
De poeta, matemático y bufón,
todos tenemos un montón.
(Refranero 2.0)
Al leer, a finales del siglo pasado, El tío Petros y la conjetura de Goldbach, que narra el descenso hacia la locura de un viejo matemático que ha dedicado su vida entera a intentar resolver el más escurridizo de los problemas de la teoría de números1, me acordé de dos lecturas juveniles que, a primera vista, no tenían nada que ver, ni entre sí ni con la novela de Apostolos Doxiadis: Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll, y Cartas a un joven poeta, de Reiner Maria Rilke. Pero, en el fondo (e incluso en la forma), los tres libros coinciden en abordar de frente un mismo dilema existencial, que tiene que ver con el peligro de emprender un camino hacia la excelencia a la orilla de un abismo, de elegir un oficio en el que no hay lugar para los segundones, de apostar la vida —y no solo la profesional— a todo o nada. Un médico puede ser, satisfactoriamente (para sí mismo y para los demás), desde premio Nobel hasta anónimo médico rural, pasando por prestigioso especialista o director de un hospital: en su profesión, como en tantas otras, hay una amplia gama de posibilidades viables, tanto económica como emocionalmente. Sin embargo, para un poeta, un matemático o un payaso no suele haber términos medios.
Decía Jorge Guillén que hay muy pocos poetas auténticos, y que incluso esos pocos lo son pocas veces. Y algo similar se podría decir de los matemáticos, y por parecidas razones. Me refiero a los matemáticos «puros», a los que se dedican a la investigación sin otro objetivo que la ampliación y el perfeccionamiento de la matemática misma. Por supuesto, se puede hacer un excelente trabajo como docente, como divulgador, o en cualquier campo de las matemáticas aplicadas, sin esa vocación casi mística que caracteriza a los poetas y a los matemáticos «auténticos» en el sentido que da Guillén al adjetivo. Pero para moverse en las fronteras del lenguaje, sea el verbal o el numérico, con la suficiente atención y perseverancia como para abrir nuevos caminos o vislumbrar nuevos parajes, se requiere un grado de entrega que raya en la obsesión. Tal vez sea Rilke quien mejor ha expresado la exigencia extrema de la creación artística, y muy especialmente de esa forma sublime de la comunicación y el arte que es la poesía. «Basta sentir que se podría seguir viviendo sin escribir para no permitirse el intentarlo siquiera», sentencia al comienzo de Cartas a un joven poeta.
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Interesante artículo.otivo de reflexión y toma de decisiones
Gracias, Agustín. Si la cuestión te interesa, te recomiendo vivamente la novela de Böll.
Parece una opinión ingeniosa, pero aventurada.
Filósofos punteros quizás haya habido sólo tres. Probablemente uno.
Matemáticos… sólo se me ocurre Euler.
¿Físicos? Aristóteles, Newton y Einstein.
¿Biólogos? Darwin.
¿Poetas? Homero y Shakespeare.
¿Músicos? Bach y Beethoven.
Sin embargo, hay muchos matices y gradaciones sin pasar al ámbito de los que se ganan la vida dando clases.
Decir que Euler desmerece a Leibniz, Gauss o Ramanujan sería mucho decir.
Olvidar a Descartes, Hegel o Nietzsche debido a la sombra de Platón, también sería pasarse de frenada.
Por otro lado, Homero sólo fascina cuando conoces el griego. Como hoy en día el idioma predominante es el inglés, de ahí el liderazgo de Shakespeare. A los latinos Virgilio les pareció el no va más. Como ya nadie habla latín, nadie aprecia sus estrofas.
Asimismo está el sesgo occidental de los citados. Lo mismo un músico africano o de una orquesta de gamelán, Bach y Beethoven no les diga gran cosa.
En síntesis: Aunque la opinión se vista de seda, opinión se queda.
Es que todos los que nombras son grandes genios. Que sean pocos no quiere decir que solo haya uno o dos por generación. Las opiniones son opiniones, por supuesto; pero los números no. Lo del sesgo occidental sí, ahí te doy la razón. Seguro que los occidentales nos hemos perdido a grandes genios de diversos ámbitos simplemente porque éramos incapaces de verlos.
Cuéntanos, Sic vos non vobis, ¿de dónde viene tu trauma y tu obsesión?
No es complicado de responder. De Hans Jakob Christoffel von Grimmelshausen ;)
También están los toreros. Paco de Lucía dijo varias veces que siempre se sintió inseguro, aunque era consciente de que técnicamente lo aprendió todo de joven.
Sí, los toreros también son singularidades. Y los verdugos. Hay singularidades en ambos extremos de la campana.
«La publicidad como poesía perversa»: me quedo con este germen de filosofía prosaica para verlo, quizás, germinar en una futura entrega frabettiana… Saludos, Carlo.
Gracias, Bruno. Sin perjuicio de que la idea vuelva a germinar en una futura entrega, pues el asunto merece la mayor atención, ya germinó en una entrega pasada:
https://www.jotdown.es/2019/08/los-poetas-malos/
Gracias, Carlo. Acabo de ir al enlace. Veo que ya habías iniciado, y bien, la cosecha intelectual de la idea poniendo a la poesía visual, en su versión publicitaria-perversa, como uno de los soportes ideológicos de nuestros tiempos idolátricos (¡uf! perdona tú la mala retórica de esta última frase…)
Y como en el artículo del enlace empiezas con Neruda y sigues con Brossa, te mando este otro que te guiará a otra singularidad, a Parra: matemático, (anti)poeta y payaso cósmico:
https://www.larata.cl/noticias/2018/01/23/fallecio-los-103-anos-15-artefactos-iconicos-nicanor-parra/11605/
Espero entonces esa próxima entrega con una, como decía Moliere: «chispa de respetuosa esperanza».
Saludos, Carlo.
Gracias, Bruno. No te sorprenderá que te diga que el gran Nicanor Parra es para mí un referente imprescindible.
https://www.jotdown.es/2020/04/las-doncellas-y-la-muerte/
No me sorprende, Carlo. Y vaya qué referente. Un imprescindible, como bien lo señalas. Un saludo.