
El pitching tuvo que ser espectacular, sobre todo si se tiene en cuenta que alguien acabó comprando la moto.
Atención, concepto para una nueva serie de televisión. Se abre el telón y aparecen una rubia y una morena en Piedradura, la ciudad de los Picapiedra, solo que vamos a repetir muchas veces que se trata de la antigua Grecia. La morena es la protagonista, se llama Xena y es buena pero a veces no, eso ya se va improvisando. Y también es lesbiana pero a la vez heterosexual, así que pongamos que bisexual y mira, chimpún. Su arma es un frisbee que rebana cuellos que se llama «chakram» porque no lo vamos a llamar «frisbee que rebana cuellos». La otra se llama Gabrielle, es una pan sin sal pero tiene un palo, menos es nada. Y ambas se dedican a lo propio de las heroínas errantes: deshacer entuertos, repartir hondonadas de hostias con explosiones de fondo aunque la pólvora no se había inventado, ir vestidas de dominatrix por el Peloponeso, darse el filete con excusas absurdas, esas cosas.
Hay truco, claro. Si alguien decidió poner millones en esta cosa tan lunática es porque no tuvo que imaginarla. Xena —Lucy Lawless— había aparecido ya como personaje secundario de Las aventuras de Hércules, una serie estrenada en enero de 1995, donde ejerció primero como villana y después como aliada de los protagonistas, Hércules —Kevin Sorbo— y su compañero Iolaus —Michael Hurst—. Después de la estupenda acogida que tuvo entre los seguidores de la serie, el creador de Hércules, Sam Raimi, insufló también vida propia a la carismática guerrera y estrenó Xena, la princesa guerrera en septiembre de ese mismo año, ahora acompañada por Gabrielle —Renee O’Connor—.
Y cabe preguntarse por qué, o si acaso no era tan parecida a la original que resultaba innecesaria. En su spin-off, Raimi repitió con un dúo protagonista al estilo Hércules y Iolaus, ahora Xena y Gabrielle, que a su vez cumplía los mismos roles: el héroe, físicamente dotado pero mermado emocionalmente, busca la redención de sus pecados a través de las acciones heroicas; el acompañante le sigue y comparte sus mismos atributos pero con proporción diferente: está menos capacitado para las proezas, pero sus facultades sociales son mayores que las del otro. Además, Xena tenía lugar en la misma época con los mismos secundarios interpretados por los mismos actores y los mismos escenarios, grabados en las mismas localizaciones.
¿Acaso funcionaba la cosa tan bien como para hacer lo que fue, a todas luces, una versión en femenino de lo mismo? Sí, pero no. En realidad, Sam Raimi, su productor, hizo Xena porque rodaba Hércules en Nueva Zelanda y necesitaba amortizar la movilización de actores y del equipo de producción estadounidense. A partir de septiembre de 1995 y hasta 1999, cuando dejó de hacerse Hércules, ambas series compartieron un mismo universo y ejecutaron varios crossovers, algo poco frecuente en la televisión. Finalmente Xena sobrevivió un par de años más, hasta su clausura definitiva en junio de 2001, después de seis temporadas. El spin-off acabaría superando a la primera en número de ediciones y volumen de audiencias, y con el tiempo su huella en la memoria de los espectadores sería bastante mayor que la de la original.
Y la razón de su éxito es quizá su misma flaqueza, eso que antes llamábamos lunatismo. Si Hércules se tenía que ceñir mínimamente a los entornos y personajes que prescribe el mito griego original, Xena gozaba de libertad. Y los guionistas, como hacen a veces, metieron esta libertad en un cántaro y se dedicaron a ir y volver con él a una fuente, a ver qué pasaba. Y pasó, claro, lo que pasa en ese caso.
Xena acabaría enfrentándose a Julio César en Britania y viajando a Japón, para hacernos una idea, además de a un sinfín de recintos mágicos y paranormales. También la veríamos en capítulos ambientados en el siglo XX a través de lo que era, o eso se insinuó, su reencarnación. Mucho más que Hércules, Xena acabó siendo un cruce entre Lara Croft y Doctor Who ambientado en un mundo verdaderamente mítico, no histórico, solo remotamente emparentado con Grecia. Divertido, sí; refrescante, también. Pero muy arriesgado.
La ficción pretendidamente histórica pronto dejó de serlo y cambió hasta asentarse en la fantasía. Y los espectadores volaron, como suelen cuando el producto cambia de género. En su última temporada la serie no llegó a los cuatro millones de televidentes en Estados Unidos, cuando había alcanzado el doble solo un par de años antes. Así que Xena acabó de la única manera que podía: muerta, aunque metafóricamente reunida con Gabrielle en el cielo de los justos y a la espera de un reboot que nunca acabó de llegar. Quizá sea lo mejor. Al menos, hasta que el desenfado llegue de nuevo a las grandes ficciones de televisión.







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Y esa intro…
«En la era de los antiguos dioses,
de los señores de la guerra
y de los reyes;
una tierra convulsionada clamaba por un héroe.
Ella era Xena, una temible princesa forjada en el calor de la batalla».
Y sonaba el temazo tremendo.