
No es por negar con necedad que el cambio climático ha venido para quedarse, alterando, como poco, las costumbres estacionales. Pero la primavera, la de ahí fuera, la recordamos hoy como siempre ha sido: tornadiza, caprichosa, inquieta, de poco fiar. Para caminar solo hay que pedir lo que pedía el andarín Stevenson: un cielo sobre la cabeza y un suelo bajo los pies. Mucho o poco, según se mire.
En primavera el tiempo mejora supuestamente, pero no está de más que el caminante eche un vistazo al cielo antes de ponerse a andar, ejerciendo su derecho y su facultad de bípedo, ya sea como peregrino, como senderista por campos, veredas y trochas o como clásico flâneur, al modo del paseante urbano, silente y atento al detalle.
Nos recuerda el Eclesiastés: «Anda según los caminos de tu corazón y según la vista de tus ojos». La cita la podría recitarla a modo de mantra todo peregrino del Camino de Santiago o de la Vía Francígena en Italia. Pero bien que podría servir también como aliciente para caminar sin rumbo, para pasear abstraídamente por las ciudades, sobre todo ahora que la tarde se alarga con su bonanza de luz, lo que nos permite afinar la percepción, a sabiendas de que el mundo, lo que nos rodea, no se explica, sino que se revela mientras uno anda.
No hablamos, obviamente, del caminador persistente, ataviado por obra y gracia de Decathlon, con quien a menudo nos topamos en nuestro deambular sin rumbo fijo o, incluso, en nuestra propia caminata sana y deportiva, cuando nos da por andar concienzudamente, con ropa ligera, junto a los paseos fluviales o por los parques periurbanos.
Quien más quien menos camina obligadamente una o dos horas al día para evitar que la inmovilidad física, como asegura la OMS, sea el cuarto riesgo de mortalidad más importante en todo el mundo. Caminar rápido, a 5 kilómetros la hora, ayuda a rebajar en un 40% el riesgo de diabetes tipo 2, un 35% las enfermedades del corazón, un 30% la demencia y un 20% el cáncer. Lo que no se sabe es en qué porcentaje ayuda a paliar de una vez la apatía, el sedentarismo mental y extremo de no querer hacer nada. Pero esto es ya otro asunto.
Amparados, como decíamos, en que el tiempo mejora y hay más horas de luz, vamos a hablar aquí mayormente de lo que supone caminar por la ciudad. Esto es, andar al buen tuntún, con algo de flojera sutil, pero siempre de forma atenta, no tanto al detalle, como a su destello (el matiz es importante). Como es sabido, desde Baudelaire (El spleen de París) la flânerie se asocia, más que con la ligereza, con la disponibilidad de la atención. El filósofo José Sánchez-Tortosa explica que «vagar sin rumbo es la materialización de la libertad, que solo es posible como liberación de toda finalidad».
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Que nadie me conozca y que nadie me quiera,
que nadie se preocupe de mi triste destino,
quiero ser incansable y eterno peregrino
que camina sin rumbo por que nada lo espera.
Héctor J. Díaz
Gracias por el término flâneur, lo desconocía y parece que lo he ejercido durante años sin saberlo. Un artículo muy enriquecedor.
Y ahora, a lidiar con la nostalgia de descubrir nuevos sitios interesantes, pues de mi actual morada urbana conozco casi todo al detalle.
No aplica para gran parte de las ciudades de Latinoamérica. Ser un flâneur por éstas tierras es imposible. Yo intento prácticar esta noble costumbre de caminar por la ciudad y me encuentro con vehículos y vendedores informales ocupando las aceras, en el caso de que éstas existan. Además de transeúntes que molestan el rítmico caminar igual que los vehículos y vendedores informales. Así que al terminar mi recorrido en vez de paz, mi cuerpo y mente se llena de irá. Y al día siguiente vuelvo a intentar ser un flâneur en Latinoamérica; pero es imposible. Saludos.
No hay mayor estímulo para un caminante que llegar al final de una calle, cuando se acaban las casas, y solo pampa, selva o montaña nos queda adelante, pues es más que seguro que salvando distancias y quizás en el otro lado del mundo, la misma calle con otro nombre, otros colores, otros sonidos inicia de nuevo y continúa a llamarnos.