Series

Envidiosa o por qué nos encanta la mujer quilombo (en la ficción)

El cine y la televisión han encontrado en los triángulos amorosos un filón inagotable, como si la vida de las mujeres solo pudiera reducirse a elegir entre dos hombres mientras intentan que su vida no se desmorone en el proceso. En pleno siglo XXI, seguimos en las mismas. Netflix, los algoritmos y la inteligencia artificial siguen empeñados en crear historias que nos hagan creer que la gran tragedia existencial de la mujer moderna es decidir entre el tipo estable pero aburrido y el seductor con problemas de compromiso. Este 14 de febrero llega a las salas Bridget Jones, Loca por él, la cuarta entrega de la saga que nadie pidió pero que, por alguna razón, todos terminaremos viendo, basada en la novela homónima de Helen Fielding publicada en 2013. Sin embargo, este artículo no va de la entrañable y reincidente Bridget, sino de Vicky, la mujer quilombo de Envidiosa, esa serie argentina que está haciendo estragos en la plataforma del calamar y que «caga a palos» a la nueva odisea de la sempiterna Jones, porque si algo nos ha enseñado el audiovisual es que el caos sentimental siempre tiene secuelas, a veces en el cine y casi siempre en la vida.

Envidiosa nos llega desde la cuna del psicoanálisis y de las telenovelas donde la intensidad emocional es un deporte nacional. Griselda Siciliani interpreta a Victoria Mori, una mujer que, tras una ruptura, decide rehacer su vida… eligiendo entre dos hombres —que a veces son tres —, porque no se puede ser protagonista de una serie sin un conflicto amoroso decente. Ahí están Matías y Nicolás, uno más predecible que un guion de Marvel, el otro con el magnetismo peligroso de los que te rompen el corazón y luego te escriben con excusas más absurdas que el argumento de un terraplanista. Y aquí estamos, un sábado con cuatro horas libres decidiendo si ver The brutalist con el soso de Adrien Brody como protagonista o a la segunda temporada completa de Envidiosa con la mina Siciliani dispuesta a usar el arsenal completo de armas blancas de La casa de las dagas voladoras contra todos los que le rodean. No hay color.

A Vicky la definen todos los que la conocen como una mujer quilombo, o sea un cóctel explosivo de contradicciones, una ecuación sin resolver donde el caos y el carisma se dan la mano en una danza infinita de decisiones equivocadas, tropiezos cómicos y una pasión desbordante que la hace irresistible. No es solo indecisa, sino maestra en el arte de dudar de todo, desde qué plato pedir en un restaurante hasta quién merece realmente su amor. Su vida emocional es un campo de batalla entre la estabilidad y la aventura, la seguridad y la adrenalina, como si viviera permanentemente atrapada en el multiverso de Todo a la vez en todas partes. Netflix nos la vende como un drama sobre el amor y la amistad, pero en el fondo es una clase magistral sobre cómo la indecisión puede convertirse en arte. Pero es que, además, Vicky dice más burradas que Fleabag. Cualquiera se resiste.

Las tramas de Envidiosa no solo se asemejan a las de Bridget Jones sino que recuerdan a las de una serie alemana con una protagonista cortada por el mismo patrón. ¿Se acuerdan de Gretchen Haase? Diario de una doctora (Doctor’s Diary – Männer sind die beste Medizin, porque en Alemania hasta los títulos parecen informes clínicos) se presentó como la respuesta germana a Bridget Jones, pero con quirófanos y bata blanca. Aquí, la quilomba es una médica brillante con la autoestima de un cactus en el desierto, que intenta navegar entre su carrera profesional y el clásico dilema amoroso: el médico serio y fiable o el tipo atractivo con más problemas emocionales que pacientes en urgencias. Alemania nos ha dado la filosofía, la Bauhaus y a Beethoven, pero al parecer no ha encontrado un argumento más innovador que este. Con escenas hilarantes donde Gretchen corre por los pasillos del hospital con la misma gracia con la que Bridget Jones se lanzaba a esquiar en El diario de Bridget Jones: Sobreviviré, la serie convirtió su caos sentimental en un espectáculo casi terapéutico para quienes disfrutan viendo a alguien más tomar peores decisiones que ellos. Su torpeza no solo era física —la escena en la que se cae de la carroza está en el top 10 de hilaridad de todos los tiempos—, sino emocional: pasaba de un amor al otro a la velocidad del correcaminos, y su vida personal tenía más giros argumentales que el guion de Perdidos.

Pero lo que hacía de Diario de una doctora un placer culpable era precisamente esa combinación de humor absurdo y drama romántico, donde Gretchen demostraba que ser inteligente no te salva de la indecisión ni de enamorarte del hombre equivocado (o de los dos, si es posible). Y en eso, Envidiosa y Diario de una doctora son almas gemelas: ambas series entienden que el amor, en la ficción y en la vida, rara vez es un camino recto y predecible, y que a veces lo único que nos queda es abrazar el quilombo, servirse otra copa de vino y ver cómo el desastre se desenvuelve con la esperanza de que, al menos, nos haga reír.

Desde la psicología, la mujer quilombo encaja perfectamente en la teoría de la ambivalencia emocional. Su mente está en constante debate entre el principio de realidad de Freud, que le dice que elija la opción sensata, y el principio de placer, que la arrastra hacia lo impredecible. Es el vivo retrato del efecto Zeigarnik, ese fenómeno que hace que la gente no pueda dejar de pensar en lo que quedó inconcluso. Si un amor fue un fracaso, pero nunca tuvo un cierre definitivo, su cabeza lo convertirá en una gran historia de «¿y si…?». Su cerebro es una máquina de crear expectativas que rara vez se alinean con la realidad. El asunto es que sentirse atraído por varias personas no es un fallo del carácter ni un truco barato de guionistas sin ideas. Es una consecuencia natural de la complejidad humana. A veces queremos estabilidad y otras veces el drama de lo incierto, porque el cerebro humano es así de caprichoso. Los psicólogos dicen que este tipo de dilemas reflejan la ambivalencia emocional, la lucha entre la necesidad de seguridad y la búsqueda de excitación. O, en términos más prácticos: el miedo a equivocarse y terminar arrepentido en una tarde de domingo viendo comedias románticas con helado de chocolate.

A nivel social, la mujer quilombo tiene una energía magnética que la hace el alma de cualquier reunión, aunque sea la última en decidir si va o no. Es espontánea, caótica y encantadoramente torpe, lo que la convierte en la reina del «perdón, lo hice sin querer». Con una constancia por hacer lo más inadecuado en el momento más inoportuno —la fiesta de cumpleaños de Mei— acaba siempre provocando un extra de vergüenza ajena. Entre sus skills más destacadas se encuentra la de responder tarde a los mensajes importantes o quitar el protagonismo a todos los que le rodean, se trate de sus bodas o entierros. Pero, lejos de ser un defecto, esta falta de control sobre su propio destino es parte de su atractivo: nadie sabe exactamente qué hará a continuación, ni siquiera ella.

El fuego interior que la caracteriza no es solo una cuestión de pasión romántica, sino un motor vital que la empuja a sentirlo todo de forma intensa. La vida para ella no es un conjunto de eventos, sino una película donde ella es la protagonista absoluta, con su propia banda sonora interna y diálogos internos que no dejan de complicarle la existencia. Puede estar llorando en el baño de un bar por una decisión sentimental dudosa, pero en cinco minutos estará riéndose a carcajadas con sus amigas como si nada hubiera pasado. Su resiliencia emocional es tan fuerte como su capacidad para meterse en líos. Desde la teoría del apego, la mujer quilombo suele oscilar entre el apego ansioso y el evitativo. Cuando se siente segura, teme aburrirse; cuando se siente en peligro, quiere estabilidad. Este ir y venir entre la necesidad de conexión y el miedo a perder su independencia la lleva a relaciones llenas de intensidad y sobresaltos, donde cualquier pequeño gesto puede ser interpretado como una señal cósmica o un desastre inminente.

Lo que la hace fascinante no es solo su tendencia al desastre, sino su autenticidad. En un mundo de personas calculadoras y emocionalmente blindadas, ella es un torbellino de sinceridad, una persona que siente sin filtros y vive sin mapa. Es el tipo de mujer que, pese a sus dudas y meteduras de pata, deja una huella imborrable en quienes la rodean. Y aunque tal vez nunca aprenda a elegir sin dudar entre dos caminos, siempre caminará con la certeza de que, al menos, su vida nunca será aburrida. En Envidiosa hay un punto de telenovela que se disimula con la calidad del guion y un gran casting de buenos secundarios. Fernanda, la psicóloga de Vicky lo borda y los diálogos entre ambas son una mezcla perfecta de terapia freudiana, sarcasmo porteño y la resignación de quien sabe que su paciente está condenada a repetir los mismos errores hasta el infinito. Cada sesión con Vicky es un ejercicio de paciencia en el que la psicóloga, con su mirada cansada y su tono neutro de manual, intenta sin éxito que su clienta haga introspección en lugar de monólogos dignos de un guion de Almodóvar.

Y luego está Mei, la china enamorada, que, lejos de ser un simple adorno exótico, es una especie de oráculo accidental, esa amiga que, entre frases aparentemente inocentes y anécdotas surrealistas, termina soltando la gran verdad de la temporada sin darse cuenta. Porque en toda comedia romántica bien construida, los secundarios son los verdaderos motores de la historia: aquellos que, con una frase, un gesto o un chisme mal contado, empujan a la protagonista a cometer el próximo error garrafal que nos tendrá enganchados hasta el final. En Envidiosa, estos personajes no son meros espectadores del caos de Vicky, sino cómplices necesarios de un quilombo que, sin ellos, perdería gran parte de su chispa.

No puedo acabar este artículo sin nombrar a otra de las grandes mujeres quilombo de nuestras pantallas, nuestra queridísima —y ya mencionada— Fleabag. Vicky, Gretchen y Bridget tienen en común con ella algo fundamental: todas son mujeres quilombo, expertas en la autodestrucción elegante, maestras en convertir la indecisión y el caos en un espectáculo irresistible. Pero mientras Vicky en Envidiosa, Gretchen en Diario de una doctora y Bridget Jones tropiezan con la vida con un tono de comedia romántica clásica, Fleabag juega en otra liga: la de la ironía despiadada, la ruptura de la cuarta pared y un nihilismo que se ríe de sí mismo mientras deja al espectador con un nudo en la garganta.

Está claro que a las cuatro les une es su falta total de control sobre su propia vida. Ninguna de ellas toma decisiones brillantes, más bien acumulan errores con la velocidad de quien colecciona imanes de nevera. Todas se sienten atrapadas en una narrativa donde las expectativas sociales, el amor y la autoimagen se convierten en un campo de batalla. La gran diferencia es que Fleabag es plenamente consciente de su desastre existencial y lo explota con una lucidez demoledora. Vicky, Gretchen y Bridget, en cambio, van tropezando sin un plan claro, como si esperaran que en algún momento la vida dejara de ser una comedia de enredos. Otro punto en común es su relación con el amor y la insatisfacción crónica. Todas oscilan entre el deseo de estabilidad y la atracción fatal por el desastre. Fleabag tiene su cura sexy, Vicky a Nicolás, Gretchen a Marc Meier y Bridget a Daniel Cleaver. Todos ellos comparten el mismo ADN: hombres problemáticos, carismáticos, emocionalmente inestables y diseñados para romper corazones. Mientras que Bridget y Gretchen siguen el esquema clásico del «quién se quedará con quién», Fleabag desmonta este juego y nos dice, con una media sonrisa y los ojos vidriosos, que no siempre hay un final feliz.

También hay algo de autodesprecio en todas ellas. Se ven a sí mismas como mujeres defectuosas, nunca lo suficientemente buenas, siempre un paso por detrás de lo que se espera de ellas. Pero mientras Bridget y Gretchen intentan encajar, Fleabag dinamita el sistema desde dentro, riéndose de sus propios fracasos con una mezcla de cinismo y vulnerabilidad brutal. Vicky, por su parte, flota entre ambas opciones: sufre por sus errores, pero sigue adelante con la terquedad de quien prefiere el quilombo a la monotonía. Y luego está el humor. En todas ellas es la herramienta de supervivencia definitiva. Bridget usa la autoparodia para no derrumbarse, Gretchen el histrionismo, Vicky el sarcasmo desbordado y Fleabag convierte su propia miseria en un chiste privado con el espectador. La gran diferencia es que Fleabag nos deja una sensación de vacío al final de cada carcajada, como si nos recordara que todo es un juego hasta que el dolor se cuela por las grietas. Bridget, Vicky y Gretchen siempre tienen una secuela o una nueva temporada donde el caos puede recomenzar, pero Fleabag, en su genialidad, nos niega esa comodidad.

En definitiva, a los espectadores nos fascina la mujer quilombo porque, en el fondo, es la encarnación del caos controlado, del desastre entrañable con el que todos pueden identificarse sin sufrir las consecuencias. Su vida es un espectáculo de decisiones impulsivas, amores complicados y torpezas constantes, pero con la ventaja de que siempre se recupera con un chiste ingenioso o una copa de vino. No es la heroína perfecta, sino la representación más auténtica del error humano, y ahí radica su atractivo: es cercana, real y, sobre todo, entretenida.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

5 Comentarios

  1. Ana Elena

    Reconozco que me he reído con la serie, pero Fleabag es otra cosa. Otra cosa mejor.

  2. Ana M. R.

    «ósea [un cóctel explosivo]», «si no [que recuerdan a las de una serie alemana]»… Cuidado con la ortografía, por favor.

  3. Me encantan las series de comedia que tratan como ligeros los dramas de la vida. El deseo de ser queridos y queridas es nuestra trampa cuando la autoestima está dañada y vemos a Vicky intentando entenderse y descubrir sus autoengaños.
    ¿Sr. Hipólito está en esta etapa?

  4. ¿Es Hipólito Ledesma el Roy Rockwood de Jot Down?

Responder a Rafa Cancel

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*