
Para cuando usted lea este artículo en sus manos se habrán cumplido más de quince meses de la invasión rusa a Ucrania el pasado 24 de febrero de 2022. Desde entonces, las cifras de vidas humanas perdidas podrían superar en cientos de miles a los documentos clasificados del Departamento de Defensa de Estados Unidos que fueron filtrados en abril. Más allá de la más que elevada cifra de fallecidos, tan difusa como espantosa, y de las violaciones a la soberanía de Ucrania, el conflicto se ha hecho sentir en otros Estados. Sobre todo, en los de la Unión Europea, muy examinada estos últimos meses, y la antigua Unión Soviética.
Moldavia, una de las quince repúblicas de la antigua federación, del tamaño de Cataluña y con dos millones y medio de habitantes, ha visto cómo cambiaba su realidad en los últimos años. Sobre todo, a partir de la fatídica noche de febrero. A pesar de que nadie abriese fuego en su territorio, los resultados de la invasión rusa son ya un problema en Chisináu.
Moldavia es un crisol de etnias —hasta siete oficialmente reconocidas— y realidades, a pesar de su tamaño y de que casi un millón y medio de moldavos forman parte de la diáspora. Con la disolución de la Unión Soviética, este Estado, encajado entre Rumanía y Ucrania, ha vivido intensos periodos de tensión política protagonizados por los «nostálgicos» de la URSS y los secesionistas de Transnistria y, en menor medida, de Gagauzia. Estas dos últimas regiones autónomas, apoyadas por Moscú, han supuesto un desafío constante para la unidad territorial moldava.
En frente se encuentran los proeuropeos, decididos a alejarse de Rusia y reforzar sus alianzas con Bruselas. Entre ellos están los que desean convertirse en miembros de pleno derecho mediante el artículo 49 del Tratado de la Unión Europea (TUE, el que regula la entrada de nuevos países) y quienes aspiran a adherirse a través de la unificación de Rumanía y Moldavia, por el vínculo entre el extinto Reino de Rumanía con la región de Besarabia. En definitiva, un caleidoscopio político lleno de complejidades.
Desde su independencia en 1991, Moldavia ha estado gobernada por el bloque socialcomunista o por los europeístas. Con la elección de su actual presidenta en diciembre de 2020, Maia Sandu, proeuropea y reformista, el país afronta el reto de convertirse en miembro comunitario. Sin embargo, el camino de la adhesión se está viendo comprometido por la ajustada mayoría que obtuvo Sandu en los comicios presidenciales (53 %), la crisis económica y financiera derivada de la guerra de Ucrania, la influencia rusa en las regiones separatistas y la creciente desconfianza popular en sus gobernantes. Según una encuesta de The International Republican Institute publicada en diciembre, la mayoría de los ciudadanos (27 %) no confía en ningún político para liderar el país. Un 26 % opta por Maia Sandu, y un 17 % considera que la mejor opción es el expresidente socialista y líder de la oposición, Igor Dodon.
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