Hay pocos paisajes tan reconocibles e inconcretos como los de las ciudades japonesas. No hablamos de esos centros urbanos abarrotados que asociamos a megalópolis futuristas, neones nocturnos y pasos de cebra por los que cruzan a diario millones de personas, sino de esas zonas residenciales de la periferia donde a determinadas horas se nos aparece un barrio desierto como rutina. Son paisajes idénticos, fotocopiados, pequeñas casas individuales de dos alturas rodeadas de cables eléctricos a cielo abierto extendiéndose hasta el infinito, allí donde la ciudad no tiene límites geográficos. Una estación de tren allí, un konbini allá o un pequeño parque infantil salpican esos no-lugares, tan japoneses como el sushi, los samuráis o el manga.
Los veranos por la tarde, ese paisaje se vuelve especialmente abstracto, difumina sus formas añadiendo un plus de extrañamiento a las calles vacías. Todo es humedad, calor, silencio y modorra, contraste de luz y sombras. A lo lejos se escuchan los cantos de las cigarras y los cuervos, anunciando algún tipo de profecía indescifrable. Tal vez la gente esté encerrada en sus casas, en el trabajo o en la escuela. O hayan desaparecido por completo, dejando al visitante una realidad alternativa propia de una novela de Murakami. A veces se puede ver a un gato en la distancia que se torna en figura sin rostro, una mujer que se cubre con un paraguas para evitar ese sol que estropea la palidez de los cánones de belleza japoneses. Flota en el aire la nostalgia de algo que nunca sucedió. Un espejismo.
El encantamiento se rompe cuando suena una canción desde esos altavoces que avisan del riesgo de tsunami tras un terremoto, un tema de j-pop kawaii cantado por una voz femenina estridente. Siempre sucede a primera hora de la tarde, con los obentos recién digeridos. Los salaryman y las office lady abandonan sus habitáculos, olvidan sus maratonianas jornadas de trabajo, dejan sobre la mesa las corbatas de sus trajes inmaculados y zapatos de tacón corto para subir a las azoteas de los edificios. Los escolares, todavía con uniforme, se ponen de rodillas bajo los pupitres con los brazos en cruz sobre la cabeza. Los jubilados no interrumpen su rutina diaria de ejercicios. Cada vez son más y están de vuelta de todo. A primera hora de la tarde, comienza el espectáculo, el caos y la destrucción.
Nunca se ha podido determinar con exactitud el tamaño de Godzilla, si es que alguna vez tuvo un único volumen o forma definida. Con más o menos escamas, dientes afilados o espinas dorsales de colores. En el fondo, poco importa. Cada uno tiene una imagen en su cabeza y resulta difícil hacerse a otras. Japón vive bajo el terror del monstruo desde que Ishiro Honda lo trajese a la pantalla tras las derivas de la Segunda Guerra Mundial y siguió presente durante décadas en el país hasta internacionalizarse. Era un ser vivo en el imaginario colectivo de la nación. Hasta que, como en una especie de pesadilla añorada, se hizo carne.
Nadie recuerda cuándo fue la primera vez que se escucharon sus pisadas en la distancia como tambores, sus chillidos y el susurro arrastrado de su cola, pero desde entonces se materializa sin previo aviso en los alrededores del centro de Tokio, por la que parece sentir una especial predilección. Siempre a primera hora de la tarde. Ha pasado tanto tiempo que su presencia forma ya parte del día a día, el ciclo de la vida que se repite como las estaciones, la rosada flor del cerezo y los ocres del momiji. Atrás quedaron los días en los que su cabeza de plástico asomaba por encima de los cines de la Toho y los turistas sacaban fotos a su estatua en la Hibiya Godzilla Square. Nadie quiere ver una réplica pudiendo tener al original.
Aunque Gōjira suele hacer acto de presencia en solitario, a veces lo acompañan otros kaijus como Gamera, King Ghidorah o Mothra, que anuncia su llegada con el zumbido de sus alas psicodélicas. Entonces, la ciudad se pone a temblar. Siempre caen edificios cuando se enfrenta a sus contrincantes. En los peores días, hay llamaradas de fuego, explosiones y rayos púrpuras cegadores. Puede venirse abajo algún rascacielos, alterando el skyline de la ciudad. Sorprende el escaso número de víctimas humanas para semejante destrucción. Alguno dirá que en un país con más de ocho millones de dioses siempre queda sitio para otra plegaria. Monstruos gigantes se enzarzan en una guerra en la que nunca hay vencedores ni vencidos, solamente retirada, quién sabe a qué sima submarina o espacio exterior. Al día siguiente, comienzan los trabajos de reconstrucción. Los japoneses soportan las vicisitudes con esa estoica virtud que llevan grabada en los genes y les hace parecer inmunes a cualquier desastre, desde la caída de las bombas atómicas a la aparición de seres descomunales.
Los primeros años no fueron fáciles. De poco sirvieron las reuniones, los planes de choque o la fantasía de un mecha apaciguador. Pero le dieron la vuelta. Las catástrofes no están reñidas con los negocios y el Gobierno decidió optar por la vía de la rentabilidad. Se incrementó la oferta hotelera y habilitaron miradores para poder contemplar los combates cómodamente desde la distancia, haciendo honor a esa mentalidad nipona moderna en la que el capitalismo se impuso al bushido. Desde entonces, la cosa no ha dejado de crecer. Las camisetas, los muñecos y los posters en los que la bestia hace surf en la gran ola de Kanagawa se venden por millares y ahora los turistas pueden compaginar sus compras en Akihabara con las apariciones de Godzilla. Hay que tener algo de suerte para verlo, como al Fuji en los días despejados, pero la experiencia es inolvidable.
Nunca llueve a gusto de todos. Viéndose en desventaja, ciudades como Osaka o Kioto idearon planes para atraer a las bestias a su terreno. En vano. Como todo desastre natural que se precie, las apariciones de los kaijus son imprevisibles e incontrolables. También hubo cierta oposición a la violencia del espectáculo y los inconvenientes que generaba en el día a día de los tokiotas. Con el tiempo, las asociaciones de afectados dejaron de quejarse. Tampoco faltaron los activistas, que defendían el estilo de vida de los kaijus y su independencia al margen de beneficios económicos, de manera que se pudiesen pelear tranquilamente. Todo es político. Incluso un monstruo de más de cien metros de altura.
Aunque la llegada de los kaijus revolucionó Tokio, poco ha cambiado en la periferia, donde cada vez más personas son expulsadas por el incremento del alquiler, la proliferación de las viviendas turísticas y las apariciones de Godzilla. Sus paisajes siguen guardando una esencia única sin tener verdadera identidad, con sus edificios duplicados y sus calles sin nombre que no se sabe muy bien dónde empiezan o terminan. A primera hora de la tarde, las persianas de las tiendas están bajadas. Se siente paz en el silencio y uno desearía detenerse a la sombra de un árbol, ver pasar a sus caminantes sin rostro, testigo de una vida que no cambia. Pero todo es ilusión. Agudizando el oído por encima de los graznidos de los cuervos y los cantos de las cigarras, se escucha el temblor en la distancia. Treinta y siete millones de personas asoman la cabeza por la ventana para ver a Godzilla mientras las calles de los barrios están desiertas.














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