
Hay un capítulo de Sexo en Nueva York en el que Charlotte confiesa, en uno de esos almuerzos despreocupados y divertidos con sus amigas, que nunca antes ha contemplado su genitalidad. Que nunca ha colocado un espejo frente a su vulva, frente a sus labios genitales ni su clítoris. Las amigas se escandalizan. Cómo no contemplar aquello que define parte de lo que somos, una de las principales entradas de placer físico en el cuerpo de las mujeres, que determina nuestra naturaleza y marca el pulso de nuestra intimidad. Lo que esconde ese desconocimiento de Charlotte, más allá de posturas conservadoras y convencionalismos sociales de la neoyorquina, es el relato que se ha impuesto sobre los cuerpos de las mujeres, una narrativa basada en la imposición de la categoría deseo. La mujer ha de ser objeto de deseo del hombre y ha de ser proveedora del deseo ajeno. Pero la mujer nunca ha de escuchar su propio deseo ni satisfacerlo. De ahí la ignorancia con la que hemos convivido durante siglos.
Llevamos décadas intentando colocar el sexo, nuestro sexo, en el lugar adecuado, moverlo de ese espacio marginal en el que el imaginario masculino lo había dejado. Un lugar altamente vinculado a una mirada violenta, de sometimiento, a un sexo deformado, incómodo y a medias. Pocas cosas más tristes que ese lavado de complejos en el que la agenda contemporánea, tan vinculada al porno, ha terminado por convertir al sexo. Lo contrario de lo que ha de ser: ese lugar de celebración de cuerpos, un diálogo feroz con el placer, con la seducción, en el que convergen misterios no nombrados. La escritora Doris Lessing, en uno de sus libros más extraños, La grieta (Lumen, 2011), ya advierte sobre la desconocida naturaleza de nuestra genitalidad a través de la orografía del territorio en el que sitúa esta historia de sexos divididos y enfrentados. Un abismo pendiente de conquista y asombro, del que surgirán mundos nuevos y distintos. Más allá del planteamiento narrativo, Lessing señala hacia el centro del problema: el sexo femenino se ha construido como complemento del placer masculino, reflejado como cuestión de poder y no como manantial de placer.
En los últimos años, el intento por contar debidamente el sexo de las mujeres, es decir, de qué hablamos cuando hablamos de nuestro sexo, a través de lenguajes más contemporáneos, está siendo notorio. Desde publicaciones tan recientes como Quiero (Temas de Hoy, 2024), de la actriz Gillian Anderson, hasta la ficción televisiva Masters of Sex, que traslada a la pantalla doméstica las vidas de William Masters y Virginia Johnson, pareja que intentó revolucionar la relación que el ser humano entabla con la práctica sexual con una ambiciosa investigación clínica cuyo análisis derivó en las, ahora ya reconocidas, fases del sexo en lo humano. Sin embargo, a Masters y a Johnson, por mucho que en la serie se intentara contrarrestar este tema, se les escapó algo fundamental: el orgasmo femenino.
Tuvimos que esperar a Shere Hite y su, aquí sí, revolucionario estudio sobre la sexualidad realizado entre 1972 y 1976, a partir de un cuestionario que ella misma redactó y que más de tres mil mujeres respondieron de manera anónima. Mujeres de distintas generaciones, de distintas inclinaciones sexuales, de diversas etnias y con distintos contextos socioeconómicos. Mujeres que respondieron a preguntas sobre cómo solían masturbarse, qué sentían cuando llegaban al orgasmo, qué tipo de placer sentían durante la penetración y durante los preliminares. Mujeres que hablaban de la menstruación y de la menopausia. Cuarenta y seis cuestiones que interpelaban nuestros modos de vida. Porque ya lo dijo Samantha Jones: «En la cama somos como en la vida». No se me ocurre mayor verdad posible. Un sexo triste, pequeño y raquítico, con falta de ambición, deriva en vidas con esta envergadura. Y Shere Hite lo supo antes y lo supo mejor, por eso lo convirtió en una cuestión política. Así nació El informe Hite, libro que «todas las mujeres querrían leer y que todos los hombres deberían leer».
La escritora Dylan Landis, en el documental Shere Hite y el orgasmo femenino, dirigido por Nicole Newnham, cuenta cómo quiso sumarse a esta iniciativa pionera. Conoció a Hite en una de las conferencias NOW, fundadas por Betty Friedan, figura clave de la segunda ola feminista, movimiento que resultó trascendental durante la presentación y posterior defensa del informe Hite, en 1976. Landis acudía al apartamento de Hite, junto con otras mujeres que comenzaron a sumarse, de manera silenciosa y voluntaria, como una esperanza imparable, para ayudarla durante el proceso de recopilación y análisis de los testimonios de las mujeres que, libre y generosamente, habían ofrecido sus historias sexuales para construir un relato coral y real sobre nuestro sexo con el fin de, ya no solo resignificar el sexo, sino cambiar la sociedad entera.
El libro fue un éxito y toda una revolución. Modificaba los espacios de intimidad y concedió autoridad a las mujeres para disfrutar del sexo, para pedir aquello que deseaban y aquello que no. Transmitía un mensaje importante a la sociedad: la sexualidad de las mujeres existe y ha venido para quedarse. Por ello, la respuesta misógina —de hombres y mujeres— y patriarcal no se hizo esperar. Televisiones y periódicos cuestionaron la utilidad de este libro, plantearon como catástrofe que los hombres se movieran de sus espacios de poder, los mismos que logran por el hecho de nacer hombres; desprestigiaron a Shere Hite y despreciaron los logros colectivos. Lejos de plantear un debate crítico sobre la sexualidad masculina, pusieron en el centro de la opinión pública la necesidad de la penetración y su lógica falocrática. Pero midieron mal las fuerzas de Hite, midieron mal su perseverancia e inteligencia, su belleza incendiaria. Millones de copias después, con decenas de traducciones, El informe Hite demuestra lo que una mujer puede lograr cuando se toma en serio. Cuando se atreve a ser una misma y deja de vivir a través de lo que los hombres escriben, piensan o escuchan.
Las mujeres nos hemos construido a través de genealogías contadas por nosotras mismas, las genealogías normativas han puesto demasiado empeño en borrarnos del mapa, por lo que, de manera audaz y bastante práctica, hemos ido reescribiendo la historia mediante genealogías subversivas, en las que encontrábamos referentes y acomodo, con una de nuestras mejores habilidades: las conversaciones entre nosotras. Hite sabía que generando una amplia y diversa comunidad de mujeres con la que hablar sobre sexo terminaría por convertirse en una cuestión política. Abordó las nuevas visiones sobre la sexualidad a través del orgasmo femenino, sobre aquello que las mujeres no se atrevían a solicitar o compartir con sus compañeros y amantes. Las fantasías eróticas, las necesidades y definiciones sexuales. Este informe no quería dividir a la sociedad, quiso convocarla a través del sexo de las mujeres, rompiendo un silencio estructural, nombrando lo que nunca antes había sido nombrado.









¿Por qué los textos de las escritoras feministas suelen estar tan mal escritos y argumentar tan mal? (El último ejemplo en este mismo sitio es el de Natalia Laube titulado: «El calor del cuerpo: diarios, ensayos y novelas que llevan la menopausia al centro del relato).
En el texto de hoy hay frases incorrectas («un cuestionario […] que más de tres mil mujeres respondieron») y otras tan oscuras como ésta: «Las mujeres nos hemos construido a través de genealogías contadas por nosotras mismas, las genealogías normativas han puesto demasiado empeño en borrarnos del mapa, por lo que, de manera audaz y bastante práctica, hemos ido reescribiendo la historia mediante genealogías subversivas, en las que encontrábamos referentes y acomodo…».
Pero a mí lo que más me ha sorprendido del artículo es este párrafo involuntariamente cómico: «[El informe Hite] Modificaba los espacios de intimidad y concedió autoridad a las mujeres para disfrutar del sexo, para pedir aquello que deseaban y aquello que no. Transmitía un mensaje importante a la sociedad: la sexualidad de las mujeres existe».
¿Qué significará la frase «modificar los espacios de intimidad»? ¿Y cree realmente la autora de ese texto que las mujeres son tan idiotas como para haber esperado los años 70 del siglo pasado para «disfrutar del sexo»? ¿Qué idea se hace de ellas para pensar que necesitaron una autorización para ello? Y sobre todo, ¿cómo es posible escribir que antes de la publicación del libro de Hite la sociedad (compuesta por más del 50 % de mujeres) ignoraba que la sexualidad feminina existía?
Yo aconsejaría a Cristina Consuegra que antes de escribir otro sobre el mismo tema se leyera una buena «Historia de la sexualidad humana» y una buena colección de «Clásicos del erotismo universal».
Y le recuerdo este soneto anónimo del Siglo de Oro:
«A la orilla del agua estando un día,
ajena de cuidado, cierta hermosa,
de mirarse su cosa deseosa
por verse sola allí sin compañía,
la camisa se alzó que lo impedía
y, pagada de ver tan rica cosa,
le dijo con voz mansa y amorosa
que de dentro del alma le salía:
«Por vos soy yo de tantos requebrada,
por vos me dan ajorcas, gargantilla,
chapines, saya y manto para el frío.
Un beso quiero daros. Y abajada
a darle, por estar tan a la orilla,
trompicó de cabeza y dio en el río.»
Pablo75 lávate la poya amigo, que incluso desde aquí te huele a queso raro.
Confundo el informe Kinsey con el informe de Shere Hite.
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