Hay libros que tendrían que venir en un pack: Jane Eyre y El ancho mar de los Sargazos; Robinson Crusoe y Foe; y, ahora, Las aventuras de Huckleberry Finn y James, de Percival Everett. Cuando Charlotte Brontë encerró a Bertha Mason en el ático y decidió mostrárnosla únicamente a través de las descripciones de su marido, no solo nos privó de un gran personaje, sino que además hizo que la viéramos como primitiva y peligrosa, prácticamente como un animal. Un siglo después, Jean Rhys recuperó a la «loca del ático» en El ancho mar de los Sargazos. Fue entonces cuando nos enteramos de que, antes de su matrimonio concertado con el señor Rochester y de marcharse con él a Inglaterra, Bertha se llamaba en realidad Antoinette Cosway y era una joven criolla nacida en Jamaica (por aquel entonces, colonia británica). Rhys la dotó de una personalidad y un pasado; es decir, la humanizó, completando así la historia que Brontë había contado en Jane Eyre. Por su parte, Daniel Defoe nos hizo creer que Viernes, el nativo al que Robinson Crusoe enseñó inglés (y a llamarle amo), estaba feliz y contento con su condición. En la versión de Coetzee, en cambio, a Viernes le han cortado la lengua, por lo que ni siquiera puede expresar su malestar. Esta amputación refleja mejor el dolor de los oprimidos y muestra de forma muy gráfica cómo les privaron de los medios para poder contar su propia historia. Esto justamente es lo que Percival Everett remedia en James. El reciente ganador del National Book Award pone en las manos de su protagonista papel y lápiz (un lápiz por el que otro hombre negro ha tenido que pagar un precio muy alto). Con él, escribirá su nombre, James, y al hacerlo sentirá que por fin es suyo.

Everett reescribe en James la conocida novela de Mark Twain desde el punto de vista de Jim, el esclavo que acompaña a Huckleberry Finn en sus correrías. La acción se sitúa un par de décadas más tarde que la novela de Twain. Eso permite a Everett incluir la guerra de Secesión en la narración. El propósito del escritor no es tanto enmendarle la plana a Twain como mantener un diálogo con él, y de paso con otros filósofos que escribieron sobre la esclavitud, como Voltaire o John Locke. El autor reconoce en los agradecimientos que el sentido del humor de Twain y su humanidad influyeron mucho en él antes de convertirse en escritor; aun así, había algunos aspectos de Las aventuras de Huckleberry Finn que consideraba fallidos. Para Everett, Twain estaba más interesado en replicar el éxito de ventas de Las aventuras de Tom Sawyer que en escribir una gran obra. Eso explicaría que al final de la historia Twain se centrara más en la parte de aventuras que en la relación personal que se desarrolla entre Huck y Jim. Everett quería que la relación entre el chaval blanco que escapa de las palizas de su padre y el esclavo que huye porque lo quieren vender y separar de su familia tuviera más peso que en la novela de Twain.
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Agradezco como en tantas otras oportunidades el que abra caminos literarios que de otro modo me serían completamente desconocidos.
Gracias por su ilustrada amabilidad.
Qué difícil ha de ser sugerir una obra y un autor con tanta riqueza cultural.
Enhorabuena.
Muchas gracias a vosotros por vuestros comentarios. Felices fiestas y buen 2025
Este salto de un Oscar a un Percival no me lo esperaba. entré con cierta precaución. y he disfrutado tanto como lo que antes era llamado “un enano”…