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María Belmonte: «Caminar es una forma de acceder a otro grado de conciencia»

María Belmonte para Jot Down

Uno querría que la sabiduría que desprenden los libros de María Belmonte Barrenetxea (Bilbao, 1953) fuese tan contagiosa como la serenidad que rezuma durante la conversación. En ambas facetas su avidez de conocimiento y su generosidad narrativa se funden en un relato sensual y reflexivo acerca de sus viajes y los de otros autores que ya estuvieron allí. Como le ocurre con ellos, fuente de inspiración de esta consumada viajera, caminante y lectora —términos sinónimos, podríamos aventurar—, el objetivo de su escritura es que podamos ver a través de sus ojos, recorrer en palabras la línea del horizonte. Por eso lo suyo no es tanto literatura de viajes como de la experiencia, en todos los sentidos. Traductora técnica en sus inicios y, más tarde, también literaria, vertiendo al español obras de autoras como Helen Oyememi, Elizabeth Bowen o Helena Attlee, tenía más de sesenta años cuando ella misma dio el paso adelante y publicó su primer libro, Peregrinos de la belleza. Viajeros por Italia y Grecia (2015), a los que seguirían Los senderos del mar. Un viaje a pie (2017), En tierra de Dioniso. Vagabundeos por el norte de Grecia (2021) y El murmullo del agua. Fuentes, jardines y divinidades acuáticas (2024), todos editados por Acantilado. 

Si siendo niña ya recitaba frases de la Ilíada de memoria, su fascinación por el mundo y la cultura clásicos, por la naturaleza y las humanidades, llega hasta hoy, junto con la curiosidad, la capacidad de asombro y una siempre creciente conciencia del aquí y ahora que se traduce en puro vitalismo. Aun viajando con denodada insistencia al pasado como buena «degustadora de ruinas» que se dice, su mirada es la del presente: la crónica vívida, en primera persona pero sin exceso de protagonismo, como una documentalista con alma de poeta, capaz de dotar al conocimiento (de la historia, del entorno, de nosotros mismos) de emociones y hasta de ciertos instantes de éxtasis, como una melodía que nos embriaga, inexplicable y física. De ahí que esta autodenominada «cazadora de instantes» no pretenda ofrecer manuales o guías, sino compartir esa geopoética personal cultivada a lo largo de los años, los kilómetros y las páginas. Sobre su trayectoria hablamos en Marrakech, reunidos por las pasadas Conversaciones Literarias de Formentor, y al final, uno se ve tentado de dedicarle a María Belmonte los versos de aquel poeta griego que, siendo ella joven, parecía convocarla: «Porque tú sola te adaptarás por fin / despacio a la grandeza / del alba y el ocaso».

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2 comentarios

  1. Como diría un viejo periodista italiano, con su capacidad semántica-reductiva que lo caracterizaba para evocar grandezas, usted sería “… una digna hija de Occidente…”, por traslación enérgica, obstinada, impávida, aventurosa y sobre todo curiosa, como el lenguaje, que habla preguntado y se habla inquiriendo. Podré ser crítico contra la cultura de Occidente con razón, mas siempre termino hablando de ella. Es el privilegio de los condenados que no pueden viajar (no es una queja, estimada señora, un poco de envidia tal vez) y te obliga a emigrar momentaneamente con la lectura y escritura. Viajar a Grecia es todavía un sueño incumplido, y si lo logro, espero que la realidad no se cargue la emoción de estar, entonces… ¿Y si de repente, por gracia oculta, yo, como hombre de este siglo pudiese en Atenas asistir al estreno de una de las tragedias de Eurípides, Sófocles o Esquilo? ¿Cómo podría hacer para no desfallecer, tener las fuerzas necesarias y llegar sin respiro hasta el último acto? Estaría boquiabierta sin sentir la fría dureza de las piedras del hemiciclo, escuchando al coro tenebroso narrar el ir y venir de los hechos funestos, los actores enmascarados dialogar con la sinrazón de los designios divinos, y “…si la mejor fortuna para el hombre era no haber nacido…” bien vale la pena nacer mil veces para saber el motivo oyendo y llenando el teatro de los griegos, con personajes jamás iguales pero capaces de despertar esa morbosa atracción por la palabra, arado aqueo que escarba las piedras dejando su rastro, y afirmar que aquí fui, que aquí estoy y que así quisiera ser; para siempre, que así he vivido entre Ática y el viejo cine de mi barrio que por fin me regala los últimos respiros del personaje de Nuestra Triste Figura… (Se acabó la representación para mi pena; los Arcontes están decidiendo a quién dar una corona de verde laurel mientras Edipo no haya paz y continúa vivo, Medea no se arrepiente, pero sufre y odia, Casandra quisiera nacer de nuevo, Áyax no tendría que saber del engaño. La luna de los atenienses que es la mía, impasible, es la única que ha entendido el ambiguo oráculo de la fatalidad gratuita, y por lo visto es la que ha dirigido esta tragedia en la Polis tumultuosa y anárquica de los Helenos para que tengamos memoria…” Todo lo mejor para usted.

  2. Un auténtico placer, no conocía a la entrevistada pero si sus libros tienen misma capacidad evocadora que sus respuestas a esta entrevista, merecerá sin duda la pena.

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