más fuertes y evitan toparse con nosotros del mismo modo que evitan toparse con leones o leopardos. Lo peor que puede pasar es que ejemplares salvajes descubran que, pese a nuestra estatura, no somos rivales para ellos. Esta circunstancia solo se produce cuando se ven forzados a vivir cerca de los humanos, situación que, de ser por ellos, nunca se produciría.

En muchas regiones de África, los pobladores humanos apenas tienen problemas con los chimpancés porque estos animales evitan activamente el contacto. Por desgracia, cuando la deforestación deja a los chimpancés sin hogar, estos empiezan a dejarse ver y terminan deduciendo que los humanos no son tan temibles como sugiere su estatura. El mejor ejemplo es lo que está sucediendo en zonas rurales de Uganda. La población humana se ha instalado en territorios que hasta hace muy poco eran selva, pero que ahora son tierras de cultivo. Los chimpancés han perdido sus zonas de caza y se ven obligados a subsistir en diminutos parches de bosque que aún quedan junto a las nuevas plantaciones y poblados. Esta cercanía a los humanos ha ayudado a que los chimpancés descubran que sus nuevos vecinos son vulnerables y, por lo tanto, potenciales presas. Y esta es una muy mala noticia para los agricultores: el chimpancé es un simio cazador de monos, así que un humano vulnerable se convierte, a sus ojos, en un mono comestible más. En su ansia cazadora, los chimpancés de estas zonas deforestadas han llegado a atacar a niños. Los aterrorizados agricultores, que se habían instalado en esas regiones buscando una vida mejor, construyeron vallas que se terminaron demostrando inútiles ante la fuerza y agilidad de estos simios. Muchos colonos han terminado huyendo porque, aunque eso los devuelve a una situación económica precaria, se han dado cuenta de que los chimpancés cazadores son imposibles de controlar. Y no solo los humanos pueden ser víctimas; se han documentado ataques colectivos de chimpancés contra gorilas. Los chimpancés saben que, cara a cara, un gorila adulto los puede matar en un segundo, pero una vez aprenden qué individuos (crías, jóvenes, enfermos) son vulnerables a los ataques en grupo, no desaprovecha la oportunidad de cazarlos.

Así, los chimpancés que viven con humanos tienen una psicología sumamente compleja repleta de resortes que escapan a nuestra «teoría de la mente». Es decir, nos es muy difícil interpretar lo que pasa por sus cabezas. Los chimpancés se comunican profusamente entre ellos; normalmente, y salvo en caso de alarma, lo hacen en silencio, mediante gestos que han desarrollado de manera natural. Pero no son capaces de hablar con nosotros y su estado mental es fuente de posibles sorpresas que, en ocasiones, son muy desagradables. En Estados Unidos se hizo célebre el caso de Travis, un chimpancé macho de trece años —esto es, recién empezada su vida como adulto joven— que vivía como mascota en casa de una mujer llamada Sandra Herold. Travis había crecido entre humanos desde su nacimiento y parecía totalmente adaptado a la vida en una casa. Dormía con Sandra, comía en la mesa y se divertía realizando diversas tareas domésticas, desde regar las plantas hasta dar de comer a unos caballos. Veía partidos de béisbol en televisión y había llegado a aprender intuitivamente el horario del camión que llegaba al barrio para repartir su postre favorito, el helado. Había ejercido como «actor» en anuncios y como invitado en programas televisivos. Su relación con la gente de la localidad era, por lo general, afectuosa. Sandra Herold conducía una grúa para retirar vehículos; cuando iba acompañada de Travis, los lugareños saludaban al chimpancé y contemplaban divertidos cómo este devolvía el saludo. Así, la mayor parte del tiempo, Travis parecía una «personita» más.

Travis, sin embargo, no era tan feliz como aparentaba. Los chimpancés necesitan constante estimulación intelectual y física. Genéticamente preparados para altos niveles de estrés, se aburren con facilidad en torno a los humanos, y no siempre consiguen gestionar las emociones negativas que se derivan de sus carencias y frustraciones. A esto hay que sumar que sus necesidades dietéticas son difíciles de satisfacer (las verduras de consumo humano no son suficientes), y que cualquier enfermedad puede empeorar su estado anímico. Travis padecía problemas psicológicos desde el comienzo de su adolescencia: al despertar de su naturaleza selvática se había sumado la enfermedad de Lyme, causada por una pulga, que cuenta entre sus síntomas la confusión mental y elevados niveles de ansiedad. Travis, de hecho, estaba siendo tratado con benzodiacepinas.

Con la pubertad había llegado el primer incidente. En una ocasión, viajando en el coche de Sandra, un desaprensivo tiró un objeto hacia la ventanilla semiabierta junto a la que se sentaba Travis. El objeto pasó por la ventanilla y le golpeó. Los chimpancés son extremadamente inteligentes y no solamente reconocen una intención agresiva, sino que, dado su instintiva tendencia a defender el estatus social, se la toman como algo personal. Siempre se dice que los elefantes nunca olvidan a la persona que los ha maltratado; esto es muy cierto en el caso de los chimpancés, capaces de guardar rencor —y también un profundo cariño— a personas a las que no han visto durante años. Para vengarse del lanzamiento del objeto, Travis se quitó el cinturón de seguridad, abrió la puerta y salió en persecución del agresor, aunque no consiguió alcanzarlo porque este había tenido la buena idea de huir al instante. Así que Travis quedó en mitad de la calle, alterado y buscando venganza, cuando se presentó la policía. Aunque desde bebé conocía a los policías del pueblo, hizo conato de atacarlos. Su dueña lo pudo tranquilizar, pero los policías le aconsejaron que se deshiciera del chimpancé llevándolo a algún centro de conservación. Por desgracia, la mujer hizo caso omiso. Varios años después se demostró que los policías habían aconsejado sensatamente. La causa visible del nuevo incidente fue un juguete, aunque es seguro que los problemas psicológicos de Travis empeoraron su reacción.

Los chimpancés, como los niños, tienen sus juguetes favoritos y pueden volverse posesivos con ellos. El juguete favorito de Travis era un peluche de Elmo, el personaje de los Muppets. Una amiga de Sandra Herold y visitante habitual de la casa, Charla Nash, tuvo la ocurrencia de agarrar el muñeco. Sin mediar aviso, Travis se abalanzó sobre ella. Lo que siguió fue verdaderamente escalofriante. En la sanguinaria tradición de las peleas a muerte entre chimpancés, Travis arrancó los ojos y la mandíbula de la mujer, además de destrozarle las manos. Su dueña, Sandra, intentó detener el ataque apuñalando al chimpancé por la espalda con un cuchillo de cocina. Travis «se giró y me miró como diciendo: mamá, ¿qué has hecho?». El acuchillamiento incrementó su furia; no atacó a su «madre», pero siguió ensañándose con Charla.

Sandra llamó a emergencias diciendo «¡El chimpancé ha matado a mi amiga! ¡Se la está comiendo! ¡Le ha arrancado la cara!» mientras, en segundo plano, se oía al chimpancé gritando. Aun así, al operador de emergencias le costó casi un minuto creer que la histérica mujer no estaba intentando tomarle el pelo. Por fin, la policía se presentó y mató al animal a tiros. Increíblemente, Charla Nash sobrevivió al violento ataque de Travis, aunque quedó ciega y muy desfigurada. Los médicos de emergencia que la atendieron nunca habían visto algo parecido y calificaron sus heridas como «horrendas». El oficial de policía que disparó y mató a Travis, llamado Frank Chiafari, conocía al chimpancé desde cría y el suceso lo conmocionó tanto que padeció una depresión como consecuencia.

Sandra Herold dijo después que, pese a los hechos, seguía pensando que «Travis es como mi hijo y no podría serlo más aunque le hubiese dado a luz yo misma», e insistió en que el ataque había sido «una anomalía». Es verdad que Travis era un chimpancé adulto sometido al estrés de una enfermedad y a los efectos de varias medicaciones, pero no es menos cierto que este tipo de ataque hiperviolento se observa también entre chimpancés salvajes. El de Travis fue quizá un caso extremo, pero no único. Es peligroso acercarse a un chimpancé que está en una jaula y no son pocas las personas que, confiadas, han sido atacadas en zoológicos o centros de investigación, donde los chimpancés llegan a arrancar dedos a través de los barrotes. Como decíamos antes, lo preocupante es cuando aprenden que son mucho más fuertes que los humanos: dada su inteligencia, ni siquiera necesitan pelear con nosotros para aprenderlo. Les basta con observarnos.

El chimpancé es, pues, el más violento de los grandes simios, mucho más agresivo que los seres humanos. Si tenemos en cuenta nuestra historia cazadora similar a la del chimpancé, somos muy poco agresivos, quizá porque nuestras sociedades han sido mucho más estables. Pero los chimpancés no son así porque lo han decidido. Es su naturaleza y difícilmente podremos cambiarlos. Una selección artificial que los haga más dóciles parece inviable: viven demasiado tiempo y se reproducen demasiado poco como para planificar, mediante el apareamiento de individuos escogidos, cambios generacionales que se manifiesten a medio plazo. Intentar hacer con ellos lo mismo que hicimos con los lobos es nadar contra la corriente. El primer problema es que los humanos hemos sido intrusos en el hábitat de los chimpancés, los hemos extraído de él, y hemos intentado adaptarlos a nuestros caprichos. El segundo problema es que esperamos que se comporten como lo que no son. Y el tercer problema es que durante sus primeros años sí se comportan como nosotros deseamos, mostrándose dóciles y dependientes, y además siendo encantadores. Las redes sociales —Instagram, etc.—, unidas al evidente encanto e inteligencia de estos fascinantes parientes nuestros, han promovido las adopciones de chimpancés como mascotas allá donde esta práctica todavía es legal. Pero cabe reflexionar sobre si un hogar humano puede cubrir las verdaderas necesidades de estos complejos simios, y sobre la irresponsabilidad de hacerlos crecer en un entorno que quizá los rechace en cuanto abandonen la infancia. Pero los chimpancés criados entre humanos no pueden retornar a la selva, pues no han podido aprender a relacionarse con sus parientes salvajes que los matarían en minutos, y terminan —en el mejor de los casos— en instituciones dedicadas a recoger a aquellos individuos que ya no son manejables y cuyos «dueños» han descubierto que no son realmente domesticables. Individuos que, no lo olvidemos, han sido abandonados por humanos a quienes amaban como su familia. Los chimpancés pueden ser indómitos y agresivos, pero no son malvados o insensibles, y parecen sufrir la pérdida y la separación de manera no muy distinta a como los sufrimos nosotros. Qué mejor manera de respetarlos que dejarlos vivir en su hábitat y bajo sus propias reglas.

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7 Comentarios

  1. Espléndido artículo, señor. Muy bueno y necesario. Casualmente días atrás, y por insistencia mía a un vecino, pude conocer a un señor que veía pasar en bici con una cotorrita inmóvil sobre su gorro. Las adomestica desde el nacimiento alimentándolas con una jeringa. Notable. La tuve pocos minutos sobre mis hombros, los suficientes como para no hacerlo más: defecan continuamente. Un aviso necesario para todos aquellos que aman esos pajaritos. Con respecto al gorila y el espejo, pude comprobar que son raras las veces que mira a los ojos de su imagen. Como dijo usted, que no deberíamos mirarlos si nos encontramos cara a cara, pareciera que también ellos y para evitar problemas adoptan esa actitud, digamos pacifista.
    Pobre bicho, cuánto desconcierto al comprobar que detrás del espejo no había nadie. Con respectos a los gatos, diría que son alienos cuadrúpedos necesarios. Los queremos tanto, pero es raro que devuelvan nuestras atenciones, solo para pedir comida o mimos. Unos grandes rufianes que, sin embargo, me desconciertan, como el mío. Gracias por la amena lectura. Y si ya lo publiqué, vale la pena hacerlo de nuevo. “Mi viejo gato haragán se estira perezoso para luego enroscarse blandamente y quedar ensimismado barruntando cual filósofo el extraño sino de la vida. Entrecierra los ojos perspicaces y se olvida que en las grietas de su único Presente las lauchas de la alegría duermen grises al reparo, un momento de tregua en el ensueño mágico de lo existente. Su misión reposando hoy es otra; es dar lecciones de abandono ahorrando astucia y eficacia para aquel que camina, fuma, piensa y se pasea arrastrando las dos patas.

  2. ¡Ay, pero qué simpáticas son las cotorritas y cuantísimo nos parecemos ellas y yo en el hecho de defecar continuamente! Demasiada fibra, me apuntan por aquí algunos entrometidos. Y los gatos, ay los gatos… son como los hijos, solo se mueven por el interés. Por eso parece que ni tú ni yo los hemos tenido, Edu Rober. ¡¡JAJAJAJAJA!! ¡¡¡Estoy como locaaaa…!!!

    • Por la última frase, escribe que te pasa. Y mucho. En los dos componentes, escribir y pasar. Por la primera y en su final, ahora entiendo tu pseudónimo. Siempre desopilante, Ansiosa Genial. Un abrazo

  3. Una pena que en el articulo haya un serio error. Jane Goodall no estudió gorilas, fue Dian Fossey.

    “Goodall enseñó al mundo que, si se respetan los protocolos sociales de los gorilas y se les permite acostumbrarse a la presencia humana”

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