
Ozzy Osbourne no iba a morirse como los demás. No iba a diluirse en una muerte clínica apagado por la lentitud del párkinson en el olor agridulce de un geriátrico de lujo. No iba a hacerlo sin una última exhalación amplificada hasta romper las costillas del cielo. Ozzy tenía que cerrar su viaje como vivió: envuelto en fuego, amplificadores al máximo, un trono oscuro con alas de murciélago y miles de almas negras coreando su nombre como si fueran ángeles del infierno ascendiendo por las escaleras de un estadio en una ciudad de clase obrera.
Murió el 22 de julio de 2025, diecisiete días después de su último concierto, y aunque la fecha conste en todos los medios lo que se extinguió entonces fue el cuerpo, no el mito, ese artefacto errante que mientras su mente vivía en la dimensión lisérgica se marchó sabiendo que había hecho todo lo que debía hacer y, en realidad, bastante más de lo que la biología y el sentido común deberían haberle permitido. Porque Ozzy, el mismo que mordía murciélagos en directo, meaba sobre monumentos nacionales y esnifaba filas de hormigas por aburrimiento, no tenía que demostrar ya nada a nadie, y quizá por eso eligió despedirse como un dios oscuro que se humaniza por última vez para que los suyos puedan tocarle. El 5 de julio, Birmingham ardía como solo arden las ciudades que entienden que están asistiendo a algo irrepetible. El estadio de Villa Park se vendió en minutos, no por nostalgia ni por la codicia del recuerdo, sino porque aquella reunión —Back to the Beginning— no era un concierto, ni siquiera un homenaje: era un ritual. Ozzy Osbourne, Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward, juntos una vez más, en la ciudad donde nació todo, tocando por última vez los himnos que los hicieron inmortales, rodeados no de estrellas, sino de deudores. Metallica, Steven Tyler, Tom Morello: nombres grandes, sí, pero alineados en su sitio, como asistentes a un funeral eléctrico donde no se reza, se aplastan cabezas con un riff monolítico. Faltaron los herederos más directos: las bandas de doom, stoner y sludge que, sin tantos focos ni éxito comercial (aunque en esta casa hemos hablado y seguiremos hablando de ellos) han mantenido encendida la llama más densa del legado Sabbath. Imposible convocarlos a todos, pero estaban ahí, como deben estar los que entienden: entre el público, en las camisetas, en el espíritu de mover el cuello al ritmo adecuado. Y lo más importante: no se cobró entrada, se pidió tributo. Ciento noventa millones de dólares recaudados, entregados íntegramente a la lucha contra el párkinson y a hospitales infantiles. Porque el Príncipe de las Tinieblas —al que durante décadas caricaturizamos como un demente funcional— quizá tenía un corazón desquiciado en el sitio exacto que debe estar. Así se despide alguien que no quiere que le lloren. Así se muere bien.
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Lo llevaba esperando desde ayer. Solo una cosa, no son cincuenta, son cincuenta y cinco. Sin premio o con el, allá los gustos de cada uno.
Para mí se ha ido el HÉROE, aquel que salvo mi adolescencia. No hay vida para agradecerle.
Lo has bordado tío. De verdad. Lo mejor que he leído de este cambio de era
Totalmente de acuerdo. Ya me gustaría a mi haber escrito algo 1/4 parte de bueno que esta reflexión. El único «pero» es la parte final, lo del trono del infierno, que, quizás sea casualidad, pero ya lo había visto en forma de chiste gráfico.
Muy bien hecho y muy representativo de un sentir que creo común. Se siente una como un poco huérfana sin él.
Excelente
Muy bien
Pero nunca escribisteis el In Memorian de Malcolm Young
Eso no os lo perdonaré jamas
Alta redacción Felicitaciones Honor a quién Honor merece, gracias Ozzy por dejarnos este panorama esperanzador y llevadero al son de los himnos del Heavy Metal, bajo tu influencia, por darnos una razón de ser quienes somos, quienes nos hacemos llamar _metalheads_
Excelente, muy sentido y conmovedor y la redacción te llega, sobre todo cuando creciste con Black Sabbath y Ozzy como solista, recuerdo una canción en particular como mi favorita de Black Sabath, «Children of the Grave» y luego esa magistral «Shot in the Dark» que me hacía saltar del gusto cada mañana cuando la colocaba de alarma para ir al colegio, gracias Ozzy
Aunque crecí escuchando heavy metal y me sigue gustando, no comparto la leyenda victimista que manejan sus seguidores, ni creo cierto ese carácter antisistema o de especial autenticidad que se atribuyen. Lo cierto es que el heavy metal estuvo muy de moda desde el 80 al 89 y tuvo amplia presencia en la tele y en emisoras, como los 40 Principales, que hoy consideramos el colmo de lo comercial. Para qué hablar de la MTV. La industria musical apostó claramente por el heavy metal en esa década, y antes por el rock.
Pasa con todos los estilos musicales: algún día fueron la estrella de la industria y parte del «mainstream», pero en algún momento pasan de moda y al final quedan reducidos a géneros de nicho, aunque con iconos pop como Ozzy. Entonces sus seguidores atribuyen esa salida del mainssream a una turbia conspiración de la sociedad biempensante o de las discográficas (quizá sí conspirasen para destronar al heavy, pero también conspiraron para auparlo en su día). Este fenómeno es especialmente notable entre los fans del heavy y en general del rock: se consideran más auténticos que el resto y especialmente perseguidos, a pesar de que ha ocurrido lo mismo con otros géneros y de que algunos géneros ni siquiera nunca gozaron nunca del favor de la industria.
Lo del «satanic panic» es algo que los mismos metaleros fomentaron por pura estrategia comercial. El propio Ozzy ha contado que él pasaba de rollos satánicos, pero que vio que vendía bien y siguió por esa vía. Antes de que Tipper Gore entrase en escena, Mötley Crüe ya incluía avisos de ese tipo en sus discos, porque sabían que así vendería más entre la chavalada. Una persecución muy rentable: nada les ha hecho ganar más dinero que el «Parental Advisory».
Sorprende también esa idea de que el heavy era antisistema. No recuerdo muchas letras que abordasen temas políticos o sociales. Algunos trataban de temas hedonistas -desde una perspectiva no precisamente muy liberadora- y otros abrazaban oscuridades medievales. Cuestionamientos reales del sistema no recuerdo muchos (y para qué hablar de las opiniones políticas de no pocos metaleros.) Por eso todo un antisistema como Danie Lacalle ha publicado también un extenso vídeo celebrando la memoría de Ozzy y glosando las virtudes del heavy metal.