
(Viene de la primera parte)
La insatisfacción de Javier Marías ante el estado de la literatura española heredera de las condiciones de la posguerra, lo había inducido a buscar sus referentes y modelos en las tradiciones literarias extranjeras (sobre todo la de lengua inglesa, entre finales de los setenta y comienzos de los ochenta emprendería traducciones de autores difíciles de esa tradición como Laurence Sterne, Joseph Conrad o sir Thomas Browne) y en un autor español contemporáneo como Juan Benet, quien además compartía con él la visión negativa del realismo y el costumbrismo españoles.
Dentro de este panorama, Benet, a través de su magisterio personal, fue una figura trascendental en la formación de Javier Marías como escritor. Y, en un sentido más amplio, tuvo un enorme efecto revulsivo en la literatura española de la época. Porque el ejemplo que pragmáticamente representaba la obra de Benet conectaba con unas ansias de renovación generacionales que pretendían dejar atrás los presupuestos políticos y estéticos que habían sido dominantes en el campo literario del franquismo. Benet fue muy contundente y supo argumentar con brillantez su desdén hacia muchas de esas propuestas literarias dictadas por el antifranquismo, demasiado dependientes de la coyuntura sociopolítica y que, además, a su entender, carecían del necesario empaque literario (esa fue la tesis fundamental que expuso en su imprescindible ensayo La inspiración y el estilo, y sobre la que volvió una vez y otra en sus escritos sobre literatura a lo largo de su vida).
El rechazo de cierta estética realista, que es uno de los nexos de unión más evidentes entre los dos novelistas, lo hará también suyo Javier Marías, un realismo asociado a la novela de costumbres y, en particular, al tipismo español, lo que Marías parece englobar también en el concepto de «novela castiza», lo mismo que el rechazo del «didactismo», o moralismo, en literatura, es decir, la transmisión de un mensaje con ínfulas moralizantes, que es la idea motriz que regirá el proyecto de los irónicos «cuentos didácticos» firmados junto a Azúa y Molina-Foix. Por el contrario, creo que con la obra primera de Javier Marías, se volvía a poner el énfasis en lo puramente literario y se estaba volviendo a legitimar en los años setenta, la idea de una vanguardia artística: al lector se le pedía que activase unos nuevos mecanismos de lectura, una manera distinta de acercarse a la literatura; un lector que no era aún entonces demasiado numeroso en España, pero cuyo perfil prefiguraba el del lector español de la democracia.
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Cuando se lee a Marías se podría leer un autor talentoso francés o inglés o italiano o alemán de su edad. Es normal, pero fue raro. El raro no era Marías, eran la política y el estado español. Los nacionalismos centrales y periféricos quieren devolvernos a un casticismo imbécil por empobrecedor de lo que en verdad somos.
Un gran maestro en el franquismo y la democracia fue Rafael Sánchez Ferlosio, él si conocía nuestras tradiciones sin ser nunca tradicionalista.
Leer a Marías da una impresión de prosa aseada, inteligente y modesta. Sus artículos periodísticos suelen ser de mucho ingenio y buenos antídotos contra lo rancio tantas veces disfrazado de moderno y progre.
Buenas, pues no sé. A mí la cultura de posguerra, perdonen la insolencia, me parece mejor y más perdurable que lo que ha venido luego. Aún es pronto para trazar un panorama por la falta de perspectiva. Pero ¿existe en la poesía de los últimos cuarenta años una figura tan compleja como la de José Ángel Valente o algún avance respecto a la poética de Jaime Gil de Biedma? ¿Y en la poesía algo equivalente a la obra de Antoni Tàpies? Y en escultura, ¿algo a la altura de Oteiza y Chillida? Y en cine, ¿algo comparable a la relación Luis García Berlanga y Rafael Azcona? Y en arquitectura, ¿arquitectos y obras que lleguen a la complejidad, no exenta de vanguardia, de José Antonio Coderch, Fernando Higueras, Miguel Fisac o Sáenz de Oiza? ¿Hay figuras así en los últimos cuarenta años en España? En el caso de la novela, ¿de verdad que «Central eléctrica» o «La piqueta» son novela tan ramplonas como llevan décadas sugiriendo algunos autores? ¿La narrativa de Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos o Juan Eduardo Zúñiga está desfasada y es papel mojado? ¿Una obra como «Extramuros» es menos compleja que «Volverás a región», y su prosa de peor calidad? ¿De verdad? Creo que todo el periodo de posguerra necesita una urgente revalorización. Por aborrecible que nos parezca se da la extraña paradoja de que sociedades autoritarias – como la España de Franco- acogen periodos culturales más complejos y ricos que las democracias liberales. No siempre es así. Pero sí en muchos casos esta norma se cumple.