Arte y Letras Filosofía

Poetas, matemáticos, payasos y otras singularidades

El gran payaso Charlie Rivel en 1967. (DP)
El gran payaso Charlie Rivel en 1967. (DP)

De poeta, matemático y bufón,

todos tenemos un montón.

(Refranero 2.0)

Al leer, a finales del siglo pasado, El tío Petros y la conjetura de Goldbach, que narra el descenso hacia la locura de un viejo matemático que ha dedicado su vida entera a intentar resolver el más escurridizo de los problemas de la teoría de números1, me acordé de dos lecturas juveniles que, a primera vista, no tenían nada que ver, ni entre sí ni con la novela de Apostolos Doxiadis: Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll, y Cartas a un joven poeta, de Reiner Maria Rilke. Pero, en el fondo (e incluso en la forma), los tres libros coinciden en abordar de frente un mismo dilema existencial, que tiene que ver con el peligro de emprender un camino hacia la excelencia a la orilla de un abismo, de elegir un oficio en el que no hay lugar para los segundones, de apostar la vida —y no solo la profesional— a todo o nada. Un médico puede ser, satisfactoriamente (para sí mismo y para los demás), desde premio Nobel hasta anónimo médico rural, pasando por prestigioso especialista o director de un hospital: en su profesión, como en tantas otras, hay una amplia gama de posibilidades viables, tanto económica como emocionalmente. Sin embargo, para un poeta, un matemático o un payaso no suele haber términos medios.  

Decía Jorge Guillén que hay muy pocos poetas auténticos, y que incluso esos pocos lo son pocas veces. Y algo similar se podría decir de los matemáticos, y por parecidas razones. Me refiero a los matemáticos «puros», a los que se dedican a la investigación sin otro objetivo que la ampliación y el perfeccionamiento de la matemática misma. Por supuesto, se puede hacer un excelente trabajo como docente, como divulgador, o en cualquier campo de las matemáticas aplicadas, sin esa vocación casi mística que caracteriza a los poetas y a los matemáticos «auténticos» en el sentido que da Guillén al adjetivo. Pero para moverse en las fronteras del lenguaje, sea el verbal o el numérico, con la suficiente atención y perseverancia como para abrir nuevos caminos o vislumbrar nuevos parajes, se requiere un grado de entrega que raya en la obsesión. Tal vez sea Rilke quien mejor ha expresado la exigencia extrema de la creación artística, y muy especialmente de esa forma sublime de la comunicación y el arte que es la poesía. «Basta sentir que se podría seguir viviendo sin escribir para no permitirse el intentarlo siquiera», sentencia al comienzo de Cartas a un joven poeta.

Medio siglo después del manifiesto epistolar de Rilke, se lamenta Hans Schnier, el protagonista de Opiniones de un payaso, de que la suya es una profesión en la que solo hay lugar para los mejores: o eres el número uno o no eres nadie. Y si tienes la suficiente lucidez como para darte cuenta de que no eres el mejor y no te resignas a convertirte en un mero jornalero del payasismo más comercial, la frustración puede alcanzar niveles insoportables. «Cuando he interpretado diez o veinte veces un mismo número —dice Schnier— me resulta tan aburrido, que en plena actuación me entran unas ansias irreprimibles de bostezar, literalmente, y tengo que disciplinar con un supremo esfuerzo los músculos de mi boca. Me aburro de mí mismo. Cuando pienso que hay payasos que durante treinta años interpretan el mismo número, noto un desasosiego en mi corazón, como si me condenaran a tragarme a cucharadas todo un saco de harina. Tiene que divertirme lo que hago, o me pongo enfermo». Sin poder alcanzar la excelencia ni resignarse a no alcanzarla, Schnier termina alcoholizado y mendigando en las escaleras de la estación de Bonn, pues en su profesión no hay lugar para los buenos, solo para los mejores. Y algo similar ocurre con los matemáticos y los poetas: el circo de la cultura ignora a los segundones. Compárese, por ejemplo, el número de novelistas de éxito con el de poetas, o el de físicos o biólogos conocidos con el de matemáticos.

El certero refrán «De músico, poeta y loco, todos tenemos un poco» admite la siguiente ampliación, cuya incorporación al refranero propongo desde aquí: «De poeta, matemático y bufón, todos tenemos un montón». Una ampliación no solo cualitativa, sino también cuantitativa, pues no tenemos un poco de todo eso, sino mucho. Del acierto de la versión tradicional del refrán da fe, entre otras cosas, el éxito masivo del karaoke, la publicidad (que es poesía perversa) o las comedias románticas; y habla del acierto de la versión ampliada la gran popularidad de la matemática recreativa2 y de los chistes, siempre tan presentes en la cultura oral, así como el hecho de que el lenguaje coloquial sea en gran medida prosa poética3. Pero hay muy pocos que asuman y desarrollen plenamente «eso» de lo que todos tenemos un montón4. Los grandes matemáticos y los grandes payasos son tan escasos como los grandes poetas. Son singularidades sociológicas, alejamientos sin retorno, que diría Kafka. Y no hay que olvidar a los filósofos, que tienen que aunar el rigor lógico del matemático con la sutilidad verbal del poeta: tampoco ellos tienen fácil la realización personal. Ni la supervivencia.

Poeta, matemático, payaso, filósofo… Profesiones de alto riesgo en las que es muy difícil alcanzar la excelencia, y que solo en la excelencia —en la singularidad desnuda— adquieren pleno sentido. Como las altivas damas de los caballeros andantes, la poesía, la matemática, el payasismo (la más depurada forma de comicidad) y la filosofía exigen una dedicación absoluta y rara vez conceden sus favores. Y sin embargo, sus verdaderos devotos, al igual que los esforzados paladines de los tiempos heroicos, no cejan en su empeño. Como los exploradores y los viajeros (que nada tienen que ver con los turistas), sienten la necesidad imperiosa de ir más allá del horizonte. Un horizonte que se renueva sin cesar, que es —por definición— inalcanzable. Poetas, matemáticos, payasos, filósofos, exploradores… Tan escasos, los auténticos, como imprescindibles.


Notas

(1) La conjetura de Goldbach, formulada por el matemático prusiano Christian Goldbach en 1742, afirma que todo número par mayor que 2 se puede expresar como suma de dos números primos. Tras su sencillo planteamiento se oculta uno de los problemas no resueltos más difíciles de la teoría de números y, seguramente, de la matemática toda. La conjetura ha sido comprobada para todos los números pares hasta el orden de los trillones, y la mayoría de los matemáticos consideran que es cierta; pero hasta el momento no se ha encontrado una demostración rigurosa, y algunos consideran que tal demostración es imposible.

(2) El generalizado rechazo de las matemáticas, que en muchos casos alcanza niveles de auténtica fobia —debido sobre todo, como no me canso de repetir, a unos planes de estudio disparatados— coexiste, aunque no pacíficamente, con un no menos general interés por las cuestiones lógico-matemáticas cuando se presentan de forma lúdica y en relación con la vida cotidiana (puedo atestiguarlo: llevo más de medio siglo viviendo de ello).

(3) Al igual —o al contrario, mejor dicho— que el burgués gentilhombre de Molière, que hablaba en prosa sin saberlo, hablamos en verso —verso libre y vulgar, pero poesía al fin y al cabo— sin darnos cuenta: continuamente utilizamos metáforas, metonimias, lítotes, hipérboles, pleonasmos, sinestesias y otros recursos propios de la poesía. Solo el lenguaje matemático es pura prosa literal.

(4) Como dijo Charlie Rivel: «Todo ser humano es un payaso, pero solo unos pocos tienen el coraje de demostrarlo».

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13 Comentarios

  1. Agustín Carrasco Leiva

    Interesante artículo.otivo de reflexión y toma de decisiones

  2. Sic vos non vobis

    Parece una opinión ingeniosa, pero aventurada.
    Filósofos punteros quizás haya habido sólo tres. Probablemente uno.
    Matemáticos… sólo se me ocurre Euler.
    ¿Físicos? Aristóteles, Newton y Einstein.
    ¿Biólogos? Darwin.
    ¿Poetas? Homero y Shakespeare.
    ¿Músicos? Bach y Beethoven.
    Sin embargo, hay muchos matices y gradaciones sin pasar al ámbito de los que se ganan la vida dando clases.
    Decir que Euler desmerece a Leibniz, Gauss o Ramanujan sería mucho decir.
    Olvidar a Descartes, Hegel o Nietzsche debido a la sombra de Platón, también sería pasarse de frenada.
    Por otro lado, Homero sólo fascina cuando conoces el griego. Como hoy en día el idioma predominante es el inglés, de ahí el liderazgo de Shakespeare. A los latinos Virgilio les pareció el no va más. Como ya nadie habla latín, nadie aprecia sus estrofas.
    Asimismo está el sesgo occidental de los citados. Lo mismo un músico africano o de una orquesta de gamelán, Bach y Beethoven no les diga gran cosa.
    En síntesis: Aunque la opinión se vista de seda, opinión se queda.

    • Es que todos los que nombras son grandes genios. Que sean pocos no quiere decir que solo haya uno o dos por generación. Las opiniones son opiniones, por supuesto; pero los números no. Lo del sesgo occidental sí, ahí te doy la razón. Seguro que los occidentales nos hemos perdido a grandes genios de diversos ámbitos simplemente porque éramos incapaces de verlos.

    • Simplicísimo

      Cuéntanos, Sic vos non vobis, ¿de dónde viene tu trauma y tu obsesión?

  3. También están los toreros. Paco de Lucía dijo varias veces que siempre se sintió inseguro, aunque era consciente de que técnicamente lo aprendió todo de joven.

    • Frabetti

      Sí, los toreros también son singularidades. Y los verdugos. Hay singularidades en ambos extremos de la campana.

  4. «La publicidad como poesía perversa»: me quedo con este germen de filosofía prosaica para verlo, quizás, germinar en una futura entrega frabettiana… Saludos, Carlo.

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