«Qué jodido debe ser enamorarse de una puta. Aunque seguro que no tanto como enamorarse cuando se es puta. Es tan jodido que difícilmente ocurre», pensaba mientras conducía de vuelta a casa, con los limpiaparabrisas a tope: llovía tanto que casi no se veía la carretera. Me gustan los días lluviosos. Y, es curioso, pero trabajo más los días de lluvia. Quizá necesitamos más compañía cuando los días se vuelven grises. Quizá alguien piensa que una puta se puede enamorar de él en, calculemos, dos o tres citas, y si una de ellas cae en día lluvioso, mejor. Pero ella está lejos de enamorarse; ella está en otro lugar, escuchando la lluvia que cae, que la inspira a redactar un texto que tiene más que ver con sus propios fantasmas del pasado que con él, recordando que una puta nunca debería enamorarse o, mejor aún, que ella no está hecha para enamorarse, sea puta o no.
En Historia de mis ocho pecados, Lea Ferrer irrumpe con la potencia de un libro que no pide permiso para entrar, sino que abre la puerta de una patada con las botas altas de una mujer que ha mirado de frente a la vergüenza, al deseo, a la culpa y al dinero. Su prosa, directa pero matizada, explora los resquicios del alma femenina sin tapujos ni eufemismos. Aquí no hay paternalismo, ni falsa redención. Esto no es un libro de autoayuda ni de autocompasión. Es, como diría un entrenador de boxeo al borde del ring, una confesión que se lanza con el estómago tenso y los ojos bien abiertos. Ferrer, prostituta de formación autodidacta, se entrega sin florituras narrativas a contar su historia. Lo hace desde una lucidez dolorosa, casi quirúrgica, pero sin perder la ternura ni el humor. En cierto sentido, es un libro sobre cómo el cuerpo se convierte en mercancía, pero también en refugio. Ferrer no se limita a relatar anécdotas sórdidas, aunque las hay; su mirada es política, literaria, clínica y, sobre todo, ferozmente humana. La crudeza de las escenas no es gratuita: ella no vende carne, vende narrativa, y la materia prima es su cuerpo, su infancia, sus clientes, sus compañeras, su miedo, su sexo y su lengua.
Dividido en capítulos que adoptan los nombres griegos de los pecados capitales, el libro recuerda vagamente a una Summa Theologica pasada por el filtro de una cuenta de OnlyFans, con ecos de literatura confesional, diarios íntimos, crónica negra y hasta comedia grotesca. El primer capítulo, “Philarguria”, es una patada en la boca. La descripción de su primer día en la casa de citas es demoledora. Hay momentos que podrían formar parte de un informe de la UCO, y sin embargo están narrados con una distancia irónica que impide el patetismo. La escena en la que una Madame despierta a las chicas golpeando los barrotes de la litera con una sortija queda marcada en la memoria como una campana de misa invertida: aquí no se viene a rezar, se viene a chupar.

Por momentos, el libro tiene el tono confesional de El amante de Marguerite Duras, pero con la mala leche de Virginie Despentes. Hay también un eco de las memorias de Cat Marnell, aunque sin la estética de lujo neoyorquino. Lo de Ferrer es más cutre, más español, más de portal con felpudo roído y de hotel con falso parqué y paredes de gotelé. Y ahí, precisamente, es donde brilla: en la descripción minuciosa de lo que no suele contarse. No hay glamour en este trabajo. Hay condones caducados, caries mal disimuladas, clientes que se duermen antes de bajarse los pantalones y compis de piso que dan consejos entre empanada y reguetón. Especial mención merece el episodio del “Putiferio”, nombre que podría haber salido del imaginario de Abel Azcona, donde las trabajadoras de la casa se convierten en una especie de internado punk. Entre partidas de cartas, cenas a deshora y confesiones sobre hijos y estudios a distancia, surge una sororidad cruda, sin edulcorantes, basada en el respeto mutuo y en el silencio compartido tras una noche de seis hombres y ningún orgasmo. Ferrer no romantiza esa camaradería, pero la muestra como un salvavidas emocional, una forma de no enloquecer del todo.
Uno de los grandes aciertos del libro es el estilo. No hay pretensión de alta literatura, pero tampoco pobreza expresiva. Su lenguaje es funcional, por momentos lírico, a veces clínico, otras veces obsceno. Lo que no hay es censura. Si tiene que contar cómo le piden que chupe con disimulo mientras el cliente habla con su esposa al teléfono, lo cuenta. Si tiene que narrar cómo se masturba pensando en su profesor, lo hace. Si tiene que describir un masaje a cuatro manos que termina en una penetración sin previa negociación, lo detalla sin rodeos. Y he aquí el vértigo: el consentimiento, en estas páginas, no es una línea trazada con bolígrafo azul, sino una niebla densa que se cuela entre las piernas y la razón. ¿Hasta dónde es deseo y desde cuándo es tarifa? ¿Qué distingue al amante torpe del cliente exacto? Nada, quizás. O tal vez todo. El matiz es un susurro entre jadeos, un contrato sin firma, un abismo en forma de cama.
Historia de mis ocho pecados es un libro incómodo. Te obliga a mirar de frente lo que normalmente se barre bajo la alfombra: la sexualidad femenina como trabajo, como refugio, como castigo, como búsqueda, como síntoma. Lea Ferrer ha escrito el libro que muchas personas nunca querrían leer pero que deberían. No por morbo, sino por dignidad. Porque entender el mundo es también entender por qué una niña que quería ser astronauta acaba diciendo: «Nunca quise ser puta. Pero, ahora que lo soy, me gusta». Y no hay nada que añadir.









Torpedo a la línea de flotación feminsita-abolicionista.
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Llevo un par de capitulos. Es muy entretenido, esclarecedor, esta bien escrito y bien medido. Pero no porque la autora seaMarcel Proust, como hace creer el articulo, si no porque parece tener una grandisima
Intuicion, que es algo que las prostitutas avispadas tienen a raudales: aprenden a leer lo que busca y lo que necesita la gente (lease, los clientes) para satisfacerlos. A ser posible antes de que se bajen los pantalones y que asi no sientan la necesidad de bajárselos.
No tiene infumas de nada, pero leyendo este articulo pareceria que es una obra calculada al milimetro con una cantidad de referencias literarias dignas de El Pendulo de Faucolt.
Por favor, vamos a tratar las cosas como lo que son y no a traves de la paja mental que nos acabemos de cascar leyendolo.
Muy buen libro.