
«No eres el hombre que conocí hace diez años», le espetaba Marion Ravenwood a Indiana Jones en una escena de En busca del arca perdida. «No son los años, cariño», respondía Indy, «son los kilómetros». Y es que en 1936, el intrépido arqueólogo se encontraba en toda su plenitud vital y física. El último capítulo de la saga, sin embargo, encuentra al personaje en un momento muy distinto: enfrentándose a su jubilación, para empezar, pero también a todos los reveses que puede acumular la vida cuando golpea a traición al encarar sus últimas curvas. El profesor Henry Walton Jones está en horas bajas; ni siquiera sus clases son ya lo que eran, llenas de pupitres vacíos y ante la mirada de desidia de sus estudiantes, incluso de las femeninas. Ya le advirtió Belloq que acabaría convertido él mismo en una reliquia de otro tiempo. Y por eso Indiana Jones y el dial del destino tampoco es igual que sus predecesoras; no puede serlo, o estaríamos ante un mero ejercicio de nostalgia y fotocopia, tratando de reverdecer unos laureles que ya hace mucho tiempo que se agostaron.
Por el contrario, James Mangold apuesta deliberadamente por un tono melancólico, un aire crepuscular que contagia incluso a la partitura de John Williams: si prestan atención, notarán que la «Raiders March» de los créditos finales suena más reposada, como si el héroe hubiera hecho las paces con la vida, o hubiera dejado al menos de escapar de ella. Porque, admitámoslo, en retrospectiva la vida adulta de Indiana Jones no ha sido tanto una sucesión de persecuciones como una constante huida: del aburrimiento, de la madurez, de la responsabilidad, de la relación con su padre, incluso de las mujeres de su intenso y otrora «bondiano» historial amoroso. Toda esa dinámica de fuga perpetua alcanzaba, ¡por fin!, su punto de no retorno en El reino de la calavera de cristal, un magnífico e incomprendido ejercicio en el que Spielberg ponía a su héroe ante el espejo y le obligaba a enfrentarse a su mayor temor, que resultó que no eran las serpientes sino sentar la cabeza. Atreverse a hacer feliz al amor de su vida, o a ejercer de figura paterna deshaciendo los errores de su propio padre, por ejemplo. Por eso, la última escena de aquella cuarta película era el punto final perfecto en el que despedirse del ya maduro Indy. Porque, como demuestra William Goldman en La princesa prometida, los finales felices solo son tales si no nos asomamos a lo que pasa después. Pero he aquí que Mangold viene a contar justo eso. Lo tomas o lo dejas. Y resulta que, contra todo pronóstico, ahí se encuentra una de sus grandes virtudes.
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Un bodrio infumable, desprecio total al personaje como ya hicieron en Star wars, por suerte un fracaso merecido
Lo de » carisma arrollador » no lo vi por ningún lado … al menos en esta pelicula , y lo de antonio banderas no tiene perdón…si la vieron ya saben por que …!
pero lo cierto es que es superior al bodrio de la calavera de cristal y es un digno final…
saludos!