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Nicholas Nickleby: Toda palabra es una palabra de más

Nicholas Nickleby
Romola Garai, Stella Gonet y Charlie Hunnam en Nicholas Nickleby, 2002. Fotografía: United Artists.

Reza el tópico filosófico que del diálogo nace la luz. Pero, en ocasiones, la única luz que relumbra es la de las estrellitas que se ven después del sopapo, como sugiriese el malévolo Léon Bloy. En otras, el diálogo no es más que un circunloquio destinado a distraer de las cosas urgentes, un nudo gordiano que ha de cortarse de forma perentoria.

Nicholas Nickleby (1839), la tercera novela de Charles Dickens, es tanto un denuesto de la cháchara como un encomio de la acción virtuosa. Su protagonista es el único héroe dickensiano que, en lugar de sufrir pasivamente las injusticias, responde a los malhechores con la fuerza de sus puños. En esta gran novela, publicada en nuestro país por la editorial Nocturna con traducción de Bernardo Moreno Carrillo, el bien se defiende activamente. 

Algunos de los diálogos más divertidos de Dickens aparecen en esta novela. La señora Nickleby, madre del protagonista, opina acerca de todo y en todo se equivoca. Habla por los codos, se conduce por medio de frases hechas y es incapaz de enterarse de nada. Reducida por los infortunios a un estado de imbecilidad, ofrece tantas opiniones que al final le es imposible hacerse cargo de ninguna de ellas. En lugar de regalar sabios consejos a sus hijos, los sepulta bajo un sinnúmero de refranes y latiguillos. En su idiotez, llega a dudar de su propio hijo cuando Ralph, el villano de la novela, blande sus calumnias contra él.

Mejor es ser cuerdo en hechos —Gracián dixit— que sabios en dichos. Nicholas es de los primeros; su señora madre, de los segundos. La crítica se ha obcecado en ver en esta incontenible boquirrubia un reflejo de la madre del propio Dickens, mujer atolondrada y superficial a quien, como es sabido, el novelista guardaba rencor por haberlo mandado de vuelta a la fábrica de betún. Algún estudioso, como David Holbrook, no dudó en lanzarse de cabeza a las interpretaciones freudianas. La crítica, como la propia Mrs. Nickleby, no suele enterarse de nada.

Véase «el mundo de Floras y Doras» con que un crítico de los sesenta despachó las novelas de Dickens. No cabían en él mujeres fuertes como la señora Mantalini, cuya liberación solo se producía al soltar el lastre que representaba su marido, un pisaverde manirroto entregado al juego. Tras su ruina, todos los bienes de la señora Mantalini pasaban a la señora Knag, liberándola. Es oportuno recordar que, durante la época de Dickens, y hasta unos cuantos años después de su muerte, el marido era el propietario de todas las posesiones de la esposa. 

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