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Silenos contra Leviatán (1)

silenos contra leviatán
Detalle de ‘La destrucción de Leviatán’, grabado de 1865 por Gustave Doré.

Este artículo es un adelanto de nuestra trimestral Jot Down nº 44 «Distopías»

El detalle desapercibido que vamos a reseñar como uno de los momentos estelares que alumbran la historia de la humanidad fue publicado y acto seguido olvidado por la trituradora mediática que sazona, esparce y divulga con alegría el incesante parloteo de los tiempos modernos. Es bien sabido: a veces la historia escribe con la letra pequeña de sus famosos renglones torcidos la pauta rítmica de los brincos, botes y rebotes que llevan de un lado a otro la efímera existencia de los hombres.

La doctora Kate Darling, experta del Massachusetts Institute of Technology, a punto de embarcarse en la gira promocional de su libro, anunció que había llegado la hora de aceptar y admitir lo inevitable, lo inapelable: «No debemos reírnos de la gente que se enamora de una máquina. Nos pasará a todos».

Con el habitual desparpajo de los publicistas estadounidenses, la doctora Darling vaticina lo resuelto en sus estudios de prospectiva, registrado por la monumental estadística de la conducta humana y anotado en los archivos de la investigación psicotecnológica. No solo sabe lo que va a suceder en el mundo, sino lo que se nos va a pasar a todos por la cabeza: la emoción, el temblor y el encantamiento del ser humano prendado de una poupée gonflable cibernética.

Se supone que, tras descartar otras opciones, la doctora Darling encontró para su libro el título que anuncia el momento crucial, el tránsito decisivo, el salto evolutivo que tantos han esperado, preparado y laborado: The New Breed («La nueva casta»). 

Como puede verse, la doctora Darling no se anda con remilgos. Advierte que no hay nada que pueda protegernos de la nueva casta, que las personas ya tratan a los robots como seres vivos. Que el robot proporciona a la gente un «nuevo valor social» (sic), que las personas vulnerables tienen una conexión emocional muy fuerte con las aplicaciones, que la gente desarrolla relaciones emocionales con las entidades artificiales, que tendremos relaciones reales con robots y que se conocen muchas historias sobre gente enamorada de su chatbot. Acaba sentenciando: «todo eso definitivamente va a pasar».

La doctora Darling (fotogénica y con un nombre que hace verosímil el estudio de las relaciones afectivas con la «entidad» tecnológica) declara que el Ingenio Artificial (preferimos mencionarlo así, por no hacer propaganda gratuita a sus fabricantes) ha cambiado de golpe las reglas del juego. Uno de sus grandes logros ha sido proporcionar a los seres humanos refugio sentimental y colmar así su necesidad de afecto, cariño y amor. «Nos pasará a todos», dice.

Con la solemne declaración, reproducida por los medios como si fuera un milagro rutilante, la doctora Darling legitima con su autoridad de experta en «ética» (sic) el estreno de las relaciones incestuosas del ser humano con la máquina. Con la potestad del omnipresente credo tecnológico anima a la multitud bulímica festivamente adicta a los artificios de la técnica y ratifica la culminación del proceso histórico emprendido por el hombre moderno. 

Lo que no acierta a entender la doctora Darling es el desenlace al que tan decisivamente quiere contribuir. El salto hacia delante que anuncia como la conquista de la civilización tecnológica —personas enamoradas de máquinas— es en realidad un ridículo, sarcástico e inesperado retorno a la prehistoria. La antropología decimonónica estudió con gran interés el fenómeno de los seres humanos atrapados por el simulacro de las cosas: el animismo de las tribus primitivas, el fetichismo de los cultos arcaicos, el disturbio cognitivo inducido por la superstición y la idolatría. Aquellas criaturas desangeladas, aterradas por la soledad, se abrazaban a su pequeña talla de madera y se imaginaban acompañadas por las más altas potencias del universo. 

Los antropólogos imbuidos por el complejo de superioridad europeo identificaron en las etapas primigenias del mundo, en los estadios más bajos del desarrollo cultural, en las modalidades más simples de la conducta humana, entre los «pueblos salvajes más elementales», un estado de ateísmo y materialismo absoluto. Lo que en nuestra época se detecta como síntoma neurótico de la sumisión emocional, adicción neuronal y subordinación cognitiva al conductismo tecnológico fue considerado durante mucho tiempo el rasgo determinante de un momento perdido en la remota oscuridad de la historia, rudimentario, supersticioso, intelectualmente disminuido y psíquicamente desquiciado. El modelo de hombre fruncido y atormentado que los antropólogos habían dado por superado, desechado y felizmente descartado por la evolución cultural ha resultado ser el mismo tipo que ahora promocionan los tecnólogos del MIT, los seriales de Netflix y la industria de Hollywood.

Nadie ha explicado todavía el sorprendente giro narrativo de nuestro siglo, el abrupto regreso al punto de partida: la enajenación de los seres humanos hechizados. Que los técnicos, ingenieros y programadores anuncien como un éxito del genio tecnológico la violenta regresión al fetichismo patológico del hombre atrofiado resulta tan sorprendente como revelador. Quizá por ello se omite de los boletines universitarios, las revistas de divulgación científica, los congresos académicos y de los informes que las instituciones internacionales encargan a sus expertos. A caballo del paradigma dominante, los conceptos medulares de la sociedad mecanicista legitiman la creencia de que toda innovación técnica realiza el dictado evolutivo del progreso. Sin cuestionarse nunca el trastorno psicológico, moral, cultural y social que la ingeniería impone a los seres humanos. Finalmente, el momento crucial, el anhelado instante, el gran salto, el que promete llevarnos hacia un futuro de gloriosas plenitudes tecnológicas —el hombre hipnotizado por la máquina—, ha resultado ser una patética involución, el retorno a ese oscuro y temible momento de la historia en que los seres humanos, confundidos y asustados, huérfanos y agotados, compartían sus desconsoladas turbaciones con un fetiche. 

Antes de preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí, cabrá averiguar cómo ha sido posible que las promesas liberadoras de la ciencia, el levantamiento de la razón, la claridad analítica de los argumentos, el escepticismo deliberativo de la investigación, el método de un pensamiento dedicado a descubrir la verdad y disipar la mentira hayan degenerado hasta caer de bruces en la orgía tecnicista del disturbio contemporáneo, en la dócil alienación de los idólatras. Será necesario saber cuándo empezó todo, cómo se pronunció por primera vez en la imaginación del ser humano la tentación mecanicista. ¿En qué momento de la historia brotó la envidia del hombre por la máquina? 

Érase una vez y érase una voz… la del pionero, la del fundador de la filosofía moderna, lord canciller de Inglaterra y barón de Verulamio, abogado de la Corona y fiscal general. Contemporáneo de Shakespeare y de Cervantes, autor de La gran restauración (1620), el Novum organum del pensar desplegado contra la sabiduría antigua, «la vana especulación de las cosas invisibles», y a favor de las verdades basadas en hechos. Francis Bacon diseñó el programa que movilizaría las energías del hombre moderno: adoptar las artes mecánicas como único fundamento de la filosofía.

Otra de sus decisivas aportaciones al nacimiento de la era moderna fue encajar en su método analítico la lógica administrativa del poder. Como hombre de Estado, a Bacon no podía pasarle desapercibida la conveniencia de adoptar para la ciencia la destreza política que tan bien conocía: «Siempre se muestra desconfiada por principio y conjetura siempre lo peor en los asuntos humanos». Una recomendación que puso al servicio de la anhelada «mejora de la situación humana y la ampliación de sus dominios».

Entre los aforismos dedicados a la interpretación de la naturaleza y el reino del hombre, Bacon instaló uno de sus más influyentes y visionarios enunciados: «La tarea y el propósito del poder humano consiste en introducir en un cuerpo dado una naturaleza nueva». Un lema cuya interrogación permanece abierta cuatrocientos años después. 

El tratado de Bacon es un elocuente y pedagógico programa, un plan de actuación seductor y convincente, que enumera las exigencias y propósitos del nuevo órgano: ampliar los dominios del hombre, la preeminencia de las artes mecánicas y, entre otras sagaces proposiciones, la exploración del esquematismo latente en los cuerpos.

Treinta años después, Thomas Hobbes publicó el segundo libro de la antología fundacional del mecanicismo. Implicado como Bacon en las disputas políticas de Inglaterra, Hobbes, preceptor de los hijos de la nobleza, formuló sus propuestas filosóficas como una aportación a la ingeniería gubernamental. La figura elegida por Hobbes para titular su estudio sobre el hombre, la república y el reino de las tinieblas aparece mencionada varias veces en la Biblia. En los Salmos, en Job y en Isaías se cita a Leviatán como una criatura «maligna, monstruosa y satánica». Corresponde en muchos aspectos a la penosa impresión que a Hobbes le causaba el género humano (homo homini lupus). Quizá por ello consideró conveniente colocar su tratado sobre el Estado y el hombre bajo la tutela del gigantesco Leviatán: «El Arte del hombre puede producir un animal artificial… y crear ese gran Leviatán que es el Estado y que no es sino un hombre artificial».

Hobbes se hizo entonces la inquietante pregunta que durante tres siglos ha orientado la obsesiva investigación de la filosofía mecanicista: «¿Por qué no podemos decir que todos los autómatas tienen una vida artificial?».

La metáfora mecánica que ilustró la ilusión del hombre por comprender cómo funciona el mundo, percibido como un juego de palancas, émbolos y ruedas dentadas, se transformó en un método de pensamiento, en el modelo que regía la articulación de sus premisas y silogismos. Casi simultáneamente, alcanzando así su mayoría de edad, la metáfora y el método alcanzaron el rango de dogma doctrinal: una nueva especie de creencia que intentó sustituir a la teología y a la metafísica. Una súbita convicción enquistada en la mente del hombre moderno alentó el destino de la tecnología:

¿Qué es el corazón sino un muelle? ¿Qué son los nervios sino otras tantas cuerdas? ¿Qué son las articulaciones sino otras tantas ruedas? (Hobbes).

Once años después del libro de Hobbes y cuarenta y dos años después del libro de Bacon fue publicada la tercera pieza magistral del pensamiento moderno, la que declaró sin reticencias la insurgencia del hombre maquinal, la reflexión que ha encadenado el desarrollo técnico de los tres últimos siglos. Además de su brillante Discurso del método y de sus Meditaciones metafísicas, René Descartes escribió en su Tratado del hombre un nítido relato sobre la más empecinada obsesión del hombre moderno: imitar la prepotencia del Dios creador.

Aunque cierta prevaricación filosófica ha procurado tergiversar el sentido que da Descartes a su razonamiento textual, lo cierto es que su voz y sus palabras resultan palmariamente inteligibles. De lo que habla Descartes en su libro es de fabricar un hombre artificial.

El filósofo redacta su tratado como un manual de anatomía descriptiva que permita construir la réplica mecánica del hombre. «Supongo que el cuerpo no es otra cosa que una estatua o máquina de tierra… con todas las piezas requeridas para lograr que se mueva, coma, respire e imite todas las funciones que nos son propias».

La fisiología del Tratado del hombre cartesiano, con la precisión de un cirujano forense, enumera las funciones orgánicas del hombre reconstruido: latido, nervios, respiración, lo que se digiere en el estómago de la máquina, la sangre que contienen las venas de la máquina, su vigilia, sueño, sonidos, olores, sabores, pulsos… «una máquina cuyos movimientos imiten lo más perfectamente posible los de un verdadero hombre». 

Dando rienda suelta a su poderosa inventiva y a su insólita ambición tecnológica, incongruente con la técnica del siglo XVII, Descartes menciona las potencias performativas del hombre que quiere construir: la máquina adoptará la forma del cuerpo de un niño «con una materia tierna y dilatable» y, al pasar los años y cesar su crecimiento…, «la propia máquina pasará a representar el cuerpo de un hombre de más edad».

Con los libros de Bacon, Hobbes y Descartes en la mano, conviene recordar que no estamos leyendo fábulas de ciencia ficción y que los pensadores citados fundamentaron las claves sistémicas del pensamiento moderno. Bacon decretó como imperativo del poder humano introducir en el cuerpo una naturaleza nueva. Hobbes afirmó que el Arte mecánico reproducirá las constituciones orgánicas del ser humano. Descartes redactó un manual de instrucciones para los constructores del hombre replicado. No es fácil entender la concordancia de sus intenciones y que compartieran con tal determinación la presunción del hombre artificial, pero lo cierto es que su proyecto organizó el calendario de la técnica y la consumación operada por el siglo XXI

Sin embargo, vale la pena tener en cuenta que ni una sola de las exigencias intelectuales de la razón, ninguna de las condiciones experimentales del empirismo, obligaba a erigir como modelo tutelar de la ciencia la fantasmal imagen del hombre mecánico. Resulta obvio que se puede sostener el compromiso ético y epistemológico de la duda metódica y desconfiar de lo que no sea ratificado por la sagacidad crítica; desarrollar el método escéptico de la razón analítica y seguir el curso deductivo de sus elegantes argumentos; constatar los resultados de la experiencia y ordenar con claridad los hechos comprobados, sin sentirse obligado por ello a rendir pleitesía a la figura del Leviatán metálico. Ni uno solo de los requisitos del pensamiento científico exigían la extravagante invención de un hombre artificial. ¿Cómo nació y germinó la iniciativa de plagiar y replicar el cuerpo del hombre?

(Continúa aquí)

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