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Andando, que es gerundio

Andando
Fotografía: Christof Timmermann (CC).

No es por negar con necedad que el cambio climático ha venido para quedarse, alterando, como poco, las costumbres estacionales. Pero la primavera, la de ahí fuera, la recordamos hoy como siempre ha sido: tornadiza, caprichosa, inquieta, de poco fiar. Para caminar solo hay que pedir lo que pedía el andarín Stevenson: un cielo sobre la cabeza y un suelo bajo los pies. Mucho o poco, según se mire.

En primavera el tiempo mejora supuestamente, pero no está de más que el caminante eche un vistazo al cielo antes de ponerse a andar, ejerciendo su derecho y su facultad de bípedo, ya sea como peregrino, como senderista por campos, veredas y trochas o como clásico flâneur, al modo del paseante urbano, silente y atento al detalle.

Nos recuerda el Eclesiastés: «Anda según los caminos de tu corazón y según la vista de tus ojos». La cita la podría recitarla a modo de mantra todo peregrino del Camino de Santiago o de la Vía Francígena en Italia. Pero bien que podría servir también como aliciente para caminar sin rumbo, para pasear abstraídamente por las ciudades, sobre todo ahora que la tarde se alarga con su bonanza de luz, lo que nos permite afinar la percepción, a sabiendas de que el mundo, lo que nos rodea, no se explica, sino que se revela mientras uno anda.

No hablamos, obviamente, del caminador persistente, ataviado por obra y gracia de Decathlon, con quien a menudo nos topamos en nuestro deambular sin rumbo fijo o, incluso, en nuestra propia caminata sana y deportiva, cuando nos da por andar concienzudamente, con ropa ligera, junto a los paseos fluviales o por los parques periurbanos.

Quien más quien menos camina obligadamente una o dos horas al día para evitar que la inmovilidad física, como asegura la OMS, sea el cuarto riesgo de mortalidad más importante en todo el mundo. Caminar rápido, a 5 kilómetros la hora, ayuda a rebajar en un 40% el riesgo de diabetes tipo 2, un 35% las enfermedades del corazón, un 30% la demencia y un 20% el cáncer. Lo que no se sabe es en qué porcentaje ayuda a paliar de una vez la apatía, el sedentarismo mental y extremo de no querer hacer nada. Pero esto es ya otro asunto.

Amparados, como decíamos, en que el tiempo mejora y hay más horas de luz, vamos a hablar aquí mayormente de lo que supone caminar por la ciudad. Esto es, andar al buen tuntún, con algo de flojera sutil, pero siempre de forma atenta, no tanto al detalle, como a su destello (el matiz es importante). Como es sabido, desde Baudelaire (El spleen de París) la flânerie se asocia, más que con la ligereza, con la disponibilidad de la atención. El filósofo José Sánchez-Tortosa explica que «vagar sin rumbo es la materialización de la libertad, que solo es posible como liberación de toda finalidad».

Hay muchos libros que crearon escuela de flâneurs. Pensemos en El peatón de París (París, casi siempre París) de Jules Laforgue. Pensemos en El libro de los pasajes de Benjamin, paseante y filósofo muy de arquitectos. Pensemos en la perdida metrópolis berlinesa de antes de la nazificación en Paseos por Berlín, de Franz Hessel. O pensemos, sin el referente de los clásicos, en la otra academia urbana de la flânerie, que podríamos llamar como política o comprometida, caso de Ian Sinclair, por ejemplo, en London Orbital, donde se pasea por la periferia fea y elefantiásica de Londres. En este sentido, entre lo plomizo y lo sugerente (marca literaria de la casa), hablaba Peter Handke (Ayer, de camino) de «la moral de las periferias».

Si por deméritos propios no somos capaces de convertirnos en flâneurs, siempre nos quedará el hermoso título de «transeúnte», especie de híbrido entre el paseante más o menos desocupado y el sujeto acuciado por los códigos del paseo urbano (semáforos, pasos de cebra, carriles bici, acerados concurridos, turistas molestos, veladores epidémicos, músicos callejeros, etcétera). Para Claudio Magris (El infinito viajar) el transeúnte es acaso el viajero más auténtico. «Su mirada penetra y deshace el escenario urbano como una insurrección (…) Paisaje es pasaje y es, además, una andadura, como un estilo de la escritura. Cada cual atraviesa un lugar con un ritmo particular. Unos van deprisa, otros remolonean. Una ciudad —una página— se recorre de mil maneras: escrutadora, lenta, sincopada, apresurada, distraída, sintética, analítica, dispersiva».

Aquí por tanto, en el bosque urbano descrito por Claudio Magris, todos podemos reconocernos más o menos, todos tenemos reservados nuestro papel. Ser un transeúnte no nos convierte en un subgénero menor del flâneur. Igual que caminar por las tramas de la urbe no es ningún desencanto comparado con salir a andar al aire libre, por el campo, en comunión con la naturaleza y la despreocupación.

En relatos y novelas de toda suerte hemos conocido la historia de algunos andarines de lo más peculiares. Uno de los caminantes urbanos más lastimosos que ha dado la literatura es el paseante hambriento y desdichado de Knut Hamsun en su novela Hambre. Su protagonista pasea por la ciudad de Christiania (supuestamente Oslo).  El primer párrafo ya avisa al lector que va a ejercer de cicerone de un pobre hombre y de un hombre pobre: «Fue en aquella época cuando yo vagaba pasando hambre por Christiania, esa extraña ciudad que nadie abandona hasta quedar marcado por ella».  El acuciado ganapán, infeliz de alta escuela, se gana la vida escribiendo artículos mal pagados en periódicos locales. Conseguir una sola corona le resulta una odisea.

El de Hamsun es el santo patrón de los paseantes atribulados. El tiempo, según leemos, se le presenta como «esa eterna canción, ese distante zumbido sin tono que nunca se calla». A mitad de la novela, es tanta su hambre, que empieza a sufrir alucinaciones. Llega a comer hasta virutas de madera para sobrevivir. Todo es causa de infortunio. Deambula por Christiania y se pierde en fracasadas encomiendas que él mismo se autoimpone. Las mondas de naranja que recoge del suelo le producen náuseas. Era el Oslo aproximadamente de 1890, la ciudad que al fin conseguirá abandonar, embarcado como grumete en un barco. El hambre no le había hecho perder la percepción y esta es la gran lección que deja a todo caminante urbano: «Ya fuera, en el fiordo, me incorporé, abatido y empapado de fiebre. Miré hacia la tierra y me despedí por esta vez de la ciudad, Christiania, donde las ventanas brillaban con gran resplandor en todos los hogares».

Si nos hemos detenido en el paseante lastimoso de Hamsun es para vindicar la figura del caminante atribulado, aquel que vaga por la ciudad su hora o sus dos horas al día, acuciado por el desánimo y la infelicidad. Es otra suerte de «flâneur», pero que recorre su oscura ciudad interior, mientras la de fuera apenas si la percibe como una copia absurda. Está demostrado que andar mejora el estado de ánimo, aunque hay veces que esta conclusión se pone a prueba en casos de angustia, que es lo que ha traído a medio plazo la reclusión y el confinamiento. Se pueden mejorar las vías respiratorias, pero no tanto las vías nerviosas.

El caminador urbano, en general, suele carecer del predicamento del que sí goza el peregrino, el caminante rural o, incluso, el senderista de fin de semana. Entre otras cosas, como hemos visto, porque a veces al caminador urbano se lo asocia al andarín de tipo deportivo, preocupado solo por marchar rápido, abstraído en su cometido, mientras consulta el cronómetro cada dos por tres (quien solo anda por motivos de salud puede llegar a convertir la experiencia en otra forma más del aburrimiento).

Hay quien considera que andar por la ciudad puede convertirse en un acto político (lo hemos sugerido antes en el London Orbital de Ian Sinclair). Quiere decirse que se puede caminar por las ciudades para intentar redimirlas de su fealdad, de su inhumanidad, sobre todo en esos espacios homogéneos donde se concentran los males contemporáneos, como la gentrificación, el paisaje-franquicia a través de rótulos y reclamos idénticos en todas las ciudades, las plazas duras, las áreas turistizadas, las obras faraónicas, los entornos de los shopping-malls, las llamadas zonas tensionadas por el alto alquiler, las afueras degradadas, etcétera.

El aspirante a flâneur, o bien el simple caminador que no aspira a nada, ha de vérselas con la lectura que hoy ofrecen las ciudades, las cuales, como decimos, llegan a parecernos casi indistintas unas de otras desde que la globalización lo desdibujó todo. Pero habrá que resistir. Seguiremos saliendo a caminar, bien con la tempranera o ya bajo el atardecer, intentando buscar una alternativa a los interiores en los que vivimos casi sin darnos cuenta de sus compartimentos estancos. Escribe Rebecca Solnit en su libro Wanderlust. Una historia del caminar: «Mucha gente hoy día vive en una sucesión de interiores —hogar, vehículo, gimnasio, oficina, tiendas— desconectados unos de otros. A pie, en cambio, todo permanece conectado, porque al caminar uno ocupa los espacios entre interiores».

A pie, después de todo y pese a todo, y recordando que Miguel Ángel decía que «el pie humano es una obra de arte y una obra de la ingeniería». Así que andando, que es gerundio.

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5 Comentarios

  1. Pingback: Andando, que es gerundio – Jot Down Cultural Magazine – Flâneur on the web

  2. Que nadie me conozca y que nadie me quiera,
    que nadie se preocupe de mi triste destino,
    quiero ser incansable y eterno peregrino
    que camina sin rumbo por que nada lo espera.

    Héctor J. Díaz

  3. Antton Lete

    Gracias por el término flâneur, lo desconocía y parece que lo he ejercido durante años sin saberlo. Un artículo muy enriquecedor.

    Y ahora, a lidiar con la nostalgia de descubrir nuevos sitios interesantes, pues de mi actual morada urbana conozco casi todo al detalle.

  4. Sergio Acevedo Uribe

    No aplica para gran parte de las ciudades de Latinoamérica. Ser un flâneur por éstas tierras es imposible. Yo intento prácticar esta noble costumbre de caminar por la ciudad y me encuentro con vehículos y vendedores informales ocupando las aceras, en el caso de que éstas existan. Además de transeúntes que molestan el rítmico caminar igual que los vehículos y vendedores informales. Así que al terminar mi recorrido en vez de paz, mi cuerpo y mente se llena de irá. Y al día siguiente vuelvo a intentar ser un flâneur en Latinoamérica; pero es imposible. Saludos.

  5. E.Roberto

    No hay mayor estímulo para un caminante que llegar al final de una calle, cuando se acaban las casas, y solo pampa, selva o montaña nos queda adelante, pues es más que seguro que salvando distancias y quizás en el otro lado del mundo, la misma calle con otro nombre, otros colores, otros sonidos inicia de nuevo y continúa a llamarnos.

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