
En algún momento comencé a conocer el mundo del lado correcto de una barra. A los veintisiete años me di cuenta que existía la manera de poder viajar sin preocupaciones, compartiendo experiencias únicas con desconocidos que en algún punto se vuelven amigos y más tarde, familia. A través de estos años brindando experiencias espirituosas he probado y compartido no solo el amor por la bebida, sino historias detrás de cada sorbo de un Negroni en las playas selváticas o en frías nevadas, contemplando amaneceres y muchas noches estrelladas. Y este andar entre sorbos de Negroni me trajeron a mi querido Jurassic Park, un lugar como ningún otro. Hablemos de Costa Rica.
En el centro del continente, con trece de sus doce meses lluviosos, su calor algunas veces sofocante, el mar Caribe y el océano Pacífico que lo protegen, el ganado que aparece sin preguntar por las mañanas (y sí, a veces incluso vacas en los techos de las casas… ). Es un lugar peculiar. Tan peculiar que descubrí su coctelería casi por accidente. Sigo siendo de esos viajeros que no solo buscan probarlo todo, sino entenderlo. ¿Por qué sabe tan bien margarita bajo el sol del Caribe? ¿Qué hace que el mezcal sepa a humo y a hogar? Entre preguntas, decidí que mi lugar en este mundo está detrás de la barra, donde los sabores tienen su propio idioma.
Costa Rica apareció en mi vida como esas casualidades que uno no busca, pero que te terminan encontrando. A este punto no sé si este pedacito de tierra me encontró o yo a ella. Llegué a un país donde el verde no solo está en libros, sino en cada rincón. Aquí, las frutas parecen recién inventadas y las especias, sacadas de un libro de película de magia. Pronto entendí que Costa Rica no solo era un paraíso visual, sino un laboratorio perfecto para crear y descubrir nuevas experiencias líquidas.
Explorar el Arca de las Hierbas y comenzar a entender sensaciones como con el culantro coyote o visitar el Mercado Borbón y probar el limón mandarino, las manzanas de agua, la fruta de pan, el vinagre de guineo, hasta llegar a los mejores cafés de altura que he probado. Cada puesto, cada finca, cada productor, cada insumo me contaron una historia que invitaba a una pregunta. ¿Qué pasa si mezclas vinagre de guineo con chipotle y haces un Martini con esa mezcla y mezcal? ¿O qué pasará si combinamos un agua de sapo con tequila? Las posibilidades son tan infinitas como lo azul del cielo que este paraíso nos regala para pensar y crear.
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