
Como cuento en Insilio, en 1995 aterricé en Costa de Marfil con una maleta, una mentalidad de consultor junior de PWC y la certeza de que Europa era el centro del mundo tecnológico. Lo que no sabía es que un África en guerra me iba a enseñar más sobre el futuro de la humanidad que cualquier despacho de Madrid.
Desde una pequeña oficina de ONG, coordinando ayuda alimentaria de emergencia para casi un millón de refugiados repartidos en trece campos de cuatro países del África Occidental, yo manejaba una conexión a Internet vía satélite VSAT que dejaba en ridículo todo lo que mis colegas conocían en España. Mientras ellos luchaban con módems que se caían cada cinco minutos, yo transfería archivos pesados como si fuera lo más natural del mundo. Algo no cuadraba. ¿Cómo era posible llegar más lejos y más rápido desde un continente en guerra que desde una Europa en paz?
Esa paradoja me tuvo pensando durante meses. Durante dieciocho meses, en mis noches africanas me dediqué a navegar clandestinamente por los primeros foros underground y canales de IRC de una red que entonces respiraba hasta inocencia, según los estándares de hoy. Una red donde se compartían archivos sin protocolos de seguridad, donde la confianza era la moneda de cambio y la información fluía sin fricciones. Era, literalmente, otro mundo. Sin embargo, lo que vi me alarmó de una manera que tardé años en poder articular.
La primera vez que perdimos algo irreemplazable
En 1997, de vuelta en Madrid, me incorporé a investigar el submundo de internet en Fundesco (hoy Fundación Telefónica), por encargo de su director Pedro Schwartz. El encargo era documentar algo que nadie parecía querer o saber ver y es que en esa incipiente red ya se cometían delitos que no tenían ni nombre y que la sociedad no estaba ni remotamente preparada para lo que se avecinaba.
En realidad esos ciberdelitos no eran lo que más me perturbaba. Lo que más me desconcertaba era otro fenómeno que observábamos en paralelo. En 1997 la pornografía estaba inundando Internet a una velocidad que nadie había anticipado. Hasta entonces, acceder a contenidos explícitos requería un ritual físico completo. Tenías que acudir al quiosco, intercambiar dinero real, meter la revista entre las páginas de un periódico y esconderla en tu habitación. En ese proceso había fricción constante y las barreras eran reales y difíciles de sortear.
De repente, empezamos a ver cómo todas esas barreras desaparecieron. Organizamos el primer seminario sobre ciberdelincuencia en 1998, lo denominamos «Los ladrones de guante virtual», sólo acudió mi padre como único espectador en una sala para 100 personas, conectamos con John Lynch, fiscal adjunto de la División de Delitos Informáticos y Propiedad Intelectual del Departamento de Justicia de EEUU por video conferencia y la prensa nos tachó de apocalípticos. Eso me hizo gracia porque simplemente mostramos la realidad de lo que estaba ya pasando, a nivel nacional e internacional. Nosotros alertábamos de sus consecuencias para cuando internet fuera masivo.
Los «apocalípticos», porque así nos llamaban, no sabíamos cuándo iba a ocurrir, pero sabíamos que si esos contenidos tan brutales inundaban internet a escala global, el ser humano, en su inocencia, iba a descubrir cosas que jamás se habría ni imaginado. Nosotros, imbuidos en nuestro trabajo de hackers en una incipiente deep web, no nos estábamos dando cuenta de que, en nosotros mismos, estaba desapareciendo algo más difícil de nombrar.
Años después, fue mi colega Yolanda Arribas quien lo formuló con una precisión que me ha perseguido desde entonces: «Rafa, en ese momento no nos estábamos dando cuenta de que todos esos contenidos estaban lijando capas de nuestra inocencia». ¡¡¡¡¡BOOOOOM!!!! Aquella frase se convirtió en mi primera obsesión intelectual, porque intuí que no estábamos hablando de pornografía, sino de un patrón. Comprendí entonces que cada revolución tecnológica nos iba a arrancar una capa de algo que no sabíamos ni que teníamos… hasta que ya no lo teníamos. La pornografía masiva y la ciberdelincuencia en los noventa fue solo el primer aviso. Tomé conciencia de que, quizá, tenía algo de inocencia que conservar. Y de que la quería conservar.
Los años siguientes confirmaron el patrón. En los 2000-2010s llegaron las redes sociales como otra lija invisible, puliendo capa tras capa nuestra capacidad de asombro, nuestra confianza básica en el otro y nuestra disposición a creer en la buena fe de quien no conocemos. Iba constatando que cada avance tecnológico se estaba llevando una porción de algo que, con torpeza, yo llamo «inocencia», pero que quizás sería mejor llamarlo «integridad psicológica colectiva».
Lo que avisé en 2020 y nadie quiso escuchar
El 26 de mayo de 2020 publiqué un vídeo para una formación titulado «¿Cómo sería vivir bajo una vigilatocracia en 2025?» En él invitaba a imaginar un futuro con presencia masiva de IA a escala global y que esa IA ya habría penetrado no solo en el territorio psicológico de las personas, sino que también habría colonizado la gobernanza, la educación, la salud y la geopolítica. Hablaba de gobiernos quebrados que dependían de megacorporaciones tecnológicas para funcionar. De deepfakes que hacían imposible distinguir la realidad de la fabricación. De una arquitectura de control invisible que no necesitaba represión porque operaba desde dentro del sujeto.
Puedes ver el video aquí: https://www.youtube.com/watch?v=rvVULWftEj0
Estamos en 2026. Ahora leo el Manifiesto de Palantir y reconozco cada uno de esos patrones, pero ya como un programa contra el que no podremos luchar.
El documento más peligroso que he leído en treinta años
El Manifiesto de Palantir es un texto sibilino. Está escrito con ese lenguaje sereno del que está muy seguro de lo que propone, porque no se molesta en gritar, ni en amenazar, ni en discutir, como si estuviera por encima de todo y de todos. Creo que eso es, precisamente, lo que me ha parecido tan inquietante, ya habiendo aprendido a leer distintos documentos fundacionales de grandes transformaciones tecnológicas antes de que se manifiesten completamente.
Alex Karp, CEO de Palantir, y sus cofundadores (entre ellos Peter Thiel, uno de los arquitectos ideológicos de la nueva derecha tecnológica americana) nos dicen en ese documento que la era atómica ha terminado y que una nueva era de disuasión construida sobre Inteligencia Artificial está a punto de comenzar. Nos dicen que Occidente (léase «su» Occidente, que es el del supremacismo tecnológico) debe armarse con esa IA o perecer. Nos dicen que algunas culturas han producido maravillas y que otras han resultado mediocres, regresivas y perjudiciales para la evolución del ser humano.
Lee de nuevo esa última frase y, si es posible, despacio, porque ya no te están hablando de tecnología. Están hablando de quién tiene derecho a existir tal como es. Abiertamente. En el Manifiesto de Palantir.
La lucha contra el Anticristo
Peter Thiel señaló la llegada del Anticristo en abril de 2026. ¿Qué significa eso y por qué ahora es relevante hablar de ello? Para empezar, a ver si te suena, el Anticristo sería un nuevo sistema global que normalizaría lo impensable, relacionándolo con el colapso de la civilización y la crisis de la democracia. No se corta y continúa con una crítica feroz al progresismo y a la tecnología. Thiel nada menos que sugiere que aspectos como el progresismo, el ambientalismo y el multiculturalismo son manifestaciones de este «sistema anticristiano». Por si fuera poco, plantea como «Katechon» (ese que detiene al Anticristo) al actual presidente de los Estados Unidos.
Ahí no acaba la cosa. En sus teorías, llega a sugerir en discusiones teológicas políticas que ciertos líderes podrían ocupar este papel o incluso ser una especie de Anticristo en sí mismos, mientras algunos miran a Putin. En su relación con la tecnología, Thiel, a través de sus empresas como Palantir, considera que la lucha contra este escenario apocalíptico se libra a través de la inteligencia artificial y del control tecnológico en su estado más férreo.
A mí lo que me paraliza no es la brutalidad ideológica de algunos de sus puntos, que es evidente para cualquier lector medianamente atento, sino algo más específico, más técnico y, creo que por eso mismo, más aterrador. Palantir no es una simple empresa de software, sino una infraestructura de análisis masivo de datos e Inteligencia Artificial desplegada sobre los ejércitos, las agencias de inteligencia, los cuerpos policiales y los gobiernos de la OTAN y sus aliados. Su software no funciona de forma aislada, ya que se integra con Amazon Web Services, Microsoft Azure y con IBM Cloud.
Podríamos decir en términos precisos, sin equivocarnos mucho, que Palantir es como la columna vertebral digital del poder militar occidental. Lo que me inspira en su Manifiesto no tiene nada que ver con una mejora tecnológica. Me ha invitado a escribir estas líneas porque, probablemente, lo he interpretado como la legitimación intelectual de una arquitectura de control que ya está operativa. En otras palabras, más demoledoras aún, el documento no nos anuncia lo que van a hacer, sino que simplemente justifican lo que ya están haciendo.
La última capa
Llevo treinta años documentando cómo cada revolución tecnológica nos arranca una capa de inocencia. Pero hay algo cualitativamente diferente en lo que representa Palantir respecto a todo lo anterior.
La pornografía masiva de los noventa, primero, colonizó nuestra percepción de la intimidad. Las redes sociales, después, colonizaron nuestra atención y nuestra identidad social. Ambas transformaciones operaban en el exterior del sujeto, aunque modificaban conductas, hábitos y percepciones. El territorio interior (el del pensamiento, el deseo, el miedo o la voluntad) seguía siendo, en algún sentido esencial, algo propio.
Lo que propone la arquitectura de Palantir, y lo que la IA militarizada que describe su Manifiesto hace posible, es la colonización de ese territorio interior. El objetivo ya no es vigilar lo que hacemos. Ahora su objetivo es modelar individualmente lo que pensamos antes de que lo pensemos. Con ese objetivo tan sencillo no necesitan reprimir ninguna disidencia, simplemente porque la hacen algo impensable. La disuasión de la que habla el punto 12 del Manifiesto no es solo militar, sino psicológica, porque opera precisamente desde dentro. ¿Es esa la última capa de nuestra inocencia?
Una vez colonizado el territorio psicológico a escala global, no hay otra capa más profunda que proteger. No hay un yo previo al que regresar. La pregunta que me formulé en 1998 («¿qué pasaría si Internet se llenase de pornografía?») tenía respuesta generacional y los que habíamos conocido el antes podíamos nombrar la pérdida. La pregunta que nos plantea Palantir no tiene ese recurso, ya que si el territorio interior es colonizado desde la infancia, no existiría una memoria de lo que se perdió.
Pause AI y la única pregunta que importa
En este paisaje existe un movimiento que merece más atención de la que recibe, Pause AI. Es un grupo de personas compuesto por investigadores, ingenieros, filósofos, ciudadanos… (no te imagines un colectivo de luditas ni de nostálgicos) que plantean una pregunta que ningún gobierno occidental ha sabido todavía responder: ¿a qué velocidad debería desarrollarse una tecnología cuyas consecuencias superan nuestra capacidad colectiva de adaptación ética? No piden detener la IA. Piden pausa, para que la carrera no dicte los términos de la llegada.
Frente al Manifiesto de Palantir, que declara que quien no corra frenéticamente será el que perderá, Pause AI recuerda algo que me parece obvio y que hemos olvidado sistemáticamente: la velocidad de una transformación tecnológica es una elección, no un dato natural, y que cuando esa elección se delega en quienes tienen intereses directos en la aceleración, el resultado no es progreso, sino la abdicación colectiva del futuro.
Lo que el Manifiesto de Palantir y la ausencia de respuesta institucional ante Pause AI tienen en común es la misma parálisis que observé en 1997 cuando intenté explicarle a mi jefe en PWC lo que era Internet. Ni gobiernos, ni empresas, ni ciudadanos estaban preparados mentalmente para semejante transformación. Treinta años después, el patrón se repite, aunque con una diferencia. Esta vez lo que está en juego no es un modelo de negocio, como antes, sino quizá la última capa de lo que nos hace reconocibles como seres humanos.
¿Qué harías tú, ante un ataque preventivo de… Palantir?
En 1998, Yolanda Arribas formuló la pregunta que me ha acompañado durante casi tres décadas: ¿qué pasaría si perdiésemos otra capa de nuestra inocencia humana? Hoy, leyendo el Manifiesto de Palantir, la pregunta ha cambiado de tiempo verbal. Ya no es qué pasaría, sino qué harás cuando te digan que solo te queda una última capa. La diferencia entre las capas anteriores y esta es que las anteriores se perdieron sin que nadie nos preguntara. La pornografía inundó la red y nosotros simplemente nos adaptamos. Las redes sociales reescribieron las reglas de la identidad y nosotros simplemente aceptamos los términos y condiciones.
Esta vez sabemos lo que está en juego. Esta vez existe documentación. Esta vez hay un Manifiesto que lo dice con todas las letras, en un lenguaje civilizado y por eso mismo más perturbador. La pregunta ya no es si esto va a ocurrir. La pregunta es si vamos a ser la primera generación en la historia que elige conscientemente cuánto de su territorio interior está dispuesta a ceder y a quién.







