
A finales del siglo pasado, yo solía publicar mis libros para niñas y niños (me resisto a usar la etiqueta «literatura infantil») en Alfaguara, y el hecho de que sus oficinas estuvieran en el mismo edificio que las de las demás editoriales del grupo Prisa propició que un día bajara una editora de Santillana, que estaba en la planta de arriba, y me propusiera que hiciese un libro de matemáticas para 2º de la ESO. Siempre me ha interesado la didáctica de las matemáticas y pagaban muy bien, así que acepté encantado.
Para amenizar el texto, imaginé a una niña inspirada en la Alicia de Carroll perdida en el país de los números en lugar del de las maravillas, pasando de un capítulo a otro y haciendo preguntas que daban pie a explicar los distintos temas. Le dediqué al libro no pocas horas de trabajo y quedé bastante satisfecho con el resultado. Pero la llamada que recibí a los pocos días de entregarlo no fue de felicitación.
—Es un libro de texto, y tiene que ser serio, y tú has hecho un libro divertido —dijo la editora, con el mismo tono con que podría haber dicho «has hecho un libro pornográfico».
Contesté, entre perplejo y consternado, que el antónimo de «serio» es «frívolo», y el de «divertido», «aburrido»; pero no hubo manera. Tuve que eliminar la parte más imaginativa para conseguir un árido libro de texto al uso. Me sentí como ese mono paródico (uno real nunca haría algo así) que, tras pelar un plátano, tira lo de dentro y se come la piel.
Pero, en realidad, los escritores no tiramos nada. Somos recicladores sistemáticos, tanto de la producción propia como de la ajena (como se verá más adelante). Con los recortes de mi texto original, más unos cuantos añadidos, hice una novelita titulada Malditas matemáticas. Alicia en el país de los números, y lo que habían rechazado en la segunda planta lo llevé, recocinado astutamente (o eso creía yo), a la primera.
Al cabo de unos días, la editora de Alfaguara Infantil me dijo que estaba loco.
—Los niños odian las matemáticas, tú mismo lo reconoces con ese título —argumentó—. ¿Cómo van a leer una novela que, en lugar de entretenerlos, les endilga la asignatura que más detestan?
En aquella época yo aún creía que los editores y editoras sabían lo que hacían, así que guardé el manuscrito en un cajón pensando que ya se me ocurriría alguna manera de volver a utilizar sus despojos.
Pero, por una de esas chiripas a las que tanto debo, el 2000 fue declarado Año Mundial de las Matemáticas, y mi editora pensó que, para conmemorarlo, se podía hacer una edición limitada de mi libro.
—No se venderá ni uno —me dijo para justificar el ridículo anticipo—. Lo regalaremos a los colegios y las bibliotecas.
He publicado más de cien libros, y se han vendido más ejemplares de Alicia en el país de los números que de todos los demás juntos. Se podría decir que llevo viviendo lo que va de siglo de esa novelita, que ha sido traducida a más de veinte idiomas. Mi mayor éxito editorial es un refrito de un libro de texto fallido. Y mi segundo libro más vendido y traducido es Maldita física. Alicia en el país de las ciencias. Y también he escrito Maldita geometría. Alicia en el país de las figuras, que saldrá dentro de unos meses.
Pero antes ha salido Alicia en el país de las ideas. Solo que no lo he escrito yo, sino un tal Roger-Pol Droit, una especie de Punset francés (el parecido —físico e impostural— es notable) que, hablando de refritos, ha echado en la sartén El mundo de Sofía, de Jostein Gaarder (un hombre encantador, por cierto, con quien hace unos años tuve el placer de dar una conferencia a dos voces en la Feria del Libro de La Habana), junto con mis libros de Alicia y un diccionario de frases célebres, amén de un amplio surtido de tópicos congelados, para cocinar un indigesto tocho de más de cuatrocientas páginas, a medio camino entre la divulgación sensacionalista y los libros de autoayuda al uso.
La pregunta —para la que no tengo respuesta— es por qué ha tenido tanto éxito este engendro. Habiendo excelentes libros de introducción a la filosofía, para jóvenes y para no tan jóvenes, como los de Gaarder (entre los que cabe destacar Vita brevis y Somos nosotros los que estamos aquí y ahora, además de El mundo de Sofía), ¿por qué el que se convierte en un bestseller es uno tan mediocre, imitativo y farragoso como el de Rogelio-Pablo (lástima no haberlo conocido antes de escribir Los dos nombres de los poetas)?
Hace unos años, en estas mismas páginas, me hacía una pregunta similar con respecto al «filósofo» surcoreano Byung-Chul Han (La gramola de Han, 3/12/22): «No entiendo la moda Han. Nunca la he entendido, y tras dedicar bastantes horas a leer sus libros y lo que se escribe sobre ellos la entiendo todavía menos. He intentado relacionarla con otros grandes éxitos editoriales, mediáticos o artísticos que tampoco entiendo en busca de elementos comunes, pero no encuentro ninguno que me parezca esclarecedor, así que, una vez más (casi siempre lo hago de forma tácita), pido ayuda a mis amables lectoras y lectores».
Pedí ayuda entonces y, como dije, casi siempre la pido de forma implícita; pero en este caso renuncio expresamente a ella, pues animar a mis amables lectoras y lectores a que me ayudaran a entender el éxito de Alicia en el país de las ideas sería, en alguna medida, incitarles a leerlo. Y no me lo agradecerían.










Buenos días y gracias por su texto.
Su reflexión sobre el éxito editorial, partiendo de su propia experiencia con “Malditas matemáticas”, me parece muy pertinente. Se pregunta por qué triunfan obras que considera mediocres, y aunque de los autores que menciona solo conozco al señor Han, me atrevo a ofrecerle mi teoría sobre su éxito.
Creo que la clave no está en la originalidad de su pensamiento, sino en la necesidad psicológica que satisface. Antaño todos los líderes (predicadores o políticos) sabían que a sus seguidores, en algún momento, les gustaba sentirse culpables, y el líder los fustigaba. El pueblo es, en cierto modo, masoquista, no busca solo consuelo, sino también castigo. Como nos recordaba Ernest Becker, el sádico no crea al masoquista, este ya estaba ahí.
Byung Chull Han es el nuevo sacerdote que nos dice que no somos dignos, que nuestra sociedad del rendimiento es una jaula autoimpuesta. El lector se siente interpelado, culpable, y extrañamente reconfortado en esa culpa.
La paradoja final, es que el propio sistema que él critica metaboliza su discurso a la perfección. Sus libros se venden como best-sellers, da conferencias y es citado como autor «de culto». La crítica se convierte en un producto de lujo, un objeto de consumo que refuerza el mercado sin producir ninguna reacción social real. El «mercado» hace suyo a Han y vende, con enorme éxito, la misma fusta con la que nos flagelamos. Han, ahora, es un producto.
Gracias, Ángel, excelente análisis, no solo aplicable a Han, sino a no pocos productos «de éxito».
Quizá algún día se le pidan responsabilidades a todos los que se han empeñado en hacer de las Matemáticas (o de lo que sea) una materia aburrida, árida, antipática…
La culpa está muy repartida, empezando por los planes de estudio y las políticas culturales. Se suele echar la culpa a los profesores, y a veces la tienen; pero no siempre, y no toda.
¡Han oído hablar del marketing? Todos hablamos de Trump, por qué cada día sale en las noticias. O del Madrid de fútbol. O algunas canciones que se oyen en bucle en la radio. Si consigues hacerte oír, el resto viene solo1 ¿El como? Eso importa poco!
Muy cierto. Pero no siempre está claro ese cómo, por qué entre dos productos muy similares uno tiene éxito y otro no. El mercado es un sistema caótico, en el sentido físico-matemático del término (y en el coloquial también).
No lo hacia tan ingenuo, don Fabretti. Compare lo que se habla del Real Madrid y lo que se habla del C.Deportivo Ferrol y, quizás, obtenga una respuesta.
Para explicar por qué se habla más del club de fútbol más prestigioso del mundo que del Racing Club de Ferrol, que está en tercera división, no hace falta echar mano del márketing, la lógica basta.
¿Seguro? Quizás debía comparar a los dos Manchesters…
El Real Madrid y el Deportivo Ferrol no son productos similares. Y yo me refiero especialmente a productos editoriales del mismo nivel.
Cierto, uno gasta millones en marqueting, para mantener el mito y engrasar la máquina, y el otro no.
Fijese como actúan las monarquias o la iglesia catòlica. Que hablen de ellas, a menudo, para vender su imagen.
“Ce qui fait le succès de quantités d’ouvrages est le rapport qui se trouve entre la médiocrité des idées de l’auteur et la médiocrité des idées du public.” (Lo que produce el éxito de muchos libros es la relación que hay entre la mediocridad de las ideas de su autor y la mediocridad de las ideas del público).
Chamfort (hace mas de 200 años).
Otro de sus aforismos célebres sobre libros mediocres:
«La plupart des livres d’à présent ont l’air d’avoir été faits en un jour, avec des livres lus de la veille.» (La mayoría de los libros actuales parecen haber sido hechos en un día, con libros leídos el día anterior).
Sra. María, coincido plenamente con usted. Su comentario sobre el marketing no es nada ingenuo, de hecho, creo que el señor Frabetti estaba de acuerdo en el fondo, aunque lo expresara con cautela al hablar del «sistema caótico» del mercado.
Este debate sobre el éxito editorial se replica en todas las profesiones creativas.
Soy interiorista, y veo exactamente el mismo problema: podemos crear un local con un diseño funcional, acabados de calidad y una ergonomía impecable (el equivalente a un libro didáctico o filosófico excelente), pero solo tenemos un local. El éxito comercial exige convertirlo en un producto, darle una identidad.
Al consumidor le da igual la silla incómoda o la mala iluminación porque lo que consume es la identidad social asociada a ese lugar (la foto del influencer, la moda). Lo de dentro es desechable (el diseño, la calidad). Las identidades, hoy, ya no se heredan, se crean artificialmente, como un producto de consumo de usar y tirar.
No puedo estar más de acuerdo con usted. Aunque, y por eso utilizaba el termino ingenuo, no creo que el mercado sea caótico. En un mundo utópico matemático) quizás si, però hay muchos ejemplos de como, el que busca el poder, controla el mercado.
Por eso, aunque quizás no lo haya acertado, he optado por el ejemplo del Ferrol y el Madrid. A pesar de su história, necesita horas y horas de publicidad para que no decaiga el mito.
He optado luego por los dos Manchesters, pues el City, antes de la llegada del jeque, no era ni conocido.
A lo mejor, el Español de Barcelona, sigue el ejemplo, con el nuevo propietario. De momento, se habla mucho más de él.
Qué actual, el bueno de Chamfort… Eso explica el fenómeno global, sin duda; pero a veces cuesta entender algunos casos concretos.
Hola, de nuevo… tras mucho tiempo habiendo perdido la pista de Frabetti… más por un despiste mío, y por problemas informáticos míos que otra cosa.
Yendo al tema, yo diría que Han no es tan maravilloso como se dice, pero tampoco está tan mal como ahora se dice en ámbitos académicos. A mí hay cosas que me gustan bastante de él, otras poco, y otras nada. Creo que Psicopolítica es un libro brillante y muy necesario en su momento para descontaminarnos de tanta ideología empresarial-emprendedora apestosa.
Por otro lado, tiene a veces un tufo antiguo de abuelo cebolleta tipo Juan Manuel de Prada o tantos otros hombres («ya no se lee como antes, ya no se respeta como antes, ya no es todo como antes…» uffff… ese discurso cansino de tono funerario que te lo suelta cualquier señoro del ABC fácilmente).
Aun así, Han tiene ese punto que me gusta de flâneur… berlinés, va en bici… no sé, tiene algunas cosas interesantes. A veces parece del ABC, a veces parece de la Escuela de Frankfurt (es éste último Han el que me interesa).
Bentornato, Óscar. Cuando alguien copia de todas partes, es normal que en sus libros haya también cosas interesantes. Como dije en mi artículo «La gramola de Han»:
Alguien dijo de un famoso compositor italiano de cuyo nombre no quiero acordarme: “En su ópera hay cosas nuevas y cosas bellas; pero las nuevas no son bellas y las bellas no son nuevas”. Mutatis mutandis (cambiando “bellas” por “ciertas”), creo que se podría decir lo mismo de los libritos de Byung-Chul Han, que, con sus repetitivos pastiches de citas, tópicos y boutades, y con su uso abusivo del subrayado enfático, se ha convertido en el filósofo de moda (si es que tal expresión tiene algún sentido).
Hola
El apunte de Óscar sobre la dualidad de Han es bueno: un híbrido entre el “abuelo cebolleta” y el crítico de la Escuela de Frankfurt. Han ofrece la fusta para todos, tanto el lector del ABC y el de El País se sienten culpables y satisfechos. Y el sr. Frabetti con su breve comentario explica cómo se fabrica el éxito.
Gracias, Ángel. Qué más quisiera yo que saber cómo se fabrica el éxito. Tengo una vaga idea y creo conocer algunas de las variables, pero hay muchos detalles que se me escapan.
Hola, señor Frabetti.
Le noto cauteloso, y sospecho que poco se le escapa sobre la supuesta aleatoriedad del mercado editorial 😉.
¿No podría el éxito de Han tener más que ver con una construcción, o una negociación, de su identidad?
Nacido en una cultura que venera el éxito (la coreana) y formado en otra que sacraliza la crítica (la alemana, de la Escuela de Frankfurt), Han se mueve entre ambas sin pertenecer del todo a ninguna. Es el producto perfecto de esa mezcla: el filósofo que denuncia el rendimiento… y rinde mejor que nadie.
Quizá por eso su discurso conecta con un público masivo que vive un conflicto parecido: queremos rebelarnos, pero no podemos dejar de competir. Tal vez, sin darse cuenta, el propio Han nos induce a esa cultura del éxito y del rendimiento surcoreana, solo que envuelta en la forma de una crítica filosófica europea. Un refrito continuo de lo mismo… que nos encanta, porque nos hace sentir con culpa. .
El prestigio de Han no proviene del contenido de lo que dice, viene del aura que proyecta: filósofo coreano que escribe en alemán, editado por sellos de prestigio, con títulos enigmáticos. Su éxito se da en una cultura debilitada por el cansancio, la prisa y la saturación de todo. Se vende él, no tanto su filosofía.
Estoy básicamente de acuerdo con lo que dices; pero además soy cauteloso, sí, porque conozco bastante bien el mundo editorial y sé que el azar y ciertas «variables ocultas» desempeñan un papel importante a la hora de determinar -o no- un éxito comercial. Y nada de sr. Frabetti, porf.
En estos casos cabe revisar «el Padrino». La variable oculta, que puede parecer azar.
Cierto, hay variables ocultas que pueden parecer azar. Pero también hay encadenamientos de casualidades que pueden parecer causalidad. Podría contar algunos casos reveladores y divertidos del mundo editorial. Y tal vez lo haga.