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Cómo ser Cervantes: cagándola mucho

Miguel de Cervantes
Miguel de Cervantes.

Cuando el más clásico de nuestros escritores escribió en la dedicatoria de su última novela que ya palmaba, así: «con las ansias de la muerte, gran señor, esta te escribo» le faltó añadir «tras cagarla mucho toda mi vida». La fama de El Quijote no solo nos ha eclipsado una biografía delirante, también le ha añadido un respeto que nos ha impedido entender en su plenitud quién fue Cervantes. Un gafe, un macarra, un jeta, un precario, y un improvisador con atisbos de genialidad brillante que dio la espalda, una y otra vez, a la intuición. Alguien a quien le soplaron cinco o seis veces los números ganadores de la lotería, y siempre eligió otros.

Estuvo a punto de triunfar con solo veinte años. Introducido en el círculo literario de la villa por el humanista Juan López de Hoyos, la amistad forjada allí con el escritor Pedro Laynez le condujo hasta el príncipe Carlos, convirtiéndose en uno de los jóvenes que acompañaban y divertían al heredero de Felipe II. Cuando el rey quiso celebrar el nacimiento de su hija Catalina Micaela con un fiestón en las calles para los madrileños, se eligió uno de sus sonetos para uno de los arcos triunfales de madera y cartón que decoraron la ciudad. En aquel siglo la literatura era sobre todo una herramienta que te abría las puertas para ser cortesano, es decir, para tener un cargo que te permitiese vivir con holgura. Miguel estaba en el lugar adecuado en el momento propicio.

Y entonces llegó su primera gran cagada.

Una tarde, estando en el patio de palacio, donde frecuentaba al príncipe, se cabreó como un mono por algo que le dijo el italiano Antonio de Sigura. Un pintor y arquitecto italiano traído por Felipe II para trabajar en El Escorial. Se cabreó tanto que lo cosió a cuchilladas. Era un delito castigado con diez años de destierro, pero ni siquiera se presentó al juicio para defenderse. Y, para peor, durante la investigación se descubrió que ni siquiera era hidalgo. Su padre, un oportunista, había ido firmando con el don como si lo fuera, y como era de Alcalá de Henares, y su hijo formaba parte de los íntimos del príncipe, nadie se ocupó de comprobarlo. Pero ahora que no tenía manera de demostrar que era noble, sumaron a su condena la pena de los plebeyos, la amputación de la mano derecha.

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11 comentarios

  1. Abel "el bedel"

    «Los trabajos de Persiles y Segismunda» son una traducción libre de las «Etiópicas» de Heliodoro de Emesa. ¿»Una novela bizantina como la que llevaba haciéndose desde finales del Imperio romano»? Pues no. Los romanos ni siquiera la tradujeron. Tradujeron poquísimas cosas. Ni siquiera a Galeno. Fueron los renacentistas importaron bibliotecas griegas y comenzaron la tarea de traducir la tradición clásica. Hacia el siglo XVII ese estilo literario era lo que más vendía en España. Cervantes fue uno más uncido al carro de la moda. Los escritores también están sometidos al mercado.

    • Gracias por responder con un poquito de conocimiento a este articulito «a la moda»

    • Juan Depreciado

      No es cierto que el Persiles sea una traducción de las Hetiópicas. Esta novela sí fue la que promovió la moda y auge de la novela bizantina en la segunda mitad del XVI, más bien hacia la última veintena de años. Y lo fue gracias a una muy difundida traducción española, ya que ni Cervantes ni Lope sabían griego. Lope, entrado el XVII pública El peregrino en su patria, antes que Cervantes el Persiles, que salió póstuma. Carlos García Gual establece muy bien las características de lo que se llamó novela griega y bizantina. No tengo a mano la referencia, pero puedo añadirla si a alguien interesa. Las Etiópicas y el resto me novelas del género están muy bien editadas con prólogos precisos en Gredos. Y Avalle Arce tiene una excelente edición del Persiles. Donde, por cierto, hay una de las primeras historias de licantropía, que versionea la que se incluye en El Satíricón.

  2. Buenas, disculpadme pero esto es una ficción o hay bibliografía al respecto?

    • Martín Sacristán

      Realidad. En mi opinión para abordar la biografía de Cervantes de forma real (sin endiosarlo) hay que leer dos obras fundamentales. La primera, que lo endiosa, la «Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra», de Luis Astrana Marín. Son siete tomos, pero este cervantista es esencial, él encontró la partida de bautismo de Alcalá de Henares y buceó en los archivos exhaustivamente. Astrana era un poco decimonónico, a veces parece empeñado en excusar la conducta de Cervantes. Y la segunda, para pasar el filtro de Astrana Marín por una comprensión más contemporánea, más objetiva, «Cervantes. En busca del perfil perdido», de Jean Cannavagio. Cannavagio es, para mi, uno de los cervantistas con visión más lúcida sobre el Cervantes real, la del artículo. Adicionalmente tienes un libro mío que compara biográficamente a Shakespeare y a Cervantes, cuyo objetivo es poner en claro cómo condicionaron las características del país a la vida económica de los dos autores (contemporáneos el uno del otro). Se llama «Shakespeare y Cervantes, diferentes parecidos». Saludos.

  3. Por artículos como este, es que merece la pena leer jotdown.

    Ahora entiendo mucho mejor a nuestro insigne y triste hidalgo.

  4. Tuvieron que ser los extranjeros los que nos advirtieron de la importancia del Quijote. O sea, una muestra más del típico analfabetismo hispánico.

  5. Francisco Clavero Farré

    Los datos biográficos serán ciertos; el tono desenfadado y callejero imagino que querrá llamar un poco la atención. En verdad Cervantes tuvo una vida atribulada; pero en aquella época y en la España miserable e imperial no sería tan raro. Tuvo, tuvimos, mucha suerte con lo de Estambul.
    Yo creo que en España El Quijote se leyó mucho y como libro cómico. En centro y norte de Europa quizá tuviera otras lecturas. El personaje muda de bufón absurdo a melancólico caballero. Lo leí dos veces, la última hace poco. La liberación de los galeotes; en el palacio de los duques Don Quijote descubre una carrera en su media lo que lo entristece, lo ve como un símbolo de su vida; una «enamorada» que burlonamente iba a entonar una copla de amor al héroe resulta que al final está enamorada de verdad; el episodio del morisco Ricote. Ahí se ve el genio de Cervantes. Nunca me atreví con La Galatea ni con lo Trabajos; el teatro y las Novelas Ejemplares sí son magníficas. La historia de Cardenio es vieja: Heródoto en el libro i da una versión. Cervantes parece hastiado de la España de Felipe ii; aunque buen cristiano redacta con respeto y cariño el fin de otras Españas. Recordemos a Cide Hamete Benengelí, autor cierto de El Quijote. Además de italiano, que conocía bien, Cervantes debía saber el árabe coloquial, de latín no iría muy sobrado. Tomar como autor nacional a Cervantes, resignado y tolerante, fue un gran acierto. El carácter español quizá sea más cercano al retórico y arbitrario Quevedo; pero Cervantes le es muy superior en el arte y en la moral.

  6. Pingback: Interpretando a don Quijote (1) - Jot Down Cultural Magazine

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