Los aristócratas del sur y la carrera por el polo

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Polo
Scott en busca del polo. Fotografía: Roger-Viollet. Cordon Press

Es que Aristóteles tenía algo de razón. Él decía que la tierra es una esfera y que, como debe mantenerse en equilibrio en el espacio, ha de ser geométricamente simétrica, lo que significa que si hay tanta tierra en un hemisferio habrá suficiente en el otro, actuando como contrapeso. Será una tierra lejana, austral y desconocida, y por eso la llamaron Terra Australis Incognita. Imaginaban un continente helado. Desde entonces los navegantes del hemisferio norte la han buscado. Si dan la vuelta en el cabo de África y miran hacia el sur solo ven agua, viento y tormentas, cuando cruzan el cabo de Hornos en la punta de América ven lo mismo. Andan a tientas. Cada vez que se topan con un territorio más grande que una isla, los exploradores creen haber llegado a Terra Australis Incognita. Por eso Australia se llama Australia. Pero no, con el tiempo pudieron rodearla y de helado no tenía nada.

Es el siglo XVIII. La Real Marina Británica está lanzada a la exploración de todos los mares y todas las tierras: llega, planta bandera, recorre y, si hay tiempo, hace una cartografía. Desde 1770 hasta 1912 los marinos ingleses se obsesionaron con el continente de nieve: Cook, Ross y Scott son los nombres que habrá que seguir. Son conocidos como los aristócratas del sur y tienen un objetivo.

Primero es el momento del capitán Cook. Es un topógrafo hábil con facilidad para hacer mapas rápidos mientras va avanzando, el perfil actual de la América del Norte recuerda las cinco temporadas que James Cook pasó trazando cartas. La Royal Navy y la Royal Society pusieron los ojos en él y lo enviaron con órdenes de descubrir el gran continente austral, o bien demostrar que no existía. Cook sale de un puerto inglés al frente de dos barcos con nombres que no le temen a la alegoría: Resolution y Adventure. Es el año 1772, es su segundo viaje al hemisferio sur y su objetivo es llegar a Terra Australis. Lleva galletas, caldo en conserva, confitura de zanahoria, malta, cerveza y chucrut. El chucrut lo va a reservar para hacerle frente a la enfermedad de los marineros: el escorbuto mortal que diezma los barcos. También lleva medallas para «dárselas a los nativos de los países recién descubiertos y dejarlas allí como testimonio de que fuimos los primeros descubridores».

Durante meses navega y solo encuentra agua y olas del tamaño de su aventura y su resolución. 

El 17 de enero de 1773 alcanzó el círculo polar Antártico, era el primero en hacerlo. Se encuentra con unas islas, las nombra Sandwich y Georgias del Sur, sigue hacia el sur entre bancos de hielo, sin sol y con lluvia constante, retrocede y vuelve a intentarlo, abandona una de las naves y continúa con la otra: todo se sacude, las maderas se agrietan y el trabajo a bordo es un infierno. Sus hombres están cansados, pero lo peor es el hambre. En su diario cuenta que tuvo que sacrificar al perro de a bordo para que pudiera alimentar su frágil estómago. «De ese modo recibí sustento y fuerzas de una comida que habría puesto mala a la mayoría de la gente en Europa; a tal punto es cierto que la necesidad no está regida por ley alguna».

Cuando la niebla polar se disipa no ve más que hielo y agua y choca con un gran campo helado: una banquisa de hielo que no le permite avanzar. Cook está decepcionado. Hace dos años salió de Inglaterra, se ve obligado a volver hacia el norte sin el objetivo cumplido y aprovecha los días largos del regreso para volcar la frustración en su diario:

Yo, que ambicionaba llegar no solo más lejos de lo que hubiera podido llegar cualquiera hasta entonces, sino tan lejos como le fuera posible al ser humano, no lamenté encontrarme con aquel escollo pues en cierto sentido constituía un alivio para nosotros. Al menos reducía los peligros y las penurias que conlleva navegar por las regiones australes.

En ese endemoniado mar helado no había tierra alguna, ni mucho menos nativos a quienes darles las medallas.

Una expedición rusa pisó por primera vez el territorio de la Antártida en 1819 y durante los años siguientes fueron y vinieron exploradores de distintos países, comerciando con focas y ballenas e intuyendo un continente que a veces parecía improbable. Se acercaban, registraban, ponían nombres: la toponimia de la Antártida muestra los hombres y los países que la fueron sondeando. Y todos escribían lo que veían. «Uno no puede leer los relatos de estas travesías, tan sencillos y libres de artificio como están escritos, sin sentirse impresionado por el maravilloso valor y la tenacidad que mostraron», esto escribirá más adelante el capitán Robert Falcon Scott en sus propios registros. 

Pero aún no es la hora de Scott sino de Ross, el segundo aristócrata del sur.

Todo lo que se podía hacer por barco

Es uno de los mejores marinos de la historia, es el almirante sir James Clark Ross, y acaba de volver a Inglaterra después de cuatro años navegando en el mar glacial del sur: había determinado con mucha exactitud el polo magnético, sabía que aquella masa blanca era un continente, pero aún no podía probarlo. Es 1843.

Su fama y reconocimiento los había ganado hace unos cuantos años en el otro extremo, al localizar el polo norte, y con ese antecedente se había embarcado al sur con el mismo plan. Partió de Inglaterra con dos naves: el Erebus y el Terror, recorrió y cartografió la mayor parte de la Antártida. Dejó a su paso la barrera de hielo que ahora lleva su nombre y dos volcanes que desde entonces se llaman como sus barcos, pero no pudo seguir avanzando.

La vuelta de Ross a Inglaterra olía a fracaso porque no había logrado lo que se había propuesto: «colocar la bandera de mi país en los dos polos magnéticos de nuestro planeta». La corona no tenía su bandera y los logros del capitán quedaron reducidos al descubrimiento de una ensenada que se acercaba mucho al polo y permitía soñar con alcanzarlo. La ensenada también recibió su nombre: hoy es el mar de Ross.

El almirante Ross escribió que él había hecho «todo lo que se podía hacer por barco» y que lo siguiente requerirá de otros preparativos. Ahora resta que los próximos expedicionarios sigan por tierra: harán falta trineos y perros para tirarlos, también provisiones exactas y la templanza suficiente para vivir en un mundo helado. 

Habrá que esperar más de cincuenta años para que Scott, el último aristócrata del sur, lo intente.

Hasta que llegue ese momento, los intereses reales se repartirán entre uno y otro polo. Los mismos barcos que Ross dejó en el puerto saldrán hacia el polo norte, comandados por un hombre que se hará célebre por sus fracasos: un capitán de apellido Franklin que fue humillado por un explorador noruego hace años. Él, sus barcos y sus tripulantes quedaron atrapados en el hielo ártico, pero esa es otra historia, se la conoce como la expedición perdida de Franklin y ninguno de sus protagonistas volvió para contarla. Ahora volvamos a la Antártida con el capitán Robert Falcon Scott.

 Este lugar es horrible 

Lo que el capitán no sabía cuando se embarcó hacia la Antártida por primera vez, lo que no podía prever cuando lo hizo por segunda vez, es que cuando por fin alcance el polo el 17 de enero de 1912 se encontrará con la bandera noruega flameando ahí. Scott escribe en su diario: «Todos los sueños del día se han evaporado. Dios mío, este lugar es horrible». 

¿Qué fue lo que pasó?

Lo que pasó tiene un nombre: Roald Amundsen.

Amundsen es la pesadilla de los exploradores polares ingleses, el noruego que está siempre un paso adelante de la Real Marina Británica.

Cuando Scott llegó a la Antártida el fantasma de Amundsen rondaba en su cabeza; sabía que el noruego tenía el mismo objetivo y la fuerza para lograrlo. Sabía que unos años atrás, en 1903, mientras él estaba acá en el sur, el noruego se convertía en el primer hombre en surcar el paso del noreste, ese que une el Atlántico y el Pacífico sobre Alaska y que tanto habían buscado los ingleses comandados por Franklin. Los relatos cuentan que ahora Amundsen quería ser el primer hombre en llegar al polo norte, que estaba preparando su viaje y buscando financiamiento cuando se enteró que un norteamericano le había ganado de mano. Entonces cambia el rumbo: correría la carrera en el sur contra los ingleses.

Enero de 1911. Amundsen ancla el Fram en la Bahía de las Ballenas y levanta un campamento. Scott fondea el Terra Nova en el estrecho Mc Murdo. Está 96 kilómetros más lejos del polo que su adversario, ya arranca con desventaja. Las provisiones para los noruegos llegan de Argentina, las de los ingleses de Nueva Zelanda. Saben uno del otro, se vigilan sin verse. Los ingleses acechan el polo desde hace años, están presos de la obsesión y buscan señales en medio de un blanco infinito. Anotan en sus diarios:

Nos han informado de que Amundsen no tiene intención de atacar el polo hasta el año que viene. Esto es alentador pues significa que el próximo verano habrá una carrera limpia. Por el camino he sacado un par de fotografías de algunos de los perros de Amundsen.

 Scott
Fotografía: Roger-Viollet. Cordon Press

El tema de los perros no es menor: son parte de la logística; también lo son la comida, los medios de transporte y la cantidad de hombres que harán el viaje. Mientras está en su asentamiento, Amundsen aprovecha todo lo que había aprendido con los esquimales en el norte: dedicó su tiempo a la aclimatación de sus hombres, acopió carne de foca, instaló depósitos escalonados de provisiones, entrenó a la jauría y preparó todos los recursos de supervivencia. El hombre se alista para la competencia y está en su salsa. Un día recibe la visita del capitán Scott y le advierte sobre algunas debilidades de su proyecto: el noruego le dice que los ponis mongoles no son buenos para los trineos pero el inglés insiste con su plan.

Todo parece mostrar que la carrera se jugará en la estrategia y las habilidades de cada líder. Mientras tanto habrá que hacer tiempo en los campamentos, explorar los alrededores y pasar el invierno. Uno de los hombres de Scott deja las previsiones en nombre de Dios: 

El mundo contemplará con interés la carrera del polo del año que viene, carrera que tanto pueden ganar ellos como nosotros, y que puede decidir la fortuna, o la enérgica obstinación y la tenacidad de cualquiera de las partes (…) ¿quiénes serán los primeros en llegar? Si algo sé es que nuestro grupo del sur llegará tan lejos como sea necesario con tal de evitar que le gane alguien; creo que hay muchas probabilidades de que el año que viene alcancen el polo dos expediciones, pero solo Dios sabe cuál será la primera en llegar. 

Con la primavera arrancan las dos expediciones. Todo quedará documentado, aquí nos detendremos en el resumen de algunos hechos.

El 14 de diciembre de 1911 Roald Amundsen alcanza el polo, están en ese lugar del planeta en el que todos los puntos cardinales son el norte. Arman una tienda, se sacan fotos, pasan unos días ahí y dejan una carta que incluye una dedicatoria de Amundsen para el inglés, «unas líneas para Scott, que presumo que será el primero en llegar después que nosotros». El noruego había guiado a sus hombres por una ruta propia sin grandes peligros, cargó galletas, carne concentrada y chocolates, usó perros para moverse y los fue sacrificando para alimentar a los más fuertes y guardar provisiones. Se estaba asegurando el viaje de vuelta. 

Scott siguió una ruta previa y peligrosa de una anterior excursión fallida, usó trineos a motor que no funcionaron, algunos perros que nadie sabía guiar y los famosos ponis que se iban muriendo sin prestar ninguna utilidad.

Cuando Scott y sus hombres, exhaustos, heridos y hambrientos lleguen al polo treinta y cuatro días después, los noruegos ya estarán de vuelta en su campamento. 

Cuando Scott y sus hombres intenten volver al suyo no lo lograrán; una expedición de rescate los encontrará ocho meses después muertos de hambre y frío en un refugio. Junto a la cabeza de Scott había tabaco, un poco de té y su diario con la última entrada: «Dios mío, por lo que más quieras, cuida de nuestra gente».

Diez años después, uno de los británicos que formó parte del viaje, Apsley Cherry-Garrard, tomará ese diario, el suyo y los de todos sus compañeros, los vivos y los muertos, y se sentará a escribir en su mansión inglesa de la campiña lo que vivieron en la Antártida. El nombre del libro anticipa su contenido: El peor viaje del mundo. 

El noruego Amundsen, en cambio, escribirá su apresurada versión a los pocos meses, mientras descansa en una estancia verde y lejana de la Provincia de Santa Fe, en Argentina. Dirá que el viaje fue poco más que un paseo por el campo.

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5 Comentarios

  1. A quienes les interese el tema del artículo les recomiendo encarecidamente “El último lugar de la Tierra” de Roland Huntford editado por Península, es una especie de vidas paralelas; las de Amundsen y Scott.

  2. Hicieron falta decadas para que en su Inglaterra natal se pudiese cuestionar abiertamente la figura de Scott, al que su sonoro fracaso convirtio de inmediato en el ultimo de los heroes romanticos victorianos.

  3. Sobre la carrera por el botín antártico hay un libro apasionante, Duelo en la Antártida (del científico Javier Cacho, que también estuvo allí).

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