Arte y Letras

Breve biografía de un cobarde (y tal)

Breve biografía de un cobarde
Fotografía: G. C Woolley (CC). cobarde

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1

Tuve miedo al nacer: me horrorizaba decepcionar a mis padres y no estar a la altura de sus expectativas. Quizá por eso no tardé en sufrir una meningitis que tuvo la virtud de trasladarles mi miedo y tenerlos asustados hasta que, milagrosamente según cuenta la leyenda, me curé. Su miedo compensó el mío, o puede que, gracias a un instinto prematuro, intuyera que ellos, que tanto habían sufrido a lo largo de su vida de comunistas eternamente expuestos a los azares de la revolución proletaria, la guerra civil, el exilio y el antifranquismo, estaban más preparados que yo para enfrentarse al miedo.

2

Cuando me parió, mi madre ya había tenido cuatro hijos. Estaba sobradamente preparada para combatir cualquier tipo de miedo. Siempre fue valiente y nunca presumió de serlo porque, aunque le costara admitirlo, sabía que a veces esa misma valentía se había vuelto en su contra y había degenerado en precipitación o temeridad. «No se puede tener todo», solía decir (a veces a los valientes les asalta un momento de lucidez y deben conformarse con no ser cobardes). Mi padre, en cambio, tuvo que esforzarse para que no le consideraran más valiente de lo que era en realidad. En su época de líder clandestino, le detuvieron y fue torturado por expertos profesionales del sector. Nunca quiso presumir de resistencia al dolor e insistió en subrayar que no hizo más que limitarse a seguir el protocolo de confesar su pertenencia al partido de sus amores, identificarse y negarse a dar los nombres de sus camaradas.

3

La interpretación más fácil de aquel episodio desató una campaña internacional con un poema incluido de Rafael Alberti en el que Juan Panadero le cantaba unas coplas sospechosamente parecidas a las que les había cantado a otros (luego descubrí que aquellas coplas seguían la disciplina del partido y se iban aplicando, con ciertos retoques, a distintos héroes en función de las necesidades políticas del momento). Mi padre tuvo suerte: gracias al ruido exterior y a la solidaridad internacional de sus camaradas se libró de las peores condenas y le expatriaron a México, un gesto que en aquella época (1955) era más un premio que un castigo. Como líder liberado, aprendió a convivir con su aureola y arrastró toda su vida la leyenda de ser valiente aunque intentó quitarle importancia. Es más: en sus memorias cuenta que lo que más miedo le daba es que sus torturadores tuvieran un método especial para hacerle hablar y que por eso rechazaba el agua del botijo que le ofrecían.

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3 comentarios

  1. ¿El primero para hacerle la ola al Señor Pàmies? ¿Yo?, pues cuando quieran.

  2. ¡No sabe usted hasta qué punto le comprendo, Sr. Pàmies! Tengo un conocido cuyo suegro tiene enmarcada en su despacho, la sentencia que asegura: «Pasé casi la totalidad de mi vida temiendo por cosas amenazantes que nunca llegaron a materializarse». No está mal, pero creo que le hubiera faltado añadir a la frase: «En cambio me sucedieron cosas terribles que nunca hubiera llegado a sospechar».

  3. Bravo!
    Y bravo a Funestini.

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