Cine y TV

Casa en llamas: los fines de semana familiares deberían estar prohibidos por ley

Momento en el que le preguntan a Montse si prefiere irse a vivir a Alcarràs

Casa en llamas es ese tipo de película que te recuerda que, por mucho que quieras, nunca te librarás de tu familia. Dirigida con una precisión digna de un cirujano –o tal vez de un inquisidor con licencia poética– por Dani de la Orden y con un guion meticulosamente elaborado por Eduard Sola, esta obra cinematográfica se adentra con elegancia en las complejidades de una familia burguesa catalana. El filme, como un psicoanalista sin piedad, desmonta las capas de hipocresía y tensión latente, exponiendo las vulnerabilidades familiares con la minuciosidad de un relojero suizo… o de un felino con cierta inclinación por la anatomía de pequeños roedores.

El telón se alza con Montse, interpretada de forma magistral por Emma Vilarasau, una mujer divorciada que, en un gesto que desafía toda lógica emocional, decide congregar a su familia en su casa de Cadaqués. ¿Qué puede salir mal en una reunión de seres queridos, cuyas relaciones responden a patrones de conducta tan frágiles y explosivos como los que acontecen en las «familiares» pruebas de El juego del calamar? Quizás la respuesta, como tantas veces ocurre, yace en el vasto campo de la negación, una de las grandes artes de la psicología familiar.

Porque claro, nada como un fin de semana en un impresionante chalet de la Costa Brava para sacar a relucir los traumas que llevamos cómodamente enterrados el resto del año. Y como buena matriarca, Montse se empeña en mantener el control de este circo con una mezcla de negación, hipocresía y ese optimismo forzado que suele preceder a los grandes desastres. La guinda del pastel llega cuando decide, con una tranquilidad pasmosa, ocultar la muerte de su madre a todos los presentes. Porque nada dice «fin de semana familiar» como esconder un cadáver en el armario (metafórica y casi literalmente). Es en ese punto donde el espectador entiende que lo idílico de Cadaqués no es más que un decorado. Aquí la única brisa que corre es la del mal rollo.

Y, como en toda buena reunión de exorcismo familiar, aparece el exmarido, interpretado por Alberto San Juan, con su nueva pareja a cuestas, psicóloga para más señas. Su mera presencia añade un nivel extra de incomodidad, como si a la cena ya tensa le sumaras una granada sin anilla en el centro de la mesa. El personaje de San Juan es ese típico boomer atrapado en el limbo: quiere renovarse, pero no puede dejar de mirar por el retrovisor, añorando (o lamentando) lo que dejó atrás. Su dilema se traduce en una serie de comportamientos erráticos y mentiras que afectan a todos, confirmando lo que ya sospechábamos: los fines de semana familiares deberían estar prohibidos por ley. Casa en llamas no solo juega con el drama, sino que nos recuerda, con una sonrisa irónica, que a veces lo único que nos diferencia de un reality show es que no tenemos cámaras grabándonos. Aunque, pensándolo bien, quizás eso sea lo peor.

Los hijos de la pareja, interpretados por Enric Auquer y María Rodríguez Soto, son los encargados de recordarnos que no importa cuántas veces jures no repetir los errores de tus padres: ahí estás, calcando sus miserias con precisión milimétrica. Auquer da vida a un artista mimado y emocionalmente disfuncional que parece creer que la vida es un interminable festival de autoafirmación. Su búsqueda constante de aprobación solo es superada por su incapacidad para asumir que ya tiene edad para separar la ropa blanca de la de color. Por su parte, Rodríguez Soto interpreta a la hija pragmática y cínica que lleva años ejerciendo de adulta responsable, pero no puede ocultar que guarda rencores familiares como quien colecciona figuritas de porcelana.

La película ha arrasado en festivales y ha acumulado más nominaciones que las excusas de un político en campaña. Entre Premios Goya y Premios Gaudí, Casa en llamas ha estado presente en todas las categorías importantes: Mejor Película, Mejor Dirección y un reconocimiento merecido para un elenco que, a juzgar por su actuación, ha asistido a más cenas familiares incómodas que bodas. El público no se ha quedado atrás, llenando las salas y catapultando a la película por encima del millón de euros en taquilla. No es Titanic, pero para ser una producción en catalán es como encontrar espacio personal durante la procesión de La Magna. Su éxito comercial la ha convertido en la película en catalán más vista desde Alcarràs y ya está disponible en Netflix. Parece que hay algo reconfortante en ver cómo otras familias están aún más rotas que la tuya.

En Casa en llamas hay algo del estoicismo existencial francés en los protagonistas, aunque sin la apatía elegante que es propia de los gabachos. Comparar el cine burgués francés con el catalán es como poner frente a frente a dos primos que se parecen lo justo para confundirse en la cena de Navidad, pero que no podrían tener vidas más distintas. Los franceses llevan años diseccionando la burguesía con la misma precisión con la que cortan el foie gras. Desde Claude Sautet hasta las propuestas más recientes, el cine galo siempre ha sido un espejo elegante de las neurosis de la clase media, regado con buen vino y música de cámara.

El cine catalán, sin embargo, prefiere servirse el drama con humor negro, escatología y un toque de absurdo. Casa en llamas es un ejemplo de esa receta, donde las hipocresías familiares se destripan con la misma mala leche que se aplica a un amigo cuando llega tarde a una cena. Aquí no hay espacio para el refinamiento: se desentierra el pasado con una pala oxidada, pero, sorprendentemente, todo sigue funcionando. Mientras el cine francés se pierde en líos de pareja e introspección individual, el catalán tiene la manía de meter a toda la familia en el mismo salón, con las puertas cerradas y el gas encendido. En Francia, las crisis existenciales son cosa de dos. En Cataluña, son un deporte colectivo.

Estéticamente, los franceses nos tienen acostumbrados a planos meticulosamente compuestos, como si cada escena fuese una pintura para colgar en el Louvre. En Cataluña, si bien se cuida la estética, lo que importa es que la historia funcione y los personajes parezcan tan reales que podrías encontrártelos en la panadería. Casa en llamas se alza como un ejemplo brillante del cine catalán actual y una de las mejores películas europeas de 2024. Un retrato tan ácido como certero de las dinámicas familiares a mil millas náuticas de las más populares y costumbristas «cuatro apellidos». Con un equilibrio preciso entre comedia y drama, la película demuestra que, si bien la burguesía catalana puede intentar disimular sus miserias, siempre habrá un Dani de la Orden dispuesto a sacarlas a la luz. Y nosotros, espectadores cómplices, aplaudimos encantados, con la esperanza de que, al menos por esta vez, no nos veamos reflejados en la pantalla.

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3 Comentarios

  1. La vi hace unos días y me encantó. Eso es buen cine. Y no hace falta millones. Solo buenos actores y actrices, un buen guión y un buen director. ¡Parece fácil así dicho! Pero fácil no es y por eso hay que felicitarles y premiarles como merecen.

  2. Esta crítica merecería aparecer en los créditos de la película.

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