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Páginas en negro, gatos y ceños de mucho fruncir: sobre la literatura ergódica

Imagen de una de las páginas de 'Caja de hojas' en su edición original. literatura ergódica
Imagen de una de las páginas de ‘Caja de hojas’ en su edición original.

Páginas escritas con caracteres especulares. Otras que debes girar para leer. Frases filiformes, frases que se constriñen al pasar por un hueco, frases que van descendiendo a medida que tú también bajas hacia el abismo. Ausencias, espacios en blanco, misterios por rellenar. Interacción con el propio libro y sus elementos. Lecturas para la playa, en resumen…

Sean ustedes bienvenidos a la literatura ergódica.

Qué es la literatura ergódica

Imaginen un texto. Un texto… oscuro. Intrincado. Uno de esos de echarle horas, de parar cada pocas líneas, de fruncir el huequito que hay aquí, entre las dos cejas (los hay que solo tienen una ceja, pero se entiende). Bueno, eso es… pues un libro difícil. Kant, yo te invoco, cabrón. Pero aquí, con la literatura ergódica, hablamos de algo que trasciende lo jodido. Aquello que exige un «esfuerzo no trivial para permitir que el lector atraviese el texto», por citar la definición canónica de Espen J. Aarseth. O, dicho de otra forma (la que utiliza Daniel Pérez Castrillón), un sitio donde las palabras alteran la estructura misma de la narración y modifican el acto de leer. O, dicho de una tercera forma, que el propio leyente cambie el mensaje según va leyendo e interpretando de una forma u otra, siempre con varios niveles de comprensión que debemos afrontar.

Lo cual no es, en sí, demasiado novedoso, por cuanto ya nos hablaba Cortázar, ufanérrimo, sobre eso del «lector macho y el lector hembra», en tiempos de menos corrección política (no busquen dobles sentidos, solo constato). Bastaría, aun, ver si hablamos de sistemas cognoscibles limitados o de libertad absoluta, es decir, si existe un password para abrir cierta puerta… o, sencillamente, avanzamos en una jungla donde cada camino es por igual correcto (o mortal). Ya ven, un chiste.

Vamos, que la literatura ergódica nos cuenta, en pocas palabras, que construimos nuestro propio mundo. Oh, bien por Gadamer, se vino hasta las noveluchas de kiosco. Solo que no suelen ser de kiosco, no, qué va. Tochazos de espesor, muchas páginas, dibujines, a veces incluso laberintos en forma de maquetación puñetera. Divertidísimo, háganme caso.

Ah, advertencia… Algunos señalan como ergódicos los jeroglíficos egipcios. Que no existe paz de doctrina sobre el asunto, pero… Vamos, que lo de fliparnos con la contemporaneidad, las posibilidades del lenguaje transmedia y el mundo interconectado, pues guay. Pero hasta ahí. Que hay mucho cool de baratillo.

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