
Atención lector: este artículo contiene algún spoiler.
Tenía las expectativas tan bajas que me ha sorprendido no bostezar durante los primeros veinte minutos. Y no es esnobismo: hay razones de peso. La primera, sentimental. La tetrilogía original de Superman me conecta emocionalmente con mi adolescencia, esa época en la que una podía creerse invencible con solo atarse la chaqueta al cuello. Y de alguna manera tenía grabado a fuego que no podía existir Superman posible sin la música de John Williams y el rostro melancólicamente firme de Christopher Reeve. La segunda, ideológica. Todo lo que huela al American Way of Life me provoca desde hace años un rechazo que no se alivia ni con aloe vera. Trump y compañía han conseguido que cualquier discurso patriótico asociado a las barras y estrellas me resulte una hipocresía insufrible. Y la tercera, existencial. Desde el Watchmen de Alan Moore, los superhéroes me parecen una fantasía infantil demasiado cargada de testosterona, trauma mal digerido y moral simplona. Como si toda esa parafernalia de capas, símbolos y enemigos cósmicos no fuera más que una coartada para no enfrentarse a lo verdaderamente difícil: ser una persona decente sin superpoderes.
Y, sin embargo, aquí estoy, escribiendo que esta nueva entrega de Superman es, contra todo pronóstico, bastante decente. La he visto entera sin mirar el reloj y, aunque he pasado media película esperando el monólogo de Midge —efecto secundario de asociar a Rachel Brosnahan con la estupendérrima The Marvelous Mrs. Maisel—, he de reconocer que la película se sostiene con dignidad, humor, ritmo y cierta inteligencia. Una sale del cine con la sensación de haber visto una película que no pretende cambiar el curso de la historia del séptimo arte, ni venderte quince secuelas en los créditos, ni meterte una lección de civismo envuelta en rayos láser. Una película que, sorpresa, se deja ver sin sufrir, se toma a sí misma lo justo en serio y, lo más insólito, no da ganas de salir corriendo a leer a Chomsky para recuperar neuronas.
La trama tiene algo que uno no espera ya en este tipo de producciones: coherencia. No hay giros delirantes, ni multiversos —solo un universo de bolsillo— que nadie entiende, ni cameos sacados del sombrero para rellenar vacíos. Hay una historia más o menos compacta, con sus agujeros de guion disimulados con gracia, que te lleva de la mano desde una actualizada base en la Antártida hasta el clímax final en Metrópolis sin perderse por las ramas. Y eso, en tiempos de caos narrativo y franquicias hipertrofiadas, ya es un mérito. Lex Luthor está, de nuevo, a la altura. No es un villano de opereta, sino un sociópata con traje de CEO, sonrisa de anuncio bancario y esa voz engatusadora que uno ya ha aprendido a desconfiar en las reuniones de trabajo. Manipula, chantajea y convierte las redes sociales en su campo de batalla preferido, demostrando cómo, en apenas 24 horas —y con la ayuda de cientos de monos locos—, se puede volcar la opinión pública, desdibujar la verdad y convertir a un héroe en amenaza con solo un hilo viral bien orquestado. No lanza rayos ni se ríe como un loco, pero su arma es infinitamente más efectiva: una narrativa falsa contada con absoluta convicción. Y lo más inquietante es que, mientras lo escuchas, una parte de ti entiende por qué hay gente que querría creerle.
Y Superman… pues Superman es Superman. Esta versión lo representa bastante bien respecto al cómic: es noble sin ser ñoño, fuerte sin ser invencible, bondadoso sin ser tonto. No tiene esa mirada de mártir de Henry Cavill ni la sonrisa de boy scout de Brandon Routh, pero encuentra un término medio interesante: un tipo con principios que intenta ser útil sin imponer su moral. Su relación con la humanidad es más de escucha que de salvador, y eso se agradece. La clave, quizás, esté en el núcleo emocional de esta versión: el descubrimiento de Clark Kent de que sus padres biológicos no lo enviaron a la Tierra para protegerlo, sino para que la conquistara. Krypton no lo salvó, lo instrumentalizó. No hay herejía mayor para el mito fundacional del superhéroe: el elegido ya no es el salvador de los hombres, sino su potencial verdugo. Y lo más impactante es que esa revelación llega sin la solemnidad y potencia de Marlon Brando; aquí no hay lecciones desde la holografía celestial ni verdades absolutas con eco dramático. La película encauza ese dilema hacia una dirección inesperadamente humana: Superman no es quien es por sus genes alienígenas, sino por Jonathan y Martha Kent. Porque su humanidad no le viene de serie, se le ha inculcado. Es una construcción ética, cotidiana, rural incluso. Y, a estas alturas, eso sí que es revolucionario.
Se acusa a la película de ser woke, porque tiene mensaje social. En mi opinión, no lo es en absoluto. Si acaso, es más bien tibia, e incluso incoherente en su intento de parecer comprometida. Los malos son feos, tienen acento ruso, visten con estética post-soviética, como si estuviéramos en un remake nostálgico de la Guerra Fría. Al mismo tiempo, los oprimidos del relato recuerdan sospechosamente a los gazatíes: desplazados, arrinconados, obligados a resistir en el desierto con lo poco que les queda. Pero en esa ecuación simbólica, ni ucranianos ni israelitas aparecen caracterizados. La película construye un relato simplificado donde el conflicto está limpio, aséptico, listo para ser moralmente digerido sin atragantarse. El conflicto que subyace en la trama queda reducido a una analogía despolitizada que parece valiente hasta que se le presta atención. Entonces uno se da cuenta de que la película no es woke: es diplomática. Y no por lucidez, sino por exigencias de naturaleza geopolítica.
El humor, por su parte, está dosificado y es efectivo. No hay chistes cada cinco minutos ni referencias autoconscientes que rompan el tono. Pero sí hay frases inteligentes, miradas cómplices, detalles visuales que arrancan sonrisas sin que parezca que están pidiendo una carcajada. Visualmente, la película no inventa nada, pero no abruma. No hay un exceso de CGI borroso, ni explosiones sin sentido, ni batallas eternas. Todo está al servicio de la historia, lo cual ya es decir mucho. Las escenas de acción son claras, con buena coreografía y sin esa sensación de estar jugando al Doom.
La fotografía tiene momentos cuidados, especialmente en los paisajes de Kansas y los interiores del Daily Planet, y la banda sonora es un acierto total al sustituir la excelencia instrumental de John Williams por una mezcla inesperada de canciones que marcan el tono emocional de la película sin necesidad de subrayarlo todo en mayúsculas. James Gunn, fiel a su estilo, vuelve a demostrar que sabe elegir música con bisturí emocional. No hay fanfarria heroica, sino una atmósfera más pop, más irónica, más humana. Ahí está “Punkrocker” de Teddybears con Iggy Pop y The Mighty Crabjoys, la banda punk ficticia creada para el universo DC, que aporta una canción original con nombre imposible de recordar pero que funciona como un broche perfecto a los créditos finales: áspera, sucia, acelerada y, aun así, con un punto entrañable. Como si Superman se hubiera criado escuchando casetes en un garaje de Smallville antes de aprender a volar.
Pero lo que realmente la salva, lo que convierte esta película en una rareza dentro del género, es su honestidad. No intenta ser más de lo que es. No quiere ser una epopeya fundacional, ni el arranque de un universo expandido, ni una respuesta a las quejas de los fans. Es una historia sobre Superman, contada con respeto por el personaje y con una mínima ambición artística. Y eso, después de años de despropósitos con capa, se agradece profundamente. No es una obra maestra, por supuesto. Hay decisiones discutibles, algún secundario olvidable, una subtrama romántica que, en mi opinión, no funciona como con Margot Kidder. Pero nada chirría del todo. Nada molesta. Uno sale del cine sin sentir que le han tomado el pelo. Y eso, para alguien que llega a las películas de superhéroes con más cinismo que ilusión, es casi un milagro.
Quizá sea pronto para decirlo, pero tengo la sospecha de que esta película, sin grandes alardes ni ambiciones mesiánicas, marca un punto de inflexión. No porque reinvente el género, sino porque recuerda que se puede hacer cine comercial con cabeza, con alma y con un poco de estilo. No todo tiene que ser nostalgia embotellada ni cinismo corporativo. Y si dentro de unos años se estudia esta etapa de decadencia superheroica como una larga resaca post-Avengers, esta nueva entrega de Superman podría figurar como uno de esos chispazos de lucidez que aparecen justo antes del colapso. Como ese amigo que, cuando todos están borrachos gritando en una boda, se sienta en un rincón a hablar de literatura.
¿Vería una secuela? Probablemente sí, aunque espero que no se les ocurra convertir esto en una saga de ocho películas. ¿Volveré a sentir algo parecido a lo que sentí con Reeve surcando el cielo en los 80? Imposible. La adolescencia no se repite. Pero al menos, durante dos horas, he dejado de mirar con superioridad a los tipos con capa. Y eso ya es decir mucho.







