Apología del frío 

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apología del frío
Jack Nicholson en The Shining. Fotografía: Warner Bros. apología del frío

Este artículo encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº 37 Especial «Círculos polares»

Antón Chéjov sería muy ruso y muy artista, pero también dejó su buen legado de bobadas. Sin ir más lejos, en la obra Las tres hermanas afirmó que la gente no se da cuenta de si es verano o invierno cuando es feliz. 

Mira, Antón: No. Ene, o. Hay climas que hacen meteorológica, física y anímicamente inviable no ya algo tan redondo como la felicidad, sino un leve esbozo de sonrisa. Y parece mentira andar haciéndole esta precisión a alguien 1) muerto y 2) que pasó la mayor parte de su vida huyendo de las temperaturas extremas. 

Valga esto como disclaimer básico para lo que viene a continuación: a la hora de hablar del tiempo, ni calvo ni con tres pelucas. Fariseísmos los justos. Dejemos convenientemente fuera de la ecuación aquellos escenarios drásticos en los que la meteorología anda a tortas con la supervivencia. Ni desierto de Sonora ni la Antártida, para entendernos. El marco es tontamente lógico: si pasar más de un minuto a la intemperie puede aniquilarte por hipotermia o insolación, esta no es la ventanilla. 

Dicho lo cual, al lío: la vida es mejor con frío que con calor. Ética, estética y sencillamente. Es así a pesar de que vivamos en una distopía ridícula en la que se conviene en llamar «buen tiempo» a que las axilas te hagan charcos y treinta especies diferentes de insectos salgan, empoderados y embrutecidos, a hormiguear entre nuestros fluidos. Sé que esta podría ser una discusión bien corta. Del mismo modo que hay gente por ahí a la que le gustan las películas de Zack Snyder, hay otra —sospecho que la misma— que predica a boca llena que el calorcito es la verdadera felicidad. Podría zanjarse todo con el perezoso y evasivo pretexto de que es cuestión gustos. Pero no. 

Para empezar, estamos intoxicados por una imagen idílica del calor. Del calorcito, más bien. Como si cada vez que sube el mercurio nos mudásemos a vivir a un anuncio de cerveza donde no hay más que hacer que lanzarse al mar en perfectos tirabuzones y resultar arrebatadoramente sexy para zumbarse a alguien muy bronceado con quien tintinear el botellín. Igual ustedes pasan tres meses al año así, desocupados entre farolillos y fiestas de gente fastidiosamente atractiva, pero la mayor parte de la población, cuando quita el nórdico y empieza a achuchar el termómetro, está obligada a hacer lo mismo que hacía antes, pero más incómodo, más resbaladizo. El transporte público se abarrota de olores ácidos, las calles se vuelven intransitables con niños excarcelados, los atuendos se reducen y ridiculizan, desaparecen los platos de cuchara, dormir es un suplicio pringoso, aumenta la salmonelosis y ponerse a cubierto tampoco mejora nada. Nos criogenizan a chorrazos de aire polar, se nos marchitan las plantas e incluso hay exquisitas marcas de bombones que se niegan a endulzarnos este pesar. Todo es, en suma, más pegajoso, más asfixiante y más miserable. 

No es que el frío esté libre de una imagen dulcificada e irrealizable para los tramos más bajos del IRPF, no es eso: ahí están esas cabañas de postal inalcanzables, con sus chimeneas chisporroteantes, sus copas de Chardonnay y mantas de lana merina a cuadros rojos. O la trampa de la nieve, que, como dice el escritor Jorge de Cascante, nos engolosina con su limpieza de mentira, porque en realidad debajo del manto blanco todo está igual de sucio. Pero convengamos que, en general, el frío tiene peor prensa. Fíjense en las metáforas, por ejemplo: la gente insoportable tiene un temperamento «tormentoso», la insensible es «fría» o tiene «el corazón de hielo» y casi todo lo que tenga una connotación emocionalmente positiva, como el afecto o el cariño, cae del lado de los términos cálidos. Y así estamos, con la tierra plagada de sobones y cansinos a los que exculpa su «sangre caliente» porque la pesadez, mira por dónde, es una cosa muy ardiente. Como si los sudores fríos fueran los malos y los chorreones tórridos, los buenos. Cadalso aparte merecen las hordas de poetas que verso a verso han penado por sus inviernos interiores, porque sentimentalmente habitaban la mismísima estepa rusa, aunque su único turbamiento fuera que les habían hecho una (otra) cobra. 

Los tibios —he ahí otro adjetivo térmico— sostienen, acodadísimos en su indiferencia centígrada, que la virtud está en lo intermedio. Que cada cosa tiene lo suyo, lo mejor y lo peor. El problema de este razonamiento fofo es que «lo suyo», lo que se atribuye popularmente a las temperaturas más frescas, acostumbra a ser un mito de una solidez mentirosa. La ciencia lleva eones emperrada en demostrar que, digan lo que digan generaciones de madres abrigadoras, ni el frío tiene la culpa de que te resfríes1, ni la exposición a climas más frescos aumenta el riesgo de enfermar. Se ha buscado con ahínco, pero no aparece por ninguna parte la evidencia científica que interconecte la depresión con el invierno, y aun así hasta nos hemos inventado un término y una industria (el SAD, trastorno afectivo estacional, por sus siglas en inglés2) para darle la espalda a los datos y decir que mira, oye, en Finlandia se suicidan más porque hace un frío que pela3. Aquí un picadito de cosas que estudios científicos serios sí han demostrado que mejoran durante los meses fríos: la estimulación cerebral (el calor requiere más glucosa para abordar procesos mentales), la quema de calorías, las alergias, la inflamación y las enfermedades transmitidas por mosquitos, el sueño, el refuerzo del sistema inmunológico…

Y miren, tampoco es que haga falta peinarse la Nature para percatarse de lo evidente: las cosas más placenteras de las vida se disfrutan más con frío, que sublima todo lo bueno. Sudar follando es mejor que follar sudado, la ducha muta de acto higiénico en ocasión para el solaz refocile, abrazar a alguien no salpica, las comidas grasientas se pretextan por sí solas, o como dice Margaret Atwood: «Winter. Time to eat fat and watch hockey / in the pewter mornings, the cat». Todos estamos más favorecidos con la nariz sonrosada y un guiso caliente entre las manos que con el pelo pegado en la nuca y boqueando frente al ventilador. No hace falta resobar (más) lo de la «peli y mantita» para demostrarlo, porque incluso cuando el frío se pone cabrón, es mejor. De hecho, ese es uno de los meollos: combatir el frío es más fácil que combatir el calor. Pero, por encima de todo, refugiarse de él es infinitamente más digno. 

De un lado, los pies al aire, los chancleteos infames, los rodales húmedos, los pantalones violadores, las camisetas de tirantes ilegales, los incomprensibles colores flúor, la licra de baño, el lino picoso, la nula transpirabilidad, las rozaduras, el pelo churretoso, los shorts recortados «a la balalá», las gafas resbalándose por el tabique, los calcetines adheridos como papel de magdalena, los fedora y esas viseras inconcebibles que dejan la cocorota al descubierto. Del otro, los jerséis de lana gustosa, los miles de capas, nórdicos, bufandas, boinas, calentadores, botas, chubasqueros, manoplas y pellizas. Las gamas cromáticas confortables, la nunca olvidada camiseta interior, los leotardos que no hacen pelotillas. Las zapatillas de andar por casa mullidas. Hasta las orejeras y la pana, si me apuran. Dígame que el calor es más digno estéticamente. Dígame que la forma de intentar neutralizarlo, exponiendo las lorzas, pelos y pedicuras cuestionables al sol abrasador no resulta indigno. Ahora repítanmelo ataviado con algo que no le haga parecer el polizón de un naufragio de un buque de sardinas o el superviviente a un tornado en un trailer park del Misisipi. 

Hay salvedades, claro: la ropa se seca mejor al bochorno inclemente, y en invierno cuesta más abandonar la cama. Y la solución a ambas da en la diana de la cuestión: secadora y calefacción a todo trapo. No me lo digan, que ya lo sé: todo eso requiere dinerete. Pero ¿no es eso lo que nos ha enseñado el turbocapitalismo, que si es más caro es mejor? Pues en bandeja les queda, por si resultaba insuficiente lo anterior: mantenerse a refugio del frío (el goretex no es barato) es más caro, ergo, superior. 

Fue Sylvia Plath quien dejó escrito eso de que valoramos las cosas por su contrario: el amor por haber experimentado el odio, lo bueno tras haber decidido qué es lo malo y el calor tras haber pasado frío. Es cierto, pero no del todo. Podríamos amar el frío porque abominamos el letargo asfixiante del calor, los regueros de sudor por las corvas y el entreteto, la abulia paralizante, el desconsuelo del ventilador, el mamarrachismo indumentario, la imposibilidad de pisar el exterior durante horas, el mundo convertido en una gran letrina, la pesadez del propio cuerpo… Pero no es eso. No solo. El frío es vivificante, retador. Comprende un goce animal vencerlo, abrigarse, entrar ahí dentro y soplar sobre una bebida caliente para bañarse en el vaho. Acurrucarse en busca de un islote cálido, frenar el castañeo de dientes con un puchero. Tendrá peores metáforas, de acuerdo. Pero lo dijo George R. R. Martin: nada arde como el frío. Es mejor porque, felizmente, podemos con él. 


Notas

(1) Como para cosa que quiera demostrar, hay estudios disponibles en internet para darle la razón. En este caso, es un metaanálisis del neumólogo Ray Casciari, que en 2002 desvinculó eso del frío y la enfermedad.

(2) Aquí otra amplia investigación masiva de la Clinical Psychological Science, que no encontró evidencia de que el invierno ni empeora ni provoca la depresión, resultados refrendados después por otros publicados en Proceedings of the National Academy of Sciences, donde los neurocientíficos demostraron que el periodo estacional no influye en la actividad cerebral.

(3) De hecho, las tasas de suicidio más altas en Finlandia no corresponden a los meses más fríos.

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11 Comentarios

  1. Mi acuerdo con el artículo es total. Me resulta alucinante cuando en pleno verano , con temperaturas entre 30 y 35 grados en la mayor parte de España ( y sin gota de lluvia), en los programas del tiempo en TV, la mayoría dice aquello de proseguirá el BUEN TIEMPO

  2. Fantástico texto, que suscribo palabra por palabra. A veces me pregunto si es que los raros, o los conocedores de la verdad, somos muy pocos, o si es que la mayoría dice disfrutar del calor porque es lo que han oído desde siempre, que qué buen tiempo, y cómo mola el calorcito.

  3. Mi pobre. Hace falta calor para madurar una fruta.
    Y rotundamente no, si es más caro, ergo cuesta dinero, siempre será peor. Aquellos que viven en lo tibio, tienen tanto placer por eso mismo que no les hace falta recordarnos que viven en el paraíso y tampoco se molestarían en argumentarte que lo suyo es mejor. Pero lo es.
    Yo vengo del frío y es una pena estar tan de acuerdo de contigo en mucho de lo que dices. Discutir se hace más divertido. Pero lo amo porque es lo mío y me hago cargo y me cago en Dios con esta ola de calor. Bueno. Es estética. La tuya. Tú artíulo es una auto-paja dentro de tus propias filias.

  4. Muy bueno, doña, ya que con el calor no sabés qué sacarte de encima, y solo por decoro uno no andaría en cueros aun dentro de su casa; al contrario del frío que con capas sucesivas de lana y trapos te mantiene tibio; basta que te queden dos agujeros para los ojos, guantes y medias gruesas y lo demás es pura fiesta en estado de hibernación semimovil, con tu cerebro y corazón bien calentitos y al reparo achicando la cuenta de luz y gas. Si no fuera por los guantes necesarios, mas no para escribir, me hubiera gustado ser un esquimal.

  5. Me encantan esta revista sus lectores. Pero hay que reconocerlo: el frío es cosa de gafapastas. Los seres vitales y verdaderamente felices encuentran la plenitud en el calor, aman la piel, los pelos y los fluidos humanos, y no se molestan en escribir elaborados argumentos para explicárselo a nadie (probablemente también encuentran formas de ser razonablemente felices en esa cosa desagradable que es el frío)

  6. Los c0j0nes. La temperatura del cuerpo es más o menos 36 grados. Por debajo de eso, técnicamente hace frío.

    Bien, ahora que tengo su atención con semejante salida de tono, puesto a odiar extremos, odio más el frío. Todo el día con los pies congelados. A la que te descuidas, refriado al canto, mínimo 3-4 días de picor de pecho, toses, dolor de garganta, moqueo incesante, y de ahí hasta el infinito. ¿Bombones en invierno? Mejor bombones helados en verano. Cerveza a raudales, tintos de verano, café con hielo… Dos, tres, cuatro capas de ropa que limitan movimientos, que son peso extra (mucho) para ir a cualquier lado. Hay que bajar a comprar: diez minutos para vestirte. En la cama, te das la vuelta y te enredas el pijama con la sábana, ésta con la manta, que se cae, te deja los pies al descubierto, y de vuelta al resfriado. Todo el día la luz encendida (¿luz natural? ¿qué es eso?) y la calefacción, y a fin de mes viene Medina.

    Que sí, que el calor extremo tiene sus engorros, no lo niego, pero para mí son mucho más molestos los engorros del invierno.

    Salud!!!

  7. Suscribo completamente, y más viviendo en una ciudad cuyos rangos de temperatura van del 3 al 20°c: Bogotá.

  8. Los montañeros tenemos un dicho. “Si pasas frío en la montaña es porque eres perezoso o tonto”. ¿Que tienes frío? Te paras, abres la mochila y te pones más ropa. Si no te apetece pararte y abrir la mochila, es que eres perezoso. Si no lo haces porque no la llevas, es que eres tonto.

    Donde esté el frío, que se quite el calor. Si estás abrigado te da igual estar a -10 °C que a -30 °C. pero no te da igual estar en camiseta a 25 °C que a 45 °C.

    Hay más muertos por olas de calor que por olas de frío.

  9. Se invita a un plebiscito frío-calor a través del texto. Como estoy ocioso voy a soltar todas las ideas que se me vienen a la cabeza. Es un batiburrillo interesante pero no sé hasta dónde me va a llevar.
    Acepto de antemano el argumento de los extremos como escenario de discusión. No obstante, conviene dejarlo claro: si eliminamos polos y desiertos de la ecuación, tenemos que la temperatura más alta registrada en el planeta pues estará sobre los cincuenta y pico (digamos cincuenta y cinco) grados (celsius se entiende). Si nos atenemos a la más baja pues la cosa andará sobre los menos setenta y un poco más (hay una población en Siberia donde viven varios cientos de personas que tiene el vicio de alcanzar esas temperaturas en invierno). La temperatura de mi congelador está a menos veinticuatro. Tengamos en cuenta que bajo esta perspectiva una gran mayoría de la población mundial no sabe lo que es el frío. Y sí, en cambio, ha vivido episodios próximos al extremo calor. Primera pica en Flandes.
    Si miramos el globo y donde se ubican los seres humanos pues es bastante obvio que la mayoría de las comunidades humanas sin duda opta por el calor. No me lo sé de memoria pero estoy casi seguro de que las poblaciones de Ciudad de México, Singapur, Delhi, Dacca, Lagos o Jakarta (grandísimas urbes) han conocido episodios notabilísimos de calor próximos a la cifra de récord que he dado como referencia. Y esas gentiñas (voy dando pistas de cuál es mi entorno vital) pues no han tenido a bien marcharse de allí y, como los varios cientos de oimiakonenses, pues no se han apartado del sitio que los vio nacer. Oiga, por algo será. Segunda pica en Flandes.
    La dualidad frío-calor es demasiado simplista. Lo que se debería estilar es lo de los modelos climáticos (entonces claro el texto ya no sería tan provocador). ¿Es que es lo mismo el calor de Jakarta que de Riyad? Modelos climáticos dan lugar a orografías particulares pero también a caracteres en las gentes que habitan los lugares en donde se instalan esos determinados modelos climáticos. Lo del gallego (aquí va otra pista) que no se sabe si sube o baja de la escalera ¿no será porque muchos días del año tiene que decidir, entre otros dilemas existenciales, si se lleva o no el paraguas consigo al salir de casa? ¿Le pasa lo mismo a un tipo que vive en Sevilla y que eso de la pura maravilla le sucede de higas a brevas? Conviene recordar que un clima como el de las Islas Canarias (tan envidiado por muchas gentes) es un clima fundamentalmente seco y que, hasta que se construyeron las primeras desalinizadoras, la mayoría del territorio era inhabitable. He aquí como la acción humana transforma un escenario climático para hacerlo atractivo. Pero claro, nos olvidamos de esas estructuras cuando vamos a las Islas para disfrutar de su clima en pleno invierno austral.
    Luego está la persona. Y ahí va cada uno con su penitencia. ¿Si la sudoración excesiva es una de las virtudes de un individuo cuál será su inclinación a la hora de elegir entre el frío o el calor? Por no hablar tampoco del sexo (o del género, no se me asuste el lector que llegue a este punto) y de cierta tendencia (creo que verificada a través de determinadas peculiaridades anatómicas) de las mujeres a escapar del frío mientras que los hombres (no todos porque esto es una regla así un poco general) lo que tratan de evitar es el excesivo calor.
    Fíjese usted que a mí la autora me estaba convenciendo hasta que llegó el penúltimo párrafo y en una argumentación un poco de guardia urbano, nos viene a decir que el frío impone más gasto (del monetario) y que eso es muy guay. Y ahí fue donde el texto se adentró un poquito en el populismo y en el vacío argumental. Y que para mí, lector inteligente donde los haya, esas pamplinas no me valen. Tercera pica en Flandes.
    Y luego estoy yo, Que vivo a las puertas del Atlántico. En un sitio de paso de borrascas. Incapaz de entender cómo mi mujer se ha vuelto a poner estos últimos días el pijama de invierno. Y que, atención a la afirmación, considero que cualquier temperatura por encima de los veintinueve grados (celsius, se entiende), ya sea en Kuwait o en Bangkok, es mal tiempo. Y punto. Y aquí ya no hay más picas en Flandes. Solo mi santa voluntad de huir de cualquier tipo de achicarramiento allí donde me halle.
    Y ya está. Toca callarse porque no tengo nada más decente que decir.

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