
Este reportaje se encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº36 especial Mar.
Voy a decirle algo que no va a gustarle: no hay islas secretas en Hong Kong. Ya no. Si alguna vez ha bicheado la posibilidad de volar hasta allí, se habrá tropezado con una buena ración de guías que, con un tono entre el cuchicheo y la recomendación connaisseur, estimulan su espíritu aventurero prometiéndole que puede huir de la «jungla de asfalto» de Hong Kong y «descubrir una isla secreta y salvaje» navegando un poquitín por el mar de China. Le invito hacer números: Hong Kong tiene más de siete millones de habitantes, 6.73 personas por metro cuadrado, y a su alrededor hay doscientas cincuenta islas. ¿Ve ahí alguna posibilidad de descubrir un pedacito de tierra virgen? ¿Una islita que —tal y como prometen esas guías— florece salvaje e inhóspita al margen del ser humano e Instagram?
Siendo geográficamente escrupulosos: haberlas, haylas. Otra cosa es que pueda llegar hasta ella sin apellido compuesto o, lo que viene a ser lo mismo, un yate propio. En tal caso —ya está acostumbrado a vivir de enhorabuena, sabrá prescindir de la nuestra— a su disposición está el mundo, y en esta parte concreta, las islas Soko. Navegando hacia el suroeste, en algo más de una hora desde la ciudad, puede plantarse en dos pequeñas islas (Tai A Chau y Siu A Chau) con vegetación verde fosforito para jugar a Indiana Jones sin que nadie le importune, porque están deshabitadas. Lo que algún día fue hogar de pescadores y campo de refugiados vietnamitas hoy es un paraje plagado de ruinas de santuarios y playas vírgenes.
Pero más allá de eso, conviene desterrar el adjetivo secreto si va en busca de respiro tras tanta luz de león y tanto rascacielos: no es más que un cebo para los viajeros que no gustan de ser llamados turistas. A la mayor parte de esos dos centenares de islas puede llegarse en ferri o en kai-to, así que el nivel de aventura, como ve, es bastante limitado. No va a visitar esos «paraísos» llenos de «contrastes» y que son «auténticas experiencias de inmersión con los lugareños», como promete la repugnantemente florida literatura turística, pero sí puede atracar en deliciosos lugares singulares.
Le hablamos, en concreto, de la isla Lamma, o Pok Liu Chau. Con sus catorce kilómetros cuadrados, es la tercera isla más grande de Hong Kong, una auténtica rareza selvática a menos de media hora en ferri. El nombre quizá le resulte familiar porque en 2012 un buque chocó contra una de esas embarcaciones: fue una de las mayores tragedias marítimas de esta parte de China, con treinta y nueve muertos. Además de esa leyenda calamitosa, a la isla la persigue otra leyenda moderna, estampada en folletos y webs por doquier: es «la isla bohemia» de Hong Kong, incluso peor. «La isla hípster», dicen.
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A la diosa no le queda paciencia para tolerar la paella porque nunca ha probado una de verdad. No la especie de sucedáneo que fraguan en la isla. Que vaya un auténtico «paeller» valenciano y cambia de opinión seguro.