
En los años ochenta fue muy célebre la imagen de Michael Jackson portando una cría de chimpancé en brazos. El simpático simio, llamado Bubbles, causaba sensación en sus apariciones públicas y se convirtió en una estrella por derecho propio. Su relación con el cantante era obviamente muy estrecha. Bubbles era dependiente, dócil y afectuoso como es propio de todas las crías de chimpancé, que, en estado silvestre y mientras están en la infancia, jamás se separan de sus madres.
Las crías de chimpancé, sin embargo, crecen. Entre los seis y ocho años alcanzan la pubertad, época en que empiezan a despertar sus instintos selváticos. Bubbles empezó a dar muestras de estar volviéndose incontrolable, hasta el punto en que Michael Jackson se vio obligado a dejar su famosa mascota en un centro de acogida. El albergue estaba repleto de chimpancés adolescentes y adultos procedentes del mundo del espectáculo o de los hogares de humanos caprichosos que, desde la ignorancia, habían pretendido adoptar un animal que, por decirlo en pocas palabras, no puede ser domesticado.
El concepto de que los chimpancés no sean domesticables puede resultar confuso para muchas personas, dado que estos simios parecen muchísimo más «humanos» que otros animales que sí son fáciles de domesticar, como los perros. En un amplio abanico de situaciones, pueden relacionarse con nosotros casi de tú a tú y con relativa «normalidad», siempre que estén habituados al contacto con humanos. Los chimpancés no solo son nuestros parientes más cercanos (aunque, cabe aclarar, no son nuestros antecesores, sino más bien nuestros primos hermanos); además su especie es la más inteligente del reino animal después de la especie humana. Se estima que, al menos en cierto rango de tareas, un chimpancé adulto posee una inteligencia similar a la de un niño humano de tres o cuatro años de edad. Por supuesto, la inteligencia de un niño es muchísimo más flexible y polivalente. Aun así, para un animal no humano, ese nivel de inteligencia es excepcional. Los chimpancés pueden aprender tareas sorprendentemente complejas, incluyendo la comunicación mediante signos. En comparación, los perros son intelectualmente muy limitados.
Los chimpancés albergan una rica vida interior y poseen una psique complicada que incluye una muy elaborada percepción de sí mismos y de los otros. Se ha demostrado que poseen una «teoría de la mente», la capacidad para reflexionar sobre el estado mental del prójimo, capacidad que hasta hace no tanto se pensaba exclusiva de los seres humanos. Estos simios se nos parecen tanto que es fácil cometer el error de creer que, por lógica, deberían ser más aptos para la convivencia con humanos que otros animales. ¿Por qué no iban a ser los chimpancés perfectos compañeros de convivencia? Sin embargo, el que sean o no domesticables no depende de su gran inteligencia o de su estrecho parentesco con los humanos. Lo realmente decisivo es que provienen de un tipo de sociedad muy distinta a la humana. La testaruda realidad demuestra que los perros, aunque no se nos parezcan, están hechos para convivir con nosotros, pero los chimpancés no.
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Espléndido artículo, señor. Muy bueno y necesario. Casualmente días atrás, y por insistencia mía a un vecino, pude conocer a un señor que veía pasar en bici con una cotorrita inmóvil sobre su gorro. Las adomestica desde el nacimiento alimentándolas con una jeringa. Notable. La tuve pocos minutos sobre mis hombros, los suficientes como para no hacerlo más: defecan continuamente. Un aviso necesario para todos aquellos que aman esos pajaritos. Con respecto al gorila y el espejo, pude comprobar que son raras las veces que mira a los ojos de su imagen. Como dijo usted, que no deberíamos mirarlos si nos encontramos cara a cara, pareciera que también ellos y para evitar problemas adoptan esa actitud, digamos pacifista.
Pobre bicho, cuánto desconcierto al comprobar que detrás del espejo no había nadie. Con respectos a los gatos, diría que son alienos cuadrúpedos necesarios. Los queremos tanto, pero es raro que devuelvan nuestras atenciones, solo para pedir comida o mimos. Unos grandes rufianes que, sin embargo, me desconciertan, como el mío. Gracias por la amena lectura. Y si ya lo publiqué, vale la pena hacerlo de nuevo. “Mi viejo gato haragán se estira perezoso para luego enroscarse blandamente y quedar ensimismado barruntando cual filósofo el extraño sino de la vida. Entrecierra los ojos perspicaces y se olvida que en las grietas de su único Presente las lauchas de la alegría duermen grises al reparo, un momento de tregua en el ensueño mágico de lo existente. Su misión reposando hoy es otra; es dar lecciones de abandono ahorrando astucia y eficacia para aquel que camina, fuma, piensa y se pasea arrastrando las dos patas.
¡Ay, pero qué simpáticas son las cotorritas y cuantísimo nos parecemos ellas y yo en el hecho de defecar continuamente! Demasiada fibra, me apuntan por aquí algunos entrometidos. Y los gatos, ay los gatos… son como los hijos, solo se mueven por el interés. Por eso parece que ni tú ni yo los hemos tenido, Edu Rober. ¡¡JAJAJAJAJA!! ¡¡¡Estoy como locaaaa…!!!
Por la última frase, escribe que te pasa. Y mucho. En los dos componentes, escribir y pasar. Por la primera y en su final, ahora entiendo tu pseudónimo. Siempre desopilante, Ansiosa Genial. Un abrazo
Un articulo brillante. Enhorabuena.
Recomiendo el documental «Project Nim», sobre un experimento en los 70 de educar a un chimpance con una familia humana y ensenharle a comunicarse usando lenguaje de signos.
https://www.filmaffinity.com/es/film498101.html
Buen, e interesante, artículo.
Muy bueno y muy interesante
Una pena que en el articulo haya un serio error. Jane Goodall no estudió gorilas, fue Dian Fossey.
«Goodall enseñó al mundo que, si se respetan los protocolos sociales de los gorilas y se les permite acostumbrarse a la presencia humana»
Muy bueno.
Gracias por el.artículo me ha parecido ameno, interesante y muy necesario.
¡Que increible articulo!