Cine y TV

In the bleak midwinter: elegía a Tommy Shelby

Cillian Murphy como Tommy Shelby en 'Peaky Blinders: El hombre inmortal'. Imagen: Netflix.
Cillian Murphy como Tommy Shelby en ‘Peaky Blinders: El hombre inmortal’. Imagen: Netflix.

1. Vivir de prestado

El día en el que se anunció la muerte de Almudena Grandes (1960–2021) me encontraba haciendo una estancia de investigación en la KU Leuven. Estaba solo en el estudio en el que me alojaba cuando me llegó un mensaje al móvil. La escritora había cerrado el libro. Teniéndole aprecio a su figura, no se me ocurrió otra cosa para digerir la noticia que acercarme a la ventana y murmurar: «In the bleak midwinter».

No le cuento esto para que llame usted a los servicios psiquiátricos de guardia (aunque siéntase libre; es poco probable que se equivoque), sino para ilustrar hasta qué punto el imaginario de Peaky Blinders (2013–2022, 2026) ha calado en algunas ovejas descarriadas como el que aquí escribe. «In the Bleak Midwinter» («En pleno sombrío invierno») es el título de un poema publicado por la autora Christina Rossetti (1830–1894) en 1872. No es especialmente jacarandoso, pero los ingleses se las apañaron para sacar de él un villancico (quizá porque «A Christmas Carol» era el título original del poema, pero tampoco se fíe), y para más inri, se popularizó entre las tropas británicas durante la Primera Guerra Mundial (Simons, 2019).

Entra: Tommy Shelby.

Si está usted aquí, ya conocerá la historia: este gánster de Birmingham, protagonista de la serie que nos ha reunido, y sus compañeros de armas servían en una unidad particularmente chunga en el frente durante la Gran Guerra. En una de estas, se vieron, por circunstancias varias, oliéndole el aliento a la parca. Convencidos de que iban a morir y por iniciativa de un compañero religioso, se lanzaron a entonar «In the Bleak Midwinter» a modo de último brindis al sol. Pero la muerte no llegó, aunque quizá más les hubiera valido, porque todos se vieron aquejados a su retorno de lo que la comunidad médica dio en llamar entonces neurosis de guerra. La medicalización de esta patología «vinculaba los síntomas que aquejaban a los soldados con un proceso de «feminización», con intereses individuales que se contraponían a las necesidades de la nación y con sospechas sobre las motivaciones que sostenían los fenómenos patológicos. En última instancia (y no es necesario exagerar para encontrar estas ideas en el espíritu de la época), la histeria bélica terminaba siendo un cuadro de afeminados, egoístas y simuladores» (Sanfelippo, 2017, p. 7).

Tal vez por esto acabaron volviendo a casa salvos, pero no sanos, y haciendo gala de una hipermasculinidad que cercenó sus vínculos con el mundo y asfixió sus emociones. Todos quedaron marcados por el conflicto, como es natural, y aunque a cada cual le afectó a su manera, desde las alucinaciones persecutorias propias de un estrés postraumático como una catedral hasta las drogas y la violencia indiscriminada, hay en la serie cierto consenso en que nadie volvió realmente de allí.

Con esta noción en mente, cuando Tommy Shelby y compañía asisten a la muerte de alguno de sus camaradas o se enfrentan a la propia, recitan, por un juramento del que se nos habla, pero que nunca vimos, las palabras «in the bleak midwinter». Lo hacen como tributo, una suerte de hincada de rodilla o reverencia tanática, pero tiene una exégesis más amplia que expone el propio Tommy en el funeral de uno de los suyos: que todo tiempo posterior a aquel día en el frente, cuando entonaron el poema/villancico, era tiempo prestado. Ya habían muerto, de una forma o de otra, y lo que faltaba era la tramitación. Hasta que la guadaña cayese sobre ellos, el tiempo restante quedaba en sus manos, y no debían temer su final, porque el final ya había llegado (Knight et al., 2013–2022).

Es por esto, sabe usted, que un servidor murmura in the bleak midwinter cuando alguien a quien estima muere. La última vez que lo hice fue el 14 de marzo, cuando me enteré de que Gemma Cuervo había apagado la luz. Solo es un gesto, claro está. Ni yo soy soldado ni me amorro a la pipa de opio como el señor Shelby. Pero el arte es algo muy poderoso. En según qué frecuencias, reverbera desde la ficción en usted, vibra en la misma longitud de onda que la realidad, y durante un tiempo, nosotros estamos allí, y esos mundos que no existen son nuestro mundo. Sin embargo, los mundos también terminan, y el de Tommy Shelby ha tocado su fin. Tal vez se desintegrara a finales de la segunda década del siglo XX, cuando las balas silbaban sobre las trincheras, y lo que ha llegado ahora hasta nuestras pantallas solo sea el eco.

Pero un eco que merece una elegía.

2. El deseo de muerte

A Tommy Shelby lo conocimos roto. Podemos verlo en muchos ámbitos: en el físico, donde sus ojos parecen siempre congelados, como si miraran una tristeza más honda que la vida; en el conductual, donde bebe como un carretero y fuma como una cuba, porque el orden de las palabras no altera que no le apetece hablar más que lo imprescindible; en el verbal, donde su voz parece sajada como la luna de Buñuel; y, sobre todo, en el afectivo. Recordará usted aquel diálogo del segundo episodio de la primera temporada, ese en el que Grace, receptora de lo más parecido al amor que el señor Shelby era capaz de concitar, se dispone a cantar para él y le pregunta si prefiere algo alegre o triste. Con la ironía propia del que sabe quién es (que no es poco), él responde: «Triste». Ella acepta y, con una sonrisa a medio camino entre lo juguetón y lo genuino, le dice que «De acuerdo, pero se lo advierto: le romperá el corazón», a lo que Tommy niega con la cabeza y replica: «Ya está roto» (Knight et al., 2013–2022, traducción mía).

Tommy Shelby se libró de morir, y esa fue su maldición. Su tío Charlie le sugiere en el tercer episodio de la quinta temporada que padece la condena de los gitanos, pues una leyenda cuenta que fue este pueblo el que fabricó los clavos con los que se crucificó a Cristo, lo que cargó sobre sus hombros la maldición de vagar eternamente por el mundo, con las deudas mortuorias pisándoles los talones (Knight et al., 2013–2022). Y es que siempre hay algo o alguien pisándole los talones a Tommy, y da la impresión de que se libra más por empecinamiento que por resolución. Se expone a la muerte de manera insistente, y cuando se cierne sobre él, no muestra más que alivio. Ya en aquel texto sobre La larga marcha (1979) le adelanté que existe una estrecha relación entre el filósofo alemán Philipp Mainländer (1841–1876) y el imaginario de Peaky Blinders, ya que este autor sostiene que lo que conduce el movimiento del cosmos, y especialmente el del ser humano, es una subyacente voluntad de morir. Me arrogo la posición de decir que Tommy Shelby suscribiría que «Se trata del conocimiento, ya citado más arriba, de que no ser es mejor que ser, o el conocimiento de que la vida es el infierno, y que la dulce y calmada noche de la muerte absoluta es la aniquilación de este infierno» (Mainländer, 2020, p. 211).

Conforme pasan los años, las temporadas y las desgracias se suceden, el infierno de Tommy se agudiza y su ánimo frágil va quebrándose más allá de toda reparación. Entonces, las llamadas a la muerte resultan progresivamente más explícitas. De entre los muchos ejemplos, mencionaré el de la temporada seis, cuando, tras fracasar de forma estrepitosa en su plan maestro de gánster, se lleva la pistola a la cabeza y aprieta el gatillo. Por fortuna y desgracia, su hermano le había descargado el arma para evitar que hiciera justamente eso, de manera que la existencia le niega la paz fúnebre con un cruel «clic». Agotado, Tommy cae de cara al barro. Su segunda esposa se le acerca y le dice, entre otras cosas, que no haber comprobado su arma es signo de que ya ni siquiera es un soldado.

Aprenderá la lección, pero deme usted un momento antes de mostrarle cómo. Cuando Tommy se levanta, la mitad de su rostro está cubierta de barro. Se escenifica aquí la contraposición entre lo que quería hacer y lo que de facto hizo. Su psique se expone dividida y en conflicto consigo misma, en un remedo de lo que Carl Gustav Jung (1875–1961) conjugó en el concepto de la sombra, para agrupar los impulsos que, pese a anhelarlos, suscitan nuestro propio rechazo.

«Si uno está en situación de ver su propia sombra y soportar el saber que la tiene, solo se ha cumplido una pequeña parte de la tarea: al menos, se ha trascendido lo inconsciente personal. Pero la sombra es una parte viviente de la personalidad y quiere entonces vivir de alguna forma. No es posible rechazarla ni esquivarla inofensivamente. Este problema es extraordinariamente grave, pues no solo pone en juego al hombre todo, sino que también le recuerda al mismo tiempo su desamparo y su impotencia» (Jung, 2009, p. 37).

En ese tiempo que Tommy vive y que sublima en el intento de suicidio saboteado por su propia negligencia, camina errante entre la niebla. Tambaleándose, increpa a su madre, que lleva años muerta, y le dice: «Madre, a ti te dejaron pasar, pero a mí no me dejan» (Knight et al., 2013–2022, traducción mía). Interpreta que aún debe haber más consecuencias. ¿Consecuencias de qué? De la espiral autodestructiva de su existencia, claro.

Desde que volvió de la Primera Guerra Mundial, y muy posiblemente desde antes, Tommy ejemplifica un mal existencial que a muchos aqueja y a muchos aquejará: el de la inadaptación a la cotidianeidad, a la paz, a las conversaciones, a las rutinas, al mundo tal como es, y, sobre todo, a vivir dentro de la propia mente. No hace falta ir a ningún frente para entender este sentimiento. Es causa del que quizá sea el peor tipo de alienación que hay: la alienación de uno mismo para consigo. Consiste en que viva usted a distancia de sí, y entre medias, nada. Solo vacío. El vacío suyo, el mío, el de Tommy, el nuestro.

Lizzie, su segunda esposa a la que ya he mencionado, dice en el tercer episodio de la sexta temporada que «lo único que [Tommy] quiere hacer es pelearse con gente y culparse a sí mismo» (Knight et al., 2013–2022, traducción mía). Esto tiene una lectura literal, que se explica por sí sola, y otra más alegórica, que remite al hecho mismo de vivir. Tommy no quería volver al mundo al que volvió, y nunca fue capaz de habitarlo más que de tapado. Al hacerlo, generó una disonancia entre su tedio y la gente a la que arrastraba con sus acciones. Si hubiese muerto cuando debía, ninguna de las desgracias que le sobrevinieron después habrían ocurrido. Es culpa suya, en último término, el no haber muerto. Consciente de esto, cuando en la quinta temporada debe ejecutar a un caballo (con el respeto que les tiene él a los caballos, maldita sea), inmediatamente después de dispararle, vuelve el arma hacia sí mismo, y mientras el bello animal negro cae al suelo, cierra los ojos y saborea la antesala de la muerte.

No se mata, claro, porque está demasiado obsesionado con torturarse como para darse esa satisfacción. El filósofo rumano E. M. Cioran (1911–1995) cristalizó esta reticencia a tomar la propia vida pese a desearlo diciendo que «no merece la pena matarse: siempre se mata uno demasiado tarde» (Cioran, 2014a, p. 39). Pero esta escena tiene un reverso en la última temporada, cuando se le hace creer a Tommy que padece un tuberculoma que, más pronto que tarde, se lo va a llevar por delante. Usted dirá lo que quiera, pero la paz que desprende ese hombre en los episodios siguientes es cegadora. No porque lo celebre o no le ponga tenso la noticia, sino porque, por fin, todo acabará. Él, la guerra, las pérdidas, el vacío y el sombrío invierno. Lo dispone todo para, una vez terminados sus quehaceres de pandillero, subir a una colina y, en una carroza fúnebre, pegarse un tiro. Adorna el lugar que da gusto, entra, lanza una moneda que le da permiso para, por fin, eyectarse de este mundo, y se lleva la pistola a la sien por nonagésima vez. Ahora sí, es el momento.

Pero no es el momento, porque no habrá paz para él. O tal vez sí. Me ahorraré los detalles, pero un fantasma le hace ver que no padece ninguna enfermedad terminal, sino que se trata de una engañifa de sus enemigos porque los muy mamones, en palabras de Tommy, «decidieron que la única persona que podía matar a Tommy Shelby… era el propio Tommy Shelby» (Knight et al., 2013–2022, traducción mía). Su reacción es inmediata: le mete fuego a la carroza, donde arden fotos de sus familiares muertos, recuerdos de las vidas que vivió y perdió, retazos de la felicidad que conoció a ratos, y toda la oscuridad que nunca habría ardido en el infierno. Desde la distancia, observa sobre su caballo cómo las llamas devoran su existencia previa.

Y esta vez, el caballo es blanco.

3. El hombre inmortal

Pasaron cuatro años sin que los espectadores supiésemos de Tommy Shelby. Y entonces llegó El hombre inmortal (2026), la película que concluiría el viaje de nuestro protagonista. Lo conocimos recién vuelto de la Primera Guerra Mundial, y ahora nos reencontramos con él en 1940. La Europa de entreguerras terminó, y así ha de hacerlo nuestra historia, que abandona su deje romántico a la entrada de un mundo que nunca supo recuperarse.

Tampoco supo recuperarse Tommy, al que vemos envuelto en un impermeable vagando por un páramo. Sus movimientos son pesados, como si arrastrara los pies tanto como su historia, como si le pesasen los recuerdos más que los años. Vive aislado en una finca donde un fiel ayudante de otra época constituye su única compañía, mientras él se dedica a fumar en silencio, escribir una obra de vocación póstuma y, sobre todo, visitar a los muertos en su jardín. Allí lo vemos detenerse ante tumbas y recoger regalos de fantasmas. Tommy nunca fue un hombre espiritual, y mucho menos cristiano, pero con el paso de las temporadas se le fue haciendo evidente que su existencia maldita comportaba la presencia de fantasmas, a veces más alegóricos y a veces más explícitos. Tanto es así que, en su añoranza de los seres queridos muertos por lo que él entiende como su culpa, a un servidor le recuerda a Heathcliff, el malogrado protagonista de la novela Cumbres borrascosas (1847), de la autora inglesa Emily Brontë (1818–1848). Al comienzo de dicha historia encontramos a un atormentado señor que parece dirigir la mitad de sus gritos al espíritu de su amada muerta y dividir la otra mitad entre la escasa servidumbre de su morada y los murmullos para sí mismo:

«[Heathcliff] se subió a la cama, abrió violentamente las hojas de la ventana, y mientras las empujaba hacia fuera, estalló en un apasionado llanto sin control.

—¡Ven, ven! —sollozaba— ¡Vuelve, Cathy, vuelve otra vez! ¡Escúchame, amor mío, corazón mío, Catherine, por una vez óyeme al fin!

El fantasma dio muestras de las veleidades propias de su condición, no dignándose a comparecer. Pero la nieve y el viento irrumpieron en torbellino hasta donde yo estaba y apagaron la vela.

Se percibía tal angustia en el estallido de dolor implícito en aquel arrebato que me compadecí de su desvarío» (Brontë, 2021, pp. 49-50).

Tristemente, Tommy aún no desvaría. Llega incluso a verbalizar sobre esas apariciones tormentosas que «sería una cobardía decir que son producto de mi imaginación» (Harper, 2026, traducción mía). Su empeño en torturarse permaneciendo vivo se alinea de nuevo con la perspectiva de Cioran, que escribe: «¡Hay tantos hombres a quienes solo les separa de la muerte su anhelo por ella! En este anhelo, la muerte convierte la vida en un espejo en el cual poder admirarse» (Cioran, 2014b, p. 14), si bien Tommy no se admira. Tommy solo aguarda, como Heathcliff, a que el paso de los días lo arrolle, porque rehúsa darse la salida. Quizá por eso coincida Cioran en decir, precisamente, que «todo lo que emana de [Emily Brontë] tiene la particularidad de conmoverme» (2014a, p. 46): porque cabe intuir una afinidad en el imaginario de las almas rotas.

La cuestión, claro está, es que al jefe del casi extinto clan Shelby no iban a dejarlo en paz. En El hombre inmortal se nos narra su vuelta a la acción bajo la promesa de una adivina de que, de cumplir con la misión que le encarga, encontrará la paz. Dicha paz consiste, lo habrá adivinado usted, en una bala en la que, literalmente, está escrito su nombre. Una bala que deberá librarlo, por fin, del tormento existencial que arrastra desde que cavara túneles en la Primera Guerra Mundial. La misma adivina que orquesta su retorno a los círculos de violencia de Birmingham le dice a quien debe matarlo: «[Tommy] quiere paz. Yo se la prometí. Y, en el fondo de su alma, él sabe que lo único que se la traerá es una bala» (Harper, 2026, traducción mía).

Tommy no es ajeno al destino que le tienen reservado, pero tampoco se opone. No lo denuncia ni lo contradice. Más bien al revés: colabora activamente en que lo que la pitonisa ha dispuesto en su plan se cumpla, siempre y cuando él pueda, una vez más, hacerse responsable del problema que le han echado sobre los hombres y, en último término, morir para no contarlo nunca más. Su maldición ha sido la existencia de la que se privó a otros, pero es a los otros a los que lleva consigo. En El hombre inmortal, la coda de su historia, Tommy Shelby tiene un pie en el otro mundo hasta el punto de decir que, tras una muerte que ocurrió entre la última temporada y el inicio de la película, una puerta quedó abierta en su cabeza. Por esa puerta todo entra y todo sale. Ya no puede moverse, ya no hay lugar al que retirarse, por más que se encierre, por más que sueñe, por más que resista.

Pasada una hora y veinte de película, Tommy le solicita a la adivina que le lea la mano. Ella accede y dice: «Dos veces se te rompió el corazón», a lo que Tommy le pide que, a continuación, le lea la línea de la cabeza. «Tu pobre cabeza, Tommy… La atraviesan cortes profundos». Él se toma un segundo de silencio y dice: «Ahora léeme la de la vida». La adivina duda. No titubea, pero da la impresión de no querer mirar. Al final le señala un punto en la palma: «Ahí hay guerra. La primera no te mató, pero te separó de quien eras. ¿Lo ves? Se corta y continúa. Y así seguiste, siempre adelante, como una rueda en la carretera, que rueda por rodar» (Harper, 2026, traducción mía). Nada de esto sorprende a Tommy, y menos le sorprenderá a usted. Pero es entonces cuando nuestro protagonista le dice a la adivina que conoce sus planes de matarlo esa noche. Ella se encoge de hombros: «Querías paz. Esta noche tendrás paz». Tommy, amenazante, saca un arma. Y como tantas otras veces, no la dispara. Según dijo en la sexta temporada, en eso consiste el poder. Deja que la adivina se marche, y es muy nutrido leer esta escena con las gafas de Mainländer, porque «igual que alguien cuyo cuerpo está cansado rechaza todo y solo quiere dormir, también aquel que está cansado de la vida quiere solamente la muerte, la absoluta aniquilación de la muerte, y toma agradecido de la mano del filósofo la certeza de que no le espera ningún estado nuevo, ni placentero ni doloroso, sino la desaparición de todos los estados por sí mismos, con la aniquilación de su ser más íntimo» (Mainländer, 2020, pp. 221-222).

Es curioso: en la intimidad afectiva es donde finalmente Tommy halla la muerte. Para alcanzarla, debe arrastrarse por un túnel que, llegado cierto momento, se derrumba y lo sepulta. Los recuerdos de su época como excavador en la Primera Guerra Mundial se abalanzan sobre él. Las heridas se reabren, el pánico aparece y la puerta de su cabeza se desentiende de la realidad. Pero la atracción de la muerte es más poderosa que esa guerra que Tommy dejó atrás y de la que, como ya dijo, nunca volvió. Así pues, ataviado como cuando era demasiado joven para comprender que estaba dejando en los túneles de Francia la mejor parte de sí mismo, se arrastra una vez más y emerge al otro lado. Sucio, pero limpio. Y allí termina todo.

Pero antes de eso, conviene recordar el diálogo que un magullado Tommy sostuvo con Charlie en la segunda temporada, donde le dijo: «Soy un caballo», a lo que su interlocutor replicó que «Si fueras un caballo, con tantos huesos rotos, te dispararían» (Knight et al., 2013–2022, traducción mía). Conviene recordarlo, digo, porque en la película que nos ocupa Tommy queda malherido tras un tiroteo y cae en brazos de un personaje cuya alma ha logrado salvar. A ese personaje le acerca el revólver que contiene la bala con su propio nombre y le pide que lo remate: «Soy un caballo», dice, «lo harías por un caballo» (Harper, 2026, traducción mía).

Tommy recibe la bala.

Tommy escapa de la existencia.

Tommy goza de un respiro final.

Y Tommy dice sus últimas palabras, las únicas que cabía pronunciar:

In the bleak midwinter.


Bibliografía

Brontë, E. (2021). Cumbres borrascosas. Alba.

Cioran, E. M. (2014a). Del inconveniente de haber nacido. Taurus.

Cioran, E. M. (2014b). El ocaso del pensamiento. Tusquets.

Harper, T. (director). (2026). Peaky Blinders: The Immortal Man [Peaky Blinders: El hombre inmortal] [película]. BBC Films; Banijay UK; Tiger Aspects Productions; Garrison Drama Limited; Conduit Productions.

Jung, C. G. (2009). Arquetipos e inconsciente colectivo. Paidós.

Knight, S., Brenman, G., Byrne, A., Glazebrook, J., Gould, W., Mandabach, C., Mason, D., Murphy, C. y Tiplady, F. (productores ejecutivos). (2013–2022). Peaky Blinders [serie de televisión]. Caryn Mandabach Productions; Tiger Aspect Productions; Screen Yorkshire.

Mainländer, P. (2020). Filosofía de la redención. Alianza.

Sanfelippo, L. C. (2017). Concepciones y tratamientos de las neurosis de guerra durante la Primera Guerra Mundial. Revista Psicología e Saúde, 9(2), 5-20.

Simons, P. (21 de diciembre de 2019). In the bleak midwinter — a hit in the trenches. The Times.

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8 comentarios

  1. Cuanta belleza en la desesperanza y en el dolor. Que bien reflejados los efectos de la guera en los que la sufren. Que gran empatía del autor del artículo con el personaje y la búsqueda de su desaparición …y la paz.
    Inspirador artículo

  2. Los artículos de Narcob son una maravilla. Sin más.

  3. Soy seguidor habitual de los artículos de Narcob porque tiene una forma magistral de retratar serieds y películas. Pero en esta ocasión quiero decir que, además de eso, este artículo concreto tiene alma. Es pura poesía.

  4. No bastaba con ser autónomo; ahora tiene que acabar el viaje de Tommy Shelby. Al menos tengo el consuelo de Pedro Narcob en forma de artículo.

  5. Es curioso el cariño y la conexión que se puede llegar a sentir por personajes de ficción. A quien no le ocurra estoy segura de que no puede entenderlo, pero puede llegar a ser un sentimiento muy profundo. Me alegra mucho que hayas tenido la oportunidad de tener una despedida con la película, y una segunda con este homenaje!

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