
De las muchas obras que iremos recorriendo en esta visita a los libros que vendieron ingentes cantidades de ejemplares en otro tiempo, pocas hay tan polémicas, tan turbias y tan inquietantes como El campamento de los santos, de Jean Raspail.
Se trata de una de esas obras que uno preferiría no leer, pero que, una vez has comenzado, es difícil de dejar y aún más difícil de olvidar.
Al contrario de otros libros, que podrían reseñarse como transgresores pero no hacen más que atacar al penúltimo rey, a la penúltima moda y al penúltimo poderoso, El campamento de los santos es una espina aún clavada en nuestro talón (o quizás debería decir más clavada que nunca), que mantiene su carácter provocador, transgresor y profundamente polémico.
No se trata de las típicas exageraciones del marketing porque, como se verá, no vamos a recomendar el libro. Sin embargo, no cabe duda de que estamos hablando de un verdadero fenómeno editorial, aparecido en Francia en 1973 y que, solo aquel año, alcanzó la cifra de un millón dos cientos mil ejemplares vendidos en su país de origen. Luego, tras su traducción a otras lenguas, las ventas se multiplicaron hasta convertir a esta novela en una de las más vendidas de su década, y un fenómeno editorial a caballo de muchos y diferentes calendarios.
El título del libro hace referencia a un versículo del Apocalipsis: «Y subieron sobre la anchura de la tierra, y circundaron el campo de los santos, y la ciudad amada: y de Dios descendió fuego del cielo, y los devoró». No se trata, como puede verse, de una idea esperanzadora. Y es que la novela no es esperanzadora, ni mucho menos. Ni amable. Es una novela realmente dura.
Pero hablemos primero del autor.
Jean Raspail nació en la francesa región del Loira, donde los gloriosos castillos, en 1925, hijo de un gerente industrial y de una pequeña heredera burguesa. Sus primeros años los dedicó a unos estudios que no le interesaron demasiado y a organizar brillantes viajes culturales, en los que se suponía que, conociendo otras culturas, otras regiones y otras personas, aprendería a apreciar la diversidad de tipos humanos y sensibilidades.
Durante muchos años llevó una vida agradable y relajada, o eso parece, pues todas sus biografías mencionan que se dedicó a viajar por el mundo para descubrir poblaciones remotas, amenazadas por su confrontación con la modernidad.
Raspail organizó un viaje-aventura, en automóvil desde Tierra del Fuego hasta Alaska entre septiembre de 1951 y mayo de 1952. Más tarde, en 1954, dirigió una expedición de investigación francesa a la tierra de los incas, y, de alguna manera que no acabamos de entender, pero reproducimos de todos modos, desempeñó el cargo de cónsul general del Reino de la Araucanía y la Patagonia. Posteriormente, en 1956, Raspail pasó un año entero en Japón, intentando comprender la metamorfosis cultural que había supuesto la derrota en la II Guerra Mundial y la desintegración parcial de su cultura tras Hiroshima y Nagasaki.
De todos esos viajes obtuvo un gran conocimiento de otras idiosincrasias y el convencimiento, íntimo e irrefrenable, de que la cultura europea era en cierto modo superior, con lo que los derechos sociales emanaban de esa superioridad, igual que de la superioridad científica emanan los descubrimientos y los adelantos técnicos. En algún momento afirmó que las revoluciones europeas, o digamos occidentales, eran el precio a pagar por los derechos que nuestras poblaciones disfrutaban, y que aquellos que no tenían libertad, o sufrían opresión, era porque simplemente no habían sido capaces de inventar o aplicar la guillotina en el momento oportuno y con la intensidad adecuada. Para Raspail, cada pueblo se define por lo que tolera, y en su obra se detecta muy poca empatía hacia los mansos, los que callan y los que aguantan. Y menos aún para los que huyen de la tiranía en vez de enfrentarla con la revolución. Para Raspail, Europa es Europa porque gulillotina a sus reyes, fusila a sus zares y ahorca a sus dictadores, y parece que es lo mínimo que espera de los habitantes de los países pobres y oprimidos.
El propio Raspail contaba su vida diciendo que había nacido demasiado tarde y que se había desilusionado demasiado pronto. Para él, a los quince años, fue un trauma insuperable ver como Francia se rendía sin luchar ante la Alemania nazi en 1940. Y contemplar cómo después el país se lanzaba, en una parte sustancial, al colaboracionismo más obsceno, donde la producción industrial crecía bajo los ocupantes por encima de las cifras anteriores a la ocupación, fue un nuevo clavo en el ataúd de su misantropía.
Para colmo de males, de sus males, el final de la guerra trajo el final del colonialismo. Francia, que había sido un imperio, se convertía en una potencia derrotada revestida con el disfraz hipócrita de una victoria que ni había conseguido, ni sentían suya los franceses, ni tampoco iban a poder explotar.
Así, para Raspail, la identidad europea comenzó a colgar de un hilo, del peligroso hilo biológico de la sangre y la tierra, o la sangre y la cultura. La tierra aporta su carácter a los hombres que la habitan, y marca en ellos su impronta a través de los alimentos con que los sostiene, el clima en que los envuelve y las dificultades orográficas que les impone. Los hombres a su vez determinan el carácter de la tierra con las obras que construyen y los artificios que idean para convivir con ella. Finalmente el hombre vuelve a la tierra para alimentarla con su sangre y con sus huesos. La tierra alimenta al hombre, y el hombre a la tierra, y si este doble pacto se rompe, sufre la tierra y sufre el hombre.
Este es el punto de partida intelectual de El campamento de los santos, o así lo veo yo desde el lado simbólico, a sabiendas de que es una simplificación excesiva.
En cuanto a su trama propiamente dicha, la historia comienza cuando, en Calcuta, el gobierno belga anuncia una ley que permitiría que los niños indios fuesen adoptados por familias belgas. La iniciativa legal recibe una acogida tan entusiasta de padres indios entregando a sus hijos al consulado belga, que la ley tiene que anularse.
En ese momento, un gurú indio reúne grandes masas de personas y las exhorta a emigrar en masa a Europa, muy en especial a la Riviera francesa. Allí los franceses huyen mientras el ejército francés se prepara para enfrentarse, o no, la inmensa flota de personas pobres y desarmadas que se acerca. En realidad, los migrantes no tienen intención de desplazarse a Francia, sino de llevar la India al territorio francés, y este matiz es motivo de grandes debates a lo largo de la obra, en la que se debate hasta qué punto las personas llevan con ellas en el viaje sus costumbres y sus fantasmas. Aunque la novela se localiza en Francia, el resto de Occidente comparte su destino.
A medida que pasa el tiempo, la situación empeora, hasta un final que no desvelaremos, pero en el que constantemente se deja entrever la pregunta de qué haríamos si un grupo de gente pacífica estuviese decidida a acabar primero con nuestra forma de vida, luego con nuestra cultura, y finalmente con nosotros. ¿Nos atreveríamos a disparar a los pobres que nos quieren invadir sin armas? ¿O solo por el hecho de ser pobres y estar desarmados dejan de ser una invasión?
Ciertamente, es una obra original y bastante bien escrita, pero por otro lado también me parece un monumento al maniqueísmo, el prejuicio, y un ejemplo de la literatura distópica orientada a lo más oscuro de nuestras pasiones. Si Stephen King, por ejemplo, es capaz de explotar nuestro miedo a lo desconocido, Jean Raspail explota nuestro miedo a lo contrario, a lo conocido, a lo que sabemos que está ahí pero preferimos no mirar. Jean Raspail explota el miedo al otro, al pobre, al diferente, al que espera a la puerta de nuestra casa para colarse dentro, disputar nuestro pan, o simplemente exigir lo suyo, con razón o sin ella, con motivos o sin ellos, por la simple disyuntiva del tú o yo.
Por eso, porque hay muchos miedos diferentes y cada autor explota los que prefiere, soy de la opinión de que El campamento de los santos es una obra de terror, psicológico tal vez, o la primera y más popular de un nuevo género: el terror social. Pero en lugar de hablarnos de una catástrofe climática, o de lo que sucedería después de una guerra nuclear, en plan Mad Max, nos habla de lo que sería de nosotros, habitantes del mundo rico, tras una avalancha de pobres.
Y es que, además, el autor toma partido, sin ambages. El campamento de los santos se pregunta si la pobreza es, además de una condición económica, una condición moral. Y decide que no. Que la pobreza es una mierda, un asco, una basura, pero no mejora a las personas, ni les concede mas derechos, ni las hace preferibles a otras con mejores condiciones económicas. Los pobres son sólo pobres, y lo son todo el día, pero no son mejores que los demás. Algunos vieron en esta postura una veta fascista y otros una veta anticristiana, pero, desde luego, no se trataba de nada que pudiese resulta cómodo, conformista o amigo del sistema.
El campamento de los santos es una obra que removió conciencias en 1973 y que ha vuelto a resultar polémica en todas y cada una de sus reediciones, múltiples por otra parte, sobre todo a partir de los años 90. En los años 70 se consideraba, por diversos motivos, cercana a al ciencia ficción, porque no había manera realista y creíble de que la gente se embarcase en la India, camino de Francia. Pero cuando, muchos años después, un millón de refugiados sirios atravesaron miles de kilómetros para dirigirse a Alemania, y precisamente a Alemania, sin que ningún territorio intermedio les pareciese aceptable, entonces más de un editor oportunista publicó de nuevo El campamento de los santos, y la novela volvió a ser un éxito. Y volvió a ser tachada de reaccionaria, sí, pero ya no de ciencia ficción.
Hablamos, por tanto, de una novela casi única, que ha sido bestseller muchas veces y en momentos muy espaciados entre sí, y precisamente por su temática, unos dicen que distópica y otros que profética en su contenido simbólico.
Se ha traducido al menos a veintidós idiomas. Como decimos, su primer éxito tuvo lugar en 1973, de nuevo recogió muchos aplausos en 1994, y avanzó en las listas de libros más vendidos de nuevo en 2011 y 2016.
Acabamos con un pequeño recorrido por algunas sus distintas ediciones, para que nos hagamos idea de la amplitud de su difusión y de por qué nos hemos acercado a este libro, imposible de omitir en un periplo por los bestsellers:
Robert Laffont, París, 1973; Club français du livre, París, 1974; Charles Scribner’s Sons, Nueva York, 1975; Plaza & Janés, Barcelona, 1975; Publicaçoes Europe-America, Lisboa, 1977; Ace Books, New York, 1977; Sphere Books, Londres, 1977; Robert Laffont, Paris, 1978; Plaza y Janès , Barcelona, 1979, Le Livre de poche, París, 1981; Institute for Western Values, Alexandria Va, USA, 1982; Robert Laffont, París, 1985; Hohenrrain Verlag, Tübingen, 1987; J’ai lu, París, 1989, Oranjewerkers Promosies, Pretoria, 1990; Edizioni di Ar, Padua, 1998; Robert Laffont, París, 2002;
Klub Ksiazki Katolickiej, Poznan, 2006; Das Heerlager der Heiligen 2006; Altera, Barcelone, 2007, Ing Radomia Fiuska, Prague, 2010; Robert Laffont, París, 2011; Uitgeverij Egmont, Brussel, 2015;Uitgeverij De Blauwe Tijger, Groningen, 2016.
En los últimos nueve años, se han realizado al menos una docena de ediciones adicionales, y nos consta que en España se prepara alguna nueva traducción.
Jean Raspail publicó otras treinta y tantas obras más. En 2007 recibió la medalla de oro de las Exploraciones y viajes de Descubrimiento de la Sociedad Geográfica Francesa. Falleció en 2020 a los noventa y cuatro años.
Su obra, seguramente, aún dará mucho que hablar y no descarto en modo alguno que vuelva a ser bestseller en cualquier momento. Tal y como están las cosas, ni siquiera descarto que algún gobierno, en el futuro próximo, la convierta en lectura obligatoria.








La leí hace milenios. La clave de una destrucción global es darle carta de naturaleza a lo inmundo. Lo que te ha construido lo llevas dentro, y acaba por salir. Si vienes de unas referencias de opresión y bandidaje, las llevas contigo. Si esas referencias se sacralizan y no se pueden desautorizar, te entregas a ellas.
Me parece una apreciación muy interesante y muy acertada.
La novela, que es considerada una especie de libro de culto de la xenofobia, es en vez de eso, o además, un magnífico espejo que refleja la naturaleza humana, quizás a modo de caricatura, exagerando determinados rasgos.
Cuando un rasgo se exagera, puede provocarse un cambio cualitativo, además del cuantitativo, pero no se puede negar que la lente de aumento ayuda a observa mejor determinados fenómenos.