Música

Pearl Jam o el grunge entendido como música ligera

El reciente libro de Ronen Givony sobre la banda de Seattle, Pearl Jam, parte de dos premisas difíciles de aceptar para muchos de los que vivimos la música de los noventa con cierta intensidad: que Pearl Jam era el mejor grupo grunge (mejor, se especifica, que Nirvana o que Hole, incluso que Soundgarden) y que la banda sonora de aquel movimiento es la de la facilona Singles, de Cameron Crowe. Hay un momento en esas primeras páginas en el que parece que las palabras «Not for you» que acompañan al título del libro están dedicadas precisamente a nosotros, a los que crecimos en la narrativa del punk-rock y que, simplemente, el público objetivo es otro. Afortunadamente, ese momento no dura demasiado.

Not For You. Pearl Jam vivir en presente
Not For You. Pearl Jam, vivir en presente. Alianza Editorial.

Not For YouPearl Jamvivir en presente (Alianza, 2022) ofrece una definición del grunge que le acerca demasiado al rock tradicional, incluso a un pop agresivo. Es la definición de alguien —Ronen Givony— cuyos gustos e intereses no tienen nada que ver con garajes insatisfechos del final de la era Reagan o el principio de la era Bush, de alguien que desprecia musicalmente a los Melvins, que apenas menciona a Sonic Youth y cuyas referencias a los Pixies como grupo iniciático son más bien escasas. Y, sí, al principio uno se indigna, pero al final lo acaba aceptando precisamente porque ya tiene una edad.

Los que sean fanáticos de Pearl Jam se encontrarán en este libro a uno de los suyos, pero con un matiz: Givony no pretende agradar a nadie y eso hay que valorarlo mucho. No es un libro autorizado por los componentes de la banda, el autor ni siquiera los conoce personalmente y casi todas sus investigaciones y ejemplos parten de la exploración exhaustiva de YouTube, aplicación que aparece regularmente como hilo conductor de los distintos momentos de la banda.

Los que no sean fanáticos, los que sepan que existió un grupo llamado Pearl Jam y lo ubiquen en ese agitado período 1992-94, pero nunca tuvieran una especial predilección por la banda y lleven treinta años al margen de su carrera, podrán encontrar una perspectiva diferente de la tradicional y está bien que así sea. En pocos libros encuentra uno, por ejemplo, el Achtung Baby, de U2, o la consiguiente gira Zoo TV Tour ligado al movimiento de Seattle. Más que nada porque no lo está. Lo que pasa es que a Givony le da igual y hace bien: habla como fanático de la música de los primeros noventa y pasa de categorías o tesis doctorales.

Aparte, está el hecho —clave, para entender al grupo— de que Pearl Jam no solo actuó como telonero en esa gira mundial, sino que su cantante, Eddie Vedder, era un fanático en los ochenta de Bono, con todo lo que eso implica. Donde el grunge puro y duro, la música heredera del punk-rock, su dolor y su rabia, odiaba los personalismos, el éxito y las masas, Bono personificaba todo eso. No en vano, llegó a ser un personaje en la novela American Psycho, de Bret Easton Ellis, admirado por el gran psicópata de nuestro tiempo, Patrick Bateman.

Más allá de las «esencias»

Está bien que Givony no se eche atrás a la hora de explicar esto y que no se empeñe en reivindicar raíces que no existen. Vedder escribía letras lacrimógenas y quería ser la imagen de una juventud desencantada, pero su «grunge» era otro. Exactamente lo que tanto le reprochaba Kurt Cobain y lo que provocó tantos enfrentamientos entre Pearl Jam y Nirvana. Mientras Kurt vivía bajo un puente en Aberdeen, Eddie Vedder se codeaba en Los Ángeles con los Red Hot Chili Peppers —su otra banda favorita— y hacía surf. 

Eso lo explica Givony sin pedir perdón ni permiso y sin considerar que todo ello invalide sus premisas iniciales. Y lo hace porque le gusta la música y punto. Porque le da igual si Vedder es «puro», si respeta «esencias» o no. Simplemente, le gusta lo que canta. Le gusta mucho, de hecho. Tanto como para haber asistido a cincuenta y siete conciertos suyos. Y esa pasión, por mucho que choque con nuestros esquemas críticos, acaba siendo contagiosa. Uno acaba sintiendo incluso la tentación de ponerse los vídeos en YouTube de «Alive», «Jeremy» o «Daughter» solo por la veneración con la que Givony habla de esas canciones. Es posible, tal vez, que alguien llegue a repasar en Spotify una carrera por la que nunca sintió ningún interés. Está bien que la literatura musical sea eso también y no solo un entrelazado de conceptos y datos biográficos.

Lo que, por supuesto, no quiere decir que en el libro de Givony no haya datos biográficos y no haya contexto. Es cierto que se nota que a él le pilló todo esto muy joven. Apenas tenía doce años cuando Pearl Jam explotó en 1992 y trata de encontrar recuerdos que en rigor no son los suyos sino los de alguien que intenta a posteriori recolocar las piezas que faltan del puzle. Givony no vivió en primera persona las peleas con Nirvana, aunque intente contextualizarlas. De hecho, Givony ni siquiera se enfrenta a Nirvana ni a Kurt Cobain igual que tampoco muestra tampoco un especial interés en sacralizarlos. Una banda más, probablemente la que hiciera posible el fenómeno comercial que vino después. Punto.

El enigmático mundo de Eddie Vedder

La historia de la formación de Pearl Jam es muy interesante. Desde Mother Love Bone a esos pocos meses bajo el nombre de Mookie Blaylock a los primeros conciertos más o menos clandestinos en el propio 1992 hasta que la MTV acudió al rescate. Pearl Jam no tuvo que pasar por el purgatorio y eso no se lo perdonaron nunca sus coetáneos, como no se lo perdonarían luego a Stone Temple Pilots, Collective Soul, Bush y tantos otros grupos «post grunge» que eran vistos por los puretas como mercaderes en el templo sagrado del punk rock.

A partir de ahí, el libro se convierte casi más en una biografía de Eddie Vedder que otra cosa, y aunque se habla mucho de la vigencia del grupo y del hecho de que sigan haciendo giras treinta años después, la narración se centra sobre todo en sus tres o cuatro años dorados. El libro tiene unas cuatrocientas veinticinco páginas y en la doscientos sesenta y tres aún siguen en 1994. De nuevo, está bien que así sea porque es lo que nos interesa: la fama desbordante, la relación con la MTV, la expulsión de Dave Abbruzzese, las peleas con Ticketmaster, el suicidio de Kurt Cobain…

Y en medio de todo esto, decíamos, la gigantesca personalidad de Vedder, a quien el autor se pasa todo el libro intentando descifrar sin conseguirlo, sospecho que a propósito. El surfista de padres divorciados. El chico del medio-oeste enamorado de Seattle. El fanático de Pete Townshed que busca su propia generación a la que iluminar. El hombre que no sabe si realmente quiere morir antes de envejecer, como el compositor de los Who, o envejecer antes de morir, como cantaría pocos años después el siempre optimista Robbie Williams.

Aquí, de nuevo, contamos con la ventaja de que el autor no conoce a Eddie Vedder. No le debe ningún favor. No va a encontrárselo en su vida. No tiene que quedar bien con él ni tiene cuenta pendiente alguna. Nos lo presenta tras los ojos del hombre curioso que relata lo que ve desde cierta perplejidad. Vedder, el megalómano. Vedder, el cantante tímido que no puede con la fama. Vedder, el déspota. Vedder, el que lleva sus arengas en los conciertos demasiado lejos. Vedder, el problemático, el enigmático, el diferente. A mí, Eddie Vedder siempre me pareció un personaje excesivo y este libro no hace más que reafirmarme, pero al menos ahora sé mejor por qué.

En definitiva, hablamos de un libro distinto, valiente y muy entretenido. Bien escrito, ameno, fácil, que no requiere de un conocimiento exhaustivo de detalles tal vez banales. Poca sociología y mucha música. Un libro por el que se avanza sin excesivos problemas. Como un concierto de Pearl Jam, vaya. Sin demasiadas aristas. Un poco de música ligera. Sin heroína, vómitos ni escopetas. Un libro que intenta hablar del «grunge» y acaba hablando de otra cosa, pero no pasa nada. Todos caben en esta historia. Incluso Bono ondeando banderas blancas en Red Rocks y con eso está todo dicho.

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11 Comentarios

  1. Que Pearl Jam era el mejor de Seattle no está nada claro.Ha sido el mas longevo,lo cual le ha dado tiempo a tener mucha mediocridad en sus trabajos a partir del siglo XXI.No sabemos que hubiese pasado con el resto de haber seguido en la brecha,probablemente también hubiesen bajado mucho el listón como les ha ocurrido a Vedder i cia.
    De todos formas sus obras maestras de los 90 siguen siendo intocables.

  2. Oderus Urungus

    «Pearl Jam no tuvo que pasar por el purgatorio». Que les reprocharan esto… «Tios, que llevamos varios años tocando, desde Green River a Mother Love Bone. Vale que acabamos de montar una nueva, pero no somos Silverchair con 14 años precisamente…»

    • Slymnestra Hymen

      Totalmente de acuerdo, no eran unos recién llegados, llevaban años currándoselo y les llegó el momento.

  3. Lux Interior

    ¿La mejor banda de Seattle por aquel entonces? para un servidor, Wipers…y también para el propio Cobain.

    • Los wipers eran de Portland. Y se formaron en el 77, poco tienen que ver con el grunge.

      Yo crecí con Pj y cía, me flipaban de nano. Casi nunca los escucho ya (ni a Soundgarden o AIC… a Nirvana de vez en cuando los recupero) Vedder me cae regulero… pero canciones como Rearviewmirror o Daughter siguen siendo colosales, las cosas como son.

      Y ya que estamos, romper una lanza en favor de Robert Roth, quizás el mayor talento ignorado que dió esa ciudad. Pinchen los discos de Truly.

  4. Yo echo de menos en la sección de música, lo no anglosajón, que es inmenso. Ya lo he comentado. Por ejemplo, Sabicas o Paco de Lucía en lo relativo al flamenco español. «Flamenco Puro» (1961) o Almoraima (1976) son obras de arte inmortales. Hay que entrar en las páginas estadounidenses, japonesas o rusas para leer algo a propósito del tema de la música de España (y los traductores siguen sin realizar su tarea fluidamente en los dos últimos idiomas). En el mundo del flamenco francés, que lo hay, he encontrado hace poco «Bohemian Boulevard» (2005) del Andre Feriante. No es de Lucía, pero se trata de un álbum que merece la pena ser escuchado. En el terreno clásico, el ruso Demidenko realizó una interpretación de 19 sonatas de Scarlatti en versión para el piano. Aires españoles en el barroco.
    Hay más música aparte del rock y los imitadores patrios del rock.

  5. Pearl Jam y Nirvana fueron los mejores grupos del grunge, seguidos de cerca por Alice in chains y Soundgarden, que probablemente tenian las mejores vocalistas de esa época. Son los únicos que sobreviven y todavia se marcan conciertazos de 3 horas como a los dos que pude asistir hace unos años. Algo que pocos grupos dan hoy en dia. Y menos con el nivel de canciones que ofrecen los de Seattle, música hecha ccon el corazón de uno de los últimos grandes grupos del rock.

    • Cuestión de gustos lo de Nirvana y PJ. Todos los discos de AIC han envejecido bien, siendo un gusto escucharlos en cualquier momento, no así Soundgarden, que fue muy irregular. Muy de acuerdo en que Cornell y Staley tenían las mejores voces, lo mismo que Mark Lanegan, aunque las letras de ST no fueran de su agrado como así vomitó en su autobiografía.

  6. Eduardo No Riega

    Pearl Jam empezaron a dejar de interesarme a partir del tercer disco y para el cuarto ya los abandoné por completo. Hace unos años me puse a escuchar sus discos a partir de ese punto pero…no se, es como si fueran producto de una época concreta y fuera de ella suenan extemporáneos. Y eso que yo adoro los 90, pero cuando vuelvo a esa década no vuelvo a PJ.

  7. José Antonio

    Espero que sea mejor que Yeah! Yeah! Yeah! de Bob Stanley, donde no informaba, solo pregonaba sus gustos, para mi entender, algunos dudosos.

  8. Ambituerto

    PJ es de esos grupos cuya discografía decrece en interés en una función lineal que liga directamente, en el otro eje, con el orden de publicación de sus trabajos. El mejor, el primero. El segundo mejor, el segundo. Y así hasta el que publicaron en 2020, creo que fue, que es una auténtica mierda impropia de ellos. Es incluso mejor el disco en solitario de Vedder (que tampoco es ninguna maravilla) que su trabajo con PJ.

    Una pena, pero una cosa esta clara. Asistir a un concierto de esta gente es una puta experiencia que hay que vivir. Unos profesionales de la ostia que se ganan cada céntimo de la (cada vez más prohibitiva) entrada.

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