
Hace unos años, el diagnóstico estrella era el TDAH. Todos los niños del planeta tenían TDAH. Da igual que fuera un niño de tres años o un señor de cincuenta que se olvidaba de bajar la basura. Un profesional con bata blanca y bolígrafo de cuatro colores podía mirar ese torbellino humano y decir: «Claramente, déficit de atención. Y con hiperactividad. Todo en uno». Como un combo de McDonald’s pero con trastornos de la personalidad. Ahora, en cambio, la cosa ha cambiado. El nuevo oráculo psicológico no está en la falta, sino en el exceso: son las famosas «altas capacidades».
¿No prestas atención en clase? Altas capacidades. ¿Te aburres con la gente? Altas capacidades. ¿Lees a Cioran con 16 años y te deprimes? Altas capacidades. ¿Te da pereza contestar un WhatsApp? Altas capacidades. Lo curioso es que estas “altas capacidades” rara vez coinciden con las que exige la entrañable secta de superdotados llamada Mensa, donde hay que tener el CI en la extrema derecha de la campana de Gauss para que te dejen sentarte a jugar al ajedrez con otros iguales de insoportables. No, aquí las pruebas son más bien del tipo: dibuja una flor, resuelve una secuencia de números con pensamiento holístico y mira un vídeo de Pixar. Diagnóstico: genio.
Lo que realmente hay detrás de este auge del diagnóstico no es una epidemia de cerebros privilegiados —de hecho el CI medio está bajando—, sino una estrategia de fidelización emocional digna de un curso de Hábitos atómicos. Porque nada engancha más que te digan que eres especial. No especial de los que tienen que ir a clase de apoyo, sino especial de los que tienen que ir a clase avanzada mientras el resto mastica el bolígrafo. El diagnóstico de altas capacidades funciona como una declaración de amor de tu terapeuta: «Te entiendo, eres único, estás rodeado de mediocres. Y yo lo veo, porque yo sí soy sensible a tu genialidad latente». ¿Quién no firmaría un bono mensual con alguien así?
Y entonces empiezan las sesiones. Pero no sesiones de terapia en sentido clásico, con conflictos reales, trauma, dolor o la siempre emocionante dinámica familiar. No. Aquí se viene a que te escuchen. A decir que el mundo te frustra porque tú ya estabas en otro nivel desde pequeño. Que el colegio era una cárcel. Que los compañeros eran demasiado básicos. Que tu pareja no te comprende porque no ha leído a Tolstoi en ruso. Que tu jefe te infravalora porque no percibe tu fulgor interior. Y el psicólogo, claro, asiente como el gato de la suerte chino. Cada asentimiento es un euro.
Las pruebas que certifican esta brillantez encubierta merecen un capítulo aparte. Nada de test de inteligencia serios, de esos que te hacen sudar y sentirte más tonto cuanto más tiempo pasas con ellos. No. Aquí se critica el esencialismo intelectual y la visión reduccionista de las pruebas de patrones. Y para certificar que eres «especial» se usan herramientas mágicas como el WISC, el Raven, el test de Matrices Progresivas y otras invenciones que, interpretadas con suficiente entusiasmo, te aseguran una puntuación respetable. ¿Que has sacado un percentil 85? Felicidades, eso es el umbral del genio si le añadimos sensibilidad emocional, pensamiento divergente y pasión por el dibujo.
Porque todo cuenta. ¿Eres torpe? Inteligencia corporal mal canalizada. ¿Te cuesta hacer amigos? Inteligencia interpersonal muy avanzada. ¿Eres un borde? Inteligencia crítica. ¿Te cuesta trabajar en grupo? Pensamiento independiente. ¿Te suspenden? El sistema no está preparado para ti. El genio, al parecer, es la forma actual de justificar todos los fallos sin que suene a reproche. No es que no encajes. Es que no cabes. El negocio, como todo lo que funciona en esta era postindustrial de la autoestima, está en mantener la llama. No basta con un diagnóstico. Hay que acompañar. Reforzar. Profundizar. Actualizar la etiqueta de «altamente capacitado» como si fuera el iOS del iPhone. Así el paciente sigue viniendo, sigue hablando de su complejidad, de lo mal que lo pasa en este mundo lleno de normópatas, y de cómo solo el psicólogo —el chamán certificado— puede entender su grandeza íntima.
Y no digo que sea un timo, ojo. No. Digo que es como la homeopatía de la salud mental: placebo puro, pero sin bolitas. El paciente habla, se siente mejor, se le pone nombre a su sufrimiento existencial —que muchas veces es el de tener un trabajo de mierda, una pareja narcisista o un grupo de amigas que solo habla de estética— y se va a casa convencido de que su vacío existencial es una consecuencia de ser una mente privilegiada. Y eso calma. Y lo que calma, como decía mi tía la de los parches de calor, tampoco puede ser del todo malo. El problema, si acaso, es el peaje: comerse el discurso de la alta capacidad como si fuera una epifanía. Tener que escuchar al paciente —que antes se conformaba con decir que era «especialito»— relatarte la epopeya de su vida desde los 4 años, cuando resolvía puzles mientras los demás esnifaban pegamento. Soportar frases como «yo me leí El Quijote a los siete» o «me aburría en el patio porque mis amigos jugaban a hostiarse». Frases que son como anuncios de coche: suenan a mucho y no dicen nada.
El espectáculo se completa cuando el diagnóstico se convierte en contenido para redes sociales. De pronto, la gente comparte sus informes con la misma pasión con la que antes enseñaban su plato de ramen. «He descubierto que tengo altas capacidades. Esto lo explica todo». Y ahí están, en Twitter, en TikTok, en Instagram, contando su historia de incomprendidos, acompañados de música inspiradora y filtros cálidos. Es la autoayuda con respaldo clínico, la epifanía con certificado. Lo más interesante de este fenómeno no es su existencia, sino su éxito. Porque si hay tanta gente pagando para que le digan que es especial, tal vez el problema no esté en los diagnósticos, sino en cómo tratamos a los que no encajan. Tal vez la necesidad de que te escuchen, te valoren y te digan que no estás roto, sino adelantado a tu tiempo, sea simplemente una reacción lógica a una sociedad que premia la uniformidad. Pero claro, esto ya suena a sociología barata y el artículo era de sátira.
Así que dejémoslo en esto: que ser diagnosticado con altas capacidades se ha convertido en la versión intelectual de decirle a alguien que es un unicornio. Que sirve, funciona, y alivia. Pero que, como con los unicornios, lo complicado viene después: fingir que te crees el cuerno.









Jotdown me has leído el pensamiento. Gracias.
Mis altas capacidades gramaticales me obligan a decir que falta una preposición. Debería decir «nada engancha más que que te digan que eres especial».
Todos estos diagnósticos de TDAH, TEA, narcisismo, psicopatía, altas capacidades y demás están completamente fuera de control. Hay quienes se están forrando a costa de gente que realmente necesita ayuda.
Cómo neurotípica o como dice Hipólito normópata quizá es que nos hemos vuelto una panda de mediocres y ya cualquier signo de inteligencia nos parece una excepcionalidad.
Hostia, ni idea tienes de lo que hablas. Nada mal.
La verdad que si que tiene idea. Como alguien que vive esto de cerca profesionalmente pero desde la barrera, porque no pienso entrar al juego, refrendo casi todo lo que se menciona, al menos en la parte infantil.
Tengo una aliga que casi no llega a fin de mes pagando 120€ todos los meses para que su hija vaya a unas actividades extraescolares de altas capacidades, ya que le han dicho mediante una evaluación que hizo un grupo de psicologos privados gratuitamente en el colegio, que su hija es un genio. Y que por un modico precio, habian montado unos cursos para poder desarrollar estas capacidades.
Si el montaje no apesta, tampoco lo debe de hacer un bocadillo de arenques dejado al
Sol durante 3 dias.
Ahora la niña, que es inteligente y eso no se niega, siente una presion que le ha generado ansiedad por pensar que no da la talla en esos crsos. Como se arregla eso? Ay amigo, lo has adivinado: mas sesiones de psicológo.
Y si piensas que me ha tocado la china y es un caso aislado, te diré que conozco al menos dos más con une puesta en escena similar. Pero al menos estos no exprimen el fondo del
Bote de ketchup del sueldo para poder pagarlo…
De eso, que es un problema, a casi venir a decir que las altas capacidades no existen y que todo es un engaño, va un trecho enorme.
Creo que confundes decir que no existen con decir que lo que se nos vende como altas capacidades es un cuento barnizado de intereses.
Si bien coincido con el fondo del artículo (los sistemas diagnósticos en psiquiatría/psicología son una estafa y la psicología pop es un peligro, ojalá abramos ese melón algún día) el autor deja muy claro que no tiene ni idea de lo que está hablando. El TDAH no es un trastorno de personalidad. El CI es un indicador sin ningún tipo de valor psocométrico que dejó de utilizarse de forma seria hace décadas. Y hablando de psicometría: ¿en qué se basa el autor para decir que un test es serio o no? ¿Su validez? ¿Su fiabilidad? ¿Su validez de constructo? ¿Su validez criterio? ¿De contenido? ¿O simplemente se basa en lo «difíciles» que son? Demasiada vehemencia para tanta ignorancia.
Muy de acuerdo contigo.
Me suscribo a todo lo que ha dicho CB.
Y añado que, yo tengo todas las etiquetas del menú: autismo nivel 1, TDAH tipo combinado, altas capacidades confirmadas por más de un test (incluyendo esos que valen para algo, no los de BuzzFeed), y para rematar, estudios en psicología.
Lo que no tengo, curiosamente, es esa necesidad imperiosa de reírme de quien intenta entender su mundo interior. Será que me falta cinismo. O que se olvidaron de dármelo con la beca.
El autor del artículo que nos ocupa parece haber confundido la crítica con una especie de burla apática hacia cualquier intento de auto reflexión. Y oye, no le culpo: hay días en los que uno también siente que la vida es un PowerPoint mal hecho lleno de etiquetas. ¡Pero de ahí a decir que el diagnóstico de altas capacidades es «homeopatía sin bolitas» hay un salto argumental que ni el de fe de los cruzados!
Porque sí, hay personas que comparten su diagnóstico en redes. Y sí, a veces lo hacen con filtros cálidos y música épica de fondo. ¿Y qué? ¿Dónde está el escándalo exactamente? ¿En que alguien se alegre de entender por fin por qué siempre sintió que hablaba otro idioma? ¿En que por una vez encuentre un espejo que no lo devuelva distorsionado?
Yo no digo que no haya banalización. La hay. Como la hay en el coaching, en la nutrición, en el feminismo, en el estoicismo de TikTok y hasta en el estoicismo de verdad. Pero si uno va a comparar un proceso psicológico con un “placebo con certificado”, convendría aportar algo más que ironía. Por ejemplo, que se yo… estudios, autores, datos (?). Ya sabéis esa manía de la ciencia de no fiarse solo de la intuición y los delirios de lucidez del columnista.
Linda Silverman, por ejemplo, lleva décadas estudiando a personas con altas capacidades y ha documentado ampliamente el coste emocional de no ser comprendido. Dabrowski propuso un modelo fascinante (y criticable, como todo lo complejo) sobre cómo el sufrimiento existencial puede ser parte del desarrollo moral. Y Susan Daniels habla de las Overexcitabilities, que no son un superpoder Marvel sino una manera real y a veces dolorosa de estar en el mundo. ¿Todo eso también es homeopatía emocional?
Y lo digo sin ninguna soberbia. Lo digo como alguien que ha pasado por todas las fases: la del diagnóstico como alivio, la de creer que todo se explicaba con una etiqueta, y también la de mirar críticamente ese primer entusiasmo. Entiendo el peligro de «romantizar» la diferencia. Pero más peligroso aún me parece burlarse de ella desde la ignorancia con aires de superioridad.
Ahora bien… me da por preguntarme:
¿Por qué alguien escribiría un artículo entero ridiculizando a personas que solo quieren entenderse mejor?
¿No será, quizás, que le molesta ver a otros expresar lo que él mismo no se atreve ni a formular?
¿Es posible que esa alergia al “yo me leí el Quijote a los siete” venga de un miedo más profundo a no sentirse nadie si no es más listo que los demás?
¿O será que el discurso del “yo no necesito etiquetas” es en realidad una etiqueta más, solo que disfrazada de lucidez cínica?
No lo sé. Como ves, yo me permito dudar. Incluso de mí misma. Y tal vez por eso no necesito fingir que tengo todas las respuestas. Me basta con hacer mejores preguntas. Porque a diferencia del unicornio, la empatía no es tan difícil de encontrar. Solo hay que dejar de patearla cada vez que asoma el cuerno.
Jajajajajaja. Muchísimo texto que viene a ser un contraartículo, con lo mismo que se critica del artículo, pero en el sentido contrario.
Pues me sorprende que coincidas tanto con el fondo del artículo y digas eso sobre los diagnósticos y la psicología pop si luego te ofendes tanto por el artículo. Sobre lo del CI, precisamente está criticando también a los de Mensa. Y no es cierto que no sea un indicador de valor y que no se emplee de manera seria. Me parece que tú también pecas de ignorancia. ¿No conoces el WAIS? Tiene bastante más valor predictivo y es un constructo más sólido que las Altas Capacidades, donde a cualquiera con un par de rasgos un poco fuera de lo más absolutamente normativo (que siguen estando en la norma) se les adjudica y sólo sirve para crearse una identidad y alimentar su ego.
Yo tengo un amigo con altas capacidades de verdad, de Mensa, y me decía que, la mayoría de los miembros de Mensa, sacaban muy buenas notas en el colegio (qué sorpresa, no?). Se ha difundido el mito de que los niños superdotados sacan malas notas porque se aburren en el colegio y, sí, al parecer es algo que en alguna extraña ocasión puede pasar, pero la gran mayoría de las veces no pasa.
Pero con esto, se ha extendido aquello de que: «mi niño no saca malas notas porque sea torpe, sino porque es superdotado y en el colegio no lo saben estimular lo suficiente». Claro, claro… Se supone que superdotado es el 2% de la población, y aproximadamente de cada 10 padres, 12 dicen tener hijos superdotados.
En el fondo, seguramente estaremos de acuerdo. Hay cancamusa, personas caraduras y falta de aconpañamiento.
Pero en el texto deslizas muchos errores de concepto que me hacen pensar que no dominas lo que estás hablando como esa parte del TDAH.
Me ha encantado, gracias!
Hiper fragmentación del mercado: oportunidad capitalista para unos, fragmentación de la sociedad para otros.
Es como el café: antes había café con leche o sin leche, y ahora existe el café latte con leche de soja y pumpkin spice…
O cuando la inteligencia y la jilipollez ya solo lo separa una fina línea…
El texto me remite al libro ya clásica de los Bassaglia: la mayoría desviada. habla de la importancia de someterse a la norma. No olvidemos que el primer factor que explica el Fracaso Escolar es la existencia de la escuela
Cómo decir que estás frustrado porque no te han etiquetado con altas capacidades sin decir que estás frustrado y que tampoco entiendes o quieres hacer el mínimo esfuerzo de entender cómo funciona la neurodivergencia.
Por Hipólito Ledesma.
En realidad creo que el autor ha tenido problemas con varias personas que aparentaban ser muy inteligentes y en realidad era una pantalla y bastante pesados, que de esos últimos también los hay dentro de los muy inteligentes, pero no son mayoría.
Para gestionar esos conflictos existen profesionales, pero bueno, a JotDown hay que ponerle un poco de polémica para generar más tráfico.
Tienes razón, lo más triste de todo no es el tono burlón del autor, ni siquiera la falta de rigor argumental (que al fin y al cabo, abunda en estos tiempos de opiniones virales y verborrea), sino el hecho de que una revista que presume de ser espacio para la cultura, la sensibilidad y demás, haya decidido rebajarse al viejo truco del clickbait disfrazado de sátira.
Convertir el malestar ajeno en entretenimiento ligero para sumar interacciones es el equivalente periodístico a ponerle ketchup a un plato de alta cocina: barato, fácil, y una pena para quienes todavía creen que la cultura merece algo más que sarcasmo desganado y titulares diseñados para la provocación vacía…
Aquí uno de Mensa, con diagnóstico formal de AACC. El autor no tiene ni idea de lo que habla. Quizás antes de hacer generalizaciones que solo siembran odio, igualando a los niños que sí tienen problemas cognitivos con aquellos cuyo único problema son sus padres, podría haber hablado con alguien de Mensa, ACACIA, AESAC o AEST para, al menos, soltar la bilis de forma informada. Que con artículos como este a lo único que contribuye es que a los niños (y adultos) con problemas reales se les desprecie.
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El artículo está categorizado en «humor», qué curioso. Me planteo entonces si será todo una bromilla y el tío no piensa nada de lo que ha dicho. Pero me da que no, no suele funcionar así. Y aunque fuese así, creo que no está de más hacer algunos apuntes. Más allá de esa categoría, el autor sienta cátedra con sus opiniones infundadas y, de paso, ridiculiza, por no decir algo peor, a muchas personas, profesionales, corrientes de investigación y todo lo que se le pone por delante.
Sinceramente, Hipólito, no tienes ni idea de lo que dices. Mezclas churras con merinas. Pruebas infantiles con adultas. Mensa con no Mensa. Altas capacidades y superdotación. Es que no se sabe ni de quién está hablando. Pero si habla de evaluaciones neuropsicológicas con profesionales colegiados, que es lo que parece, y no de pruebas online (como las matrices de Raven), un psicólogo siempre te va a aplicar como principal uno o varios test avalados, de los que dice «que te hacen sudar» (según su criterio, claro). No te van a decir que tienes altas capacidades por un test de «dibujar» y por sensibilidad. El WISC que menciona de pasada es la escala Weschler para niños de 6 a 16 años Es el estándar internacional, no es nada nuevo ni de moda. Y sobre Mensa, dice que la mayoría de los que están evaluados como altas capacidades no pueden entrar en Mensa. Mensa te pide un percentil 98 o superior, que es la marca de superdotación o altas capacidades. Qué pasa, que hay dos corrientes dentro de la nomenclatura de altas capacidades: quienes lo equiparan con superdotación, decantándose por el primero por matices educativos principalmente, y quienes distinguen entre altas capacidades (CI 120-129 escala Weschler) y superdotación (CI 130 o más). Luego están los talentos simples (percentil +95 en un área concreta), complejos, etc., (que no son necesariamente ni altas capacidades ni superdotación), pero para qué va este hombre a explicar esto, o ni siquiera a enterarse, hablemos a brocha gorda de todo para que sea un desvarío que provoque forzosamente darle la razón.
Se calcula que el 90% de los superdotados en España no están identificados, fruto de un sistema educativo deficiente, tanto en la identificación como en el seguimiento posterior, sobre todo si hablamos de años atrás. Ahora hay mucha más investigación, especialización y divulgación sobre el tema, lo que está produciendo, lógicamente, más identificaciones. Se identifica más entre la población infantil y también muchos en la edad adulta a raíz de la identificación de sus hijos. Es natural que en un momento de mayor divulgación e identificación familiar salgan muchos más casos. Y sobre todo en mujeres, que, oh, sorpresa, estamos más infradiagnosticadas que los hombres. Pero eso no significa que sean diagnósticos falsos. Tratarlo así me parece reduccionista y malintencionado. Es como si alguien sospechase de una enfermedad que se está diagnosticando más gracias a nuevos avances médicos, o que se desconfíe de un mayor número de mujeres que denuncian malos tratos gracias a un sistema que las protege mejor.
La opinión de este autor es propia del posicionamiento rápido de opinión ante un tema nuevo, ser «killer», extrañarte con cinismo y no ir más allá. Eso siempre pasa. Pero que un medio de comunicación «sesudo» como se le presupone a JotDown publique esto es un poco ofensivo y dañino.
La denuncia que hace sobre que los psicólogos quieran venderte sesiones después de la evaluación no me parece nada llamativo. ¿Es diferente en otras áreas de la psicología? ¿Coaching? ¿Personal trainers en gimnasios? Es el mundo en el que vivimos. Pero de nuevo, utiliza también este aspecto para invalidar todo el proceso diagnóstico. Y de paso, deja a la altura del betún a quienes están recién diagnosticados. Si ya es un tema delicado para el que está pasando por ello, porque aunque no parezca «problemático» no se sabe ni cómo tratar el tema, ni cómo encajarlo, si decirlo o sentir vergüenza, ahora viene esta moda (porque esto sí que es moda) de reírte de ello.
Gracias Fátima por aportar sensatez
Estimada Fátima
Todo tu comentario está invalidado desde que eres conocedora de que el artículo está categorizado como Humor.
Dime de qué colectivo podemos hacer bromas: ¿neocatecumenales?¿de la gente que hace CrossFit?¿de los eyaculadores precoces?¿De las poligoneras?¿De los jueces del CGPJ? Es una pregunta retórica.
Humor es humor y si a ti no te hace gracia, échale un ojo a la explicación que da la Gestalt del asunto (qué me molesta del artículo que no acepto en mí misma) y si nos lo cuentas aquí, el siguiente artículo de Humor se lo dedico a los gestálticos.
Hola, Hipólito:
Gracias por contestar. Me encanta el humor, no sabes cuánto. Y me gusta el humor que incomoda y el humor negro y el que se considera «incorrecto» en esta época de sensibilidades sociales e individuales por taantas cosas . Pero eso no quita para que, en este caso y en este momento concreto sobre el tema de altas capacidades, tu artículo ha sonado bastante irrespetuoso y confuso, por lo menos para mí. Si, como apuntas ahora de forma clara, es todo humor (que no sé si eso significa que no lo pienses) permíteme que retire entonces las apelaciones directas que te hago a ti. No obstante, las apreciaciones y aclaraciones que comento me parecen necesarias igualmente. Un saludo
La promoción y monerización del odio hacia cualquier grupo de seres humanos es triste y reprobable siempre.