Juan Domingo de la Cruz: «Tkachenko era un pan de Dios… otra cosa era Sabonis»

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Juan Domingo de la Cruz

Al poco de subir al coche de Juan Domingo de la Cruz, a la salida del Aeropuerto de Palma de Mallorca, suena el teléfono. Es un padre que quiere apuntar a su hija a clases de baloncesto. No sabe si le gustará o no, pero quiere probar. Juan le da cita y hora y le recuerda que la clase de prueba es gratis. El hombre parece encantado. Son las diez de la mañana de un jueves lluvioso, como las dos últimas semanas en Palma, o eso dicen. Desde que fichara por el Prohaci en 1991, este campeón de ligas, copas, recopas y copas Korac. este medallista olímpico y subcampeón de Europa con la selección, ha tenido en Palma su centro de gravedad permanente, entre aventuras puntuales en Costa Rica, Madrid o Barcelona.

Pese a su palmarés, pese a sus ciento treinta y dos partidos jugados con la selección, pese a haber sido parte de la revolución que ha hecho del Barcelona y del equipo nacional lo que son hoy, De la Cruz mantiene un perfil mediático relativamente bajo. La única excepción, quizá, fue cuando La Sexta le llamó para hacer de comentarista junto a Iturriaga y Andrés Montes en el Mundial de 2006. De eso hace quince años. Desde entonces, alguna bronca en Twitter y alguna colaboración puntual. Desde sus más de dos metros, el «Lagarto» hace memoria de veinte años de baloncesto y aún tiene la sensación de dejarse cosas. Por su boca pasan Tkachenko, Sabonis, Meneghin, Epi, Díaz Miguel y, sobre todo, su adorado, «Chicho» Sibilio. Estamos en el Club Náutico, él ha pedido una botella de agua y yo, un descafeinado.

Más de cuarenta y cinco años viviendo en España, pero cualquiera que te siga por redes sociales sabe que te sientes tan argentino como siempre, al menos en el terreno futbolero…

Bueno, yo lo he dicho siempre: mientras he jugado en la selección española, he dado todo lo que he podido por esa selección. Ciento treinta y dos partidos, disputé. Lo que pasa es que en el fútbol es otra historia: la raíz es la raíz y yo soy muy futbolero, muy futbolero… Así que, para mí, lo primero ahora mismo es Messi, como lo fue Maradona, y, en general, la selección argentina. Soy hincha de Boca y de la selección. También soy muy fanático del fútbol del Barcelona, aunque ahora me he enfriado mucho porque me he llevado muchas decepciones. 

¿Qué recuerdo tienes de esa Argentina de niño, la del tardoperonismo y los golpes de estado constantes?

¡Pues el recuerdo lo llevo encima, ya ves mi nombre! [risas]. Yo soy Juan Domingo. Mis abuelos eran muy peronistas, yo nací en 1954, todo cuadraba. A mi hermana le quisieron poner María Eva, pero no les dejaron porque ella nació en 1957 y ahí ya había problemas con el peronismo, así que les prohibieron a mis padres ponerle el nombre. Toda mi familia ha sido peronista. Recuerdo trabajar mucho en el campo, aprobar todo lo que podía cuando estudiaba para poder pasarme mis tres meses de vacaciones en el campo. Luego ya nos fuimos a Buenos Aires y nos hicimos panaderos todos: mis padres, mis tíos… yo trabajé de panadero desde que aprendí a mover las manos hasta que me vine para aquí. 

Pero eso es muy sacrificado…

Sí, pero más para el que tiene que hornearlo a las tres de la mañana. Yo lo hacía para el día siguiente. Iba al colegio hasta las cinco y cuando salía, nos poníamos a hacer el pan.

En un país donde el fútbol es una religión, ¿qué papel ocupaba el baloncesto?

En el colegio, dentro de las actividades, había baloncesto con el profesor de educación física, y siempre querían que me metiera a jugar, pero a mí no me apetecía. No quería. A mí me gustaba el boxeo, mi tío me llevaba a ver combates al Luna Park y pillé la época buena de Monzón y su generación. Lo que pasa es que un día me dijo: «Juancho, vamos a ver basket, que hay un torneo con la selección yugoslava, la española, la argentina…» y a mí no me hacía ninguna ilusión, pero le acompañé, y justo estábamos viendo el partido de España, con Rullán, Corbalán, Brabender, Manolo Flores… y pasa un delegado por ahí y me pone un pin con la banderita española y la cestita. Bueno, pues ese señor era Manolo Padilla, que luego fue delegado mío con la selección durante los doce años que estuve en el equipo [risas]. Fíjate lo que es la vida. 

¿A qué edad empiezas a jugar en serio, con visos de convertirte en profesional?

Bueno, yo quería jugar al fútbol. Mi padre había querido ser portero de fútbol, es del mismo pueblo que Gatti y le ofrecieron en su momento jugar en Buenos Aires, pero mi madre le dijo: «O el fútbol o yo»… y se quedó con ella. El caso es que mandamos una carta para probar en un equipo y nos dijeron que sí, y dio la casualidad de que probaba, digamos, el viernes, y el jueves, iba caminando por la calle y me para un tipo y me dice: «Pibe, tengo que hablar con vos, ¿cuántos años tenés?». Le digo: «Quince» y el tipo me pregunta si juego al basket y si no me apetece probar. El equipo era el San Lorenzo de Almagro, que en fútbol era muy importante… pero es que en basket era aún más importante. Yo no lo sabía, pero le llamaban «La catedral del basket» y lo ganaba todo. Y el caso es que me fui ahí, hacía un frío de pelotas, pero me enganchó un entrenador, me puse a jugar y al final me quedé y me olvidé del fútbol.

En 1973, formas parte del equipo que gana el Sudamericano Juvenil. 

Fue todo muy rápido. Primero me llevaron a la selección federal, porque, claro, era muy largo, y luego a la junior argentina. 

En la final, le ganáis 86-68 a Brasil, ¿qué rivales recuerdas de aquella época? ¿Había vida más allá de la rivalidad Brasil-Argentina?

Bueno, Uruguay… Venezuela en algún momento tuvo algo, pero los tres equipos potentes eran Argentina, Brasil y Uruguay. Yo tenía diecisiete años y jugábamos el campeonato en Bahía Blanca, que es la cuna del basket argentino, con cinco mil personas en el pabellón. Imagínate. Cinco mil personas ¡argentinas, además!

Todas muy silenciosas, entiendo.

Sí, sí, con cuarenta o cincuenta tambores. Se montó una tremenda. Ganamos el campeonato, la gente nos sacó a hombros, nos reconocían por la calle… Tuvimos una recepción oficial con Perón, salimos al balcón a saludar y todo. Me puso una medalla y cuando le dije el nombre, me dijo: «Hombre, mi tocayo». Imagínate, para nosotros es un mito. Como premio, nos tuvieron un mes en China, recorriendo toda China… y, con esa edad, acabamos de los chinos hasta las pelotas. Es que no era la China de ahora, era la China de Mao: todos vestidos de caqui y con el libro rojo. No había una luz en la calle… ¿Qué hacíamos ahí? Nos seguían a todos lados, además. En cada habitación tenían un chino para que no saliéramos de allí.

En 1975, con veintiún años, te marchas a España, ¿de dónde viene tu vinculación con el país?

Pues, mira, yo estaba en la universidad, que estudiaba agronomía, y a la vez trabajaba en San Lorenzo, en las oficinas del club. Además, por las noches, entrenaba. En una de estas, fuimos a jugar un torneo en Mar del Plata contra un equipo que le llamaban «el Barcelona». Una vez ahí, estaba sentado en el banquillo y se me acerca un señor y me dice: «Oiga, muchacho, ¿usted tiene familia española?» (imita el acento catalán) y le digo: «Sí, mi abuelo es de Salamanca, y mi abuela, también». Se le cambió la cara y me dijo que fuera al partido que tenían al día siguiente en Buenos Aires contra Obras Sanitarias porque tenía que hablar conmigo. Yo no iba a ir, pero fui. 

Y estaban interesados, claro.

Sí, hablaron un poco conmigo, me cogieron los datos… Yo pensaba que eso iba a quedar en nada, pero al poquito tiempo recibo una llamada telefónica de Eduardo Portela, que era directivo del Barcelona en esa época. Quería que fuera un año para probar y ver qué tal. El caso es que cuando Obras Sanitarias se enteró, me hizo también una oferta con un coche, un apartamento… Mi padre quería que aceptara esa oferta, pero mi madre me dijo: «Ni te lo pensés, rajá de acá». Con dolor, pero fue la que me empujó. Fui por un año y ya no volví.

Juan Domingo de la Cruz

Te marchas justo antes del golpe de Estado de Videla y la Junta Militar.

Bueno, a mí casi me matan, porque al año siguiente volví de vacaciones y fue un cara o cruz. Me pararon en la calle y me pusieron un rifle en la cara y otro en la espalda. Íbamos en un coche, nos asaltaron, y porque reaccionamos bien, que, si no, nos matan ahí mismo. Supimos estar tranquilos.

¿Por qué fue eso? ¿Estaban buscando a gente como vosotros?

No, no, no, por nada. Es que así era Argentina por entonces. Habíamos ido a entrenar con un compañero mío, íbamos a tomar algo a la provincia y el conductor se equivocó de sentido y en vez de doblar, cruzó la mediana… justo delante de un puesto de control de militares. Vinieron diez patrullas, ¿eh? Yo pensaba: «Bueno, ya está, aparecemos muertos, o nos tiran a un río». Fue la hostia. De repente, aparece el hombre este con el rifle, los ojos ensangrentados, y yo levanto las manos y le digo: «No tire, no tire…». En esa época, había mucho terrorismo: les tiraban una bomba al puesto de control y los mandaban al otro barrio, así que estaban muy a la defensiva. Salimos del coche, que era un Ford Falcon que se abría para arriba, y estábamos rodeados. Rodeados.

Esto, con veintidós años…

Sí, sí, pero lo manejamos muy bien. Además, dio la casualidad de que yo había salido esa semana en «El Gráfico», una revista de deporte de ahí, como el primer jugador argentino que se había ido a España a triunfar. Nos hacen abrir el maletero y se acerca uno con unos galones, que se ve que era el jefecillo, y nos dice: «¿Qué llevan ahí?». Llevábamos ropa de entrenamiento, claro, y el tipo ata cabos y pregunta: «Pibe, ¿vos no saliste esta semana en El Gráfico, que jugás en España?» Y yo le dije: «Sí, sí, soy yo» y ahí se me abrió todo. El caso es que a su hijo le gustaba el basket y yo le dije: «Llevale todo, TODO. La camiseta del Barça, el chándal de Argentina. Se lo regalo». Y al final no nos pidieron ni la documentación. «Tengan cuidado la próxima vez» y ya está. Luego estuve sin dormir mucho tiempo, con pesadillas, imaginando que nos dejaban secos. Fue cara, pero podría haber sido cruz, que es lo que pasaba en Argentina.

Llegas al Barcelona, pero convendría recordar que ese Barcelona no se parece en absolutamente nada no ya al actual sino al que tú mismo dejas en 1987…

Es que el Madrid se lo comía todo. Yo llegué al Barcelona y para mí fue muy especial porque era como llegar ahora a la NBA. Para nosotros, ir a Europa a jugar era tremendo. Y eso que yo no conocía Barcelona, porque nosotros veíamos el No-Do. Íbamos al cine y nos ponían el No-Do en Argentina y solo salían el Madrid y Franco, yo qué carajo sabía dónde estaba Barcelona [risas]. Lo más que veía era una fotito de la estatua de Colón en algún libro. 

Supongo que cambia todo respecto a Argentina.

Todo, todo… Era muy profesional. Recuerdo que me dieron unas zapatillas de mi número, unas Converse All-Star, que en Argentina no las veíamos ni en foto. Me hizo más ilusión eso que lo que me pagaban. Me trataron muy bien, me llevaron a vivir con una familia… y la anécdota que tengo es que, claro, yo había conocido a Perón, así que quería conocer a Franco [risas]. Fíjate si llegué desorientado, sin saber lo que era Barcelona y Cataluña, que mi gran ilusión era conocer a Franco, te lo juro. 

Pues no estaba Franco para visitas-

No, claro, llegué en septiembre de 1975… Además, ya te digo que vivía en una casa con una familia catalana: la yaya, los dos hijos, el perro, la pareja. Un día estamos ahí y sale el tipo este diciendo que ha muerto Franco y escucho: «La mare que el va parir, ja era hora… ¡Yaya, porti la botella de cava!». Sacaron una botella de champán… yo flipaba. No entendía nada. Llevaba ahí dos meses, no más. El primer partido que jugamos en Barcelona con el Madrid, veo la bandera española y la reconozco, pero también sacan una bandera que no tenía nada que ver con la española y un himno que tampoco me sonaba de nada. Y había un señor que no era Franco ni nada y resultó que era Tarradellas. Todos de pie, ahí. Luego, iba a Madrid y me gritaban: «Polaco, polaco…» y yo pensaba: «Hostia, pero, ¿qué pasa aquí?».

¿Con qué equipo te encuentras?

Bueno, a mí me trae Zeravica y es un momento de cambios: empiezan a subir a Epi, a Nacho… El primer partido que jugamos, perdemos de sesenta [risas]. Luego, cuando vinieron a casa, sí, les ganamos bien y además el yugoslavo me hizo jugar bastante y salió muy bien. A partir de ahí, poquito a poquito, te vas haciendo un sitio. La idea era cederme al Manresa, pero al final me quedé y cuando acabó la temporada me renovaron por tres años. Con el tiempo y poco a poco les fuimos comiendo terreno y acabamos ganando alguna liga y seis Copas del Rey seguidas.

La estrella cuando llegas era Bob Guyette, un jugador de Kentucky buenísimo, que no sé por qué no hizo carrera en la NBA…

Era muy bueno. En Kentucky fue una estrella. También estaba Norman Carmichael.

Y «Chicho» Sibilio, así que erais tres nacionalizados.

«Chicho» llegó en febrero de 1976. En realidad, el único nacionalizado era Carmichael. Yo era oriundo y Chicho tuvo que jugar el primer año como extranjero en competición europea y luego ya le nacionalizaron también. Vivíamos juntos en la casa de la familia esta catalana. 

En 1978, llega el primer título: la Copa del Rey, con Eduardo Kucharski en el banquillo. ¿Qué recuerdo tienes de él?

Malo. Muy malo. No soy de Kucharski, no. Lo respeto por respeto, nada más, pero conmigo se portó mal. De hecho, yo estuve a punto de irme por él. Él quería quedarse con Epi y con el hermano de Epi, el mayor, y yo no era de su agrado. Yo me quería volver a Argentina, pero como entonces me llamó Antonio Díaz Miguel para la selección, las cosas cambiaron. Con Kucharski, había detalles en los entrenamientos que no me gustaban. Tuvimos la mala suerte de ganar esa Copa del Rey y que se quedara, pero yo soy crítico con él… como entrenador, ¿eh? Como persona, ya no entro. Aparte, por ejemplo, Epi siempre habla muy bien de él, dice que le debe todo, así que cada uno la cuenta como le va, no hay más.

Juan Domingo de la Cruz

En el 79, repetís triunfo en la Copa, metes siete puntos y tu «hermano» Sibilio, treinta y ocho. Un año antes, el Madrid pierde la liga por primera vez en doce años, contra el Joventut de Moka Slavnic, ¿se empiezan a ver ahí las costuras del Madrid invencible?

Es que, al menos en nuestro caso, pillamos una época en la que el fútbol iba mal. Entonces, cuando el fútbol va mal, ya sabes que se destaca mucho el baloncesto. De todas formas, con el presidente que tuve, que fue Núñez, yo siempre me llevé bien, tuvo conmigo detalles buenos… Mira que hay gente que ha hablado cosas, pero conmigo, todo bien. Sí, nos dimos cuenta de que el Madrid ya no era inalcanzable… pero más se dieron cuenta ellos, que veían que se estaban haciendo las cosas bien. Ojo, que ya no es tan fácil. Epi, por ejemplo, le veías partido a partido que iba a ser un histórico. «Chicho», como tú dices, era un fuera de serie. 

De hecho, es cuando realmente empieza una rivalidad Barcelona-Real Madrid como tal

Esos partidos eran tremendos, tremendos, porque había un fondo… Ahora es un fondo económico, puro y duro; ahora es pasta por pasta, qué club tiene más dinero, qué club ficha al jugador más importante. En esa época, había un fondo político que a nosotros nos daba igual, pero existía. Nos rodeaba. Nosotros salíamos en las furgonetas de la policía, y el Madrid, igual cuando jugaba aquí. Lo curioso es que es una generación que luego coincidimos durante años en el equipo nacional: Corbalán, Iturriaga, Llorente, Fernando Martín, Fernando Romay… y por el otro lado, Solozábal, Epi, Sibilio, Flores, luego Jiménez, yo… Nos conocíamos muchísimo. Esos partidos tenían una tensión tremenda, pero luego éramos muy amigos. Y todavía sigo siendo amigo de muchos de ellos, me llevo muy bien con todos.

Aparte del tema político, ¿cómo era aquella Barcelona del postfranquismo?

Conocimos la parte gamberra, nocturna. Con Chicho, algunas veces, salíamos [risas], pero, para nosotros, era una diversión sana. Yo sé que algún jugador de fútbol tuvo muchos problemas, pero nosotros no. A ver, yo soy un enamorado de Barcelona; conozco todo el mundo, tanto por el deporte como por placer y, para mí, Barcelona es una de las ciudades más completas, más bonitas… En esa época, era diferente a lo de ahora. Era diferente a antes de los Juegos. Los Juegos abrieron Barcelona al mar; antes, por la calle, no lo veías. Ahora, lo ves. Es posible, por lo que me cuentan, que ahora no esté pasando un buen momento en cuanto a la seguridad y limpieza y tal, pero, bueno. Chicho y yo vivimos juntos cuatro años, y lo nuestro era ir a cenar y luego ir a tomar una cerveza o agua o un gin-tonic después de los partidos, pero nos portábamos bien, no teníamos rollos raros.

Juntos, Chicho y tú, empezáis a coincidir también en la selección española…

A mí me llamó Antonio para el Europeo de Bélgica de 1977, que fue un fracaso, creo que bajamos de categoría, y, a partir de ahí, ya fue seguido: hubo un cambio generacional, con Margall, con los chicos que salíamos del Barcelona y los del Madrid. Antonio nos dio toda la confianza, incluso a los que a lo mejor en su club contaban con menos minutos.

Ya, porque tú en ese momento, en el Barcelona, estabas de sexto hombre.

Sí, pero luego acababas jugando los momentos más importantes tú porque el americano de turno tenía problemas de faltas. Les dejaban todo el partido en vez de cambiarles antes y te comías tú el marrón de jugar finales apretados. Si salía bien, salía bien. Si salía mal… era culpa tuya. Yo, a partir del 80, sí empiezo a ser titular porque Chicho pasa a jugar de tres. Piensa que era complicado jugar: teníamos a los dos mejores tiradores de aquel momento, Chicho y Epi, y a dos americanos. Tienes que acostumbrarte a encontrar tu lugar, centrarte en tus diez-doce puntos, no más, y hacer una labor más de especialista, de defender al americano rival.

Y aun especializado, en el Eurobasket de 1979, le ganáis a la URSS y tú le metes veintitrés puntos a Tkachenko…

La URSS era un equipazo, pero salíamos muy mentalizados y se nos daban muy bien. A mí me encantaba jugar contra ellos. También con el Barça. De hecho, cuando jugamos la final de la Copa de Europa, jugamos contra el TSKA de Moscú, que también estaba Tkachenko. A ver, yo me ponía como un jugador de póker, intentaba poner cara de que no tenía miedo cuando estaba acojonado, porque son tíos muy grandes, muy fuertes.

Tkachenko se convirtió en un icono pop, al menos en España.

Era un pan de Dios. Un pan de Dios. Coincidí en la selección europea con él y era un pan de Dios. Otra cosa era Sabonis, que era más jovencito, y te las soltaba. Se te imponía. Me encantaba jugar con ellos, y Antonio lo sabía. Estábamos muy acostumbrados, porque además siempre jugábamos aquí con ellos en Palma, nos conocíamos mucho.

Acaba la década de los 70 con un cambio clave en el banquillo del Barcelona: llega Antoni Serra.

Antoni tenía sus cosas, pero Antoni dio un cambio y fue capaz de ganarle ligas al Madrid y eso fue muy importante. Nos aprovechaba a cada uno en lo que podíamos dar. Tuvimos mala suerte, porque perdimos la Copa de Europa en 1984 cuando tendríamos que haberla ganado. Chicho hizo un mal partido y se notó. Con haber metido una tercera parte de lo que metía, habríamos ganado. Tampoco fueron buenas las rotaciones de Antoni, porque podría haber rotado antes, que saliera Davis antes, que no llegara al final del partido con tantas personales… Le costaba mucho rotar.

Antes, en 1981, llega la primera liga de tu carrera… y la segunda de la historia del Barça, aunque ahora parezca increíble. 

Bueno, era la culminación de lo que tanto tiempo llevábamos trabajando. Por lo menos, ahora el Madrid tenía un rival en el que fijarse. Fue chulo, fue muy chulo. Yo disfruté mucho la de Oviedo (1983) porque la otra fue en Canarias, salimos campeones contra el Náutico porque era una liga por clasificación y matemáticamente la ganamos allí. Fue una fiesta y tal, pero la buena fue la de Oviedo porque estaba todo preparado en nuestra contra.

¿Por qué?

Pues, mira, el alcalde de Oviedo dijo unas palabras deseándole suerte al Madrid y Nicolau Casaus le tuvo que poner firme, que aplaudieron hasta los del Madrid. En el pabellón, no dejaban entrar a la gente del Barcelona o les ponían arriba del todo. Cuando entramos, en cada asiento había una banderita del Madrid. Estaba todo preparado. Habíamos empatado a todo en la liga normal y ese era el desempate y querían que ganaran ellos. Era lo que se vivía en ese momento: todo el mundo era del Madrid. En las Copas nos pasaba igual.

¿Eso vas notando que cambia con los años?

Claro, claro… en el fútbol y en el baloncesto. Vemos que empezamos a ir a los sitios y, coño, la cosa estaba repartida. Pero costó. Ese año de Oviedo, tenían un equipazo: con Delibasic, con Fernando Martín… Hicimos una fiesta muy buena.

En la primera liga, la de 1981, juega con vosotros un tal «Chichi» Creus, que no era malo, pero con Solozábal al lado, lo tenía complicado…

Claro, es que Chichi tenía otra filosofía. Chichi quería jugar y el base era Nacho. Chichi fue muy especial, siempre, y nos vino muy bien, nos dio muchísimo, pero él quería jugar. Estuvo dos años porque quería más minutos.

Y también estaba Miguel Tarín, con sus 2.17…

Sí, sí, lo que pasa es que Miguel era un rockero [risas]. Salía con el Loquillo en sus conciertos, saltando y haciendo el loco. Es un crack como persona y tenía unas posibilidades impresionantes como jugador, pero… no acababa de centrarse. Él podía haber sido jugador importante, pero le fallaba un poco la cabeza. Era un tipo muy especial, pero creo que era poco sufridor, incluso para entrenar. Le costó mucho, jugó en muchos lados, hizo cosas buenas, Antonio se lo llevó a alguna preselección… pero no consiguió llegar a la élite.

Perdéis la final de la Recopa contra el Cantú de Antonello Riva y Marzorati, pero tú metes diecisiete puntos. ¿Son tus mejores años al menos a nivel anotador?

Puede ser, puede ser… pero más en la selección. A ver, piensa que estábamos Romay y yo. Alguien tenía que meter los puntitos ahí. Luego ya llegan Martín y Andrés, pero en los Juegos de Moscú, por ejemplo, yo jugué muy bien en ataque… y en 1981, en el Europeo de Checoslovaquia, creo que quedé entre los diez máximos anotadores del torneo. Jugamos muy bien ahí, y Antonio me pedía que metiera puntos. La pena es que perdimos el bronce con Checoslovaquia.

Hablabas antes del ambiente que rodeó al desempate de la liga del 83, pero ¿qué recuerdas del partido?

Recuerdo la vuelta de honor que me pegué después, dedicada a los periodistas, que nos daban como perdedores [risas]. No, en serio, fue un buen partido, hice mi labor. Jugaba con Marcellus Starks, que era un jugadorazo. Fue una alegría enorme, para nosotros y para los seguidores.

Estos años del 79 al 83 son los de consolidación de la selección española y me gustaría que me hablaras de los Juegos de Moscú, sobre todo de lo que fue la experiencia olímpica en un país donde todavía gobernaba Brezhnev.

Pues fueron unos Juegos muy especiales, sobre todo si los comparas con lo que fue luego Los Ángeles. Nosotros, para ir de la habitación al comedor, pasábamos siete controles de policía. Era terrible. No podías hacer prácticamente nada. No veías gente en las calles, no había niños por ningún lado. Íbamos del hotel al pabellón y del pabellón al hotel. El único momento que sientes que es especial es el desfile inaugural, eso sí que es la leche. Me acuerdo de que miraba el pebetero ahí arriba y pensaba: «Pero, ¿cómo van a hacer para llegar hasta ahí, si no tienen escaleras ni nada?», y, de repente, aparece Sergei Belov con la antorcha y empezaron a levantar una especie de escalones… flipas. Pero el ambiente era muy frío, teníamos muchos problemas con la comida.

Era una buena oportunidad para tocar chapa sin Estados Unidos, pero se os adelantan Yugoslavia, Italia y la propia URSS

A ver, deportivamente salió bien. No es fácil quedar cuartos en unos Juegos, y menos con el cambio que había habido en la selección. Tuvimos partidos muy buenos, y la lástima que nos tocó jugar la medalla contra el equipo local. Chicho, Epi y yo jugamos muy bien.

¿Llegasteis a hablar con los soviéticos de la hostia que se habían pegado?

¡Si no los veíamos! No había contacto con ellos ni con nadie. Luego, cuando coincidimos en la selección europea, sí comentamos el fallo que tuvieron, pero no más de ahí. El jugador ruso es muy especial: estás bien con él cuando está con el vodka y con la cerveza. Ahí, el jugador ruso es todo amor… pero, luego, para abrirse y contarte cosas, es más complicado.

¿Era mejor esa Yugoslavia de Kikanovic, Slavnic, Dalipagic, Delibasic y compañía o la posterior de Petrovic, Kukoc, Radja, Divac, etc.?

A mí me gustaba la de Moscú. Lo ganó todo. No sé si era mejor, pero a mí me gustaba más. Esa Yugoslavia me gustaba mucho.

Juan Domingo de la Cruz

Después de los Juegos, te vas de vacaciones a Florida y es donde Lluis Canut te pone el apodo de «Lagarto». ¿Cómo fue eso?

Bueno, antes de los Juegos Olímpicos, Turavia nos había prometido que nos regalaba unas vacaciones si conseguíamos diploma y, como quedamos cuartos, nos dejó elegir adónde íbamos. Escogimos Orlando, Miami, los parques nacionales de Florida… La mayoría fuimos con nuestras parejas. Los del Barça y los del Madrid, no sé si faltó alguno. Piensa que nosotros no teníamos vacaciones: los años de la selección teníamos cuatro o cinco días como mucho. En Miami, me tiraba cuatro horas boca arriba y cuatro horas boca abajo en la playa, y uno de los jugadores, no sé quién, me dijo: «Joder, tío, estás todo el día tirado, eres como un lagarto» y, a raíz de eso, Canut lo copió y lo empezó a publicar. Al principio, poca gracia me hacía, pero al final, tengo un lagarto tatuado aquí; otro, allí…

Es el principio de unos años maravillosos: el cuarto puesto que decíamos antes en Checoslovaquia en 1981 y también cuartos en el Mundial de Cali de 1982, ganándole a Estados Unidos.

En 1981, además, le ganamos a la URSS, el único partido que perdió. El partido del bronce tuvo un arbitraje muy casero. A mí me eliminaron por faltas a falta de bastante. No sé, jugar con el equipo local siempre es complicado y más contra Checoslovaquia, que ya nos había dado más de un susto… con Kropila y Brabenec, tenían un equipo curioso. Fue una lástima porque podría haber sido una medalla para nosotros. En 1982, jugamos contra el «Oso» Pinone, lo que pasa es que ahí me rompí yo contra Corea, que me pusieron el pie abajo y me tuve que pinchar para jugar contra Yugoslavia, que nos jugábamos el bronce, y fue un partidazo, lo tendríamos que haber ganado, pero vaya arbitraje, nos mataron… Antonio se pilló un rebote, nos cargaron de faltas a los altos rápido. Lo tendríamos que haber ganado.

Siempre se decía que como Stankovic presidía la FIBA, Yugoslavia tenía trato de favor, pero no sé si los jugadores también lo pensabais o eran paranoias de periodistas y aficionados.

Él se sentaba ahí, se metía dentro de la pista. Era terrible, ¿eh? Nosotros sentíamos que era un tipo muy importante, que presionaba mucho. Y luego, en cosas puntuales, te ponían una piedrita. ¿Qué igual no es excusa? Pues igual no es excusa, pero te ponen la piedrita y eso no ayuda.

Hablabas antes de Sabonis: ese Mundial fue su debut con la selección, creo que con diecisiete años.

Es lo mejor que yo he visto en esa posición. Cuando le vi en Valladolid, tenía el tobillo completamente deformado. Si no, podría haber sido muchísimo más de lo que fue… y mira que ha sido. Él te cogía el balón y ya estabas muerto, no había forma, porque sabía hacer de todo: pasaba bien, tiraba bien, y ya, si recibía cerca del aro, la metía contigo para adentro. Así como a Tkachenko le podías jugar, porque podías forzarle una falta en ataque y tal, al otro, no. Defender a un tipo así era imposible.

Y después de tanto cuarto puesto, por fin la plata de Nantes, con Corbalán de MVP.

Bueno, ya el equipo había cogido otra forma, empezó a aportar otra gente. Porque yo, en Colombia, aún había sido titular de la selección, pero cuando me rompí, le tocó a Fernando y Andrés, se fueron asentando y de ahí en adelante fueron dos jugadores muy, muy importantes. Ya teníamos cuatro tíos que podíamos pelear con los interiores. Hasta ahí, teníamos problemas, porque Fernando Romay medía 2.12, pero se cargaba pronto de faltas… y yo solo pesaba noventa kilos. Te podía salir bien, pero lo normal es que te saliera mal.

¿Se ganó la plata en Nantes o se perdió el oro en Nantes contra Italia?

Es que nosotros a Italia le podíamos ganar, le solíamos ganar. Lo que pasa es que, en ese partido, Italia estuvo muy bien y fue un poco una decepción. No era de los equipos más complicados para nosotros.

¿Cómo era enfrentarse a Meneghin?

Uy, Meneghin… menudo bicharraco. Coincidí con él en la selección europea y era un pedazo de pan, lo que pasa es que en el campo era un cabrón, era un perro. Acababa el partido y te tenías que poner hielo hasta en las pestañas porque te mataba; él se hacía notar, era una bestia física y te marcaba ahí. Habría que preguntarle a Rafa Rullán cómo terminaba cuando jugaba con él, pero al menos Rafa podía alejarse del tablero porque tenía buen tiro y tal, pero yo tenía que estar abajo todo el rato.

Qué jugadorazo Rafa Rullán…

¿Sabes qué pasa? Que parece que el baloncesto empezó cuando empezó la ACB. Todo lo que pasó antes, no existió: la ACB solo habla de la ACB, y la Federación está con la NBA y tal. Lo demás, no existió. Sí, a lo mejor le dan un reconocimiento a uno, a dos, a tres… pero al resto, nada. ¿Qué pasa, que Emiliano no jugó a basket? ¿Qué Luyk no jugó a basket? ¿Que Rafita no jugó a basket? Hay poco reconocimiento y eso a los jugadores de esa época nos duele.

Este proceso de 1981 a 1983 desemboca en el gran evento deportivo y social de la época, que son los Juegos de Los Ángeles de 1984. El esplendor, también, de Antonio Díaz Miguel como figura mediática.

Bueno, es que ese era su equipo, éramos sus curritos. Para él, fue un subidón. Antonio le dio un cambio al baloncesto que hay que tener en cuenta, pero ahí quizá se puso encima de todo y luego le pasó factura para buena parte del periodismo. Se subió un poquito, por ahí; merecidamente, en mi opinión, pero luego no se lo perdonaron. Estaba en todos lados, pero él se lo trabajó, se lo curró, tuvo confianza en gente que le aportó, logró el equilibrio entre veteranos y jóvenes. A ver, es que una medalla no es fácil. Fíjate lo que costó para lograr la segunda. Fue pasar en general a otro plano: a esos doce jugadores, paseábamos por la calle y nos conocía todo el mundo. Todo el mundo.

Decías antes que, comparado con Moscú, esto era otra historia…

Bueno, es que ya jugar en el Forum, con las actrices delante, con Jack Nicholson… Te metes en el vestuario y ves la camiseta de Abdul-Jabbar o la de Magic Johnson… Para nosotros, fue un sueño. Lo curioso es que, según íbamos avanzando, no nos dábamos cuenta de adónde íbamos llegando. Cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos en la final.

Las semifinales contra Yugoslavia dieron para una canción de Los Nikis.

El partido perfecto, fue. Todo salió como tenía que salir. Yugoslavia no sabía por dónde le venían. Esa fue la final, porque, luego, Estados Unidos era otra historia. Se jugó muy bien.

Contra Estados Unidos jugáis dos veces, ¿cómo era defender a Patrick Ewing y cómo era ver de cerca a Michael Jordan?

¿Sabes lo que pasa? Que, para nosotros, estos tíos eran unos críos, eran unos universitarios. No eran lo que serían luego. Yo, contra Jordan, jugué con la selección europea en el 50º aniversario de la FIBA, que nos enfrentamos a la selección estadounidense. ¡Ni me acordaba de Jordan! No sabía quién era. Fue mi hijo el que vio una foto y me dijo: «Papá, aquí está Michael Jordan». Eso fue incluso antes de los Juegos. Les ganamos bien, además, y me dio una hostia, que, bueno, por lo menos después he podido ir diciendo: «¡Me dio una hostia, Jordan!» [risas]. Y en los Juegos pasó algo parecido, la gente hablaba de ese chico, pero es que era muy joven, no tenía nada que ver con lo de los Juegos de Barcelona. Cuando terminó el partido, estaban emocionados, llorando… Me acerco a Michael y le digo: «¿Me cambias la camiseta?». Me miró así y me puso cara como «¿por la de España?». A ver, me habló bien, pero me dejó muy claro que la camiseta se la quedaba él.

Ahí, tú tienes ya treinta años, ¿te afecta eso en tu juego de alguna manera, te quedas con ganas de tener más tiempo libre al menos en verano?

No, no, para nada. Si todo iba bien. No me importaba sacrificar los veranos, lo pasábamos muy bien todos juntos. Veníamos aquí a Mallorca y, aparte del curro de entrenar y jugar, teníamos nuestro ratito para ir a alguna terraza, tomar algo… En Los Ángeles, al principio de la concentración, tuve un problema, que es que me quedé dormido en la piscina y me puse rojo como una gamba. Antonio se pilló un rebote del carajo, me medio castigó… y aunque ahí Fernando y Andrés toman más responsabilidad, yo ni me planteo no volver. De hecho, estuve dos años más. Me encontraba muy bien físicamente, mejor que nunca, y, en el Barça, íbamos haciendo cosas: en el 85, fue la final de la Recopa, estaba bien dentro del club. Llevaba cinco años casado, con hijos…

Juan Domingo de la Cruz

Otro ilustre argentino que pasa por Barcelona esos años es Diego Armando Maradona.

En esa época, el jugador de fútbol era más cercano que ahora. Fuimos a algún entreno y, como yo era futbolero, me gustaba ir a los partidos. Luego, como yo soy argentino, se acercó a mí Cyterszpiler, el primer representante de Maradona, estuvimos charlando, nos hicimos amigos… y un día me dijo: «Juan, actúa Julio Iglesias en el Nou Camp y tiene que ir Diego a la cena, que son diez: el alcalde de Barcelona, Xavier Cugat, Plácido Domingo… y tiene que ir un representante del club por motivos tal, ¿por qué no vas tú?». Y el club me dijo: «Tienes que ir tú». Y fui. Bueno, el caso es que, otro día, me llamaron y me dijeron que Diego me quería conocer, así que me acerqué al entreno, vino a vernos al basket… incluso me invitó a su cumpleaños, pero yo no fui.

Pues seguro que te perdiste una buena fiesta.

Por eso no fui, porque sabía lo que pasaba. Yo sabía lo que había alrededor de él. Diego era un tipo espectacular, una persona buenísima, pero se rodeó de mala gente en el Barcelona. De muy mala gente. Yo, como sabía, dijo que no. De hecho, también me invitó a la boda, que fletó un Jumbo para los invitados de Europa, y tampoco fui. 

La primera liga ACB, en la temporada 83/84 acaba en escándalo.

A ver, eso fue una piratada. Pero te lo decían incluso los jugadores del Real Madrid: se reunió el Comité de Competición en la Ciudad Deportiva y tomaron una decisión que estaba equivocada. ¿A nosotros qué nos convenía? Que sancionaran a Iturriaga y a Davis. Que, bueno, en realidad, Davis no comenzó, porque la hostia se la tira el Itu. Vale, no sanciones a Fernando Martín, si no quieres, pero sanciona al Itu, porque el Itu era un jugador muy importante… y nosotros teníamos repuestos para pívot, porque estaba yo, estaba el americano, estaba Santillana… pero ellos no tenían repuestos para Itu, era un jugador importantísimo para ellos.

Y no os presentáis al tercer partido.

Nosotros queríamos jugar igual, pero el presidente se encabronó. Nosotros le dijimos a Nacho (Solozábal) que queríamos jugar porque sabíamos que les íbamos a ganar. Estábamos convencidos. Convencidísimos. Pero el presidente estaba con que no, esperamos la sanción y cuando llegó la sanción, para casa. «¿Quién paga aquí, quién es el jefe? A casa», y a casa nos fuimos.

Al año siguiente, os lleváis la Recopa contra el Zalgiris de Sabonis en Grenoble. Kurtinaitis anotó treinta y seis puntos, pero Sibilio, veitinueve.

Ese partido… A mí cuando me preguntan cuál es la alegría más grande que tengo dentro del basket, esa Recopa supera lo de la selección argentina, que me pasó cuando era muy joven. Llegas con frustraciones, con la duda del año anterior, asomas la cabeza y ves el pabellón con siete mil personas, todas del Barcelona. Un ambientazo tremendo.

Qué responsabilidad.

Una responsabilidad brutal, pero yo creo que salimos con tanto convencimiento de que el partido había que sacarlo, que se empezó a dar bien, se fue ganando, se paró a jugadores importantes… lo que pasa es que al final se complicó: Chicho falló los últimos tres tiros y tuvieron la última posesión con un tiro de Kurtinaitis para empatar. 

Y te viene el recuerdo del año anterior contra el Banco di Roma, claro.

No, no, no. En el campo no piensas esas cosas. En el campo vas a por todas. Yo me acuerdo cuando Manolo Flores me llamó para salir, que había que defender a Sabonis, yo me quería comer la cancha. Le robé dos balones, aporté todo lo que pude. En la última jugada, tuve la suerte de que Sabonis se sale como a nueve metros del aro para recibir. Yo no sé qué hacía Sabonis ahí fuera. Él tenía que haber estado abajo, pero después del fallo y el rebote, a mí ya me pilla casi en el medio del campo, por eso hago el mate del final. Pero ¿qué hacía Sabonis ahí? Es que le dan el balón abajo y la responsabilidad es para mí, a ver qué me invento. Fue un momento brutal, brutal… Chicho le dio un bote al balón que lo mandó no sé adónde, el entrenador suyo pidiendo técnica, se invadió el campo, a mí me dejaron con el calzoncillo nada más [risas]. Fue tan bonito, fue tan chulo, la gente abrazándote, besándote… Y la vuelta a Barcelona fue brutal, recuerdo a Mike Davis que me decía: «Tío, parezco el presidente de los Estados Unidos» porque en la autopista ya nos seguían coches, y todos los balcones de la Meridiana con banderas…

Llegamos ya al inicio de la era Aíto en Barcelona, justo sustituyendo a Manolo Flores. ¿Qué tal con él?

Bueno, Aíto es Aíto. Él tiene su forma de ver el baloncesto, es un gran entrenador. Luego, como persona, me puede gustar más o menos, pero le dio al Barcelona lo que necesitaba para ganar cuatro ligas seguidas. No había forma de que el Madrid le pudiera meter mano.

Ya, ya, pero ¿qué tal ?

A ver, Aíto me echó del Barcelona. Me aprovechó en Recopa, que tuve que defender a Oscar Schmidt y le dejé en veinte puntos, que era como secarle porque normalmente metía cincuenta. Me hacía jugar, pero se ve que no cumpliría con sus expectativas o buscaría otro tipo de jugador. Al parecer, iba a darle muchos más minutos a Julián Ortiz, pero luego no se los dio. Yo todavía era internacional y tenía dos años de contrato. Me reuní con Aíto y me dijo: «Bueno, mira a ver, yo te recomendaría…», que eso es lo que no gusta de Aíto, que no es directo, que no te lo dice claro: «Juan, no voy a contar contigo, vete, en cuanto se nacionalice Trumbo, no hay sitio para los dos». Él le decía a la prensa que me iba a echar, pero a mí no me lo decía a las claras. 

¿Y qué hiciste?

Fui a hablar con el presidente y me dijo: «Ah, De la Cruz, tú eres historia del club, ¿cómo te vas a ir?»… y yo: «Presi, que me va a echar, que lo sé…». Tenía una oferta muy buena del CAI, y no sabía qué hacer. Y cuando salgo de la reunión con Núñez me encuentro con Marquitos Alonso, el padre y el abuelo de los dos Marcos Alonso que salieron después, y me dice: «De aquí, que te echen. De un club como el Barcelona no te vayas tú, que te echen. Porque, si no, después de los años que llevas, van a decir que te vas por pesetero y tal. Que te echen, y tú te vas a ir por la puerta grande porque te han echado». Y le dije a Núñez que me quedaba… pero, claro, Aíto me dejó fuera del equipo. Solo quedé para jugar la Copa Korac.

Que la ganasteis.

Sí, ganamos la Liga, la Copa del Rey y la Korac, pero ya te digo, que yo solo participo de verdad en la Korac, que me saca al final del partido. De hecho, Nacho me hace levantar a mí el trofeo, es muy especial…

Le pasó lo mismo con Sibilio en el 89 y con el propio Solozábal en el 91.

Sí, pero yo lo respeto. Un día estaba aquí en Palma, estaba tirado en Inca y le dije: «¿Qué pasa, Aíto?» y se iba a coger un taxi y le dije: «¿Qué taxi? Te llevo yo» y le llevé. Tuvo problemas con Epi, también. Con Chicho, tuvo una movida después de un partido que ya lo separó del equipo, Nacho podría haber jugado un par de años más… También es verdad que con el tiempo te das cuenta de que es probable que ya hubiera llegado mi hora en el Barcelona. ¿Qué iba a jugar? ¿Cinco minutos, diez minutos? Pues ya está, se acabó. En ese momento te sientes dolido, maltratado, además tus amigos periodistas están ahí diciéndote: «Joder, qué putada te han hecho». A ver, yo he estado en un teatro, viendo a la Maña, y dijo delante de todos: «Lagarto, te han hecho una putada». Lo mismo con Pepe Rubianes. Porque es que, además, si tú dices: «Le voy a dar la oportunidad a Julián Ortiz» y te cargas al veterano, pues te puede salir bien o mal, pero si no le das la oportunidad, no te has cargado a uno, te has cargado a dos.

Volvamos a los últimos años de la selección: en el Eurobasket del 85, perdéis en semifinales contra Checoslovaquia.

Bueno, es que había muchas expectativas. Había un equipo competitivo y se podrían haber conseguido más medallas. Ahí, sí me estaba planteando cuál iba a ser mi final, que sería el año siguiente en el Mundial de España. Se contaba menos conmigo, ya no sabía si merecía la pena pasarme todo el verano luchando para eso.

Pues vamos al Mundial, que fue un evento brutal en términos sociales, el apogeo del baloncesto en España… y perdéis contra Brasil en la liguilla.

Un equipo al que nosotros le podíamos ganar bien, lo que pasa es que Antonio ahí empezó a dudar ya de hacer rotaciones, y creo que en ese partido no acabó de utilizar bien, bien, al equipo. Fue una gran decepción porque aspirábamos a al menos meternos en semifinales.

¿Cómo estaban las cosas en el equipo después de tantos años juntos?

Había, quizá, dudas en torno a algunas decisiones que se tomaban por parte del equipo técnico. Dudas había, pero broncas, no.

Toda la sobreexposición de Antonio Díaz Miguel de la que hablábamos se le viene en contra en estos años.

Se metió mucha presión a sí mismo. Él asumió que todo el peso del equipo recayera en él, y si te has puesto allá arriba por los éxitos, ahora te van a pasar facturas. De todos modos, mucha prensa no se portó bien con él. Hubo alguno que iba de amigo de él y lo apuñaló. Mal. Feo, feo.

Juan Domingo de la Cruz

Así nos plantamos en 1987 y resulta que ya no estás ni en el Barcelona ni en la selección. ¿Qué sientes cuando te ves fuera del Barcelona? No solo por el equipo: llevabas doce años viviendo allí, hay que cambiar todo…

Fíjate ahora en las lágrimas de Leo. Yo me pongo en su sitio porque lo viví: el Barcelona era mi vida y uno siempre piensa que puede seguir un año más. Cuando llega ese momento, que te tienes que mover, es duro. 

Fichaste por el Fórum Filatélico de Valladolid.

Había tenido la oferta del CAI el año anterior y les dije que no. No les gustó nada, ni a José Luis Rubio ni a la afición, y de hecho en el Mundial, jugamos allí y la pagaron conmigo. Era una oferta muy buena, con muy buen equipo, pero ese año me quedé. En el Fórum tenían una apuesta muy sólida con Gonzalo Gonzalo de presidente: yo había jugado con Arturo Seara, luego ficharon a Mike Phillips, también ficharon a Michael Young, que era muy buen jugador, me daban dos años… El primer año fue espectacular, le ganamos al Barcelona, pero, luego ya, cuando dejaron de pagar primas, Mike dijo: «Buf, yo creo que me voy a tomar unas cervezas ahora, en vez de matarme tanto» [risas].

Años después, Michael Young ganaría la Copa de Europa con el Limoges dando una exhibición.

Young era un fenómeno, un jugadorazo. Lo que pasa es que Pepe Laso se lo cargó y aún no sabemos por qué. ¡Un tipo que le mete sesenta puntos al Madrid! Diciendo que no estaba bien físicamente y no sé qué. Fue una decisión rara. Por cierto, que Pepe Laso está aquí, en Palma, de director deportivo de un equipo de LEB Oro. Young era un jugadorazo y, además, era muy buena persona.

El primer año estabais con Mario Pesquera, ¿no?

Sí, y ya te digo que hicimos un año estupendo. A ver, Mario no fue el inventor de las rotaciones, precisamente [risas]. Era lo contrario a Aíto: jugábamos cinco. Yo jugué los cuarenta minutos en los primeros catorce partidos, excepto en el primero, que fue contra el Barça, y creo que me quitó un minuto, no sé para qué. Imagina el cambio que supuso eso, incluso físico. Para ir a Valladolid, tuve que cambiar físicamente porque tenía que asumir otro rol: me fichaban para meter puntos, trabajar mucho. Tenía otra función, muy distinta a la del Barça. Me pasé todo el verano trabajando, cambié tres tallas de pantalón. Pasé de pesar ochenta y nueve kilos a pesar cien, todo de músculo.

Y, al menos, Pesquera te lo recompensó… [risas].

Sí, sí, yo con Mario bien… lo que pasa es que Mario es muy especial. A ver, ningún entrenador puede decir que yo le he contestado o que le he faltado al respeto. Nadie te lo puede decir: ni Aíto, ni Serra, ni Kucharski, ni los yugoslavos, ni Antonio, ni Lolo Sainz, que le tuve en la selección europea… Bueno, a Mario, sí, una vez, que me tocó tanto las pelotas en un partido, en Zaragoza, que ya le dije: «Mario, no me toques los huevos, tío» y luego me arrepentí porque es muy buen tío. Me vino después del partido: «Juanito, que tú me digas eso…» y le pedí perdón y de ahí no pasó. De hecho, cuando él estaba en el Caja de Ronda, coincidió con Joe Arlauckas, que es muy amigo mío, íntimo, y me dijo que una vez hizo parar el autobús del equipo para bajar a saludarme, que andaba yo por el Hotel Colón… solo para que los jugadores vieran que éramos amigos, porque se ve que tenía mal rollo con alguno del equipo, no sé. 

Era un estratega sensacional.

Sí, a ver, nosotros aburríamos a un muerto… pero ganábamos. Hacíamos «pim-pam» y ganábamos. Al Barcelona le ganamos en casa y en el Palau perdimos porque Audie (Norris) me hizo la de Vrankovic a Montero. Jugábamos bien. Aburríamos, pero era nuestro trabajo.

¿Llegaste a coincidir con Fede Ramiro ahí?

No. Estaba Pepe Alonso, un base de San Sebastián; Samu Puente, que era la hostia, que metía hostias como panes; Quino Salvo, Michael Young, Mike Phillips, Reyes, Silvano Bustos… Dábamos unas hostias tremendas. Andaba por ahí ya Lalo García, también, como juvenil.

A pesar de tener ya treinta y cuatro o treinta y cinco años, te manejas en torno a los diez puntos y cinco rebotes por partido…

El primer año fue bueno; el segundo, regular. 

Y en 1989, te vas a Manresa, de vuelta a Cataluña y Barcelona…

Sí, es que yo me iba retirando. Decía: «Lo dejo», y Antonio me llevaba de ayudante en la selección… y cuando acababa el torneo que fuera, me llegaba una oferta. Antonio se desesperaba, me decía: «Juanito, tío, retírate ya, que yo no puedo llevar a un jugador en activo como ayudante»… y yo le decía: «El año que viene me retiro, Antonio, ¿vale?» y él: «Vale», y, claro, al año siguiente, la misma [risas]. 

Es solo un año, pero da para mucho: de entrada, para coincidir ni más ni menos que con George Gervin.

Él vino a mitad de temporada. El otro día lo vi, que le hicieron una entrevista y dijo que «le agradecía mucho a Juanito de la Cruz, que le había ayudado a integrarse en el Manresa…». Imagínate lo que es eso para mí. El equipo lo cogió Ricard Casas, que era muy joven, y una mañana me llaman a casa, que yo había dormido mal y estaba sobado y me llama un periodista y me dice: «Juanito, ¿sabes a quién hemos fichado? ¡A George Gervin!» Y yo estaba sobado como un tronco, no me enteraba de nada, y le digo: «Sí, yo creo que debo de haber coincidido con él en Europa cuando jugaba en el Barça…» y el tipo se quedó flipado, en plan «este tío está borracho». Y luego ya cuando me desperté del todo, me di cuenta de la cagada y le llamé para pedirle perdón [risas].

Compartíais habitación en los viajes.

Era un tío genial. Había tenido muchos problemas con las drogas, yo le llevé al programa de Ángel Casas. Le dije que fuera, que era un programa muy serio, que iban a tratar el tema muy bien con él y quedó encantado. En la habitación, él se fumaba sus mentolados, se tapaba para no molestarme… y en los partidos me decía: «Juanito, tú bloquéame nada más y vete para adentro». El tío acababa con cuarenta puntos todos los días.

¿Te contaba cosas de su apogeo en la NBA?

¡Cuatro o cinco veces máximo anotador de la NBA! Eso no lo hace cualquiera, ¿eh? Él estaba muy pendiente de todo lo que hacía San Antonio. Me decía que era todo muy complicado, que era una liga de jugadores negros. Y luego, cuando fui a un All-Star a Las Vegas (2007), que me acreditó La Sexta, porque aún estábamos en buena relación, lo vi por ahí y pensé: «No se va a acordar este tío de mí…». Me acerqué, y, joder, cuando me vio… los que venían conmigo, flipaban. Me abrazó, fue amabilísimo conmigo… que una leyenda como él te trate así es la leche. Se ponía siempre cuatro pares de calcetines para jugar. Un crack, un crack.

Juan Domingo de la Cruz

Os jugáis el descenso en Tenerife.

Joder, eso fue duro… Porque cuando vas a ganar algo, tienes mucha responsabilidad, pero luchar por no descender es otra historia. Llevar eso en tu currículum toda la vida. Muy duro, muy duro. Para un jugador acostumbrado a ganar es jodido, aunque yo me adapté con facilidad: no era un tío que estuviera todo el rato pensando en el Barça, era una etapa cerrada… aunque sí eché a faltar un poco de apoyo de mis excompañeros: una llamada de «Lagarto, ¿cómo estás?». Eso sí lo eché a faltar. Sin embargo, con los jugadores del Madrid que coincidieron conmigo en la selección sí que he tenido muy buena relación siempre. Cuando paso por Madrid, tengo a Joe, que es como mi hermano, tengo al Chechu… pero, en mi casa, es más complicado: tengo al Epi, a Manolo Flores, pero no he sentido en general esa cercanía.

Tu último año en la ACB lo pasas en Vitoria, con Sibilio, pero antes hay una curiosidad: el Barcelona te repesca para jugar el Open McDonald’s de 1990, con Boza Maljkovic de entrenador.

Sí, además, estaba en un momento personal complicado, me estaba divorciando. Entonces, me llama Manolo Flores un día y me dice: «¿Qué haces? ¿Por qué no vienes a entrenar un día? Nos falta gente, están todos lesionados…». Estaba Maljkovic de entrenador y Aíto de director deportivo. El día que voy a entrenar, me encuentro a Magic Johnson en un acto promocional. Entrenamos cuatro contra cuatro, me ponen a Magic en el equipo, nos hacen una foto juntos, salimos en la prensa… Y el caso es que, al poco, no sé quién me llama, que me dice: «Compra el periódico». Lo compro y sale Maljkovic diciendo: «De la Cruz, un veterano con mucha experiencia, si se pone en forma, podría ficharlo». Yo flipaba. Flipaba. Le digo a Manolo: «¿Qué pasa, que estáis de cachondeo, me estáis haciendo una broma?» «No, no, tío, que me lo ha dicho en serio. Que te ha visto entrenar y que igual cuenta contigo para ficharte». Y en esas se lesiona el Epi y me dice Maljkovic: «Vas a jugar el Open McDonald´s». Para mí, era un sueño. Inauguraban el Sant Jordi. Hubiera jugado gratis.

Tu vuelta al Barcelona después de más de tres años, quince después de que llegaras por primera vez.

Bueno, yo decía: «Genial, así veo los partidos en primera fila, no me va a tapar el árbitro…». Venían los Knicks, el Milán y la Jugoplastika. El primer partido lo jugamos con la Jugoplastika y, de repente, viene el yugoslavo y me dice: «De la Cruz», para que saliera a jugar. Claro, cuando me levanto y pido el cambio, la ovación fue la hostia. Yo no podía moverme, no me esperaba eso. Dos minutos o así. Yo flipaba, no me lo podía creer. Jugué cinco o seis minutitos, más contento que un perro con dos colas, como dicen en Argentina. El caso es que acaba el Open y me llama Aíto y ahí ya me la veo venir. Por entonces, a mí ya me había hecho algún guiño Herb Brown, del Taugrés, y Pepe Laso también me había llamado… 

Pero tú seguías esperando a ver qué pasaba en el Barcelona, claro.

Exacto. Me llama Aíto, vamos a su despacho, y me dice: «Mira, el yugoslavo te quiere fichar (no lo llamó ni por su nombre). Yo no lo veo muy claro, pero es la decisión que él ha tomado. No te haría un contrato como tal. Te haría ficha para la competición europea, pero de momento no la presentaríamos… y para la liga ya veremos. En fin, que vamos viendo, pero él quiere que estés en la plantilla». Me ofrecieron el cincuenta por ciento de las primas y tal y luego me ofreció una cantidad que era ridícula, pero muy ridícula. Así que le dije: «Mira, Aíto, yo te agradezco el esfuerzo que estás haciendo, porque, bueno, me hubiera hecho ilusión estar aquí, es raro que alguien vuelva a este club, pero me han hecho una oferta e igual alargo la carrera un año más». El tío encantado, claro. Se lo expliqué a Manolo Flores y ahí ya fue cuando me hicieron la oferta en firme los del Taugrés.

¿Y cómo se quedó Aíto? Porque igual él pensaba que te ibas al Magia de Huesca, no a un rival directo.

Pues el caso es que me crucé un par de veces con Maljkovic y me miraba así medio raro, cuando antes me saludaba con mucha efusividad, así que le pregunté a Manolo: «Oye, ¿a este qué le pasa?» y me dice: «Joder, Lagarto, que se te ha ido la olla pidiendo dinero». Y ya le dije: «No, mira, Manolo, aquí alguien ha contado algo que no ha pasado. Yo no he pedido dinero. Yo hubiera jugado gratis… pero tampoco voy a ser tonto». Y así quedó. Pusieron palabras mías que yo no dije.

¿Qué tal en el Taugrés?

Fue un año genial, la verdad: estaba Chicho, estaba Joe, estaba Ramón (Rivas). Yo, enseguida, me integré con ellos. A ver, Chicho estaba encantado. Y Blanca, su segunda mujer, más, porque Chicho no salía en Vitoria. No salía ni a la puerta. Chicho era un tipo muy especial. Cuando llegué yo, empezamos a ir a cenar fuera, a tomar algo… Se le abrió el cielo. Además, en playoffs nos tocó el Madrid y yo creí que eso no lo iba a volver a vivir. ¿Tú sabes lo que es salir a jugar ahí otra vez, con treinta y seis años? Además, Ramón se lesionó en el segundo partido y yo jugué muchos minutos: cogí trece o catorce rebotes, metí unos siete puntos [NOTA: En realidad, fueron cuatro puntos y siete rebotes en catorce minutos, que tampoco está nada mal]. Me trataron de maravilla en Vitoria, fue un sueño. Luego, nos eliminó la Penya en semifinales.

¿Por qué decides marcharte a Mallorca después de tu etapa en la ACB? Tenías una oferta del Andorra, ¿no?

Sí, una oferta del Andorra y otra del Prohaci, los dos en Primera B. Mi representante me propuso lo de aquí y, además, yo estaba divorciándome y quise poner mar de por medio. Digo: «Si voy a la montaña, en coche llegan; aquí, es más difícil, hay que coger barco». Y, de hecho, me gustaba el tema del mar y tal, y dije: «Bueno». Les puse una última condición y me la aceptaron y me vine… pero, mal hecho, porque fue todo una estafa, eran unos impresentables, no pagaron nada, no cumplieron nada, me quisieron imputar un alzamiento de bienes…

¿Cuántos años te quedaste aquí, jugando en distintos equipos?

Pues jugué aquí una temporada y, luego, un amigo de Inca me dijo que tenía un equipo, que estaba en segunda regional y que iban a subir a primera, que tenía que jugar los tres partidos que quedaban. Jugué los tres partidos, ascendimos, y me hicieron ficha para el año siguiente, que andaba por ahí Miguel Ángel Pou. El mejor partido que hizo Miguel Ángel en su vida fue contra el Barcelona con el Licor 43, que metió treinta o treinta y cinco puntos y echaron a Antoni Serra. Siempre decía que es que le habíamos dejado porque queríamos que le echaran [risas].

Y luego ya te quedaste aquí unos cuantos años.

Sí, monté una escuela de baloncesto, pero los de la Federación de aquí me miraban raro, como si quisiera venir de fuera y quitarles algo y era todo lo contrario. Mi idea era colaborar con ellos, pero al final no fue posible y monté mi club por mi cuenta y ahí sigo.

¿Cómo empezó la colaboración con Antonio Díaz Miguel en el banquillo de la selección?

Antonio siempre se llevaba a un jugador de ayudante para tener una buena relación con los jugadores. Entonces, me dijo: «Mira, yo lo que quiero es que hagas de intermediario, que veas las inquietudes de los jugadores, qué les pasa». No un chivato, ojo, que yo siempre estaba del lado de los jugadores. ¡Me comí cada marrón por culpa de los jugadores, por estar con ellos! El asunto era adelantarse a posibles problemas. El primer torneo que hacemos juntos es el Mundial de Argentina en 1990. Perdemos contra Grecia y nos vamos a Salta, que, si a los periodistas les jodió, imagínate a mí, que en Buenos Aires jugábamos a diez minutos andando de mi casa… Antonio me pedía además que hiciera el «scouting», que llevara algún entrenamiento… Nos fue mal, la verdad. Fernando Romay le pegó un puñetazo al banquillo en una falta que le pitaron y se rompió la mano. Fue todo negativo. Y en Salta, creo que hay un récord de Villacampa, pero nos dieron muchísimos palos. ¿Que Antonio podría haber hecho ahí un punto y aparte y replantearse lo de seguir en el equipo nacional? Pues es probable.

Pero al año siguiente hacéis bronce en el Eurobasket de Roma.

Sí, y ahí Antonio me dijo que estuviera muy pendiente de Antonio Martín, porque acababa de pasar lo de su hermano y todo eso. Me dijo: «Ayuda a Antonio». Yo tenía muy buena relación con Fernando y él lo sabía. Entonces, cada noche se venía a mi habitación y charlamos. Nos dábamos una vuelta por ahí, tomábamos una Coca-Cola. El asunto era que se sintiera cómodo… ¡y vaya Europeo hizo! Un campeonato del carajo. Nos contábamos de todo, cosas que no voy a contar jamás. Yo me acuerdo de que cuando iba al pabellón del Madrid, todo el mundo me ponía a parir y la madre de Fernando y Antonio me tiraba besos. Siempre [risas].

Supongo que es un papel poco agradecido, estar en medio todo el rato.

Sí, pero ya te digo que yo siempre estaba del lado de los jugadores. Me acuerdo de una noche que salimos Orenga, Martín y yo… y vi a alguien de la prensa de Barcelona, aunque luego no salió nada. Entonces, yo hablé con los dos y les dije: «Mirad, ha habido prensa, y yo he salido con vosotros. Mañana tenéis que romperla, porque, si no, nos vamos a comer un marrón que Antonio nos va a matar a todos». Y, al día siguiente, le dije a Antonio: «Mira, Antonio, ayer los tuve que sacar a dar una vuelta, porque los vi como apagados…». ¡Me tuve que inventar algo! Claro, al otro día jugaron un partidazo los dos y me dice Antonio: «Oye, si tienes que volver a sacarlos, sácalos a dar una vuelta» [risas].

Juan Domingo de la Cruz

Y así llegamos a los horribles Juegos Olímpicos de Barcelona, con el «angolazo», etc.

Sí, ahí los jugadores fueron un poco egoístas. No dejaba de comerme marrones con Antonio por favores personales que me pedían ellos. Por ejemplo, a Villacampa le pidieron hacer un relevo de la antorcha, y Antonio no quería que los jugadores se descentraran con esas cosas. Así que yo le dije: «Antonio, jugamos en Badalona, eh? Que este tipo ahí es una leyenda». Me pegó una bronca… a grito pelado ahí en Casa Fernando, en Palma. Y al otro día me encuentro con Jordi y me dice: «Lagarto, gracias». Para mí, fue una experiencia muy buena. ¿Por qué? Porque me di cuenta de que yo no quería ser entrenador de profesionales. Somos muy egoístas.

¿Cómo viviste en primera persona todas las hostias que le cayeron a Antonio Díaz Miguel?

Es que cosas como las de Angola fueron muy fuertes. Yo me cabreé mucho porque los jugadores estaban impotentes. ¿Cómo puede ser que un tío te meta cuatro mates seguidos, de espaldas? No me jodas, tío, haz algo. Y, luego, hubo prensa muy allegada a Antonio que lo mató. No se portaron bien con él. No puedes crucificar a un tío después de lo que dio él por la selección. ¿Se podía haber ido antes? A lo mejor, ¡pero es difícil! Otros Juegos, además en casa… el equipo no era malo, teóricamente. Llegó un momento en aquella época en que él empezó a hacer demasiados cambios. Seleccionaba a lo mejor a cuarenta tíos o a cincuenta tíos y no se decidía. 

En 2006, te «rescató» La Sexta para comentar el Mundial que ganó España.

Sí, habían echado el de fútbol en verano y había sido un desastre. Fallaron por completo… pero se resarcieron con el baloncesto. A ver, yo era muy amigo de Pepe Rubianes y teníamos un viaje programado a Kenia, pero un día, estaba por aquí por Palma con el coche y me llaman y me dicen: «¿Juan? Soy no sé quién, de La Sexta», que lo mismo era Ferreras, no me acuerdo. «Oye, a ti te gustaría comentar el Mundial de basket de Japón» y le digo que sí, que sin problema. Me explica que sería con Itu y con Montes y yo le digo: «Pero, ¿qué sería? ¿Desde aquí, desde Palma?» y me dice: «No, no, no, tú tendrías que viajar primero a Madrid, que hay un partido amistoso contra Argentina, luego a Singapur a un torneo de diez días y ya todo el mes en Japón». El partido contra Argentina coincidía justo el día que volvía de Kenia con Pepe, pero me dijeron que me recogían en el aeropuerto y con la maleta me iba al pabellón. «Vale, vale, por mí, perfecto», le digo, y me dice que ahora me llama y me dice el caché. Yo pensaba: «¡Encima me van a pagar!» y al rato me llama el tipo y me dice: «Mira, Juan, no sé si te parece bien, pero te vamos a pagar tanto». Y yo me quedé: «¡Hostia!». Tuve que tapar el manos libres y todo [risas].

Y supongo que fue una experiencia inolvidable.

El primer partido, el de Madrid, lo hicimos solo Montes y yo, que tengo la foto por ahí, que fue un descojone, porque Andrés empezó a meterse conmigo, me llamaba «White Masai». Para mí, como experiencia, fue la hostia. Calcula que, para mí, era mi primera colaboración de esa importancia. Nos mandaron a París a hacer escala y nos metieron en la sala VIP: caviar, champán francés, tal… Luego, a un avión especial de Air Japan, con la mascarilla, los tapones, el sushi… Yo flipaba. Hicimos juntos el torneo de Singapur y de ahí ya nos separábamos: yo iba a Sapporo con Estados Unidos, a comentar con Antonio Esteva. Era un curro que te cagas: tenías que hacer todo el partido porque hacían multipantalla y no sabías cuándo entrabas. 

No le fue bien a esa selección de Estados Unidos…

No, me acuerdo de que coincidimos en un vuelo, de Sapporo a Tokio, y delante de mí tenía a Carmelo Anthony. Me hice medio amigo del tipo este grande, Dwight Howard, teníamos muy buen rollo. Nos vimos en un centro comercial, nos saludamos, todo bien.

Y os juntáis todos en Tokio para los cruces.

Sí, y ahí empieza la coña con Itu del jamón, tenían montada una… Llegamos a un hotel que era una castaña, que yo ni entraba en la habitación, tocaba pared con pared, y «el Negro» (Andrés Montes) se pilló un cabreo descomunal… así que nos llevaron a un Hyatt como el de Lost in Translation, con jacuzzi y tal. Yo aprendí mucho de Andrés, era un tipo muy especial. Le conocía de los viajes del Barcelona en Copa de Europa, pero no había trabajado con él, claro. Era muy profesional, mandaba mucho, lo organizaba todo. Andrés nos trataba como dioses, pero él era la estrella. Yo he visto cómo le pedían más autógrafos a él que a los jugadores. Le acompañamos a comprar sus pajaritas. Para la comida era muy especial… Para mí, trabajar con Andrés fue una experiencia espectacular. Nos descojonábamos los tres. Lo pasamos muy bien.

¿Y por qué no hubo continuidad?

A ver, luego hicimos el Europeo de 2007, pero ahí entró Epi. Me llamó y me dijo: «Voy a entrar». Yo seguí, pero seguí con Cristina Villanueva, que hacíamos entrevistas arriba en una sala, otro rollo. Retransmitimos otra cosa más, pero ya entró el Epi y él sí tuvo una continuidad.

Y contigo no contaron más.

No, no más… Me invitaron a una cosa puntual, que se hizo aquí en Palma, creo que también con Argentina, pero no más. El equipo fueron Itu, Epi y Montes.

Desde entonces, te has mantenido un poco al margen de los medios. ¿No echas de menos un poco el reconocimiento público?

No, porque eso es normal. Si yo viviera en Barcelona, probablemente tendría alguna colaboración. Seguro que Lluís Canut habría contado conmigo para algo. En Madrid, lo mismo. Aquí, en Palma, no. Colaboro en plan amistad con Jordi Jiménez en la COPE, me llaman y tal… pero hay poco deporte de élite para comentar. En IB3 lo hacen en mallorquín y, además, yo he estado un poco apartado. Yo, en realidad, me siento olvidado por mi club. En eso soy crítico. A mí la gente, por la calle, en Madrid, y en Barcelona ya ni te cuento, dice: «El jugador del Barça». Yo, aquí, llevo años viviendo, voy a las peñas del Barça porque son amigos míos y voy representando al Barcelona, porque me ponen en la zona donde van los invitados, y aún estoy esperando a que alguien me diga: «Gracias, Juan, de parte del club, por ir a esas peñas». No pido ni que me paguen. Pido un reconocimiento, algo oficial. «Va a ir Juan, pero va a ir oficialmente de parte del club». Ya estoy cansado de ir por mi cuenta. Y luego te ves ninguneado por muchos sitios. Por ejemplo, aquí, está Joan Estella, que es un gran tipo y que está como embajador del fútbol en las Islas Baleares. Yo querría algo así, pero en baloncesto, porque yo he ido a Menorca, he ido a Ibiza, he ido a Formentera… y nadie me ha dicho gracias.

¿Y por parte de la Federación?

Para la Federación, igual que para la ACB, directamente no existes.

Juan Domingo de la Cruz

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16 Comentarios

  1. Una entrevista fantastica, como Juanito De la Cruz. Tuve la ocasion de entrevistarle para mi libro y fue una gozada conversar con el, siempre divertido y cercano.

  2. Yo siempre recordare el día que jugando en el TDK contra el Breogán esculpió a Ken Orange, en un partido que ponían en la 2.
    Lo mal que me caía de aquella jjeje,

    • ¿”Aguafiestas”? Usted no ha escogido bien el “nick”. “Pelotillero” le queda más ajustado.

  3. Nombres como De la Cruz, Epi, Solozábal, Jiménez, Trumbo, Norris, Corbalán, Iturriaga, Rullán, Fernando Martín, Sabonis, Oscar Schmidt o Ewing son el olimpo de mi religión particular llamada infancia. Gracias por la entrevista

  4. La entrevista es oro puro, me ha encantado, recorre todo el baloncesto que viví en mi juventud, y que fue la causa de que me enganchara a este deporte, no solo yo, creo que una generación entera que ya estamos en la cincuentena.
    Enhorabuena.
    Juanito de la Cruz, un grande, merece sin duda un mayor reconocimiento.

  5. Y porqué no le preguntó el Señó Ortiz el malaje, el motibo de que en las fotos con sus compañeros se pusiera siempre pero es que siempre de puntiyas pa parecer mas alto que yo me fijo musho.

      • Rafa no sofenda pero debiria haber escrito asín: “Hay que ver cómo es usted Isobel, como un rayo, yendo sin atajos a la médula del asunto, a lo esencial”. De ná.

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