Hay festivales de cine que existen para que los periodistas especializados tengan dónde reunirse, y hay festivales de cine que existen para que el cine tenga espacio para respirar. El de Málaga lleva veintinueve ediciones instalado en la segunda categoría, algo que no es tan frecuente como debería y que merece, de vez en cuando, ser señalado sin rubor. La 29ª edición cerró el 14 de marzo con 111.000 espectadores y participantes, una cifra que cualquier institución cultural de este país enmarcaría y colgaría en el despacho del director. El cine en español, que cada temporada acumula algún obituario prematuro en las páginas de cultura, sigue teniendo en Málaga un lugar donde demostrar que todavía late.
El palmarés de este año tiene la virtud de ser, al mismo tiempo, coherente y ligeramente desconcertante, que es exactamente lo que uno espera de un jurado que funciona bien. La Biznaga de Oro a la Mejor Película Española fue para Yo no moriré de amor, ópera prima de Marta Matute sobre la convivencia con una madre enferma de alzhéimer. Es el tipo de película que en otros contextos se despacharía con el eufemismo de «intimista» para no comprometerse demasiado, pero que aquí fue recibida con el reconocimiento que merece una obra que ha tardado cinco años en llegar a existir y que lleva dentro algo verdadero. Júlia Mascort se fue con la Biznaga a Mejor Interpretación Femenina, y Tomás del Estal con la de Mejor Actor de Reparto. Tres premios para una misma película no es barrido: es argumento.
La Biznaga Iberoamericana fue para El jardín que soñamos, del mexicano Joaquín del Paso, que además ganó el premio a la Mejor Dirección. El festival lleva años consolidando su apuesta por el cine latinoamericano con una convicción que no es meramente geográfica ni lingüística, sino genuinamente cinematográfica, y este palmarés lo confirma. Cuando el jurado de documentales premia a una coproducción hispano-uruguaya y el de ZonaZine distingue a una película boliviana, a una ecuatoriana y menciona a otra argentina, uno entiende que el «cine en español» del que habla el festival no es una etiqueta de marketing sino una declaración de pertenencia a algo más amplio y más interesante que cualquier frontera administrativa.
Pero donde el festival mostró su mejor salud no fue en los galardones más previsibles sino en la tensión productiva entre lo que quiso el jurado y lo que quiso el público. Esto, que en otros contextos podría leerse como síntoma de desajuste, aquí funciona como prueba de que el festival convoca a audiencias que piensan por sí mismas. El Premio del Público recayó en Hangar rojo, del chileno Juan Pablo Sallato, mientras que el jurado de la crítica también apostó por ella con su Biznaga de Plata. Que el público y la crítica coincidan en apoyar una película que el jurado oficial dejó fuera de los premios principales no es una contradicción: es una conversación. Esa divergencia entre criterios, lejos de evidenciar ninguna fractura, dice que en Málaga hay espacio para más de una película importante por edición, que el catálogo es lo bastante rico como para que distintas sensibilidades encuentren dentro de él razones para discutir.
Iván & Hadoum, debut de Ian de la Rosa que había pasado ya por Berlín, se llevó el Premio Especial del Jurado, la Biznaga al Mejor Guión y una Mención Especial de Interpretación para Silver Chicón. Tres reconocimientos para una historia de amor queer ambientada en un invernadero almeriense que antes de llegar a Málaga ya había llamado la atención en Alemania. Que una película española con esas coordenadas —geográficas, temáticas, formales— haya tenido recorrido internacional antes de ser premiada en casa dice algo sobre los nuevos circuitos por los que viaja el cine español, y algo sobre la capacidad del festival para incorporarlos sin aspavientos.
Fuera de la Sección Oficial, ZonaZine —la sección que históricamente ha servido de termómetro de lo que viene— premió a La carn, de Joan Porcel, como mejor película española, y a Oca, de Karla Badillo, en el apartado iberoamericano. El documental tuvo su propia vida con El mapa para tocarte, de Mercedes Afonso, Biznaga al Mejor Documental, mientras que Sucia, de Bárbara Mestanza y Marc Pujolar, sobre el proceso personal y judicial tras una agresión sexual, se llevó el premio del público en esa categoría y una mención especial del jurado. Que una película así, con ese tema y esa urgencia, sea simultáneamente la favorita del público y reconocida por el jurado dice algo sobre el festival y sobre el momento en que vivimos.
El jurado estuvo presidido por Jaione Camborda e integrado por Belén Funes, Loreto Mauleón, Daniela Michel, Rosa Montero, Gastón Pauls y Santiago Roncagliolo. Un reparto que combina el cine, la literatura y la escritura cinematográfica con una paridad que no parece impuesta sino natural, lo cual siempre es mejor que lo contrario.
Veintinueve ediciones. Casi tres décadas en las que el Festival de Málaga ha sabido no convertirse en lo que muchos festivales acaban siendo: un espejo donde la industria se contempla a sí misma con satisfacción. Que el público y el jurado no siempre coincidan, que las secciones paralelas produzcan sus propios debates, que el cine latinoamericano no sea un invitado de honor sino parte estructural del programa, son señales de que algo funciona. La trigésima edición está ya anunciada para el 26 de febrero de 2027. Habrá que estar.









