
Por supuesto que hoy en día tenemos la sensación de que hay etiquetas que están sobredimensionadas. Es más, diría que el concepto de etiqueta está sobredimensionado. Parece que sintiéramos la necesidad de ponerle nombre a cada pequeña molécula de comportamiento humano. La consabida necesidad humana de conocimiento.
¿Qué ocurre? Pues que, como en todo, las trincheras son enemigas de ese conocimiento. Y el tema de las etiquetas se puede abordar desde las trincheras, o desde fuera de ellas. Desde las trincheras, es absolutamente cierto: existe un sobrediagnóstico de altas capacidades, de TDAH y de mil cosas más. Existe un sistema escolar que, por las limitaciones que tiene, busca la manera más fácil, cómoda y simple de etiquetar a los alumnos. Con buena intención, ojo. Porque lo que pretenden con las etiquetas es aplicar las herramientas necesarias para atenderles lo mejor posible, y para potenciar su formación lo más que se pueda. Así que la intención, como digo, es buena. ¿Qué ocurre? Que el modo de poner esas etiquetas no es el mejor. Y esto es una responsabilidad compartida entre el sistema educativo y los padres.
Necesitamos, en ocasiones, esas etiquetas. Puedo comprender muy íntimamente por qué necesitamos ponerle nombre a lo que somos y a lo que nos pasa. Pero en unos tiempos en los que la paternidad y la maternidad se han convertido, a veces, en otra trinchera, en ese «estás conmigo o contra mí», los padres ejercen una presión y una sobreprotección tal que el sistema educativo se ha visto obligado a etiquetar a los alumnos y a las alumnas más allá de hacerlo para poder atender sus necesidades educativas. Lo hace para calmar a sus progenitores.
Cuando una intenta documentarse respecto al autismo, por ejemplo, se encuentra con que la nomenclatura parte de un modo de catalogar a alumnos y alumnas con cierta tendencia al retraimiento, de ahí el uso del griego «autos». Pero, ¿qué ocurre? Pues que, paradójicamente, la edad escolar no es la más adecuada para proporcionar a los críos una etiqueta concreta y cerrada.
Las maestras de infantil, a las que deberíamos dejar gobernar el mundo, en muchas ocasiones tranquilizan a los padres diciéndoles que independientemente de la etiqueta, ellas están aplicando con su hija o hijo las herramientas que mejor le sirvan. Ya estén destinadas a TDAH, autismo, altas capacidades o lo que sea. Según el caso. Porque el cerebro de esos peques está en desarrollo y no será posible, por ejemplo, estimar siquiera un CI más o menos consistente hasta los catorce años. De modo que sí, a esas edades es imprescindible la observación y la atención temprana, pero ojo porque las etiquetas son peligrosas y engañosas.
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Espero que Ledesma se lea este artículo y se le caiga la cara de vergüenza después de lo que escribió ayer sobre el mismo tema. A mí desde luego me dio vergüenza ajena leerlo.
No son excluyentes
Gracias por el artículo y enhorabuena
Es un gran articulo.