Cine y TV

Amores cinéfagos: Marilyn Monroe y Arthur Miller, el cuerpo y la mente sin salvación 

Marilyn Monroe y Arthur Miller durante el rodaje de The Misfits. Foto MovieStillDB.
Marilyn Monroe y Arthur Miller durante el rodaje de The Misfits. Foto: MovieStillDB.

Marilyn Monroe es la prueba suprema, en lo que a mí concierne, de que la sexualidad y la seriedad son incompatibles, y no pueden coexistir en la mente norteamericana. 

(Vueltas al tiempo, Arthur Miller)

De todas las historias de Hollywood la más triste sin duda es la de Marilyn. Construyó en propias carnes el mito sexual más potente de la modernidad y también lo destruyó, destruyéndose además a sí misma. Norma Jeane no fue más que la niña que soñaba una fama fantástica y rutilante que la salvara de una realidad miserable, de una infancia marcada por el maltrato y las ausencias. En la pantalla, la hija abandonada por un padre con la sonrisa pendenciera de un Clark Gable de arrabal y de una madre fustigada por la derrota y la esquizofrenia, encontraba la lógica cálida de un mundo hecho a medida de sus deseos secretos. Un universo irreal en el que nunca faltaban las caricias y los besos abrasivos, conversaciones brillantes, vivaces, galvánicas, el destello hipnótico de los diamantes, las risas explosivas del champán compartido bajo la noche suave y tierna, miradas vaporosas en planos contrapuestos, y un vestido de seda que al final desfallecía a los pies de la inmensa cama, que se evaporaba justo antes del fundido en negro. Las luces de la sala de cine abofeteaban con la implacable fuerza de los días corrientes. Entonces se imponía el frío de la calle sin un galán que le ofreciera abrigo donde resguardarse, donde calmar el miedo trémulo de las manos fúnebres, donde consolar la ansiedad solitaria de la malquerida. 

A pesar de la persistencia en el sueño del firmamento estrellado de Hollywood, la vida no la hizo más dura ni más sibilina. El espejo devolvía la transparencia de una mirada azul ligeramente somnolienta, los pómulos tersos y saludables, labios generosos y húmedos, una sonrisa que no mentía ya que así la querían todos: una efigie feliz que ofrecía el cuerpo con una naturalidad edénica. Ese radiante objeto de deseo. Lo dijeron una vez, cien más y las que hicieran falta: «el sexo era un helado para ella». Un pasatiempo sensual, un pecado agradable y sin culpa. En la década de los cincuenta, Estados Unidos y su onda expansiva cultural estaban preparados para recibir aquel meteorito deslumbrante, aquel monumento de gozosa perdición, exuberancia de curvas, meandros, carne apetitosa. Atrás quedaban panteras enigmáticas, mujeres fatales, simpáticas amigas y vecinas de enfrente: la rubia con su cuerpo de matrícula de honor había llegado para quedarse. Y, además, le encantaban los helados. 

Los inicios de Marilyn en la industria del cine fueron duros y poco originales. Un diamante en bruto agasajado con promesas imprecisas y recompensado con apariciones insustanciales en pantalla. En el Hollywood de la llamada época dorada, los casting couch (casting de sofá) estaban al orden del día. Personajes como Joseph Schenck y Darryl F. Zanuck, capitostes de los estudios 20th Century Fox, hacían del derecho a pernada una condición ineludible en el proceso de selección de las aspirantes a estrella. No eran los únicos. De hecho, la propia Marilyn, en un amago de memorias que data de 1954, escribió: «Los conocí a todos. Eran despreciables y corruptos, pero te sentabas a su lado, escuchabas sus mentiras y veías Hollywood con sus ojos: un burdel abarrotado, un carrusel de camas en lugar de caballos». Pasó por el burdel abarrotado y a cambio vio cumplido el sueño de ser Marilyn Monroe. A medida que el mito se forjaba en la ficción, el vacío de la vida se acrecentaba con la ansiedad, el miedo, la soledad y una inseguridad inagotables. La fama no era suficiente para salvarla de sí misma. Niágara (1953), Los caballeros las prefieren rubias (1953), Cómo casarse con un millonario (1953) o Río sin retorno (1954) supusieron su consolidación como estrella, pero ahora ella quería más, quería dejar de ser la rubia boba, el estallido sexual de color platino, la imagen recurrente de onanistas pertinaces que manoseaban su desnudez satinada en las páginas de Playboy. Comenzaron sus desavenencias con los estudios, que, dicho sea de paso, se comportaron con ella como ladinos esclavistas. 

En 1954 se casó con Joe DiMaggio, leyenda deportiva nacional, un verdadero caballero de vida tranquila y costumbres tradicionales. Una robusta tabla de salvación. Años más tarde, el periodista Gay Talese esculpió la semblanza de ese tipo silencioso y melancólico que todavía rumiaba frente al mar una historia de amor herrumbrosa. En el momento en el que Marilyn se levantó el vestido y se extasió en la rejilla de ventilación de la Avenida Lexington y la calle 52 de Nueva York ante cientos de fotógrafos y miles de curiosos atraídos, DiMaggio huyó de allí. Los celos ante el placer exhibicionista de su mujer y el entusiasmo calenturiento de las masas pudieron con su escasa paciencia. La perdió luego entre gritos y empujones en la suite del hotel. Al cabo de unos años, sin embargo, cuando el trágico final más que un presagio impreciso era una certeza definitiva, él volvió para amortiguar en lo posible una soledad inmensa como el desierto. 

Pero todavía refulge la barahúnda de rascacielos y avenidas en la noche, nerviosa de taxis amarillos y una multitud de abrigos con prisa, jazz en subterráneos angostos, espesos de alcohol y humo, Freud, Joyce, Stanislavski y una pizca de poesía vagabunda. Clases de interpretación desgarrada en el Actors Studio con su eminencia Lee Strasberg, copas y diálogos viperinos con Truman Capote («adorable criatura», escribirá de ella para la posteridad), fiestas, risas y sexo con el cineasta y director teatral Elia Kazan («se abrió de piernas a Hollywood», sentenció en su autobiografía De mi vida), la crema de la intelectualidad flemática, progresista, espartana en un carrusel de conversaciones sesudas en las que las citas irrefutables se amontonan antes de que el viento las esparza, inútiles y extraviadas, por Central Park. 

Entonces se volvieron a encontrar. En la voracidad interminable de aquellos días. Alto y atractivo, adusto y premeditadamente torpe, cálido en su timidez, tranquilo y convencido de su honestidad y talento, el Atticus Finch de la prosa dramática. Había conocido a Arthur Miller en una fiesta que Elia Kazan organizó en su casa de Hollywood. Por orden de su amigo Kazan, el autor de Muerte de un viajante, el «paladín de los desheredados y heridos», la entretuvo. Bailaron, y a ella le sorprendió la agilidad y humor de aquel intelectual en apariencia envarado que parecía que en lugar del esmoquin llevara una armadura. Después del baile vino el intercambio de números de teléfono y las citas esporádicas. Miller estaba casado con su primera mujer, Mary Grace Slattery, y según parece practicaba una monogamia severa. Así que los encuentros entre la actriz y el dramaturgo se convirtieron en una sucesión de confidencias y confesiones cada vez más íntimas. Pronto comprendió Miller la verdad dolorosa: «la verdad desnuda, sencilla y mortal era que no había ninguna diferencia entre ella y la actriz. Ella era Marilyn Monroe y era esto lo que la destruía». Al igual que había sucedido con Joe DiMaggio, Marilyn quiso encontrar una segura tabla de salvación en el inminente naufragio, la solidez de una experiencia reposada y la inteligencia serena que llegaran a reconfortarla. Miller supo enseguida el papel que le tocaría interpretar en aquella escena conyugal. Pasado el primer deslumbramiento salvaje, el cuarentón ahíto de carne tierna se preparó para representar al guardián fiel que ahuyenta los demonios al acecho. Durante un tiempo funcionó y parecía como si aquella unión armónica entre la inteligencia y el cuerpo fuera posible. 

A Miller el noviazgo con Marilyn le sirvió para capear la investigación del Comité de Actividades Antiamericanas sin tener que hacer demasiadas concesiones. En 1954, la actriz había viajado a Corea para animar a las tropas en guerra, así que su patriotismo estaba fuera de cualquier duda. A diferencia de su amigo Kazan, el dramaturgo no tuvo que delatar a nadie ni realizar ningún acto público de contrición. Reconoció unos principios alineados con el progresismo al tiempo que negaba su afiliación al Partido Comunista. Al final, el rojillo con rubia escultural pudo zafarse de las temibles garras de los carcas fanáticos. Pagó una multa con calderilla y feliz posó con la estrella para gritarle a las cámaras que su amor pisaría altar. 

Unos días antes de la boda, la reportera de Paris Match Mara Scherbatoff murió al chocar su coche contra un árbol mientras perseguía el vehículo en el que circulaba Marilyn. Para la actriz este hecho luctuoso significó un presagio funesto de lo que sería su matrimonio con Arthur Miller. Pese a temores supersticiosos, los inicios de la convivencia del matrimonio no se alejaron de una normalidad tranquila. Decidieron tomárselo con calma. Aligeraron agendas y redujeron la carga de compromisos profesionales. Miller parecía tomarse en serio sus funciones de protector y Pigmalión de Marilyn. Una de las falsedades más socorridas que circulan sobre la actriz, y tal vez un prejuicio misógino o envidioso que todavía se ceba con las mujeres bellas, apunta a una precaria inteligencia y escasa formación intelectual. Cierto que en Marilyn existía una tendencia a la ingenuidad y candidez provocada quizás por haber vivido una infancia desdichada, pero al mismo tiempo mantenía una avidez cultural notable. Su poesía, sin ir más lejos, puede adolecer de cierto desahogo confesional adolescente, sin embargo también muestra una personalidad inquieta, asombrada y curiosa, capaz de las preguntas más comprometidas y difíciles en su careo con el espejo.

Todo eso lo vio Miller, que, no obstante, mantenía una ambigüedad emocional con respecto a su mujer. Fascinado por la sensualidad y el erotismo marcados a fuego en la piel de Marilyn, también percibió un desamparo irremisible, la soledad insomne, inseguridades que no hacían más que ensimismarla. Se hería a sí misma, incapaz de amarse y, por lo tanto, incapaz de entregarse al amor. Voluble y déspota. Perdida y temerosa de la oscuridad. Como una niña eterna sin infancia. Miller volcaba sus fatigas en un diario que Marilyn leyó en un descuido. Muchos dicen que aquel fue el principio del fin. Podría tratase de un aceptable aunque manoseado recurso narrativo en una ficción, pero estas líneas se sitúan en el patio de butacas de la realidad. Coincidió, en cualquier caso, con el frenético torbellino de barbitúricos y somníferos anegado en alcohol. Ella misma lo escribió: «Sí, había algo especial en mí y sabía de qué se trataba. Yo era el tipo de chica a la que encuentran muerta en su dormitorio con un frasco de somníferos en la mano». Billy Wilder, que ya la había sufrido durante el rodaje de La tentación vive arriba (1955), vivió al borde del ataque de nervios durante el rodaje de Con faldas y a lo loco (1959) a causa de sus impuntualidades irrespetuosas cuando no desplantes arrebatados, los mareantes cambios de humor o su incapacidad por decir una simple línea de guion: «Ella estaba asustada de sí misma» —confesó el director— «Me encontré deseando ser un psicoanalista y que ella fuera mi paciente. Puede que no pudiera ayudarla, pero habría lucido preciosa en el sofá». A Marilyn aquella obra maestra del cine, y probablemente su mejor presencia en pantalla, se le antojaba un absurdo vodevil en el que por enésima vez tenía que apechugar pechugona con el manido personaje de la rubia escasa de luces y ligera de cascos. Y pese a todo, la cámara no dejó de quererla. O en verdad solo la cámara la quiso de veras en su vida. 

Durante el rodaje de Con faldas…, sufrió un aborto. La imposibilidad de ser madre acrecentaba aún más si cabe su carencia de autoestima y el vació cósmico. En un desesperado intento por regalarle algo más allá de la renuncia, Miller le obsequió con el guion de The Misfits. Una dádiva envenenada. John Huston, primer director que le dio líneas de guion a Marilyn en La jungla de asfalto (1950), fue el encargado de realizarlo y así se convertiría también en el último cineasta que la dirigió, si exceptuamos Something´s Got to Give, de la que se iba a encargar George Cukor y de la que la actriz solo pudo rodar un puñado de escenas. En The Misfits (1961) no hay más cera que la que arde en su título. Espectros vagando en un inhóspito desierto pasado. Todo en el filme está a un paso del polvo y la nada. Incluso la belleza apetitosa de Roslyn/Marilyn no puede resistirse al abandono de la soledad callada cuando el contoneo sonámbulo del baile la lleva a abrazarse al tronco de un árbol en el jardín umbrío. «Eres realmente triste», sentencia Miller en boca de Clark Gable. «Para estar sola, prefiero estarlo completamente», confiesa Marilyn con el eco de un personaje que acabará siendo su testamento doloroso. Tras esta árida elegía, Miller tiró la toalla e hizo mutis por el foro. Unos años más tarde de todo aquello, escribió, lleno de remordimientos y mala prosa, Después de la caída, obra que intentaba descifrar su malhadado matrimonio. 

En cuanto a Marilyn, pese a las cientos de teorías conspirativas, pocos desconocen el desenlace. Se han escrito más de mil libros sobre ella. Documentales, reportajes, películas. Encierro en su casa en Brentwood (Los Ángeles), la única que tuvo en su vida. Una dieta severa de alcohol y barbitúricos. Ingreso en el Hospital Payne Whitney Clinic. Más alcohol y pastillas. Espiral delirante condimentada con las sesiones de psicoanálisis casero del charlatán Ralph Greenson. Happy-birthday-mister-president. Última sesión fotográfica con Bert Stern. Una piel traslucida, somnolienta y herida de muerte. Más piscoanálisis y alcohol. Espiral. Pastillas. Dolor. Tristeza. Un sueño pesado, fatigoso, acolchado. El 5 de agosto de 1962, a las 4:55 de la madrugada, el jefe del departamento de policial de Los Ángeles, Jack Clemmons, recibió la llamada del mercachifle Greenson. Mensaje titubeante pero diáfano: Marilyn Monroe había muerto. El informe de la autopsia recogió que el fallecimiento se debió a una sobredosis de barbitúricos. 

Norman Mailer resumió así la tragedia de Marilyn: «Para sobrevivir, habría tenido que ser más cínica o por lo menos estar más cerca de la realidad. En lugar de eso, era una poeta callejera intentando recitar sus versos a una multitud que le hacía jirones en la ropa». 

La mayoría de los hombres deseó tenerla y poseerla, unos pocos consiguieron conocerla y puede que apreciarla e incluso quererla, pero ninguno pudo ni supo salvar a Norma Jeane de Marilyn Monroe. A Marilyn Monroe de Norma Jeane. 

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3 Comentarios

  1. Buena aproximación, porque pienso que a Marilyn solo se pueden hacer acercamientos… y excelente resumen del Mailer, porque en su expresión incluye a todo intelectual (empezando por el Miller)… hay que ser muy cínico y muy cercano a la llamada realidad, pero parcialmente, es decir, solo a la parte de la realidad que puede aumentar tu ego… , eso es un escritor, pintor, cineasta… y por eso me gustan las radiografias que hacen tanto la Coates como el Dominik.

  2. Muy bueno.

  3. Maestro Ciruela

    Marilyn supuso para mí, en mi tierna infancia, el intuitivo descubrimiento de la sexualidad latente que todos llevamos dentro. Recuerdo estar con mi madre en el balcón de casa hablando ambos con nuestra vecina Amalia y yo debía de ser muy pequeño, máximo 5 años. Digo esto porque aún no tenía la perspicacia necesaria para no soltar lo que dije y cómo lo dije; estoy segurísimo de que a los 8, e incluso 7 años, me hubiera mordido la lengua con prudencia. El caso es que aunque no recuerdo el tema de conversación que llevaban ambas mujeres, por algún motivo me vi en la necesidad de aclarar que lo que a mí me gustaba mucho, pero mucho, de Marilyn Monroe era esa curva que se le marcaba al final del muslo y el comienzo de la nalga. Me viene a la memoria el azoramiento mezclado con sonrisa de mi madre y la risa incontrolable y maliciosa de Amalia. Ahí fue cuando me di cuenta de que lo que había soltado llevaba más carga de profundidad que la que yo había pensado. Para mí no hubo ni ha habido mujer más sugerente en una pantalla y esta sensación la ratifico cada vez que la veo en cualquiera de sus películas. No se llega a la categoría de mito universal de esa dimensión tan fácilmente sin poseer una poderosísima fuerza de atracción como la que ella tenía. Y para acabar, algo que puede que moleste a muchos pero que ahí lo dejo: «Desayuno con diamantes» necesitaba a Marilyn sí o sí. Nadie podía rivalizar con ella en ese tipo de papeles, lo siento.

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