
En 2017, el prolífico escritor y periodista Rafael Vallbona presentó Tros, una novela distinguida con el XXV Premio Ferran Canyameres, el galardón más antiguo centrado en la novela negra, policiaca, de intriga o misterio escrita en catalán. Tros confeccionaba en sus páginas el relato de un crimen y una huida, una historia que fue comparada en su tono y regusto con A sangre fría de Truman Capote, con la obra de Cormac McCarthy y con los áridos wéterns del cine de John Ford. Pero Tros no se desarrollaba en lo profundo de Kansas, ni en un futuro postapocalíptico, ni en ese lejano oeste que ha sido idealizado por el séptimo arte, sino en un escenario mucho más cercano y reconocible para nosotros: un pequeño pueblo vaciado, un puñado de casas ubicadas en medio de la nada, entre terrenos de secano, donde residía una población envejecida. Un emplazamiento que, en el fondo, sí que tiene algo de tierra de vaqueros indómitos y de páramo apocalíptico. La pluma de Vallbona se encargó de sembrar la sangre fría, y el crimen, sobre aquellos campos áridos para construir su novela. Una ficción que, como su propio autor aclaraba, reflejaba a una generación de padres e hijos que habían crecido basando su relación más en los silencios que en las palabras. En 2021, Pau Calpe, quien hasta entonces había ejercido como productor cinematográfico, se aventuró a colocarse tras una cámara para trasladar a la gran pantalla, gracias a un guion firmado por Marta Grau, aquella novela que transcurría por senderos, dominados por los silencios, donde nunca ocurría nada.
Tros (Tierras), la película, se abre con secuencias de paisajes rurales solitarios, envueltos en una hermosa partitura compuesta por Bernat Vivancos y entonada por la voz de Núria Rial. Campiñas serenas donde la monotonía se ve interrumpida de repente por el paso quejumbroso de un tractor. El vehículo pertenece a Joan (Pep Cruz) un payés viudo y huraño que recorre los campos lamentándose por el abandono del lugar. Joan reside en Alcastrer, una pequeña aldea ficticia ubicada en la comarca de Segrià, Lleida, habitada por menos de un centenar de personas, envuelta en una niebla eterna y olvidada por el mundo moderno.
En su hogar, y tras la muerte de su esposa, se presenta Pepe (Roger Casamajor), su hijo, un hombre que abandonó la villa tiempo atrás para emprender una nueva vida en Barcelona. Pero también una persona que se ha visto obligada a volver a sus orígenes de manera forzada, escapando de un asunto turbio en la ciudad condal por el que está siendo perseguido. La convivencia entre ambos personajes resulta áspera y tensa, alimentada por el desprecio del hijo por su propio progenitor, y también por el rencor de aquel padre granjero que vio cómo, tiempo atrás, su descendencia decidía abandonar para siempre unas tierras que para él lo habían significado todo. Mientras conviven bajo el mismo techo, y tras encontrar a un saqueador invadiendo sus terrenos, Joan decide unirse a un grupo local de granjeros que realizan patrullas nocturnas por las masías. Una comitiva de vigilancia que actúa al margen del cuerpo policial de los Mossos d’Esquadra, para tratar de hacer frente a la preocupante ola de robos que están siendo cometidos por los alrededores. Pepe, consciente de que la cabeza de su padre comienza a fallar, decide acompañar a Joan en su primera ronda para evitar males mayores. Durante la guardia, ambos descubren a un ladrón y, tras un fatídico enfrentamiento, se ven obligados a escapar a través de unas tierras que están acostumbradas a ver huir a sus gentes.
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