Cine y TV

‘Hijos de los hombres’: menos es más

Hijos de los hombres. Imagen Universal Pictures.
Hijos de los hombres. Imagen: Universal Pictures.

El virtuosismo técnico conviene tanto al cine de ciencia ficción como el que las historias que este cuenta estén enraizadas en una amenaza percibida como real (las invasiones extraterrestres, la bomba atómica, los totalitarismos, el terrorismo), y ello aunque su actualización en la pantalla transmita un temor difuso, simbólicamente expresado. Para quienes nacimos en el período cuasiartesanal de los efectos especiales (Encuentros en la tercera fase, La guerra de las galaxias, E. T.) y crecimos en la estética futurista punk de Blade Runner, las profecías predigitales, tan atractivas o tan temibles en su momento, o bien se han convertido en realidades (internet, las telecomunicaciones), o bien se ha demostrado que eran inviables (por ejemplo, que todos viajáramos en cohete espacial a principios del siglo XXI).

Así pues, a cualquier director que a día de hoy desee hacer una película dentro del género no le queda mucho margen a priori para cautivar a su público, ni desde el punto de vista técnico (el efectismo en 3D y otras filigranas por ordenador) ni desde el narrativo (¿qué predicción resulta ya creíble?). Pero he aquí que, de modo similar a como los pintores de las vanguardias en las primeras décadas del siglo XX renunciaron a agotar todos los recursos a su alcance en pro de lenguajes más puros, algunos cineastas contemporáneos optan por mantener a raya los ingentes medios de que disponen (lo que no resta valor a la maestría de la ejecución), así como los discursos proféticos con que tal despliegue de medios se suele aderezar. Eligen, en cambio, narrar una historia desde la misma raíz en la que reside la fuerza fundamental del arte cinematográfico, sin el énfasis que en muchas ocasiones le resta credibilidad: esto es, la imagen.

Desde este punto de vista, Hijos de los hombres es una película visualmente (y, por ende, artísticamente) irresistible. Alabada y premiada precisamente por ciertas opciones de rodaje (los largos y emocionantes planos-secuencia), Hijos de los hombres es sin embargo una película contenida en la muestra de avances tecnológicos; realista en su puesta en escena (si bien se trata de un realismo urbano especialmente degradado), no es un relato intimista, aunque afloren a cada paso las emociones tanto personales como colectivas. Frenética y dura en sus momentos más sórdidos (el tratamiento a los inmigrantes por parte de un Estado semipolicial, la guerrilla de reminiscencias balcánicas que se desata en las calles), tampoco es, en sentido estricto, una película de acción.

Por último, la libre adaptación que hace de la novela homónima de P. D. James, con su título de referencias bíblicas, y su sombría descripción de un mundo en el que no nacen niños y que, por tanto, camina hacia su extinción, tampoco la convierten en una película admonitoria sobre las consecuencias de los actos humanos. Quizá la clave de esta obra, que posee todos los elementos mencionados pero expuestos (insisto) antes desde la mera percepción visual que desde ninguna proposición formulada, la tenga Jasper, el personaje encarnado por Michael Caine. En medio de la desesperanza, y acompañado por una elocuentísima banda sonora (narración paralela en sí misma), Jasper aplica constantemente el viejo antídoto contra la condenación humana: el sentido del humor.

El futuro, en una película tan intensa y compleja, dantesca y apocalíptica por momentos, resulta extrañamente simple: una barca perdida entre jirones de niebla y bajo los acordes (serenos y desasosegantes a un tiempo) de la música original de John Tavener, portando dos personajes prendidos a la última esperanza. Sin comentarios, sin contornos definidos. «Las calidades pictóricas han perdido su valor propio, se han vuelto discretas y están enteramente al servicio del mundo de la visión (…) La comprensión conceptual se acerca a la percepción visual». Son palabras del historiador del arte Michael Bockenmühl sobre la capacidad anticipatoria, en varios siglos, de la pintura de Rembrandt a los modos de percepción contemporáneos, pero podrían aplicarse a esta especie de barca de Caronte al revés, donde la vida viaja junto a la muerte.

Quizá Alfonso Cuarón, director de esta brillante cinta, haya dado en el clavo. Quizá en la ciencia ficción contemporánea, si se quita lo que sobra, en una vuelta a los tiempos en que el cine, en ausencia de sonido, resultaba excepcionalmente visionario, afloren mejor las preguntas fundamentales de la existencia. En cualquier caso, después de ver la película en mitad de la mañana, a cualquiera le entran ganas de salir corriendo hacia el colegio de sus hijos, irrumpir en su clase y abrazarlos sin parar, abrazarlos.

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2 Comentarios

  1. Siempre he recomendado esta película como un gran logro de la ciencia-ficción cercana , y también siempre me ha costado encontrar ese hilo del que tú sí has tirado para explicarla. Felicitaciones por ello, y gracias por situarla en el centro tantos años después.

  2. ¡¡Peliculón!!
    Preciosa historia, triste pero con un destello de esperanza. Esa fotografía con tonos apagados. En muchos aspectos me recuerda a La Carretera, otro peliculón que deja una sensación parecida de mal cuerpo.

    La interpretación creíble y contenida de los a veces histriónicos Clive Owen y Julianne Moore.
    Michael Caine haciendo (tan bien) de Michael Caine.

    Y ESA ESCENA.

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