
Circula una presunta leyenda urbana según la cual los esquimales tienen veinte palabras para designar la nieve. Las versiones más generosas apuntan a cien palabras. Con una simple búsqueda en Google podemos encontrar diferentes desmentidos de esta afirmación; unos documentan que los esquimales solo tienen tres o cuatro palabras con este significado y otros admiten un número más abultado, dependiendo de si consideramos todas las posibilidades de combinaciones derivadas de estas palabras en todas las lenguas habladas por los esquimales (que son lenguas aglutinantes) para designar todas las formas de precipitaciones heladas, es decir, conceptos no estrictamente correspondientes a la idea de nieve.
¿Qué hay de cierto en todo esto? En principio, no parece descabellado pensar en una mayor producción léxica según el entorno. Tampoco parece desproporcionada la existencia —que no el uso habitual— de un número similar de palabras de este campo semántico en el castellano, sin ir más lejos.
Sin salir de una estación de esquí tenemos nieve polvo o azúcar (para referirse a la nieve suelta), nieve dura (la helada por la noche), nieve polvo dura (la nieve polvo pisada por máquinas), nieve primavera (propia de esta estación), nieve húmeda (por lluvia o estar ya muy pisada en horas centrales del día) y nieve costra (como su nombre indica, la que tiene una capa dura y una base blanda).
Tenemos, pues, siete términos (aunque sin raíces específicas) para tipos de nieve que superarían en número a los cuatro términos inuits (aput: nieve sobre el suelo, qana: nieve que cae, piqsirpoq: nieve racheada; y qimuqsuq: nieve a la deriva) enumerados por el antropólogo y lingüista Franz Boas (al que se le imputa el punto de partida de la idea del cuantioso vocabulario nival) en un exiguo párrafo del Handbook of North American Indias, en el que ilustra con este y otros ejemplos que no han resultado virales (como las palabras para foca: «foca genérica», «foca descansando al sol» y «foca flotando en un trozo de hielo») la teoría del foco cultural que, de forma resumida, defiende que los intereses y necesidades culturales de una sociedad determinan la producción léxica de su lengua.
Posteriormente se encargarían de engordar el glosario sobre la nieve otros autores, defensores del relativismo lingüístico, según el rastro seguido por diferentes expertos en lenguas que han desacreditado esta idea, entre ellos, Pullum, que la calificó de bulo.
La circunstancia de que los términos sobre la nieve en castellano que hemos enumerado hasta ahora se utilicen en remedos del entorno ártico podría servir para reafirmar la teoría de la hipertrofia léxica, pero en entornos cotidianos encontramos también un buen número de términos muy comunes para definir formas de precipitación helada como: nevar, aguanieve, escarcha, cencellada, helar, granizar, ventisquero, cellisca (temporal de agua, nieve y viento)… Ocho palabras comunes que pueden formar parte de cualquier conversación banal, sin contar las formas derivadas de cada raíz, como desnevar, nevada, nevazo (nevada fuerte), nevero (nieve acumulada), nevasca (nieve caída y también ventisca de nieve), helada, granizada, etc.; términos menos usados, como ampo (copo de nieve) o torva; y términos no registrados en el diccionario, como pelona. Con esto ya superaríamos los cálculos moderados sobre la lengua de los inuits.
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Ni un juego de palabras con nieve y vicioso (o sí, con ese titular). En cualquier caso, una lectura interesante y entretenida.