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Conget dice adiós

José María Conget. Imagen Pre-Textos.
José María Conget. Imagen: Pre-Textos.

Lo llevo leyendo desde chaval. Tiene gracia cómo llegué a sus novelas, todavía en el instituto. Entonces había que traducir La guerra de las Galias de Julio César, aquellos cuadernillos que nos amargaban tantísimo y nos hacían trastear en los diccionarios y preguntarnos si una palabra estaba en dativo —complemento indirecto de la acción verbal— o qué. Alguien llegó con un libro titulado Comentarios (marginales) a ‘La guerra de las Galias‘ y pensamos que allí estaba la solución a nuestros calvarios, pero qué va, era una novela veloz, una prosa que pum-pum-pum te alborotaba el corazón siguiendo los amores y desamores, las catástrofes pequeñas y las grandes ocurrencias de un tal Zabala que se ganaba la vida dando clases en un instituto más o menos como el nuestro. De repente se nos desveló que los profesores no solo eran humanos, sino que eran pobre gente, llena de debilidades, pasiones que estaban por encima de sus posibilidades, cotidianeidad que se volvía poética o siniestra, dependiendo de con qué pie daban el primer paso del día. Y encima, la novela era parte de una trilogía que consiguió uno como conseguía las cosas entonces: pidiendo prestado. «Quadrupedumque» y «Gaudeamus» completaban la obra. Los cinco o seis majaras que pensábamos que la literatura —y por supuesto los comix y las películas— era el mundo verdadero y todo lo demás un pobre simulacro, circulamos esos libros por autobuses y parques, los llevábamos en ratos de espera o los sorbíamos en noches en las que el sueño estaba caro.

Alguno de nosotros se enteró de que el autor no solo estaba vivo (ya he contado que nos llevamos un chasco preparando un viaje a Alemania para conocer a nuestro autor favorito: Hermann Hesse, y descubrir que el hombre se había muerto antes de que naciéramos porque ni se nos ocurrió fijarnos en sus fechas ni averiguarlas, dábamos por hecho que quien tanto sabía de nosotros sin conocernos, por fuerza tenía que estar vivo en alguna parte —además de en sus novelas—), sino que en el colmo de la fortuna estaba vivo en Cádiz. O sea, a cuarenta minutos de tranvía. No llegamos a hacer la majadería de encajarnos en el instituto donde daba clase con los ejemplares muy perjudicados ya de sus novelas, blancos de Hiperión, porque para cuando descubrimos en qué instituto daba clases, el Columela, ya se había ido a vivir a Londres. Como nos parecía, cosmopolitas erróneos como éramos, que había que celebrar que un autor español escribiese algo que nos raptase, pensábamos que nada producido a menos de tres mil kilómetros podía tener que ver mucho con nosotros, y nos habíamos leído todo lo que había caído en nuestras manos de Bukowski o de Hunter Thompson, pero para que un escritor español nos hiciera olfatear su aire, tenía que haber recibido la atención de La Luna de Madrid… o vivir en el extranjero. Nos parecía, pues, de lo más coherente que el escritor español vivo que más nos había logrado interesar no estuviese a nuestro alcance y se hubiera largado. Éramos militantes de lo extranjero: la adolescencia es una hartura de equivocarse con ganas. La cantidad de basura que leímos tiene la suerte de que el olvido es piadoso y ahora no recuerdo más que los libros con los que abolíamos los días en los que no pasaba nada, que eran casi todos: los primeros de Carver, los del citado Bukowski, desde luego, las fiestas de Boris Vian, El maestro y Margarita. Que no tuviéramos que pasar examen después de leerlos ayudaba a disfrutarlos como no disfrutábamos de Trafalgar o La Fontana de Oro de Galdós, que mira que son buenas pero que nos enfermaban porque en el examen podía caer el nombre del barco en que Gabriel Arapiles, acompañando a su amo, se entera de la muerte de Nelson.

Fui siguiendo a José María Conget. Sacó una novela en Alfaguara, Todas las mujeres. No se entendía que cuando se hicieron recuentos de lo que se llamó «la nueva narrativa española» —Marías, Vila-Matas, Pisón, Gándara, Millás, Pombo (ya sé que se mezclan generaciones, pero como más o menos llaman la atención todos en los años ochenta, se les juntó con la precipitación habitual del periodismo cultural)— prescindiesen de una presencia tan poderosa como las novelas de Conget, con aquel tono tan inconfundible, aquella mezcla de sentimentalidad, autobiografía y comicidad desternillante. Otros nombres que despuntaban entonces fueron apagándose con el paso de los años: Javier García Sánchez, por ejemplo, autor de las mil páginas de El mecanógrafo, o una gran novela sobre el Tour de Francia; Sánchez Ostiz, por ejemplo, autor de Las pirañas y Tánger bar. Conget no fue ni siquiera el último de la fila: sencillamente no estaba presente en la fila. Siguió haciendo su camino, dedicado a la gestión cultural, primero en Nueva York, donde dotó al Instituto Cervantes de una de las mejores bibliotecas de literatura en español del país, más tarde en París.

La vida es una guionista de telenovelas que se las arregla para tramar coincidencias que en una novela seria haría resoplar a cualquier lector: en 1995, justo un año después de que yo sacara un libro de cuentos, recibí la primera invitación que se me hacía a que fuera a un lugar a hablar de mi libro o mis cosas. Quien me invitaba era José María Conget. Yo no tenía idea de que a los autores les pagaban un vuelo, una estancia en NY, unas dietas, por estar una hora ante el público que tuviera a bien acercarse a un acto. Que la primera persona que me llamase interesado por mis cuentos fuera uno de mis autores favoritos tenía que querer decir algo, porque hay cosas para las que la palabra azar no es suficiente, como más o menos decía Borges. Allí nos conocimos, pues, en la Nueva York a la que le dedicó un precioso librito (Cincuenta y tres y octavo). Creo recordar que como agradecimiento le regalé —porque me llevó a la Strand, o sea, el Paraíso— un libro de fotos de Raymond Carver. Nada en comparación con lo que me había regalado él (que además, como no es nada coleccionista y es muy desprendido, con los años ha llegado a regalarme libros dedicados de Paul Auster, de Ian McEwan, de otros).

A pesar de que vivimos en la misma ciudad, nos vemos poco, pero porque yo veo poco a todo el mundo. Sin embargo, no he dejado de leer uno solo de sus libros. Me parece un cuentista excepcional; entre sus novelas, en las que no hay una sola que decepcione, recuerdo, creo, al menos tres maravillas: Palabras de familia, Hasta el fin de los cuentos y La bella cubana. En los últimos años, su producción ha acelerado enlazando títulos que tienen dos cosas en común: la altísima calidad de la prosa, con una musicalidad que casi obliga a leerla en voz alta, y la casi perfecta desatención de la prensa. Conget es un nombre que debería estar año tras año en la lista de candidatos de los grandes galardones que se obsequian en nuestro país, y nada, no aparece nunca. A él eso le da igual, porque se habrán visto pocos autores a los que les resbale tanto la suerte de sus producciones, hasta el punto de que de lo único de lo que vacila encantado es de los pocos lectores que tiene. Para mí es un misterio incomprensible que se pueda mantener un nivel tan alto, una potencia narrativa tan singular, y permanecer no en los márgenes, sino en los márgenes de los márgenes. Y tan contento.

No se me puede olvidar que a sus novelas y libros de relatos hay que sumar sus deliciosos ensayos, todos ellos comunicados con su obra narrativa por la mezcla natural de erudición —habrá pocos autores menos pedantes que Conget, si es que hay alguno— y experiencia (la vida como manantial de todo, no solo de hechos sino también de obras; Conget, en sus textos sobre libros, sobre películas y sobre tebeos, enseña que las obras también son hechos, que una obra literaria o un comic o una película es algo que nos pasa, porque si no, no merecen la pena). El olor de los tebeos, Vamos a contar canciones o su libro sobre París, Pont de l’Alma, se engarzan de manera natural con sus novelas, tienen su tono, su voz, su velocidad (y paladas y paladas de información preciosa, y anécdotas de comicidad que merecerían convertirse en gags de una película).

Ahora acaba de publicar Adiós, y se presenta como la novela con la que concluye una obra. Todavía no la he leído, para qué mentir. La verdad es que me llegó hace una semana y no me atrevo a leerla. Seguramente será tan buena o mejor que sus anteriores libros, El mirlo burlón, La verdad sobre el amor, Juegos de niñas. Voy a leerla, claro. Hacer una pseudoreseña de un libro antes de leerlo, al fin y al cabo, tampoco es tan raro —muchas de las reseñas que se publican son redactadas sin haberse asomado a las entrañas de los libros reseñados—. En la contratapa de Adiós se habla de recapitulación y despedida, de la experiencia fulminante del amor, de la pasión por la cultura popular del cine y los tebeos, de las torpezas y traiciones de la adolescencia. O sea, Conget en estado puro.

Sé que empezaré a leer la novela y la prosa me arrastrará página tras página, con ese ritmo diablo que Conget sabe darle a sus narraciones, con esa habilidad suya para pintarte un personaje con tres detalles selectos, con esos golpes de humor un poco salvaje, con esa delicadeza a la hora de ingresar en las sensaciones y deseos de sus personajes. Vivir la vida es decir adiós, aseguró un poeta. El adiós de quienes abandonan un oficio que no volverán a ejercer, como, según informa la contra, el autor de esta novela, quien desea, por última vez, inventar una ficción llena de fantasmas.

El caso de Conget seguirá siendo un misterio. Sus libros, publicados por Pre-Textos casi todos ellos, están ahí, al alcance de cualquiera, no es que el hombre se autoedite los libros o los publique el Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de su pueblo. La batería de libros de relatos —Bar de anarquistas, La ciudad desplazada, La mujer que vigila los Vermeer, Confesión general, Juegos de niñas, La verdad sobre el amor— y novelas —La bella cubana, El mirlo burlón, Cenas de amigos— y recopilaciones de ensayos —Shazam, Egocentrismos— no tiene, creo, comparación con la de ningún otro autor de su generación en estos últimos quince años. Y sin embargo, sigue siendo un secreto. Un dichoso secreto, eso sí. Como el Maiakovski condenado al ostracismo que, orgulloso, ante quienes le acusaban de no tener carnet del Partido, decía que cuando le llegue la hora de ser juzgado levantará orgulloso su verdadero carnet: todos sus libros de poemas, Conget podrá decir que, contra el silencio que ha saludado una obra tan colosal como la suya, puede defenderse con libros que seguirán estando ahí, diciendo su canción a quien quiera escucharla cuando se hayan apagado tanta y tanta bobada saludada con fuegos artificiales. Spam para hoy y hambre para mañana.

Los libros de Conget son una muralla con puente levadizo: no procuran separarnos del mundo, sino ofrecernos una senda para amplificarlo, hacerlo más hondo, más emocionante, más divertido. Envidio mucho a quien no lo haya leído aún. Tiene un auténtico festín al alcance de la mano.

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3 comentarios

  1. Creía que era el único que había leído «El mecanógrafo» novela de mil páginas a la que le sobran setecientas cincuenta. cuando la termine me quedé con la sensación de que era «Los niños del Brasil», pero en -más- aburrido.
    Ya lo he dicho, que descanso. Gracias.

  2. No tan secreto. Escribí sobre Conget para el Instituto Cervantes: https://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/junio_15/12062015_01.htm

  3. Mercedes V.

    Y qué dijo Conget en Nueva York cuando le contó que era lector suyo desde adolescente?

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