
La imagen muestra cuatro hombres y una diminuta tienda de campaña, poco más que un pedazo de lona plantado en el hielo. La bandera que ondea en lo alto de la tienda es la de Noruega.
Se trata de la fotografía tomada por Olav Bjaaland, uno de los miembros de la expedición de Roald Amundsen, que ha conseguido llegar, por primera vez, al Polo Sur geográfico. Estamos a 16 de diciembre de 1911, en la primavera austral. El viaje, desde Framheim, la base que los exploradores han establecido en la bahía de las ballenas, ha llevado dos meses. Pero los noruegos llevan ya un año en la Antártida. Han llegado a bordo del Fram a primeros de enero y han invertido la primavera y el verano anteriores en preparar su hazaña, incluyendo la puesta a punto de una cadena de depósitos a lo largo de la ruta que proyectan recorrer. Desde principios de febrero hasta mediados de abril, Amundsen organiza tres viajes que le permiten establecer puntos de abastecimiento a 80, 81 y 82 grados de latitud sur. Las expediciones no solo sirven para facilitar la empresa, evitando a los exploradores cargar demasiadas vituallas en la inminente intentona de llegar al Polo. También les sirven para reconocer el terreno y como ensayo general de supervivencia en las condiciones extremas del continente helado.
Luego llega la noche. El 21 de abril, el sol se pone en Framheim y ya no reaparecerá hasta finales de agosto. Los diez noruegos que forman parte de la expedición pasarán cuatro meses encerrados en un recinto diminuto, sin poder pisar el exterior, sin ningún tipo de intimidad. Pero Amundsen ha previsto que sobrevivir al aburrimiento y la claustrofobia del invierno es un desafío tan importante como el viaje que les aguarda al llegar la primavera y, en consecuencia, ha preparado un programa de trabajo que mantiene ocupada a la tripulación y de paso le permite acondicionar de manera óptima sus trineos.
El 8 de septiembre, los noruegos realizan la primera intentona. No ignoran que es demasiado pronto para hacerlo, las temperaturas todavía son muy bajas, pero la obsesión de Amundsen con ser el primero en llegar al Polo Sur —sabe que la expedición del inglés Robert Scott está preparándose para conseguir el mismo objetivo— le lleva a precipitarse. La excursión está a punto de terminar en desastre, cuando la primavera antártica los castiga con jornadas a -56 ℃. Afortunadamente, el noruego entiende a tiempo su error y recula. Esa decisión le salva la vida a él y a su equipo.
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Pocas veces he leído un artículo que refleje tan bien mis propios pensamientos. Soñar con hacer habitable Marte, y al mismo tiempo destruir lo más cercano al Paraíso que conocemos. Qué pena que no seamos monos sabios en lugar de inteligentes. Un mono con inteligencia es un mono con un revólver.
Coincido totalmente con Rafa. Éste es el mejor artículo que he leído en mucho pero mucho tiempo. Tanto por el fondo como por la forma. Brillante para retratar la locura de nuestra especie y, quizá, para predecir la ruta fatal de nuestro destino.