
Menos divulgado aún que el relato sobre El equipo A de J. L. B. es el ensayo que dedicó James Frazer (1854-1941), el de La rama dorada, a Los ángeles de Charlie, esa serie que se pasó por la tele entre 1976 y 1981 en la que tres mujeres resolvían crímenes por encargo de un hombre al que nunca veían y cuya voz les llegaba, metálica y sexi, por el altavoz de un teléfono. Un tal Bosley, presente en carne y hueso, administraba la agencia y traducía a las mortales la voluntad del incognoscible. La fórmula se repetía semanalmente: llegaba una orden divina, las tres partían hacia su misión y el culpable acababa puesto a disposición de la ley sin que la elegancia de ninguna de ellas sufriera menoscabo. Su afabilidad, simpatía y delicadeza eran proverbiales y llenaron las portadas de las revistas del corazón, sirviendo de modelo de saber estar a toda una generación.
La lectura evidente, la que el maestro escocés reservaba para el espectador menos distraído, las identificaba con las tres Gracias. Serían las Cárites que nombra Hesíodo: Aglaya, Eufrósine y Talía; esplendor, alegría y abundancia. Las mujeres que formaban el cortejo de Afrodita y encarnaban cuanto hay en el mundo de gracia sin esfuerzo. Ni que decir tiene que Kate Jackson era el esplendor, Jaclyn Smith la alegría y Farrah Fawcett la abundancia. Que la serie explotara con sus planos y encuadres la belleza de sus protagonistas hasta dejar sin defensa posible a cualquiera que osara negar esa intención no se debe entender como un rasgo machista. Para nada. Las tres mujeres representaban, hasta para el ojo perezoso y poco leído, la danza antigua de las tres mujeres que se toman de la mano y giran, aquello por lo que merece la pena vivir en esa búsqueda de la belleza a la que nos invitaba Ramón Trecet en Diálogos 3.
Charlie no se muestra nunca. Es una voz que llega desde un aparato, una teofanía reducida a un altavoz, la zarza ardiente convertida en centralita. Es el Dios escondido, el Deus absconditus de Isaías, que gobierna sin dejarse ver porque, de hecho, es incognoscible. Frazer dice (y aquí está su clave interpretativa) que Bosley es el sacerdote que atiende el santuario y vierte en lengua humana lo que ha dispuesto esa divinidad. Las tres chicas, por su parte, son mensajeras, que es lo que quiere decir la palabra «ángel». Son los agentes encargados de ejecutar una justicia que ellas no han redactado, obedientes a una voluntad que les llega por teléfono y que no discuten.
La versión de 2000, la película con Lucy Liu, Cameron Diaz y Drew Barrymore, se atuvo a esta interpretación canónica. Aún no habían llegado los tiempos confusos del siglo XXI. Esas tres actrices son también, obviamente, el epítome del esplendor, la alegría y la abundancia, en ese orden. Pero Frazer advertía, y aquí viene lo interesante, que su gracia era una máscara, y aquí es donde empezaba su interpretación más discutida, la que ha hecho correr ríos de tinta en revistas académicas editadas por esas cofradías de seres ociosos que viven recluidos en campus de verdes céspedes y tejados puntiagudos.
Visto en detalle, decía Frazer; visto sin dejarse deslumbrar por lo aparente, aquellas muchachitas que fueron a la academia de policía no adornaban el mundo, sino que perseguían al mal. No descansaban hasta que caía el culpable, y esa función axial en la serie, no su hermosura, definía mejor su naturaleza. Pero la bomba académica fue la primera conclusión que sacó el de Glasgow de esa observación; observación que, en el fondo, era tan simple que es lo primero que se le ocurre a un estudiante de primero de estudios culturales una vez pulsado el lore del gremio. Solo con esos mimbres no hubiera podido hacer ningún cesto. El corolario que sacó el antropólogo fue que las tres funcionarias en excedencia eran también las Erinias, las Furias que acosan a quien ha obrado mal y que lo persiguen hasta el fin del mundo. Se trataba de Alecto, Megera y Tisífone bajo la apariencia de tres señoras estupendas. Pero eso no fue todo. En una pirueta heurística que justifica el calificativo de «maestro», coronó la idea sumando otras tres mujeres bien avenidas, las Moiras: Cloto, la que hila; Láquesis, la que mide, y Átropos, la que corta. Las Parcas hilanderas de un Velázquez.
Frazer señalaba —a través de una ouija, puesto que murió treinta y cinco años antes de que echaran la serie en la tele— una coincidencia clave, la que, según él, lo justificaba todo: los griegos temían decir el nombre de las Furias porque nombrarlas era convocarlas. Las llamaban Euménides, las Benévolas; empleaban así un adjetivo. Había un tabú a la hora de llamar a las cosas por su nombre, en esa invocación por la palabra, y por ello se inventaron una manera de blanquear a los dos grupos de hermanas, a las Furias y a las Moiras. El uso de epítetos era muy socorrido en los clásicos, y la televisión, por idéntico pudor, por ese vínculo cultural inquebrantable de Hollywood con la tradición occidental o por una similar astucia para evitar lo sustantivo, llamó «ángeles» a lo que en realidad eran cazadoras en misión contra el mal.
Esta interpretación de Los ángeles de Charlie fue muy contestada por los estudiosos de la mitología comparada. En los ochenta y noventa del siglo pasado hubo debates encendidos y seminarios monográficos sobre el asunto. La editorial MDPI abrió varios números especiales que pronto se llenaron de meritorios. Sin embargo, la autoridad del británico (su nombre completo, con los títulos y distinciones, era Sir James George Frazer OM FRS FRSE FBA) y su probable acceso a información privilegiada en su nuevo alojamiento contribuyeron mucho a asentar la identificación de los ángeles con las Gracias, las Furias y las Moiras, que se convirtió en la interpretación canónica. Sin embargo, Frazer nunca quiso llevar más allá el argumento y reconocer a Afrodita en Bosley. Solo le parecía clara la identificación de Charlie con Zeus. Llegó a calificar a Bosley de melifluo, otorgándole, si acaso, un papel secundario, en la línea de alguna de las muchas caracterizaciones de Hermes, por su evidente carácter de mediador.
Un mitólogo posterior, felizmente olvidado, llegó a postular un «argumento térfico», negando que Bosley pudiera ser la representación de Afrodita. Lo fundamentaba en su aspecto masculino, sin otro apoyo. La escuela de los neorrenacentistas ilustrados positivistas se enfureció por lo que tildaron de simpleza irrelevante, recordando los múltiples disfraces de Atenea, la de los ojos glaucos, como varón (a saber: como Méntor, Mentes y el propio Telémaco; como heraldo de los feacios; en forma de un pastor y como otro feacio en el libro octavo de la Odisea). Con el tiempo y la pesada losa de las pruebas textuales, algunos canonistas se fueron ablandando (tampoco se debería descartar el papel que jugó el declive físico de los proponentes). Pero la mayoría se mantuvo sumida en secreto en un literalismo de la lectura de Frazer. En Cambridge se celebraron acaloradas discusiones en las que, según algún testigo, se llegó a levantar un atizador de chimenea. Hubo acusaciones gravísimas, como la que situaba las nuevas teorías a la altura de la interpretación de Quentin Tarantino sobre Top Gun. La querella académica, fascinante, la detallo en mi Der goldene Stamm: Vollständige Abhandlung der universalen Mythologie, obra que será publicada próximamente en diecisiete cómodos volúmenes in folio por la editorial de la Universidad de Miskatonic.
La polémica se zanjó entrado el siglo. La versión de 2019 de la película, ya en plena edad confusa, fijó para la modernidad el innegable reverso oscuro de la tríada. Las actrices elegidas para los ángeles fueron Kristen Stewart, Naomi Scott y Ella Balinska. Y el papel de Bosley (aquí está la clave) lo hizo Elizabeth Banks. Si alguien necesita alguna prueba más para identificar a ese personaje con Afrodita, yo ya no sé. No obstante, y por si alguien no le reza a esa santa, hay más pruebas. Gracias a los avances en los estudios de género, pronto surgieron innumerables indicios que apuntaban en la misma dirección. Donde El equipo A había usado el cuatro, número del cuadrado, del Nombre y de los puntos cardinales, el número hebreo. La agencia de Charlie pivotó sobre el tres, el triángulo, la cifra occidental, esa con la que la mitología occidental suele agrupar a mujeres: Gracias, Furias, Moiras, Gorgonas, Hespérides; todas ellas de tres en tres. No olvidemos que las Gorgonas —Medusa, Esteno y Euríale—, cuyo nombre deriva del griego gorgós (terrible, feroz), no son sino una manera arcaica de nombrar al miedo primordial a lo femenino monstruoso y petrificante, las fobias de los psicólogos. Las Hespérides —Egle, Eritía y Hesperia—, por su parte, son las que guardan los frutos de oro en el confín del mundo conocido, esos que crecen en un árbol custodiado por un dragón y que no pueden ser otra cosa que la recompensa tras el esfuerzo de quien se aventura en las más lejanas tierras de su mente.
Ambas tríadas, una de horror y otra de belleza custodiada, refuerzan la asociación del tres con lo femenino en su doble vertiente: lo amenazante y lo deseable. El cuatro es el número de los hombres; el tres, el de las mujeres. Descartamos definitivamente a Bosley como un cuarto ángel. Es otra cosa; es Hermes o Afrodita (que no en vano, según Ovidio, son los padres del bello Hermafrodito; aquí habría mucha tela que cortar). Queda el fleco, eso sí, de que tanto el creador como el productor de la serie, Aaron Spelling y Leonard Goldberg, respectivamente, eran judíos. Pero las razones para volver la mirada a otro panteón, si las tuvieron, bien pudieron ser privadas.
El mismo maestro que se maravillaba de que J. L. B. hubiera reconocido la merkabá en una GMC Vandura negra con una raya roja que vagaba por California cerraba su ensayo con una simetría que, conociéndole, no buscaba el aplauso fácil, sino homenajear un estilo. «Las Gracias, las Furias y las Moiras —escribió Frazer— acaso no sean tres tríadas, sino una sola, contemplada desde tres distancias. De lejos nos deslumbra la belleza, de cerca nos acosa por nuestros pecados y, ya en el interior, la tríada nos recuerda nuestra mortalidad y, con ello, la trascendencia. Llegamos así a la voz de Charlie, cuyo rostro nadie vio jamás, ese Zeus a quien no se debe poner cara para preservar el misterio, de modo que nuestra época lo disfraza, esconde su voz tras un teléfono y hasta lo llama por su nombre de pila».






