
Las películas de matemáticas en el cine son una auténtica espiral emocional para los que amamos las ciencias exactas. Cualquier pequeño guiño, como el que hicieron Los Simpsons mostrando en uno de los capítulos una cuadrícula al estilo Tron donde aparecía Homer junto dos ecuaciones que mostraban la solución a dos de los problemas más célebres de la historia. Si un pequeño guiño ya nos provoca un vuelco al corazón, imaginen cuando nos disponemos a ver un largometraje entero dedicado a un matemático, a una fórmula o a una mente que intenta descifrar el universo.
Aunque parezca mentira hay bastantes películas dedicadas a la ciencia más hermética y poética de todas: las matemáticas. Tal vez porque, en el fondo, hablan de lo mismo que el cine —de la búsqueda del sentido, del orden en medio del caos, del vértigo de enfrentarse a lo desconocido—. Las matemáticas, como el buen cine, no se conforman con describir el mundo: lo interpretan, lo imaginan, lo ponen a prueba e intentan acertar con los pronósticos de la Champions League. Por eso, cuando una película se atreve a entrar en su territorio, no solo cuenta una historia de números, sino una historia de pasiones humanas disfrazadas de lógica.
Entre todas, Una mente maravillosa (Ron Howard, 2001) es probablemente el relato más popular. Russell Crowe encarna a John Nash con una mezcla de genialidad y delirio que transformó la esquizofrenia en ecuación narrativa. La película no es tanto una biografía como una metáfora sobre el límite entre la mente que crea y la que se descompone. El teorema del equilibrio de Nash se convierte en símbolo de una inteligencia que se salva solo cuando deja de buscar la perfección matemática. Hollywood, por supuesto, redondeó los bordes del drama con sentimentalismo, pero en su núcleo late una verdad inquietante: la lógica también puede ser una forma de locura.
Más incómoda y real es Pi: fe en el caos (Darren Aronofsky, 1998), una película que convirtió el dolor de cabeza en teología numérica. Max Cohen vive encerrado en un apartamento lleno de circuitos, ecuaciones y ruido blanco, buscando un número que explique el orden del universo. La obsesión con el patrón perfecto lo conduce al colapso. Aronofsky filma el pensamiento como un ataque epiléptico: las matemáticas como lenguaje de Dios, pero también como condena de quien intenta descifrarlo. Si Una mente maravillosa glorifica la mente brillante, Pi la pulveriza.
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Tiene Usted razón estimado, pues la última frase es tan certera y horrenda como las matemáticas. Y sin embargo, siempre vuelvo a ella para resolver los problemas del alma midiendo el Tiempo sexagesimal para poder decir “ya pasará”, o sea un Tiempor circular, o sea que volverá, ¿ella o el Tiempo?; o racionalizar el cansancio y la falta de aire al pedalear una cuesta por culpa de la gravedad: nueve y pico de metros al segundo hacia abajo no es tanto pero agota dejándote mudo, temiendo después la inevitable aceleración donde no hay freno que valga, con esa fórmula autoreferencial que la hace aún más oscura: metro por segundo al segundo. Excelente lectura. Gracias.