
Es un error muy generalizado confundir la dificultad y la complejidad con la exactitud. La elegancia artificiosa de una herramienta matemática nos hace olvidar el problema físico.
(Félix Candela, arquitecto [1910-1997])
La anterior centuria acabó con el exvicepresidente Francisco Álvarez-Cascos encerrado en un búnker de máxima seguridad y preparado para hacer frente al posible desmoronamiento de nuestra civilización. En efecto, en aquellos días previos a la Nochevieja de 1999 los informativos nos bombardeaban con imágenes de histéricos norteamericanos mórbidos haciendo acopio de víveres en previsión de la catástrofe de escala mundial que supuestamente se avecinaba: el Efecto 2000, una especie de apocalipsis zombi originado porque algunos programadores informáticos no tuvieron en cuenta que después del 99 llega el 100 y no el 00.
En cuanto el día 1 de enero del año 2000 amaneció en todos los husos horarios y nos dimos cuenta de que el único daño que sufríamos no iba más allá de una resaca como el sombrero de un picador, alguien avisó a Cascos de que ya podía salir, que solo había sido el susto. Aunque imaginen por un momento que, con el jaleo, a todos se nos olvida sacar al vicepresidente, que estaba aislado, preparado para todo y convencido de que era el último bastión de la humanidad. En fin, que quien más y quien menos el día 2 de enero volvía a colocar en lo más alto de su lista de deseos la paz global y acabar con el hambre en el Tercer Mundo, propósitos muy loables y dignos al menos para una dama de honor de Miss España. Al poco, todos nos olvidamos de que habíamos llorado amargamente por haber dejado en manos de la ubicación de unos numeritos, de unos bits, la estructura socioeconómica de la llamada cultura occidental1.
Ni reiniciamos ni formateamos

Nadie echó la vista atrás porque el Efecto 2000 ya no era trending topic. Y es que la informática es una calle de sentido único: hacia delante, porque es tabú cuestionar que nuestra sociedad dependa de la ubicación de unos díscolos ceros y unos. No obstante, hay que reconocer que es un hito tecnológico tener en el bolsillo ingenios electrónicos con miles de veces más potencia de cálculo que la que fue necesaria para llevar seres humano a la Luna, aunque mayoritariamente se utilice para jugar con unos pájaros virtuales cabreados, hacer fotografías que aparentan estar veladas o epatar a golpe de aforismo de doscientos ochenta caracteres. Hay muchas formas de decirlo: que si nos hemos subido a hombros de gigantes (hasta tronzarlos los riñones) o que nuestro sistema es un coloso con pies de barro; personalmente, me quedo con la imagen de la campaña publicitaria de una marca de neumáticos en la que Carl Lewis simulaba estar en posición de listos calzando unos elegantes taconazos rojos.
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Buen y ameno artículo divulgativo.