Las doncellas y la muerte

Publicado por
John William Waterhouse, La dama de Shalott.

Una doncella rubia se enamora
de un caballero que parece la muerte.

Nicanor Parra, «La doncella y la muerte»

En la medida en que el sexo —junto con el hambre y el miedo— es uno de los motores básicos de la conducta animal, incluida la humana, parece normal asociar la virginidad a la pasividad; pero solo lo es en el marco de la lógica patriarcal (la supuesta castidad de los caballeros andantes y los templarios no iba en detrimento de su combatividad, sino todo lo contrario: se suponía que la continencia aumentaba el vigor de los guerreros). La frecuente asociación de virginidad y pasividad en las jóvenes protagonistas de mitos y leyendas expresa una fantasía masculina que está lejos de haber sido superada; una fantasía propia de quienes rechazan visceralmente —cuando no ideológicamente— tanto la sexualidad como la autonomía de las mujeres, y que se sienten especialmente amenazados por su sinergia, pues nada cuestiona tanto la virilidad al uso como una mujer sexualmente liberada y con iniciativa propia. En consecuencia, la joven ideal ha de ser hermosa, casta y pasiva: un apetecible objeto que espera sumisamente a que un varón la elija y la haga suya.

Blancanieves, la Bella Durmiente, Rapunzel y tantas otras heroínas de cuentos y leyendas son doncellas cautivas o dormidas, dos formas extremas de pasividad, en espera de un príncipe encantador que sustituya un encantamiento por otro, un cautiverio por otro. Y si alguna se rebela, aunque sea mínimamente, le esperan la locura o la muerte. O ambas cosas, como a Ofelia (por no mencionar a Juana de Arco, que es un caso tan singular —además de real— que constituye un capítulo aparte).

Ofelia, al igual que Antígona, se debate entre sentimientos y deberes contrapuestos en un mundo de hombres que le imponen sus reglas; pero, al contrario que Antígona, sucumbe sin apenas luchar. Sin embargo, no es acertado ver en Ofelia la personificación de la sumisión femenina, como hacen algunos comentaristas de Shakespeare; en todo caso, representa la indecisión y la duda, como el propio Hamlet y con más motivo que él, puesto que es confundida y manipulada sistemáticamente por los personajes masculinos de la obra.

La sumisión de Ofelia tiene mucho de ingenuidad y de confianza, una confianza que ni su padre ni su hermano merecen, y tampoco Hamlet, todos ellos obcecados por sus problemas personales y dispuestos a utilizarla. Pero, aun así, Ofelia muestra algún atisbo de lucidez y rebeldía, lo cual no es poco en la opresiva corte de Elsinor, como cuando le dice a Laertes: «Guardaré tus buenos consejos en la custodia de mi corazón; pero, hermano mío, no hagas como esos clérigos que muestran el espinoso camino de la virtud mientras ellos, libertinos y jactanciosos, siguen la florida senda del placer ignorando sus propias advertencias».

La verdadera tragedia de Hamlet es la de Ofelia, desgarrada por fuerzas que no controla ni acaba de entender, y suya es también la verdadera anagnórisis: el demoledor descubrimiento de que tanto el amor de Hamlet como el de su padre son falsos, o cuando menos inconsistentes. No hay sitio para ella en ese mundo despiadadamente masculino, del que sale simbólicamente al sumirse en el mundo acuático, como manifiesta el poético comentario fúnebre de la reina Gertrudis: «Extendidos sus ropajes en el agua, flotaba cual sirena y cantaba antiguas canciones, ignara del peligro, o como hija del agua».

La dama de Shalott

Popularizada por el poema de Tennyson, la leyenda artúrica de Elaine de Astolat, la dama de Shalott, es un insólito ejemplo de inversión —aunque sin llegar a superarlos— de los tópicos de los cuentos maravillosos tradicionales.

Elaine, víctima de una misteriosa maldición, está cautiva en una torre de la isla de Shalott, en medio de un río que fluye hacia Camelot. Ni siquiera le está permitido asomarse a la ventana, y solo puede ver del mundo exterior lo que se refleja en un espejo. Al igual que Penélope, teje sin cesar, aunque a nadie ni nada espera, y en sus tapices representa lo que ve en el espejo. Pero un día, «harta de sombras», se asoma a la ventana al oír cantar a Lanzarote, que cabalga por la orilla del río, y ve a lo lejos las altas torres de Camelot. El espejo se quiebra y Elaine sabe que su vida peligra; pero aun así sale de su encierro, sube a una barca que encuentra en la orilla, tras escribir su nombre en la proa, y deja que la corriente la arrastre hacia Camelot. Pero, a causa de la ignota maldición que pesa sobre ella, las fuerzas la van abandonando a medida que se aleja de la isla y muere antes de llegar a su destino. Diríanse dedicados a ella, que arriesga su vida para ver a Lanzarote, los versos de Nicanor Parra: «Una doncella rubia se enamora / de un caballero que parece la muerte».

Al contrario que otras doncellas cautivas de los cuentos y las leyendas, la dama de Shalott se libera sola, e incluso escribe su nombre en la barca que la alejará de su cautiverio en un claro gesto de autoafirmación. Al igual que Antígona, paga su insumisión con la vida, como no podía ser de otra manera, puesto que la maldición que pesa sobre ella y configura su leyenda no es otra cosa que el imaginario patriarcal.

En los cuentos maravillosos con «final feliz», las doncellas pasan de un cautiverio a otro, de un encantamiento a otro, de un sueño a otro. Y los cuentos y leyendas que no siguen este esquema nos advierten de que, para una doncella, no hay más alternativas al matrimonio que la muerte o el monacato («Vete a un convento», le dice Hamlet a Ofelia), las únicas maneras de preservar su virginidad.

La muerte y la doncella

No se puede hablar de doncellas muertas sin mencionar el famoso lied de Schubert, basado en un poema de Matthias Claudius, en el que la muerte le dice a una muchacha moribunda que se resiste a abandonar la vida en plena juventud:

¡Dame tu mano, hermosa y tierna criatura!
Soy tu amiga y no voy a hacerte daño.
¡No tengas miedo!, no soy cruel,
ven a mis brazos y dormirás plácidamente.

El poema remite al mito de Perséfone, raptada y llevada al mundo de los muertos por Hades; pero es posible que Claudius, que solía inspirarse en canciones y rimas populares, tomara la idea del folclore danés o germano.

Como es bien sabido, el mito de Perséfone está relacionado con el ciclo de las estaciones, y muy concretamente con la «muerte» de la naturaleza en invierno y su «resurrección» en primavera. Presionado por Zeus, Hades permite que Perséfone pase seis meses al año con su madre, Deméter, diosa de la agricultura, y durante este tiempo resurgen las plantas y las flores. El resto del año, cuando Perséfone está en el inframundo, la tristeza de Deméter se traduce en la muerte temporal de la vegetación.

Pero, como reina del inframundo, Perséfone tenía otro rostro menos amable, más oscuro y ancestral, probablemente prehelénico. Según Walter Burkert y otros estudiosos de la religión griega, el culto a Deméter y Perséfone, perpetuado durante siglos en los misterios eleusinos, podría remontarse al neolítico. Pero, como se suele decir, esa es otra historia.

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28 Comentarios

  1. Muchas veces la muerte ha sido la única forma que han tenido las mujeres de liberarse de ciertos hombres. Como en época de guerra, que decidían quitarse la vida antes de ser violadas y/o secuestradas.

    • Gracias, R. Vi la obra de Stoppard hace muchos años y me impresionó vivamente. Volveré a verla con gran interés.

  2. Son personajes inolvidables y comportamientos éticos siempre actuales, Carlo, que todavía hoy nos acompañan lamentablemente, y no creo que los últimos se deban a esa cultura que heredamos de los griegos, relativa sin dudas, sin certezas definitivas en contraposición a la otra, la absoluta, Atenas versus Jerusalén. Es cierto que sus dioses andaban siempre de asueto tratando de desflorar el mayor número posible de ninfas y doncellas ingenuas, y que para colmo la culpa las tenían ellas por ser bellas y terminaban siendo plantas o animales, pero de la lectura es imposible no hacerse una idea de la “ética” de aquellos dioses. Andaban siempre de caza, pero no eran dogmáticos. Me inclino por la otra, la absoluta, con derecho a inventario, por cierto. Padre, patriarca, patria, patrimonio, patricios, y patronímico me suenan a “patrullar” con parcialidad. Pero haciendo un ejercicio de fantasía, me gustaría saber qué pensás con respecto a este feminismo que parece no detenerse: ¿podrá un día, como lo hicimos con las mujeres, sustituir por completo el dominio masculino, especialmente político visto los resultados obtenidos que son más que suficientes para mandarnos al desván del olvido, y hasta pondrían nuestras existencias en peligro si no cambiamos? Y si lo lograran, ¿no continuarán en el tiempo con los mismos vicios masculinos de dominio, competitividad, consumismo exagerado, racismo y hedonismo, etc. etc? «L’uomo non é medicina» escuché decir a una anciana campesina italiana, devota, «coriácea» y vivaz.

    • ¿Usted sí no le importa que un servidor se lo pregunte por qué cree que Dios nuestro Señor no tiene novia?

    • El feminismo no se detiene y no podrá detenerse mientras el machismo siga siendo la ética/estética dominante, como no puede detenerse la lucha de la clase trabajadora mientras no cese la explotación. Es razonable pensar que si los fuertes dejaran de abusar de las/os débiles el mundo sería un lugar más agradable. Y, en consecuencia, parece adecuado luchar para conseguirlo, aunque no todos se atrevan a hacerlo.
      En cuanto a Atenas y Jerusalén, las diferencias son muchas y muy importantes; pero coinciden en algo tan básico como nefasto: el patriarcado.

  3. Y sí. No puedo no compartir tu reflexión. Pero esas actoras que estuvieron siempre detrás de las bambalinas, y de las cuales jamás hubiéramos pensado que se animarían a salir a escena, no creo que sean la solución definitiva. Siempre nos esperará un mundo conflictivo que no mereceríamos, pero algo hemos progresado. Creo que las luchas que vendrán por la justicia no serán tan traumáticas como las que recordamos. Lo espero, porque si fuera de otra manera algo de razón tuvo ese antiguo que dijo que la mejor fortuna que el hombre habría merecido era no haber nacido.

  4. No me creía que no citase a la gran Loreena McKennitt y su canción The Lady of Shalott

    https://www.youtube.com/watch?v=1Lh6kuTjTiU

    Willows whiten, aspens quiver,
    Little breezes dusk and shiver
    Thro’ the wave that runs for ever
    By the island in the river
    Flowing down to Camelot.
    Four grey walls, and four grey towers,
    Overlook a space of flowers,
    And the silent isle imbowers
    The Lady of Shalott.

  5. Este foro a veces toma una inusitada forma mística que aprecio. Se habla de las mujeres y terminamos con algo que ellas conocen mejor que nosotros porque participan en exclusiva en uno de los misterios más sorprendentes, y a nosotros parece que nos dejan el extremo opuesto.
    ¿Será vida ésta?
    ¿O espejismo mal interpretado?,
    Uno sólo puede imaginarse
    los cabos,
    pues nacer y su contrario
    son transacciones extra-universales
    cotizadas al valor del dia
    que con su boca
    devora lo que no pesa nada.

    La vida pasa afuera
    como revalorizando sus propiedades,
    estipulando pactos,
    vendiendo y comprando al destajo,
    aun las bagatelas,
    con la parte del león y de las sobras
    siempre para ella.
    ¿Serà vida ésta?

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