
Sagan sentado junto a una reproducción de la Piedra Rosetta frente a la Esfinge, en El Cairo, Egipto.
Carl Sagan fue, más que un divulgador, un arquitecto que definió nuestra manera contemporánea de mirar al cielo. Tenía la rara cualidad de no separar la ciencia de la poesía, como si supiera que una ecuación podía contener tanta belleza como un verso y que el brillo de una estrella es un dato, pero también una metáfora. En su papel de astrofísico, convivían el escritor y el pensador sin estorbarse. Poseía una inteligencia lo bastante rigurosa como para detectar una falacia y lo bastante amplia como para comprender por qué nos atraen las falacias. Su talento no consistía solo en explicar los anillos de Saturno o la evolución, sino en recordarnos que esas historias nos pertenecen, que somos una línea de ese relato cósmico que empezó antes de que hubiera alguien para contarlo.
En su página The Marginalian, María Popova publicó recientemente un texto titulado «Parpadea dos veces para calmar un cuásar: Carl Sagan sobre la superstición». El artículo arranca con un recuerdo de su infancia en Bulgaria: la imagen repetida de perros atropellados y un deseo supeditado a un ritual mínimo y privado. La creencia en la que basaba su superstición era que tocando cada barra de una verja al pasa podría cambiar el curso de los acontecimientos y evitar nuevas muertes. Sus dedos, dice, llegaron a hincharse de tanto insistir, pero los perros seguían muriendo. La escena enlaza con otra: su abuela rezando cada noche para protegerlos del daño, un daño que llegaba igual.
Las supersticiones, que parecen inofensivas, tienen su manual de instrucciones grabado en la cabeza de cualquiera. No es magia, es psicología. El mecanismo es sencillo: si haces algo y luego ocurre lo que esperabas —aunque no tenga nada que ver—, tu cerebro lo apuntará como causalidad. Skinner lo comprobó con palomas: les daba comida a intervalos fijos y las aves inventaban danzas ridículas pensando que así la garantizaban. A eso se le suma la memoria selectiva: recordamos cuando “funciona” y olvidamos cuando no. Luego está la necesidad de control, esa manía de no dejarlo todo al azar porque el azar da miedo; un gesto repetido sirve de chaleco salvavidas. Y, como remate, nuestro detector de patrones, heredado de cuando sobrevivir dependía de ver amenazas donde quizá no las había. El resultado son creencias pegajosas, a veces elevadas a categoría cultural, que se transmiten como recetas de cocina: sin preguntar mucho por qué, pero con fe en que, de algún modo, ayudan.
Popova utiliza estas memorias como puente hacia un hallazgo reciente en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos: un manuscrito inédito de Sagan, escrito el 21 de septiembre de 1979, titulado «Superstition: note». Este es el texto íntegro del manuscrito, en versión traducida al castellano:
«La superstición [es] cobardía ante lo divino». Así lo dijo Teofrasto, contemporáneo de Aristóteles y Alejandro. Vivimos en un universo donde los átomos se crean en las estrellas; donde la vida surge de la luz del sol y los rayos en el aire y las aguas de planetas jóvenes; donde la materia prima para la evolución biológica a veces se crea con la explosión de una estrella al otro lado de la galaxia; donde la materia puede combinarse de una forma tan sutil que llega a ser consciente de sí misma; donde algo tan bello como una galaxia se forma cien mil millones de veces; un universo de cuásares y quarks, copos de nieve y luciérnagas; donde puede haber agujeros negros y otros universos y seres inteligentes tan superiores a nosotros que su tecnología nos parecerá indistinguible de la magia. Qué pálidas son, en comparación, las pretensiones de la superstición y la pseudociencia; qué importante es para nosotros perseguir y comprender la ciencia, ese esfuerzo característicamente humano, imperfecto e incompleto sin duda. Pero el mejor medio para comprender el mundo que conocemos. No hay ningún aspecto de la naturaleza que no revele un profundo misterio, que no toque nuestro sentido del asombro y la admiración. Teofrasto tenía razón. Los que temen al universo tal y como es, los que desean fingir un conocimiento y un control inexistentes y un cosmos centrado en los seres humanos, preferirán la superstición. Pero aquellos que tienen el valor de explorar el entramado y la estructura del Cosmos, incluso cuando difiere profundamente de nuestros deseos y prejuicios, a esas personas les pertenece el futuro. Las supersticiones pueden ser reconfortantes durante un tiempo. Pero, como evitan enfrentarse al mundo, están condenadas al fracaso. El futuro pertenece a aquellos que son capaces de aprender, de cambiar, de adaptarse a este exquisito Cosmos en el que hemos tenido el privilegio de habitar durante un breve instante.
La pieza, escrita hace más de cuatro décadas, no ha envejecido un día. Sagan no solo diagnostica el error lógico de la superstición, sino también su fracaso existencial. Frente a la tentación de domesticar el azar con gestos rituales, propone la aventura más exigente: acomodarse a la vastedad del universo y aceptar que somos huéspedes temporales de su misterio.










«Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia» Arthur C. Clarke. «Profiles of the Future» (1962).
«Seres inteligentes tan superiores a nosotros que su tecnología nos parecerá indistinguible de la magia» Carl Sagan. Inédito. (1979).
Ummmmmm, 🤔
Si entiendes que es una guiño puesto ahí aposta, ¿verdad?
Si entiendes que es un guiño puesto ahí aposta, ¿verdad?
El problema de Sagan es que no se daba cuenta de que ese asombro por la ciencia es una superstición más. El mundo de la física sin una interpretación, que no es científica, ni objetiva, está muerto. Es verdad, es correcto, pero está muerto. Saber cómo funciona la energía solar no te hace más feliz ni te ayuda a levantarte por las mañanas. La curiosidad no deja de ser otra superstición. Con ese tipo de conocimientos no se puede construir una sociedad. La alegría de vivir es un autoengaño más, como el amor. Sin esas ficciones, la vida no tiene sentido, y sin sentido, no merece la pena vivir. Es un arrastrarse por los días sin ningún propósito. Sagan era un científico que, como tantos, no sabía nada de ciencias sociales ni de humanidades a nivel profesional; de los que creen que el altruismo no es sino una superstición y que todo el mundo es bueno.
Buenas Karen,
Había escuchado críticas sobre la ingenuidad de Sagan, su misticismo ateo, su cientificismo. Pero me ha llamado la atención éso de que la curiosidad es una superstición¿quieres decir que también es un autoengaño?¿me estoy autoengañando cuando me intereso en lo que dices y lo creo genuino?,¿O podrías desarrollarlo?
Humildemente, creo que yerras el tiro. El objetivo de la ciencia no es proporcionarte un sentido ni un propósito a tu vida ni ayudarte a levantarte por las mañanas. Ni Sagan pretende decirnos eso.
Tal sentido y propósito lo elige cada uno. De hecho, querer saber cómo funciona la energía solar (es decir, entender cómo funcionan parte las reglas físicas que rigen el universo) es uno perfectamente válido para levantarte feliz por las mañanas, si es lo que te motiva. Ni tiene nada de malo el asombro ante ello (más bien creo que es un elemento imprescindible). No veo la razón por la que descartarlo como un referente en cuanto a un objetivo vital, ni es excluyente a otros como por ejemplo, la familia, el arte, u otros más comunes. Sagan es un magnífico ejemplo (junto con Jacob Bronowski, menos conocido) de imbricar la ciencia con la filosofía, el arte, y la cultura en general; de romper la imagen falsa de un frío mecanicismo científico sin alma. Otra cosa es que no por ello se apunta al “todo vale”: hay cosas que funcionan, y cosas que no, y no se priva de decirlo.
Es más, las supersticiones (que es de lo que habla Sagan en el manuscrito) van exactamente a lo mismo: tratar de encontrar las reglas bajo las que se rige el universo, y con ellas intentar manipularlo para conseguir unos resultados determinados. Si se ha de condenar ese objetivo, el crimen es compartido. No es culpa de la ciencia si consigue determinar dichas reglas de una forma más precisa, reproducible y funcional, “correcta” como tú dices, que aquellas.
Como en todo, puede haber gente que “se pase de frenada” en aplicar una visión estrictamente mecánica de la existencia, pero precisamente tal no es el caso de Sagan. Ni es algo que no sea muy común en el campo de las supersticiones (ya sea religión, astrología, etc. no en cuanto al mecanicismo, pero en tratar de intrpretarlo todo en base a una sola explicación). Creo que, en todo caso, lo que denuncias se aplica más a aquellos que sienten fascinación por la tecnología, que no es ajena a la ciencia pero no es lo mismo, como solución a todos los males y/o al vacío existencial a través de vivir siempre a la última con el móvil o con una televisión de más pulgadas.
Si hay que dar una interpretación a la vida, a la experiencia de vivir y su misterio, llámame loco pero a mí me parece una opción más consecuente incorporar a ella las conclusiones extraídas de un modelo que produce resultados tangibles y verificables, que basarla en otros que no pueden decir lo mismo (pero sí que lo pretenden sin embargo). Pero, en cualquier caso, lo repito: la ciencia no pretende darte esa interpretación ni tampoco la felicidad, eso es trabajo de cada uno.
Me gustaria preguntar a Karen, ¿que es para ella el sentido? ¿El del tacto? Las plantas, las bacterias, o los hongos (incluso los de los pies) han encontrado el sentido de la vida, y no lo sabemos? Lo podria compartir, por favor!
A quien le interese una alternativa a la interpretación de las palomas «supersticiosas» de Skinner que se propusieron en la etología:
http://psicoteca.blogspot.com/2009/11/el-experimento-de-skinner-sobre_2651.html?m=1
Nunca probé el LSD, pero supongo que puede notarse, con él, algo parecido a leer alguna frase de Karen SD… como la primera de hoy. Lo gatos son muy supersticiosos, ya que no responde su curiosidad a una capacidad genética (biológica, no social) para explorar el ecosistema dónde vive… única forma de adaptarse a él, en condiciones de poder sobrevivir… no, desde luego, es mucho mejor decir esa tremenda tontería de que «la curiosidad mató al gato» (muy científica ella… a la altura de la tremebunda «el cerebro (propio) nos engaña»!!!)… y, por cierto, la superstición sí es un gen social negativo, a tope!!!