Sociedad

La monarquía Kardashian

la monarquía Kardashian
Kris Jenner, Kim Kardashian y Kanye West, París, 2014. Fotografía: Kenzo Tribouillard / Getty.

Fue una tormenta perfecta. Robert Kardashian era famoso sin pretenderlo porque había sido el abogado de O. J. Simpson. El exdeportista afrontaba un juicio por doble homicidio que nunca hubiera sido tan mediático si un videoaficionado no hubiese grabado años antes la paliza que le dio la policía a un afroestadounidense, Rodney King. Las imágenes se hicieron virales en las televisiones del momento.

Cuando los ánimos no podían estar más caldeados entre la población afroestadounidense, una mujer coreana asesinó de un disparo en la espalda a una chica negra de quince años que había entrado en su tienda. En el juicio le cayó una pena mínima, fue la gota que colmó el vaso y se produjeron los famosos disturbios de Los Ángeles en 1992. Cuando llegó el juicio a O. J. Simpson, la defensa se planteó en términos raciales aprovechando la coyuntura. No solo Estados Unidos: todo el planeta estuvo pendiente de la sentencia.

Eso convirtió a Kim en la hija del Kardashian, pero eso no era más que un detalle curioso que se anotaba cuando se hablaba de Paris Hilton, que era conocida por ser la bisnieta de Conrad Hilton, fundador de la famosa cadena de hoteles. Ambas eran amigas y asesoraban a las celebrities sobre moda y belleza. Ni cantaban ni habían sido actrices, eran famous for being famous, un fenómeno que cobró fuerza a principios de siglo.

Sin embargo, hizo falta mucho más para que Kim levantara su imperio. En la década de los 2000 se produjo la fiebre por los realities de televisión y aparecieron las redes sociales, primero Facebook y después Twitter. También hubo un avance tecnológico fundamental, el desarrollo de la reproducción de vídeos por streaming.

No solo eso, todavía faltaba la coincidencia final. En febrero de 2007 se filtró en los medios un vídeo porno casero de Kim con el rapero Ray-J. Era totalmente explícito y ella estaba drogada con éxtasis, como confesó más tarde. La casualidad fue que esto ocurriera mientras se estaba grabando un reality sobre todas las hermanas, Keeping Up with the Kardashians. El estreno llegó unos pocos meses después, en septiembre, cuando el vídeo ya había circulado en las webs porno y se había comentado hasta la saciedad en los albores de las redes sociales. E! Entertainment les pidió que hablasen del affaire, del disgusto. El reality fue un éxito y catapultó a lo más alto de la fama a todas las hermanas. Kim empezó cobrando quince mil dólares por capítulo y, en las últimas temporadas, ya iba por quinientos mil. Una cifra que, además, ya no le merecía la pena para tanto esfuerzo. En esta época puede llevarse un millón solo por un tuit o un post en Instagram.

Coincidió una fama absurda por un juicio disparatado, un vídeo porno en la época en la que se podían difundir con facilidad por streaming y cuando una nueva herramienta, las redes sociales, permitían comentar todo a todas horas y convertir imágenes y noticias en virales. Aprovechó todo, y todo a su favor y, a partir de aquí, ya no hubo casualidades, solo negocios bien llevados. Kim empezó a vender perfumes y cosméticos y abrió una marca textil después de que su pareja, Kanye West, decidiera diseñarle la ropa, modelos que no tardaban en ser imitados por Zara o H&M. Ahora mismo, el stock de cualquier producto que lance al mercado se acaba en segundos. En Instagram le siguen doscientos ochenta millones de personas, dos veces la población de Rusia. Su hermana Khloé vende vaqueros con la idea de que son de todos los tamaños, para todo tipo de cuerpos. En 2021, la marca, Good American, valía doce millones de dólares. La otra hermana, Kourtney, tiene una web sobre estilo de vida donde vende productos dietéticos y ecológicos, y cada publicación suya en las redes sociales se cotiza a unos trescientos mil dólares.

Las hermanastras, hijas de la madre de Kim en su segundo matrimonio con Caitlyn Jenner, también se montaron en el dólar. Kendall es modelo, y la marca de maquillaje de Kylie vende en cuestión de segundos los stocks que lanza. La llaman self-made billionaire por su descomunal fortuna, aunque habría que discutir si es self-made: su patrimonio ronda los novecientos millones. Al único que no le ha ido bien es al chico, Rob, que inició sin éxito un negocio de venta de calcetines.

El cerebro en la sombra es Kris Jenner, la madre, que gestionaba los derechos de imagen de todas ellas y se lleva un diez por ciento de cada hija. Recientemente, Ellen DeGeneres le preguntó en su programa si pensaba quedarse embarazada por si en algún momento iba mal el negocio y hacían falta más fondos. Del padrastro no se puede decir que necesitara entrar en nuevos negocios después de haber sido uno de los atletas más famosos de Estados Unidos, pero en 2015 dio la sorpresa al anunciar que iba a iniciar su transición y que desde ese momento se llamaría Caitlyn.

Inmediatamente después, le salió un reality titulado I Am Cait en el que revelaría cada paso de su nueva situación, y en 2021 se postuló para las elecciones de California por el Partido Republicano con la intención de ser la primera mujer transgénero en llegar al cargo de gobernador de un estado. Su plan megalómano se fue al traste al recibir solo un uno por ciento de los votos.

En ese aspecto, Kim también ha dado pasos hacia el poder político, pero con mucha más cautela. Empezó estudios de Derecho y se dedicó a hacer campaña para conseguir indultos a presos con condenas desproporcionadas. Ahí fue a Trump al que le interesó una foto con ella y se reunieron en la Casa Blanca para tratar esos temas. Kim logró salirse con la suya y sacar de la cárcel a varias personas. Por supuesto, hubo un documental contándolo todo: Kim Kardashian-West: The Justice Project. Sus últimas andanzas por las altas esferas han sido reuniones con Elon Musk para comentar a saber qué negocios; en el de las criptomonedas también ha participado y la han denunciado por inflar su precio artificialmente. Esa es la palabra. No puede haber nada más marca de la casa en esta familia y el personaje de Kim que esa palabra: artificial.

Los éxitos empresariales que ha logrado aprovechando de forma magistral la atención que recibe gracias a las nuevas tecnologías tienen un reverso tenebroso. ¿Es Kim Kardashian real? Las operaciones a las que se ha sometido, al igual que todas sus hermanas, la han convertido en una persona distinta físicamente a la veinteañera que empezó a asomarse por el mundo del gossip. Por lo general, se ha criticado a las mujeres muy delgadas que aparecen en las revistas por propiciar trastornos alimenticios entre sus lectoras, pero lo de Kim va más allá. Como ha expresado un estudio reciente de la Universidad de York, su imagen produce ansiedad porque es muy delgada por unos puntos, como la cintura, y muy voluptuosa por otro, el culo. Unas dimensiones que no son difíciles de conseguir, sino tal vez imposibles.

¿Cirugía, Photoshop o ambos? La querencia por lo artificial le ha llevado a estrechar el vientre de su hija en las fotos que cuelga en las redes sociales para que parezca más delgada. Su hermana fue acusada de clarearle la piel a su hija mulata, incluso cambiarle el color de los ojos de marrón a azul. Tal vez la parte más distópica de esta ingeniería del cuerpo sea su negativa a parir más y recurrir para ello a terceras mujeres, algo legal en Estados Unidos. Kim lo hizo dos veces y, en una conversación con su hermana Khloé que ellas mismas retransmitieron, le recomendó el procedimiento, aunque discutieron los contras, como que, si son gemelos, la mujer del vientre de alquiler pueda negarse a tenerlos. Estaban indignadas, porque si ellas pagaban, ellas mandaban. Eso decían.

Sus facetas frívolas y sus tics de ricachas son, de todas formas, obvios. A lo que merece la pena prestar atención, lo que rompe la pauta, es su filosofía de los negocios. Todas ellas han convertido sus «defectos» en dinero. Kylie Jenner tenía los labios pequeños; Khloé, problemas de peso; Kim, un vídeo porno circulando para dañar su imagen; y Kourtney estaba obsesionada con la comida. Habrá que ver incluso cómo se monetizan los problemas mentales de Kanye West, que sufre trastorno bipolar y ha podido acabar rompiendo la pareja. Sí, de su relación también hicieron brand: Kimye. La gran lección que nos han dado es que, en el siglo XXI, el éxito no viene por destacar las virtudes, sino los problemas o supuestos defectos. A veces hay que frotarse los ojos. Mientras que, por ejemplo, Rihanna tiene una marca de lencería sexy, el negocio de ropa interior de Kim, la marca Skims, valorada en tres mil doscientos millones de dólares, tiene como producto estrella ni más ni menos que bragafajas.

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