
Quizá no exista un periodo de la historia reciente de España que interese más mantener oculto bajo cuatro tópicos mal trabados que la dictadura del general Franco, se mire al lado del espectro político que se mire. Para los nostálgicos suponen cuatro décadas ininterrumpidas de orden, estabilidad y ausencia de paro donde no ocurrió nada que se saliera de lo que Dios y la Patria mandan. Para otros muchos, existe un bloqueo psicológico ante la vertiente represiva del franquismo; las dictaduras no son precisamente simpáticas. Lo que se cuenta en el cole es la represión, los apuros de la posguerra y desde ahí ya derechitos al advenimiento de Juan Carlos I para salvarnos del caos y las tinieblas, todos nos damos la mano en amor y compañía y el mundo entero nos admira. Por eso puede que últimamente abunden los que no tienen ni pajolera idea de lo que ocurrió cuando sus padres o abuelos aún tenían pelo. Todo esto obedece al sesgo politizado con el que se suele analizar este periodo.
Legiones de tertulianos maduros han transmitido la distorsionada imagen tardofranquista de los estudiantes universitarios (casualmente ellos mismos) corriendo delante de los grises como héroes de la lucha contra la Lucecita de El Pardo. Las protestas estudiantiles existieron desde finales de los cincuenta y cobraron mucha importancia en los estertores del franquismo, pero se trata de una oposición puramente política y minoritaria. La población universitaria la componían vástagos de gente acomodada y afecta al régimen. La revuelta estudiantil proviene de las mismas entrañas del franquismo: tras las algaradas de 1957 ilustres apellidos de victoriosas familias patearon las cárceles peninsulares buscando a sus nenes, impasible el ademán.
Sin embargo, existió una oposición constante, espontánea, valiente y aunque de carácter mucho menos político, a la postre bastante más efectiva. Esta oposición ha permanecido durmiendo el sueño de los justos durante años, condenada al ostracismo puesto que no está plagada de prohombres destacados. Esta oposición consiguió plantar las semillas del Estado del bienestar en España a costa de mucha sangre, sudor y hostias como panes. La conflictividad laboral durante la dictadura no fue en absoluto testimonial; durante unos cuantos años fue la más alta de Europa y sin embargo ha desaparecido del relato posterior.
Acto I: Represión y autarquía
Desde el inicio del alzamiento, los militares sublevados tenían muy claro cuál iba a ser su objetivo principal: «erradicar» de España la «enfermedad marxista». Al menos hasta 1947 se emplearon a fondo para conseguirlo: a la represión de retaguardia llevada a cabo por falangistas y carlistas le siguió un metódico terrorismo de Estado de la mano de los Tribunales Militares que, con la Causa General en ristre, no daban abasto para crujir a tanto rojo real o imaginado. Las cárceles españolas, con capacidad para veinte mil reclusos, alojaban una cifra que oscila entre doscientos y cuatrocientos mil presos políticos. Los ejecutados se cifran en cine y ciento cincuenta mil, sin contar fallecidos por enfermedad, hambre o malos tratos en prisiones y centros de acogida —niños o mujeres, por ejemplo—. Los exiliados superaban el medio millón, aunque una buena parte acabó volviendo. La represión no se termina ahí, sino que incluyó una depuración de funcionarios públicos, sobre todo en la enseñanza y la judicatura (sustituidos por curas y militares, respectivamente) pero que también llegó a capas más modestas, como los servicios municipales. La magnitud de la represalia franquista en los primeros tiempos desarticuló a la oposición política desde el centro hasta la extrema izquierda y la redujo a un estado de lamentable impotencia del que ya no salió: hay una discontinuidad evidente entre la izquierda de antes de la guerra y la actual.
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Lo del Gobierno socialista-comunista yendo en primera fila (en la segunda iban los sindicatos..) el 1 de Mayo reclamando ¡al Gobierno! más «derechos» a los trabajadores. El sindicato vertical nunca antes había estado tan claro.
Te lo dice un sindicalista de la UGT de casi toda la vida… Limpio, fijo y doy esplendor a tus últimas frases. Aunque sigamos siendo, como pueblo, un buen guion de Berlanga y Azcona, no pierdo la esperanza… como Vladimir y Estragón
Es encantador cuando los fachorros emplean el nacional-catolicismo cuartelero de antaño (el régimen de Franco no fue fascista, por cierto) para criticar a los progres de hogaño (ya querríamos que el PS sanchista tuviera briznas del socialismo clásico; UP es levopopulismo o neoliberalismo progresista).
También es de ver que muchos de esos nostálgicos fachorros, posfranquistas o voxitas son hoy en día pugnaces liberal-conservadores (un Francisco José Contreras) o ultraliberales casi minarquistas (Espinosa) contradiciendo el socialismo (socialismo de derechas, socialismo reaccionario que diría Marx en el Manifiesto) franquista.
¿Qué tienen entonces en común aquel socialismo derechista del meapilas y cuartelero Franco y el neoliberalismo de nuestros fachorros actuales? Pues ni más ni menos que las hostias a los obreros y el buen orden.
Después dicen que no hace falta comunismo (de verdad, no la caricatura de Pdms) en este mundo podrido…
Si hablamos de sindicalismo de verdad aquí tienen esta patada en el pecho
https://www.elconfidencial.com/cultura/cine/2020-11-13/ano-descubrimmiento-sindicatos-cartagena-luis-lopez-carrasco_2830088/
Máximo, comunista de sofá, es la Irene Montero de jotdown. Cada vez que abre la boca, la causa que presuntamente defiende se desangra en votos.
Sugiero sustituir el pie de foto. En lugar de «Los grises cargan contra manifestantes durante una huelga en 1968», poner «La gristapo cargan contra manifestantes durante una huelga en 1968». La gente «se caía» por las ventanas de las comisarías.
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