
Mientras escribimos esta historia nos llegaron noticias en el último correo digital de las 3:10. Al parecer, en el trinadero habían emplumado al fantasma de John Wayne, por unas declaraciones de hacía cincuenta años, en las que el actor declaraba haber sido un estadounidense de orden. Tras este descubrimiento, que había motivado el apresurado cambio de nombre de un aeropuerto, y una sucesión de exabruptos a nivel internacional, nosotras, sin hacer uso de escupidera de latón, vamos a aportar otros sobre el hombre que mató a Liberty Valance que, si bien puede que no enfaden tanto a la audiencia, son bastante curiosos, dentro de lo que cabe para estos tiempos tan salvajes a nivel usuario.
Quizá el consumidor de contenidos digitales ni siquiera se acuerde de John Wayne, pero nosotras a lo que vamos es que no se llamaba ni John, ni Wayne. Es más, sus padres, devotos de la fe presbiteriana, lo bautizaron como Marion, y como el capitán del séptimo de caballería más famoso del cine detestaba ese nombre, adoptó el de su perro, Duke. Marion iba para estrella de fútbol en California, pero una lesión le hizo cambiar este espectáculo por otro: el del cine.
Los directores (no está claro si Raoul Walsh o John Ford) le sugirieron el nombre artístico de Anthony Wayne, por el apellido de un héroe de la guerra de independencia (la suya), pero Anthony sonaba demasiado mexicano, así que lo cambió por el más simple, pero mucho más anglosajón, John. Fue nada menos que el mismísimo Tom Mix quien le dio su primer trabajo, como extra y chico para todo, en los rodajes de Hollywood.
¿Quién es Tom Mix?, se preguntarán. Bueno, apostamos que fue el verdadero padre de los cowboys. Una gran superestrella entre 1910 y 1929. Por su experiencia en ranchos, sabía disparar, usar el lazo y montar a caballo, hacía las escenas de acción sin dobles y fue protagonista de muchos éxitos, siempre vestido de texano y con un inconfundible sombrero blanco de enorme copa, los conocidos «ten gallons» («tan galán», en español).
Los papeles de protagonista de John Wayne llegaron en producciones de distintos géneros, pero, sobre todo, en wésterns de serie B con Warner y Monogram. Algunos eran remakes de éxitos recientes de otro pionero del wéstern cinematográfico, Ken Manyard, que también venía de hacer piruetas en rodeos y circos. Maynard dio vida a rudos vaqueros, tocado con el consabido sombrero, un vistoso traje y la compañía de un caballo, tan famoso como su jinete, que se llamaba Tarzán. Pero Maynard, «El vaquero favorito del niño americano», tal y como le publicitaban, añadió una variedad a sus películas: en ellas cantaba y tocaba el banjo y el violín.
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«Streets of Laredo», maravillosa la versión de Prefab Sprout de su álbum «The Gunman and Other Stories» de 2001. Buscar en You Tube.
Parece una canción de Prefab Sprout. Es como un filtro. Podían hacer eso con CUALQUIER melodía. Tampoco sé a cuento de qué mencionas tal tema.
«La antología aunque, contiene seis cuentos independientes, se cierra con un final que engloba a todos, y aparece, con las notas que abren y cierran la película (Streets of Laredo)»
Por ese párrafo de más arriba traigo a cuento mi comentario sobre la canción. Claro que yo me he leído todo el artículo con atención y sin hacerlo en diagonal.
Sin acritud, saludos.
Bueno, pues nos han contado ustedes la película. Los fragmentos de los textos que aparecen del imaginario libro de cuentos (hay que parar la imagen y escudriñar) son exquisitos. Es algo de lo que no se habla nunca con los Coen: su infinito vocabulario (del que se ríen cada poco sus verbosos personajes) y su talento para la escritura (además de la cinematográfica).