
Este artículo es un adelanto de nuestra trimestral Jot Down nº 42 «Babel»
En una de sus acepciones, el Diccionario de la lengua española define el verbo hablar como «comunicarse con otra u otras personas por medio de palabras». Por eso, no es raro que las generaciones jóvenes se «hablen» por WhatsApp (mediante mensajes de texto o archivos de audio). Puede, en efecto, haber comunicación, aunque muchos de estos canales se han ido alejando progresivamente de lo que entendemos por diálogo. En ocasiones, cuando se da en el seno de un grupo que va construyendo una conversación asíncrona, se parecen más a una sucesión de monólogos, una especie de remedo de Esperando a Godot, donde cada cual dice lo que piensa, sin que haya necesariamente cohesión entre las ideas, la información que se intercambia o las conclusiones a las que se llega.
La puntuación, por ejemplo, ha ido adquiriendo nuevos significados en algunos sectores de la población a raíz del uso de las nuevas tecnologías. Hace ya más de una década, The New York Times proclamaba la muerte del punto y coma en cualquier tipo de soporte escrito, un réquiem en toda regla para una de las criaturas estrellas del impresor italiano Aldo Manuzio (también padre de la letra cursiva). Desde hace ya un lustro, tampoco corren buenos tiempos para el punto en los canales digitales. Cada vez más internautas insisten en el matiz ofensivo que transmite ese simple signo ortográfico, pues, más que marcar un cierre, deja en el destinatario un segundo mensaje hasta hace poco inédito: un punto final se interpreta ahora en ciertos contextos como signo de arrogancia, enfado o distancia, una manera pedante de poner fin a la discusión.
La coma del vocativo también se ha convertido para algunos en una forma de ironía. «Hola, Sara» puede ser, según supe de primera mano, objeto de una segunda lectura. En esa coma, como me dijo preocupada una de las alumnas a las que había escrito, ella sentía cierto retintín por mi parte. Leía el encabezamiento poniendo de su cosecha una entonación que en origen no tenía, como hacemos casi todos cuando leemos los mensajes que nos han enviado: nuestra mente saca al ventrílocuo que llevamos dentro y adjudica al texto del mensaje las voces mentales que más encajan con nuestra percepción de la persona que nos escribe. Si la función de la coma del vocativo era principalmente marcar que nos dirigíamos a alguien en concreto, la pausa mental ante el signo añade ahora este sorprendente matiz.
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Completamente de acuerdo, volver a las plantas, a los animales, a los insectos, a las aves, a pensarlas o hablarles; hay cosas peores. Espero que esto de la IA, así como se nos la presenta, como un sostitución íntima sea solo un “unicornismo” . Excelente artículo que terminé leyéndolo como un raconto con dos héroes y sus diálogos larguísimos pero amenos; y me disculpe pero me puse del lado de esa voz sin rostro (para colmo femenina) ya que era la más frágil, indefensa, tratando de demostrar lo indemostrable sabiendo yo lo que era. Usted, como personaje no salió bien parada, y solo se redimió al final con aquella reflexión de volver a las plantas. El titulo del mismo me evocó esa desconfianza innata que surge al sentir una voz sin rostro de la cual tengo experiencias casi cotidianas. «Tan solo anteayer me telefoneó una señora que, dándome su nombre y el de su sociedad no sin una cierta agresividad comercial, me proponía cambiar el colchón pues el látex, aunque parezca imposible afirmaba, era un ambiente más que propicio para desarrollar colonias bactéricas. Me dejó sin palabras pensando en ácaros draculeanos y hambrientos, pero recordé que en el campo dormía, hace mucho y allá a lo lejos, sobre colchones de paja a los cuales cada tanto se le sostituía el vegetal por otro, a la tela basta se le daba un buen baño de cal viva en polvo, se lo dejaba al sol, se sacudía y ya estaba. Le dije casi balbuceando que no me interesaba y colgué, olvidándome de poner en práctia esa estragema para liberarme de mujeres vendedoras con cortesía y clase y una cierta admiración, proponiéndole que contaría hasta tres, y si en ese lapso ella no colgaba el teléfono lo haría yo para no sentirme maleducado. Y fui a ver cuán viejo era mi colchón. Años atrás lo hizo un hombre que me recordó la serie Los Soprano, cuando en uno de sus capítulos arman una sociedad de vendedores de títulos y acciones, bastante siniestra por cierto, con un audio de fondo con tanto de voces confusas, órdenes, gritos y números como coreografía; y hasta me dio la impresión de que hablaba un italiano con fuerte acento meridional, de la Sicilia para entendernos. Había comenzado a interesarme a ellos pues no eran poco los que llamaban, por la estructura del discurso, idéntica a todos: un pequeño depósito telemático, la idoneidad de los operadores, una situación financiera única e irrepetible y la seguridad casi granítica de ganancias en poco tiempo. A éste le dije que lo pensaría, que me llamara otro día. Llamó tres veces y a la cuarta mostró la hilacha, diciéndome imperiosamente que me decidiera, que no podía llamarme continuamente, que era un hombre muy ocupado, que perdería una grande ocasión; entonces le dije que no me interesaba su propuesta pues yo no tenía necesidad de dinero. Hubo un silencio duro y oscuro por algunos instantes, incluyendo el audio y gritó, ¡Cómo que no necesita dinero! ¡Todos lo necesitamos!; le respondí que con lo que ganaba me bastaba y sobraba y que no todos éramos iguales; pasaron otros segundos más duros que los anteriores y se largó con una frase que me desconcertó por sus implicaciones temporales y ontológicas: ¡Pero tú no existes!, dijo, ¡tú eres un muerto!, ¡Noo!, mejor dicho, TÚ,”morir debes”. Y no me llamó más. Meses atrás lo hizo un mujer, Eva, desde el Reino Unido, justo cuando estaba observando un escarabajo moribundo, presencia extraña en un período tan frío, donde solo hay tordos hambrientos entre la niebla que se mimetizan en estatuas por algunos segundos. Me preguntó si conocía el trade on line, le dije que sí y que no me interesaba su llamada; volvió a la carga preguntándome cómo podía decir que no me interesaba sin saber lo que me iba a proponer; le dije que contaría hasta tres y luego cortaría yo para no ser descortés; pasaron más de tres y seguía ahí, en silencio, y como no tuve coraje para interrumpir le pregunté si era irlandesa, escocesa o anglosajona, para polemizar un poco por lo de las Islas Malvinas; me dijo que anglo seguramente, no así sajona pues no lo sabía; y como el escarabajo continuaba ahí y era más importante que las islas, le dije que estaba mirando un escarabajo morir, entonces, como el otro, me desconcertó con su reflexión inesperada: ¿Toda esta cortesía hipócrita de colgar por último es para deshacerse de mí con elegancia?, le dije mintiendo que era lo último que me podía pasar por la cabeza, que sabía que estaba trabajando; entonces volvió a desconcertarme al preguntarme si el escarabajo estaba boca abajo o boca arriba; le contesté “con las patitas para arriba”; entonce todavía está vivo, dijo, espere un poco y verá. ¿Cuándo puedo volver a llamarlo?, preguntó. Le dije cuando quisiera, pero volví a repetirle que no me interesaba. Veremos terminó diciendo». Gracias por la lectura y por los estímulos y recuerdos.