
Ludwig Wittgenstein tuvo durante décadas el privilegio de ocupar las últimas páginas de los libros de filosofía en la educación secundaria. Tras él asomaban pensadores más jóvenes, a razón de una línea para cada uno, pero casi nunca daba a tiempo a estudiarlos, en parte porque el profesor se había pasado el primer mes hablando de Platón, el segundo de Aristóteles y la mayor parte del segundo cuatrimestre de Kant, que era lo que entraba siempre en el examen de acceso a la universidad. Es lo malo de convertir a una métrica de aprendizaje en un objetivo: se transforma en una competición para aprobar, no para aprender.
A lector que no estudiara humanidades en la universidad quizá le haya asaltado alguna vez la duda de qué pasó en esa disciplina después de Wittgenstein. ¿Le sucedió como al resto de las mentes pensantes del libro de Filosofía, que enseguida llegó otro más listo que él, uno que mostró al mundo lo equivocado que estaba su predecesor? ¿Sobrevivieron sus ideas? ¿En qué fallaba su doctrina?
Wittgenstein ofrece una barrera de entrada considerable. Por alguna extraña razón, a la gente le interesa conocer la vida de los filósofos antes de dignarse a prestar atención a lo que dijeron. Pasa lo mismo con los escritores. Un cierto tipo de error lleva a establecer relaciones entre los actos de las personas y sus contribuciones intelectuales o artísticas. En el caso del vienés, indagando en su biografía uno puede concluir precipitadamente que era un mal tipo, que tenía algo roto, y eso echa para atrás. Los relatos de debates filosóficos a golpe de atizador de chimenea (con Popper); su etapa de maestro autoritario (al cabo de unos años Wittgenstein fue a pedir perdón de rodillas a sus antiguos alumnos, ahora adultos, y cómo habría sido la cosa que algunos no le quisieron perdonar); los arrebatos de ira en los seminarios académicos, fruto de su manera desabrida de discutir; el exilio a una cabaña para no tener que tratar con nadie; todo ello pinta la estampa de un sociópata de manual, es decir, uno de esos señores con los que hasta hace poco se construían los libros de texto.
En el haber de Wittgenstein, y para eliminar cualquier prevención a sumergirse en su obra por parte de los que se consideran buenas personas, decir que se definía como pacifista y que fue enfermero durante la segunda guerra mundial. En su descargo, tres de sus hermanos mayores se suicidaron, así que algo debía acechar a la familia. El padre, quizá. Otro punto a su favor es que el vienés despreciaba el dinero y, aunque eso no tiene ningún mérito siendo rico, el desapego hacia lo más vil suaviza su imagen en una época en la que cualquier enriquecimiento, aunque sea lícito, es sospechoso. Pero lo que debería convencer al indeciso para sumergirse en su obra es que, al decir de varias mentes brillantes, Wittgenstein fue el último filósofo: el terminus ad quem de la gran filosofía occidental.
Semejante aserto necesita una buena justificación, porque es probable que el lector no encuentre muchos filósofos profesionales que le compren que después de Wittgenstein, poco. No obstante, a esos filósofos les costará no conceder que el vienés cierra al menos algún capítulo de alguna rama de esa disciplina. Esa sería la versión débil del postulado fuerte de las mentes brillantes de que Wittgenstein cerró brillantemente una tradición de siglos, y de que todo lo que ha venido después ha sido nada más que un largo, casi interminable, adiós; o si se quiere presentar de otra manera, el espectáculo de la contumaz resistencia de los filósofos a dedicarse a otra cosa una vez que esa actividad tan venerable, la de especular sin apoyo empírico (aunque con la noble intención de buscar «la verdad»), dejó de considerarse una actividad sensata.
En la versión débil de la hipótesis, la de que hay al menos una rama de la filosofía que Wittgenstein taló de raíz, asoma Kant como cooperador necesario. Fue él quien hizo la primera sangre a la metafísica, al darse cuenta de que no es razonable pretender obtener conocimiento racional de realidades más allá de la experiencia, ya que todo conocimiento implica la necesidad de categorizar y de contar con unas condiciones previas a la observación empírica: el espacio y el tiempo. Dado que sólo podemos pensar y medir en el espacio y en el tiempo (percepción), no podemos conocer nada que no participe de esas coordenadas (entendimiento), que es algo que ya vino a decir Hume, otro héroe del panteón empírico. Los juicios analíticos son, o definiciones del tipo «dos rectas son paralelas si no se cruzan» (lo cual es una definición de un concepto inventado, el paralelismo; no un conocimiento nuevo sobre el mundo); o, de ser sintéticos, están sujetos a comprobación empírica (sólo puedo negar el enunciado universal de que todos los mirlos son negros si encuentro uno que no lo sea, es decir, si puedo recurrir a la experiencia).
¿De verdad se acabó con Wittgenstein la filosofía? Técnicamente, no, porque sigue habiendo facultades, asignaturas de grado y filósofos. Es un hecho, además, que tras él hubo gente que siguió trabajando incluso en su mismo negociado, el de la filosofía analítica. Así, siguiendo el punto de partida de Moore para la filosofía, el sentido común, Quine analizó el concepto de significado, Davidson abundó en el tema del lenguaje (lo mismo que Kripke), y Ryle analizó con las herramientas de Wittgenstein el lenguaje psicológico y la distinción entre lo mental y lo físico. Al rebufo del vienés sigue otra buena nómina de nombres, como Strawson, Hare, Malcolm, Austin o Grice. Pero esos señores innovaron poco, según los otros. En realidad —dicen—, aparecen en los libros porque limpiaron, fijaron y dieron esplendor a lo que dejó escrito nuestro protagonista. Esa disciplina —continúan— pertenece al pasado del conocimiento humano.
Como sucede a menudo, para decidir por uno mismo quién tiene razón hay que estudiar un poco. Estudiar en la acepción de leer libros (unos cuantos), ensayos (varios) y artículos (muchos); no de buscar cosas en internet. Y ese estudio empieza, naturalmente, por la fuente: las obras de Luis. Para provecho del lego absoluto, comentar que hay un Wittgenstein en 90 minutos de Paul Strathern al que se puede recurrir si nunca se ha oído ese nombre. Para el que ya sepa algo del asunto, haya oído campanas, o tuviera la suerte de que su profesor de filosofía cumpliera con la heroicidad de cubrir el temario completo, recordar que hay un primer Wittgenstein (el del Tractatus, una gran obra), y el de las Investigaciones Filosóficas (otra gran obra que refuta a la primera). Para el Wittgenstein kosher, el segundo, una pregunta tan aparentemente profunda como ¿existe el alma? no es en realidad sino el lamentable error de empeñarse en aplicar el concepto de «existencia» fuera de su ámbito propio, que son las entidades sensibles. La pregunta ¿existe esta mesa? parece idéntica a ¿existe el alma?, pero son radicalmente diferentes. Viene a ser como comparar el sabor de un helado de chocolate con el color verde de un pistacho: esas propiedades viven en espacios y planos diferentes y no admiten identificación fuera de la metáfora o la sinestesia.
Lo que argumentó Wittgenstein con suma brillantez fue que los problemas clave que habían ocupado a los filósofos durante varios siglos no eran sino un cierto tipo de aplicaciones incorrectas de lenguaje. Así pues, el uso de la palabra «existe» presupone que el objeto ha de ser conmensurable, es decir, pertenecer al espacio-tiempo. Aplicarlo a otra cosa no está justificado según las reglas del uso lingüístico que damos a la palabra «existe». Ese uso es por tanto ilegal para cualquier investigación sensata sobre el mundo. Ese delito de hablar de cosas de las que no se puede —en rigor— hablar porque no puede haber estructuras que las soporten, ya lo había denunciado Kant de una manera mucho más complicada (y larga), pero fue nuestro amigo el que encontró el arma del crimen. No era el razonamiento espurio, sino el propio lenguaje. Se trata de un cierre, no en sentido de la teoría del cierre categoral de Gustavo Bueno (otro día le despacho; hoy no toca), sino de echar la persiana a la filosofía como actividad sólida, arrinconándola junto a saberes que una vez fueron muy importantes, como la alquimia o la astrología, que el progreso del pensamiento humano ha convertido en antiguallas.
Dicho con poca anestesia, Wittgenstein vino a hacer que nos diéramos cuenta de que los problemas importantes de la filosofía, los profundos, no dejaban de ser pseudoproblemas fruto de confusiones y malentendidos en el uso del lenguaje. Analizando el lenguaje de las afirmaciones filosóficas se detectaban las trampas, absurdos, y expresiones sin sentido de los antiguos en su práctica del pensar. La tarea de la filosofía se reduciría pues a mostrar cuán equivocados estaban los filósofos en su manejo particular de la lengua, y eso fue lo que hizo él cuando, después de llegar a esta conclusión sin saber mucha filosofía, se puso a leer lo que habían dicho antes que él los filósofos que le precedieron. Una empresa suficientemente interesante para que le dieran una cátedra en Cambridge sin ni siquiera tener el título.
Pero, ¿con qué filosofía acabó Wittgenstein? Aquí viene lo más difícil de tragar. Se podría decir en defensa de la disciplina que el torpedo diseñado por Kant y montado pieza a pieza por Wittgenstein se dirigía a la metafísica, pero es que es ahí donde estaba a principios del siglo XX la línea de flotación de ese barco, porque el resto de la filosofía, lo que no era metafísica, lo que está más acá (o antes) de la metafísica, ya se lo habían cargado otros. Las especulaciones de Platón y Aristóteles se les enseñan hoy a los niños de diecisiete años para que aprendan a pensar, pero las conclusiones de aquellos dos no dejan de ser juegos de espejos a la luz del conocimiento que hemos adquirido con la aplicación firme del método hipotético-deductivo, que es la herramienta que nos proporciona las únicas afirmaciones válidas sobre la naturaleza. Bueno, no las únicas, sino aquellas que una sociedad humana que desea regirse por criterios racionales puede considerar aceptables, aun siendo provisionales.
Podemos afirmar muchas cosas fuera de ese marco metodológico, del método hipotético-deductivo, e incluso embarcarnos en una maniobra de distracción y afirmar que no se comparte el marco, pero el hecho es que el mundo del año 2025, el mejor periodo objetivamente hablando de toda la historia de la humanidad, se ha construido a partir de ese invento de Francis Bacon y de Galileo (medalla de oro ex-equo en la definición de El Método). No hemos llegado hasta aquí gracias a las logomaquias de los filósofos antiguos, sino gracias a científicos haciendo experimentos para refutar sus propias fantasías. Gracia a eso, la filosofía natural se convirtió en física; la ética y moral en una parte del derecho o de la literatura. Pronto, las preocupaciones de los filósofos de los veintitantos siglos anteriores empezaron a verse como juegos infantiles de gente que vivía en la ignorancia y que no sabía ni que había virus, bacterias, electrones, estrellas de neutrones, agujeros negros, radiación beta, antimateria, neuronas o que la máxima velocidad alcanzable en el universo es la de la luz.
Ya Russell, poco sospechoso, veía a la filosofía como una disciplina menguante que se ocuparía de las preguntas que, de momento, no se hiciera ninguna otra ciencia. Eso fue a principios del siglo XX. Desde entonces, hemos avanzado exponencialmente, y el ámbito de la filosofía ha quedado circunscrito a enseñar lo que hace posible entender lo que dice este artículo, es decir, a contribuir a que no nos desviemos del camino del conocimiento racional mostrándonos los errores que, por abuso de lenguaje, se cometen en el ejercicio del pensamiento. Es decir, a enseñar a la mosca la salida de la botella. Eso era, en el fondo, el plan maestro de la Filosofía de COU, y la razón por la cual nos parecía que cada página del libro enmendaba la plana a las anteriores. La disciplina se ha convertido, en el fondo, en una forma de análisis literario.
Llegados a este punto, sucede como en esa parte de El señor de los anillos en la que Gandalf el gris se despeña a las profundidades del abismo y en el último segundo se agarra a una roca para salvarse y reaparecer –tras decenas de páginas de insoportable aburrimiento– como Gandalf el blanco. En su caída, la filosofia debellata que he ido pintando arriba cree tener una última oportunidad: agarrarse a la epistemología. ‘Sí, querido’, me dirán, ‘la metafísica puede que no sea un campo válido de especulación racional desde Kant, y quizá el resto de la filosofía hace tiempo que fue superado por la ciencia, pero para hacer ciencia es necesario un marco, eso que has llamado El Método’.
Es una salida honrosa, aunque desesperada y me temo que inútil: la epistemología tal y como se venía practicando antes de Wittgenstein era otro espejo, otro juego lingüístico. De hecho, se puede apuntar con cierta facilidad una visión radical de la epistemología que prescinda de la filosofía tradicional centrándose en qué significa «saber» en la práctica, tal como se usa en su contexto humano. Pero el desarrollo de la consecuencia directa de ese punto de vista —terriblemente turbadora para aquellos que no aceptan que si no hay confirmación empírica no hay conocimiento— tendrá que esperar a otro artículo. O a una serie, porque el tema —aún en una versión simplificada como la que he ofrecido— da para largo.









Tremendo artículo. Enorme calidad. Llevo toda la sobremesa dándole vueltas al tema y buscando en internet. No puedo esperar a la continuación. Quiero más de estas cosas y menos politiqueos, quejas de editores, pataletas o peleas entre señoros del mundillo literario. Eso aburre y a la gente no nos interesa. Pero estos artículos filosóficos de alta divulgación elevan el espíritu. En COU no llegamos a Wittgenstein y no sabía lo que me había perdido. Tiene razón en lo que dice del fin de la filosofía. Ya lo había yo sospechado. Por cierto que me divierten mucho las bombas que va lanzando el autor así como que nada. Le dan mucha gracia al texto. Siga así.
La filosofía analítica puede ser que esté muerta pero no es la única, mientras nos cuestionemos lo obvio y lo que damos por sentado siempre habrá un que hacer.
Genial artículo. Ameno, entretenido e instructivo.
A riesgo de que me llamen irracional, en mi libro de COU de filosofía había un capítulo, al que no llegamos por esa manía de prepararse para la prueba de selectividad (hay que ser productivo por encima de todo), había un capítulo dedicado al cientificismo. Lo recomiendo, es interesante para sospechar del lenguaje triunfalista como propaganda política.
Y también recuerdo otro Wittgenstein, el segundo, muy crítico con el primero, el rigorista cientificista y lógico, más cercano a la filosofía que se hacía en el continente y al que llamaron traidor esos positivistas lógicos de la escuela analítica. Un texto suyo venía a decir que el campo es libre para poner el cercado, los límites, en un lugar u otro.
Es lo que dice el autor del artículo. Si se toma la molestia de leérselo y asimilarlo antes de opinar, se dará cuenta de que comenta lo de la selectividad y lo de los dos Wittgensteins, y que el artículo va sobre el segundo, el de las Investigaciones Filosóficas. También se dará cuenta que no dice que la filosofía analítica esté muerta. De hecho, es lo único que queda más o menos vivo, aunque al rebufo de Wittgenstein.
Lo he leído, estimada Eloísa, pero de unos mismos hechos, el COU y los dos Wittgenstein, salen interpretaciones distintas, porque hay experiencias distintas.
Lo que sí creo que está muerto es la pretensión, y en eso creo que coincido con Tapiador, de hacer de la filosofía una ciencia positiva, que, recordemos, fue la ambición inicial de la filosofía analítica. El asunto es que el considera que si no es ciencia no es conocimiento, como dejó claro en su artículo del epicurísmo, y por eso la filosofía es como la alquimia, un saber falso y sobrepasado. En ésa pretensión de los cientificistas veo un poco la fábula de la zorra y las uvas. En mi modesta opinión.
«el vienés despreciaba el dinero y, aunque eso no tiene ningún mérito siendo rico…»
¿Repartir toda su herencia para dejar de ser rico no tiene ningún mérito?
*
«Dado que sólo podemos pensar y medir en el espacio y en el tiempo (percepción), no podemos conocer nada que no participe de esas coordenadas (entendimiento), que es algo que ya vino a decir Hume, otro héroe del panteón empírico.»
Esa idea es más vieja que la orilla del río. Que la especulación filosófica es inútil en Oriente se sabe desde hace milenarios. O en Grecia. Como lo supieron las místicas de todas las religiones. Y antes que Hume y Kant, lo supieron Pascal y Hobbes («Lo verdadero y lo falso son atributos del lenguaje, no de las cosas. Y donde no hay lenguaje, no hay verdad ni falsedad» – dice el autor del «Leviatán»). Y antes que ambos, Montaigne, y todos los lúcidos «que en este mundo han sido» (como el autor del «Eclesiastés» o Marco Aurelio, por ejemplo).
La filosofía siempre ha sido una simple masturbación del lenguaje (el último gran masturbador de palabras fue Heidegger) y Wittengsteins que lo hayan denunciado ha habido muchos en la historia del mundo (y más radicales aún que el amigo Ludwig, como los grandes maestros zen – Dogen, por ejemplo).
«Opiniones humanas: juegos de niños».
(Heráclito)
«La Filosofía es el arte de patalear en las tinieblas.»
(S. Ramón y Cajal).
PS. El 99 % de los artículos sobre Wittgenstein (que fue un gran lector de San Agustín) olvidan hablar de su fe cristiana («el hombre sólo necesita a Dios», ha escrito).
Estoy de acuerdo con lo que dice Pablo75 pero hay que tener en cuenta que el que explicó la mecánica de la masturbación del lenguaje que es la filosofía fue Wittgesntein. Las citas que saca Pablo son frases ingeniosas y nada más. Los orientales no explican nada racionalmente, es una religión. Asi que lo siento pero W. sigue siendo el punto y final de la filosofía occidental, que es RACIONAL y no una mística.
No hay crítica de la filosofía desde fuera de la filosofía, así que técnicamente lo que dijo Wittgenstein también es masturbación mental. No es más que la escalera que usamos para llegar al altillo donde no hay nada, y de la que tenemos que olvidarnos como si nunca hubiese existido. Antes de llegar a ese punto uno se pregunta si la concepción tan radical no ha sido malinterpretada de cabo a rabo.
Hay que recordar que un referente de la escuela analítica y protector de Wittgenstein fue Russell, que ya intentó buscar la fundamentación de las matemáticas en la lógica, pues era un escándalo que las matemáticas se basaran en la intuición. El resultado fue un reconocido fracaso, la paradoja del barbero. (Godel vendría a rematar la idea probar el fundamento de verdad en las matemáticas.) A nadie se le ocurre decir que las matemáticas no sirven para nada y son masturbación mental porque son el lenguaje de nuestra ciencia, y la ciencia da poder, pues lo mismo con la filosofía. Está ahí porque nos ayuda a darle vueltas a los asuntos y verlos desde otras perspectivas, nos da herramientas para pensar. No es la madre de las ciencias ni gente que se dedica a pensar en abstracto como apunta el autor del artículo en un topicazo, es más bien la hija de las ciencias, como diría Althusser o un conocimiento de segunda categorización como apunta Bueno. Pero el hecho de querer aplicar la razón a la razón, como el de buscar fundamento de verdad a las ciencias está condenado al fracaso, porque hay un problema de circularidad.
Althusser era un pobre enfermo mental que soltó la tontería esa de la hija de la ciencia para justificar el marxismo y el psicoanálisis como ciencias, y Gustavo Bueno no apuntó más que tonterías, pero hacía gracia en la tele como friki. Estoy deseando ver cómo lo despacha alguien que viene de las ciencias duras como Tapiador. Las matemáticas son el lenguaje de la ciencia empírica, pero la filosofía no es el lenguaje de nada. El lenguaje de las ciencias sociales es el puro lenguaje. Eso es lo que vino a decir Wittgenstein. El problema de circularidad lo tiene la filosofía cuando nos damos cuenta de que solo podemos analizar el discurso filosófico con palabras. La filosofía no es más que una rama de la literatura y en concreto del ensayo. Es crítica literaria en el fondo. El que los filósofos no lo hayan aceptado aún es su problema. Todavía quedan astrólogos, chamanes y alquimistas, también.
Claro que sí. Tapiador puede aportar una ecuación contra la filosofía y un teorema, contrastado empíricamente contra el pensar con rigor. Bernardo, por cierto ¿Qué tal la cruzada?
Por alusiones tengo que preguntar: dime, amigo, ¿cuándo abandonaste el camino de la sensatez por la locura?
Y es que encuentro mucha hibris y poca reflexión en un texto que se escribe en el apartado de «filosofía»
Afirmaciones como «…pero el hecho es que el mundo del año 2025, el mejor periodo objetivamente hablando de toda la historia de la humanidad» más parecen escritas por Steven Pinker, santo patrón tecnoliberal que por una persona respetuosa con los hechos. Para un defensor del positivismo no sé con que «mejorómetro» se ha hecho la medida, y dónde y cómo se ha calibrado. Digo yo que dependerá de lo que compares y a quien compares ¿no?, ¡oh paladín del empirismo estricto!
Luego hay otras directamente falsas «No hemos llegado hasta aquí gracias a las logomaquias de los filósofos antiguos, sino gracias a científicos haciendo experimentos para refutar sus propias fantasías» Intentar hacer pasar el criterio de falsabilidad por generalización histórica es no tener ni idea de los hechos y de acomodarlos a la teoría, justamente lo que criticas a los filósofos que según tu hacen cábalas en el aire. Harías bien en (re)leer una obra cumbre de la epistemología del siglo XX, «La estructura de las revoluciones científicas» de Thomas Khun, que a parte de historiar la filosofía de la ciencia y dar un revolcón a las presunciones positivistas de como debía de ser la ciencia, era uno doctor en física por Harvard, (y por tanto nada sospechoso de ser «de letras» según el criterio esgrimido por el monje pro cruzada).
El texto lo continuas y sigue «Gracia a eso (a los científicos que aplican la falsabilidad), la filosofía natural se convirtió en física; la ética y moral en una parte del derecho o de la literatura. En fin, una filósofa que no citas, Hanna Arendt (debe ser que no estaba en el lado angloanalítico) ya avisaba del peligro de la banalidad del mal: Eichmann, el nazi, no era un malo metáfisico, era una persona común que había renunciado a la práctica de pensar (éticamente) y ser crítico, y delegar esa faceta de la autoreflexión en el reglamento, en la ley, en el derecho.
En fin querido amigo, me marcho a la Comarca a fumar con los anticuados hobbits, mientras espero como despachas la segunda parte.
Querido Mithrandir, amigo nuestro. No hay necesidad de justificar las afirmaciones en este negociado. Todo esto es, como nos enseñó Wittgenstein, una rama de la literatura, no una ciencia. No obstante, para tu tranquilidad, hay un índice de desarrollo humano (IDH) de la ONU que no para de darnos alegrías. Vivimos fenomenal, mucho mejor que lo que nunca vivieron en La Comarca. Esa obra de Khun, por otro lado, está muy bien para justificar el todo-vale metodológico en ciencias sociales, donde se ha malinterpretado hasta la parodia, pero nada más. Si acaso, la idea esa de la variedad de paradigmas ha retrasado el progreso de esas disciplinas durante décadas. Y sacar a Arendt a pasear (qué cliché) no te conviene: Poca gente tan idealista y romántica como los del gremio de Eichmann. De ahí, del idealismo alemán, llegaron infinitos males. Hay que volver a El Quijote y a la tradición española realista. En fin, querido, pasas demasiado tiempo con los hobbits. Su vida muelle está afectando a tus reflejos y ves hibris en el único lugar donde no puede existir.
Pero es que, querido Tapiador, nuestro común amigo Wittgenstein jamás dijo que la filosofía fuera literatura. Lo que dijo, el segundo concretamente, es que la filosofía debía de servir para aclarar, higienizar, disolver los problemas de la filosofía. Estoy seguro de que alguien como tú, que aprecia el rigor, científico o filosófico, sabrá ver la diferencia. Creo que lo estás confundiendo con Richard Rorty que sí que afirmaba algo parecido, lo cual tiene su gracia, porque se le considera postmoderno. ¿Estas defendiendo una tesis postmoderna? no te juzgo por ello, eh?, solo que sería como encontrarme con un orco que le pone una velita a Manwe.
Realmente el índice de desarrollo humano no me deja validar tu afirmación de que vivimos en el mejor de los tiempos. Todo sea porque no mide cosas como la desigualdad, la explotación, los genocidios, las violencias, los autoritarismos y las faltas de libertades. No mide los índices ecológicos que hemos rebasado con creces. Sigue anclado en el mito del crecimiento sin fin en un planeta fínito, que favorece los intereses de un élite que vemos que está poniendo en jaque algunas mejoras conseguidas.
Con respecto a Kuhn, le estás atribuyendo lo del Todo Vale metodológico y ahí también vas desencaminado. El del «anyhings go» es Paul Feyerabend, otro estudiante de Física que puso patas arriba la epistemologia. Y, realmente, no te he traído el ejemplo de Kuhn para abrir un debate de si se producen revoluciones o no en la física o en la biología. Lo he traído porque los hechos que refiere en su libro, la lucha de las diferentes facciones en la ciencia nueva por validar su paradigma no sé parece en nada al criterio límpido (en principio, pero tambíen tiene mucha tela que cortar) de Popper de falsabilidad. Los hechos históricos son los que son, y forman parte de la identidad de las ciencias, ya sea la sociología o la física.
¿Arendt es un cliché? puede ser, pero si lo es y no ha calado lo que dice algo pasa. La ética o la moral no son lo mismo que el derecho, ni el derecho es su evolución natural, (de hecho históricamente han convivido y se han desarrollado tocándose a veces y renegando muchas otras).
Creo que el mal de la modernidad, el fascismo, no está intrínsecamente ligado al idealismo y sí a esa crítica, que recomiendo (aunque sospecho que la vas a «despachar») de Adorno y Horkheimer.
En fin, un saludo, desde los Puertos Grises.
Te has vuelto un soñador, querido Olórin, desde que te caíste de Sombragris; y parece que me lees con los ojos entrecerrados y dándome poco crédito. No escribí que Wittgenstein nos dijera o escribiera eso (sino que nos lo enseño); ni que Arendt sea un cliché (sí lo es sacarla a pasear). Tampoco he escrito que Kuhn fuera el del todo vale, sino que fue usado por otros para sus fantasías. Y antes muerta que postmoderna.
Por lo demás, abundas en lugares comunes: excusas de acomodado para no reconocer lo obvio, que nuestra sociedad es la mejor que ha existido, aunque todavía admita muchas mejoras; y mucha escuela alemana, esos enemigos de la Ilustración, esos logomaniacos que nunca entendieron que si el nuevo régimen condujo donde condujo fue por esa mezcla suya tan mala para la salud de Europa de protestantismo e idealismo, esa terrible falta de amor por lo que realmente es la gente en favor de un culto mágico a la que nos gustaría que fuese. Por cierto, lo primero que aprendes en una licenciatura de historia es que los hechos históricos no existen.
Pero no quiero desviarme. Prometo segundas y terceras partes sobre Wittgenstein, si es que me siguen haciendo casito por aquí y no me echan por hereje.
Saludos, y gracias por los comentarios, que están muy bien.
Vamos, que has llegado a la misma conclusión que Rorty por tu propio pie y se lo endosas a Luigi, que nunca lo dijo pero es lo que has deducido, ¿no?. Bueno, pues mira por dónde a lo mejor también aprendes que tienes tu parte de criptopostmoderno, como el resto, porque es la época que nos ha tocado vivir. Nunca se sabe. Los caminos de la Razón son inescrutables. La vida da muchas vueltas y hay que cabalgar en las contradicciones propias, no solo en Sombragris.
Tienes razón, soy muy clásico, abundo en mis lugares comunes, es lo que tiene ser tan viejo. Aunque no me encontrarás en otros lugares comunes que nunca he entendido como el de los hinchas » ciencias vs letras». Me aburren bastante, son nacionalistas de aldea. Y es que intento cuidarme mucho de no meterme en jardines que no conozco a la hora de hablar. Cuando las estudias de cerca, cada disciplina tiene bastantes problemas y complejidades en si misma para ir mirando por encima del hombro a las otras e ir despachándolas «tu eres ésto o éso» sin ser especialista en la cosa. No es plan de ir hablando desde los prejuicios. Lo que debería enseñar la edad es prudencia. Pero los días antiguos han quedado atrás y reconozco que éste no es mi tiempo.
Y por cierto, que siendo Alemania la cuna de la ilustración, del iluminismo, (Kant era su quintaesencia e idealista trascendental), me cuidaría mucho de enmendarles la plana a los pensadores de allí. Veo muy simple y maniqueo entender la Critica de la Ilustración como un libro enemigo de la ilustración. Y es que la Escuela de Frankfurt es hija de la ilustración, como lo somos todos en occidente, pero analizarla y examinarla es un ejercicio de madurez necesario. En cambio, aceptarla sin crítica es un ejercicio de fe más próximo a la religión que a la razón. No hemos sustituido una fe por otra ¿ o sí?
Mira que cuando yo he estudiado historia me enseñaron que los hechos históricos son constructos, que es algo bastante diferente a decir que no existen. Pero bueno, si con Wittgenstein entendiste que la filosofía solo es una rama de la literatura a lo mejor también entendiste que es lo mismo un constructo que no existir. Quién sabe. Lo cierto y verdad es que en la noche postmoderna todos los los gatos lo parecen, sobre todo si saltan sobre la luna.
En fin, llegados a este punto, querido amigo, te deseo de todo corazón prudencia para tus próximos e inevitables artículos que leeré.
G.
Veo que no andamos tan lejos, a pesar de las apariencias, pero las palabras, su uso y los matices lo emborronan todo. La Ilustración se puede criticar, naturalmente, pero la «Crítica de la Ilustración» también, aunque por razones diferentes.
Constructo equivaldría a no existir en ese juego linguistico, sí. ¿Ve? Al final hay que volver a Wittgenstein, que dijo lo que dijo y nos enseñó lo que nos enseñó, pero que —por cierto— era un místico.
Y gracias por el consejo, sabio elfo, que le agradezco también de corazón. Aplicaré más prudencia —si cabe— en lo sucesivo, no sea que me asignen a alguna corriente o lugar común de los que me son ajenos.
Un saludo, y tápese.
1) Por supuesto todo puede ser objeto de crítica. Pero siempre con fundamento y honestidad, y éso nos obliga a conocer muy bien lo que estamos criticando.
2) La filosofía es rigurosa, y no es un juego de filibusterismo del tipo «donde digo digo, digo Diego». En todo juego lingúistico los participantes conocen las reglas, y en los honestos no las van cambiado de forma unilateral y ventajista. Constructo (social) e no existencia no son equivalentes en ningún juego del lenguaje compartido entre tu y yo. Lo siento pero no cuela.
3) De elfo nada, Istari por favor.
G.
IDH…el ataque de risa que me dio, por Dios!!! Si casi tengo que ir a Urgencias del hospital!!! Luego comente esto, en una charla con amigos y salieron otros chistes, el de la igualdad ante la ley, el de los DDHH, el de la libre determinación de los pueblos, el de la democracia y el gobierno del pueblo, el de la libertad de mercado, el de la igualdad entre hombres y mujeres, el de la solidaridad…no pudimos parar de reírnos…hubo muchísimos otros pero no quiero aburrir a los escribientes!!! Un saludo!!!
Estoy de acuerdo con el señor arriba en cuanto al tono de insolencia y arrogancia mostrado por el catedrático Tapiador, que se cree mas listo que Wittgenstein, H Arendt y seguramente el mismísimo Platón…
Prueba, una vez más, que las universidades están llenos de pedantes y de engreídos, vamos, son del todo insufribles…
¿Por qué no puedo pulsar un corazoncito, un me gusta?
«El espectáculo de la contumaz resistencia de los filósofos a dedicarse a otra cosa una vez que esa actividad tan venerable, la de especular sin apoyo empírico dejó de considerarse una actividad sensata». Me has alegrado el día. ¿Cuántos siglos tardaremos en tirar definitivamente la escalera?
Me pregunto qué hubiera opinado Wittgenstein de Lacan.
Te distraes, lees… pero la futilidad de todo este intercambio de palabras (palabras agrandadas) acaba destacando con nitidez al final. También habría para reír con la bufonada de la razón religiosa, supuestamente opuesta al parloteo vacuo y narcisista de los filósofos, si no estuviese la muerte al final y el dolor no nos acompañase en el proceso, dolor que la razón religiosa estimula por afán de control, voluntad de supervivencia y mero sadismo. Es una ventaja estar casi muerto: no necesitas nada que te ayude a vivir porque apenas estás haciendo tiempo. Pero en fin: tienen ustedes todo el derecho a sentir una desmedida pasión por la filosofía…. y a los de la razón religiosa, bueno: solo esperar que un día el infierno ese que prometen se dedique a calentarles la silla…
Muy bien esto de poner en su sitio a los sofistas del lenguaje. Perdí tres semanas de mi vida intentando entender a Heidegger. Tardé mucho en darme cuenta de que era un charlatán. La carrera de filosofía está llena de gente así que hay que estudiar porque toca pero que en cuanto profundizas un poco te das cuenta de que no valen nada. La idea de que no es sino una rama de la literatura me parece genial.
Anything goes… Ciencia y técnica como ideología. Me pregunto si la IA no será ese abismo del lenguaje del conocimiento científico…o, parafraseando a Ludwig: «los límites del lenguaje científico son los límites del mundo construido por él» Feyerabend tendría un par de cosillas que decir al respecto, al menos para recordarnos la historicidad que acarrean las ciencias (duras y maduras)
Excelente articulo. Aporta a la cultura, que al final del dìa es lo único que hace llevadera esta vida moderna…